Capítulo 66
“Las herencias del pasado no siempre traen riqueza; a veces son cruces de sangre y acero que ni el destino quiere llevar”.
La mañana en Eldryan no fue tan convulsa como de costumbre; el gran comedor permanecía en silencio, pese a estar repleto de estudiantes.
La noticia de la muerte de Elvain había golpeado a muchos, sobre todo a los elfos.
Su mutismo, cargado de ira y sed de venganza, era apenas la primera muestra del odio que ya fermentaba contra Asher.
—Hablaré con ellos y les contaré la verdad —susurró Layla tomando la mano del caballero.
—¿Qué les dirás? ¿Que tu hermana fue quien lo asesinó? No puedes hacerlo.
Asher no podía evitar proteger a Layla; sabía que acusar a su hermana podría ser fatal para ella.
Desataría una guerra interna en Greenland y desestabilizaría el reino; sin contar que Kayla tendría derecho a llevarla ante la corte y, si no podía derrotarla, Layla enfrentaría la pena de muerte por calumniar a una princesa heredera.
El silencio se quebró con un portazo y el golpe rítmico de las botas de una docena de guardias irrumpiendo en el comedor.
Vestían armaduras doradas impecables que devolvían los rayos del sol que entraban por los altos ventanales.
Sus lanzas, erguidas hacia el techo, imponían; más aún lo hacían las alas coloridas que les nacían de la espalda.
La gloriosa bandera verde con la rosa dorada ondeaba con brusquedad, como si sintiera el dolor de perder a uno de sus mejores hijos.
No hizo falta que hablaran para recordar a qué reino pertenecían: todo en ellos gritaba Greenland con voz amenazadora.
Celeste se puso en alerta al instante y avanzó hacia los recién llegados. Sabía que no habían venido solo a recoger el cuerpo de Elvain: el grueso pergamino con el sello de la corte de justicia de las hadas en las manos de Pheelix Quetsiyah los delataba.
—Buenos días, caballeros. Será un placer que nos acompañen al desayuno y así conversamos sobre esta visita inesperada.
Sin responder a Celeste, Pheelix se volvió hacia la mesa de la princesa Layla.
—Por mandato de Jerald Hildegard, segundo de su nombre, rey de las hadas y protector de los espíritus, se convoca a la princesa Layla Hildegard como testigo en la causa contra Asher Argent por la muerte de Elvain Wersching. El juicio se celebrará de inmediato conforme a las Leyes Antiguas.
—Es un error. Asher no fue quien asesinó a Elvain. Hablaré con mi padre —exigió Layla, aterrada, como último intento por salvar a Asher. Sabía que su hermana estaba detrás de todo, pero no imaginó tanta crueldad.
—Lo lamento, princesa. Su padre ha retirado todas sus prerrogativas. Si no nos acompaña por voluntad propia, será tratada como cómplice.
Pheelix dio un paso. Asher le cortó el avance; la madera de la lanza crujió entre los dedos del hada.
—Si intentas tocarla, me da igual ser juzgado por un asesinato de verdad.
—¡Asher! —gritó Celeste—. No es el momento. Ambos irán a Greenland; pero, esta vez, señor Pheelix, acompañaré a mis estudiantes.
—No tengo inconveniente, directora. Quizá podríamos usar uno de sus famosos portales para ahorrar tiempo.
—Estoy segura de que ahorraremos mucho más que tiempo. Entretanto, recuerde que está en Eldryan y que la reina de este castillo soy yo. Controle su prepotencia.
Los pasos firmes de Celeste retumbaron en el salón, y el aire golpeó el rostro de Pheelix al pasar a su lado; su mirada acusadora no fue tan severa como la de Layla.
Mientras Asher y Layla eran escoltados a Greenland, en Ciudad Sagrada comenzaba a cernirse el debate por escoger el castigo adecuado para Emmond y sus amigos.
El pequeño grupo fue llevado ante el sumo sacerdote para ser juzgados por burlar a los guardias y adentrarse en la cámara, poniendo en riesgo el Libro de Merlín .
—Pudieron haber muerto, Emmond. No debieron entrar en la cámara sin nuestro permiso.
—Lo sé, pero protegimos el libro.
Emmond sabía que el regaño del sacerdote no sería nada comparado con el castigo que Celeste le impondría por manchar el nombre de la escuela, pero debía aprovechar cualquier resquicio para salvar a sus amigos.
—Y pudieron haber muerto. Sé que eres un hechicero excepcional; todos lo son. Incluso Zamira es una excelente guerrera. Pero no solo ustedes corrían peligro: toda Sthevyand pudo desaparecer si ese libro caía en manos equivocadas.
—Sé que nos equivocamos y aceptaré el castigo, pero deje a mis amigos fuera. La idea fue mía.
—No es cierto; todos estuvimos de acuerdo.
Zamira no sabía si admirar la decisión de Emmond de asumir toda la culpa o tacharlo de insensato. No pensaba dejar que cargara solo con el castigo; después de todo, él sacrificó su varita para detener al mago de sangre.
—Por eso no será un castigo sencillo, señorita Eliades —intervino Zaharan Ambross imprudentemente, intentando sobrepasar la autoridad del sumo sacerdote.
