Corona de Sal y Luna Capítulo 65
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Capítulo 65

“Entre todas las locuras, elijo la amistad”.

Una luz nueva se abrió paso en el caos: el collar sobre el pecho de Rylan estalló en fulgor y lo envolvió. El dolor se apagó de golpe; en segundos recuperó el aliento y alzó la vista hacia la entrada de la cámara.

—No será tan fácil librarte de nosotros —dijo Dylan, encantando su collar para asistir a su hermano.

—El collar gemelo… —Rio el intruso—. Añadiré ese trofeo a mi colección en cuanto acabe con ustedes.

—No será tan sencillo. ¡Disarm!

El hechizo de Emmond habría bastado con cualquier otro mago, pero aquel rival no era como los demás.

El encanto dio en el blanco y solo le arrancó una carcajada.

La manga de la túnica se rasgó y dejó al descubierto su brazo izquierdo: la “varita” era un hueso, su propio índice prolongado en una caña macabra de casi treinta centímetros.

—Hechizo incorrecto —se burló el mago de sangre.

—¿Y este? ¡Potentes ictum! —Dylan descargó el rayo con furia.

El hechicero opuso magia a magia, sopesando la fuerza de Dylan. Rylan, sin pedir permiso, invocó un segundo rayo; obligando al mago a encerrarse en una esfera. Creyéndose a salvo, olvidó al tercer oponente. Emmond corrió hacia los gemelos y lanzó su conjuro:

—¡Frange Incantamenta!

El impacto reventó la protección y lo estampó contra una de las columnas.

El grito no fue por el golpe, sino por el ardor que lo prendió al tocar la piedra: la consagración de Ciudad Sagrada lo quemaba.

Al caer al suelo, el alarido se repitió.

Alzó las manos, llamó a su escoba y remontó el vuelo, huyendo del infierno que lo cercaba.

Dylan se acercó a Rylan, aún mirando el fenómeno.

—¿Qué hechizo es ese?

—No lo sé. No hice nada —respondió Rylan.

—Es el encantamiento del castillo. Ningún mago de sangre ni criatura afín a la magia oscura o demoníaca puede tocar las rocas de Ciudad Sagrada sin permiso de los sacerdotes —aclaró Emmond indicándole que retomaran la guardia.

—¡Los enterraré aquí mismo! —gritó el hechicero con rabia.

El viento de la sala apestó a muerte y desesperación.

El mago alzó las manos y desató su poder.

En instantes, cientos de objetos se arrancaron del suelo y volaron contra los estudiantes.

Espadas, lanzas, copas: todo se estrellaba, arrancando astillas de las columnas y de la enorme estatua tras la que se refugiaron.

—¿Usa su dedo como varita? —Dylan no podía apartar la imagen de su mente.

—Olvídate de su dedo. Abriré un portal para escapar y alertar a los sacerdotes.

—Espera, Rylan. Debemos saber por qué quiere el libro.

Emmond lo tenía claro: aquel era un peón. Nadie en su sano juicio se internaría en una ciudad que significaba su muerte.

—Tengo un plan, pero necesitaré a ambos.

El estruendo del metal contra la piedra retumbó por toda la sala. En un breve lapso, Emmond y Dylan salieron de su escondite y unieron sus fuerzas en un potente:

—¡Absolute cancel!

Los objetos quedaron inmóviles en el aire al ser golpeados por el encantamiento y cayeron como una lluvia afilada. Aprovechando el hueco, los tres se dispersaron en direcciones distintas, cada uno cargando el mismo libro de cubierta negra y plateada.

El mago de sangre contuvo el impulso: solo uno era el verdadero. Por más dulce que fuera la idea de matarlos a los tres, podía perder su objetivo. Venció la sed de venganza que lo apresaba y giró la escoba hacia Emmond.

Los ataques iban y venían. El joven hechicero convertía cada estante en un parapeto y apenas alcanzaba a girarse para contraatacar.

Con las piernas cediendo, se internó entre las hileras de anaqueles, buscando el ángulo perfecto para acertar el golpe final, pero no alcanzó la primera fila: delante de él se abrió un portal y una mano emergió para atraparlo del cuello y estamparlo contra la pared.

—Tu amiguito no es el único que usa portales.

La sonrisa del hechicero era espantosa; sus ojos grises le daban apariencia de muerte. Una grotesca imagen que quedó opacada por la satisfactoria sonrisa de Emmond.

—Pero somos los únicos capaces de usar los collares —balbuceó, tomando el aspecto de Dylan.

El libro oscuro que presionaba contra el antebrazo del mago se esfumó. En su lugar, quedó su collar.

El hechicero quedó perplejo, incapaz de admitir que había caído en un juego de niños. Giró la cabeza al oír el canto de un conjuro y, como un latigazo, le volvió a la mente el poder de los collares. Intentó apartarse de Dylan, pero ya era tarde: el collar refulgió en rojo bajo la melodía de Rylan.

—¡Paralyce concurs!

La magia atravesó el cristal que colgaba del pecho de Rylan y emergió por la joya de Dylan, paralizándolos a ambos: dos estatuas vivientes por un latido, lo justo para que Emmond alcanzara al mago de sangre y cruzara su varita con la del enemigo.

—¡Sicut dies noctesque cyclum formamus! ¡Ex lux lubinimus et umbris nucleum creamus!

—¡Detente, Emmond, estás loco! —gritó Rylan, echando a correr. Sabía que Emmond era excepcional, pero aquel rito era demasiado arriesgado: una sílaba mal pronunciada, una distracción mínima, y el precio sería mortal.

El tiempo se agotó y las dos figuras inmóviles volvieron a la vida. El mago de sangre se desprendió de Dylan de inmediato. Consciente de todo lo ocurrido, lanzó la maldición de la muerte sin dar respiro, decidido a llevarse a uno antes de huir.

Emmond se interpuso y alzó la varita como si fuese un escudo. El hechizo se apagó, reducido a un destello.

Los ojos del mago se abrieron de golpe: no creía que un estudiante hubiera logrado tanto. Al compartir el núcleo, las varitas habían quedado vinculadas; como un lazo de sangre, ya no podían dañarse entre sí.

—Han ganado esta batalla —escupió—, pero los cazaré uno a uno.

El brillo en su mirada prometía venganza. Apretó la escoba para escapar y entonces retumbaron en sus oídos las dos palabras que más odiaba en ese momento.

—¡Core Exitium!

Emmond sabía el precio de aquel conjuro, pero no le importó.

Lanzó su varita al aire y pronunció el hechizo que ningún mago desea decir.

La vara giró; a la altura de la cabeza del enemigo, el encantamiento estalló y la hizo añicos.

La energía liberada en aquel trozo de madera desestabilizó el núcleo de la varita del mago, provocando una reacción en cadena que descargó su furia sobre ambos.

Gritaron y se arquearon de dolor. Pocas cosas en el mundo mágico igualan el tormento de destruir una varita; casi tanto como la Maldición de la Muerte Dolorosa.

Emmond sintió las entrañas desgarrarse, cada nervio incendiado; los músculos se contraían al borde del espasmo, los pulmones pedían aire como si respirar doliera.

Con la vista al borde del limbo, alcanzó a ver al mago arañando la escoba, abriéndole grietas con las uñas en su intento por no caer.

—No… dejen… que… escape.

—¡ Luminus!

Un hilo de luz zanjó la distancia y lo clavó contra la pared. Todos miraron el origen. Zamira, en guardia, ya invocaba una segunda flecha.

El mago cayó en picada; para él fue un abismo. La certeza de la muerte le arrancó el último