—Aunque no podemos obviar su falta de cordura, estamos agradecidos por haber salvado el libro de Merlín —replicó el sumo sacerdote, lanzándole a Zaharan una mirada severa.
Desde que se unió al Consejo Mágico, pese a su juventud, se había vuelto recio y algo arrogante—.
Por el momento, vayan a desayunar mientras decidimos cómo cumplirán su sanción. Todos pueden irse, excepto tú, Emmond.
El joven hechicero miró a sus amigos: la preocupación se dibujaba en cada uno de ellos. No le importaba cargar con la culpa si eso los mantenía a salvo. Volvió la vista a los sacerdotes y tomó asiento para esperar el veredicto.
El gesto de los sacerdotes iba más allá de la inquietud; sus miradas saltaban del libro oscuro sobre la mesa al semblante tenso del muchacho.
No sabían por dónde comenzar aquella historia: el peligro era el mismo en el inicio y en el final.
El destino que se cernía sobre él no era menos oscuro que el de los guardianes.
—Emmond, sé que eres un hechicero muy poderoso para tu edad; Celeste está muy orgullosa de tu progreso, pero hoy temo que eso no sea suficiente para enfrentar tu destino.
Para Emmond, el temor al castigo pasó a un segundo plano al percibir la seriedad de los sacerdotes. Intuía que el libro tenía algo que ver: era evidente que no se había abierto ante él por mera casualidad.
El sumo sacerdote posó la mano sobre el Grimorio . La piel del libro pareció erizarse, como si respirara.
—El Libro de Merlín se ha mantenido en secreto durante siglos bajo custodia de los sacerdotes de Ciudad Sagrada.
Lo movíamos constantemente para que su rastro fueran solo rumores y ahuyentar a intrusos como Hades.
Cuando nos alertaron de su ejército y sus planes para apoderarse del libro, decidimos traerlo a la ciudad; pero un reportero lo descubrió y expuso nuestro secreto.
No nos quedó más remedio que hacerlo público.
Hacía tiempo que esperábamos la visita de Hades y, gracias a que lo detuvieron, el libro está a salvo.
—¿Por qué Hades necesita el libro para recuperar su cuerpo?
Emmond comenzó a buscar las respuestas que necesitaba para entender el nuevo rumbo de su vida.
—Celeste lo selló con un conjuro de unión y el último frasco de sangre de Merlín. Es un arte gemelo al que guarda el libro. El cristal que confina a Hades solo puede quebrarse por el propio Merlín o por su linaje; del mismo modo, solo ellos pueden abrir el libro.
Una certeza le atravesó el pecho a Emmond. La pieza faltante encajó: por eso el libro se había abierto ante él.
—¿Estás diciéndome que soy descendiente de Merlín?
—Sí, Emmond. Tú eres el heredero del mago Merlín.
Emmond clavó la mirada en el libro. No sabía si celebrar el linaje de Merlín o lamentar el peligro que ya le respiraba en la nuca. No quería ser el blanco, y menos la presa, en una caza a la que su sangre lo había arrojado.
Emmond rumiaba amargura aquella mañana; no era el único que deseaba borrarse de la faz del mundo.
Al otro lado del cielo, Royce sobrevolaba la Isla Medialuna con Xerex, limando cada habilidad hasta hacerla una daga.
Las necesitaría todas contra Bahel. En Daavos, Xerex había oído los susurros cargados de atrocidades cometidas por el usurpador a espaldas del reino.
—Hazlo de nuevo. Concentra la vista en el objetivo.
—Estoy intentándolo —protestó Royce.
Ya dominaba olfato y oído; la vista aún se le resistía. Con Elyot había despertado la parte dragón que atraviesa los encantamientos, un don que se intensificó al reunirse con Xerex; pero, al forzar el enfoque, el mundo se le venía encima y el vértigo lo tumbaba.
—Necesitas controlar tus habilidades si quieres estar a la altura de Bahel.
—¿Me estás llamando débil?
El pinchazo en el pecho fue inmediato. Xerex ladeó la cabeza, eligiendo con cuidado cada palabra: quebrar el orgullo de su jinete sería lo último que necesitaba.
—Mientras estuve encerrado en el domo, empezaron a desaparecer dragones —gruñó —. Primero, los huevos. Luego, los jóvenes. En los últimos meses, los adultos se esfumaron en el campo de batalla; de ellos no quedó rastro.
—¿Y los que regresaban de la guerra no sabían nada?
Xerex bufó. El humo le salió como si la rabia buscara cuerpo.
—Una vez, cuando Draxo entró al domo, intenté hablarle.
El traidor se rio. Esa noche Bahel apareció en los túneles, antes de marchar a la guerra.
Le olí la piel, vi sangre en su ropa. Cada huevo, cada dragón, estaba atrapado en esa cosa nauseabunda.
La mirada de Draxo me dio asco: un dragón traicionando a su raza para saciar la sed de poder de un humano.
—¿Por qué Bahel mataría a los dragones?
—No lo sé. Pero desde entonces no es el mismo. Cada día es más poderoso.
Por primera vez, Royce reconoció miedo en Xerex. Fuerte, altivo, apenas ciento cincuenta años, de tamaño que rivaliza con Draxo y envidia de muchos por su semejanza con Kretax y, sin embargo, el temor le habitaba los ojos. Royce lo sintió propio.
El aleteo que subía desde el castillo les cortó la conversación. Al bajar la mirada, vieron a Roxé aproximarse desde el castillo.
—Hay problemas en Eldryan.
—¿Le sucedió algo a Amarys?
—La princesa está bien. Layla y Asher, no.
—Es obra de Kayla. ¡Xerex, regresemos!
El dragón rugió y cayó en picada. Las escamas doradas destellaron como una centella del juicio final. Roxé intentó seguirlo, pero las alas de Xerex doblaban las suyas; ni con su juventud ni con ser la más veloz del domo pudo siquiera acercársele.
El bramido de Xerex sacudió el castillo y heló a los guardias: devolvía el recuerdo del día en que cielo y mar ardieron bajo fauces semejantes. Deniel leyó esa furia como si fuera el grito de guerra de Royce y corrió al patio para recibirlos.
Xerex abrió alas, frenó y se posó sobre el muro trasero. Las garras mordieron la roca y arrancaron escombros. Estiró el cuello hasta casi tocar el suelo para que su jinete saltara. Royce aterrizó frente a Deniel, aún deslumbrado por la imponencia del dragón.
—¿Qué sucedió?
—Kayla acusó a Asher de asesinar a Elvain y señaló a Layla como cómplice.
—Eso es falso.
—Lo sé. Layla peleó con Kayla en el bosque y la vio asesinarlo, pero algo no encaja.
Deniel frunció el ceño. Había una pieza fuera de sitio.
—¿Dudas de Layla?
A oídos de Royce, cada palabra del tritón sonaba a culpa lanzada contra el hada.
—Hablé con Kayla por la bola de cristal durante el torneo. No podía estar en dos lugares a la vez —alegó Deniel.
Royce entornó los ojos. El recuerdo volvió a él como un golpe; sobre todo, la esfera.
—Ese día no hablaste con Kayla.
—¿De qué hablas? Era ella.
—Yo estaba allí. Hablaste con Pheelix Quetsiyah, su mano derecha —afirmó Royce, confiando en su visión de dragón.
—Yo vi a Kayla.
La confusión terminó de tomar asiento en Deniel.
—Utilizaron un encantamiento. Nos hicieron ver lo que querían; ella lo montó todo para incriminarlos y sacar a Layla del tablero.
Xerex bufó, esta vez de alegría por el avance de su jinete.
—Debemos ir a Greenland de inmediato.
Deniel apretó los puños hasta blanquear los nudillos. No estuvo en el torneo y la culpa le tiraba del pecho como un ancla. No permitiría que la historia se repitiera.
—Podemos ir en los dragones.
—Llamarían demasiado la atención. Y delatarían nuestro plan —le advirtió Royce.
Arielle llegó con la alarma aún vibrándole en la piel: el rugido de Xerex la había traído al patio.
—Usemos el portal de la cámara de Celeste —propuso Deniel—. Nos acercamos a la isla con Roxé; por mar entramos a la Casa Syren y, desde allí, a la cámara secreta.
—Nunca has estado en Greenland. ¿Cómo vas a conectar el portal con el castillo de las hadas? —Arielle no era amiga de los portales, y conocía sus riesgos.
—Yo estuve en Greenland. Si activas el portal, puedo guiarnos hasta el castillo.
Royce guardaba dos visitas en la memoria, de antes de la guerra. Siempre le resultó fascinante la estatua de la general Cyon en el salón del trono.
Deniel tomó las manos de su hermana antes de partir.
—Te quedas al frente del castillo.
Roxé respondió al llamado de Royce y alzó el vuelo para cubrirlos mientras descendían hacia la cámara de Celeste. Iban a romper las reglas otra vez, pero ahora, por un bien mayor.
Mientras la ayuda venía en camino, en Greenland todo se torcía. Desde que el acusado entró, la mirada del alto lord Kathir Wersching, Señor de los Elfos del Bosque Encantado, le laceraba el rostro. Apretó la mandíbula para no ordenar allí mismo que lo decapitaran.
El caballero de Ashanty no era el único maldito: los lores y cortesanos clavaban en la princesa su desagrado, la vergüenza por apoyar a un “asesino”.
Los reyes, desde sus tronos, sopesaban el daño.
No solo temían por su hija: temían por quien presidiría el juicio.
La heredera de la corona reclamó la silla alta, prometiendo justicia y la mejor decisión para el reino.
A muchos, su miel de palabras le supo a firmeza tras las últimas sesiones de guerra; a sus padres no los engañaba: conocían de antemano el rencor que le guardaba a su hermana.
Las alas verdes de Kayla derramaron brillo por el salón en tanto avanzaba, saboreando el poder de la corona.
Se sentó en el alto trono y su mirada fría fue un puñal en los ojos de Asher; luego obsequió a su hermana una sonrisa ladeada, recordándole la vieja promesa: hacerla infeliz el resto de su vida.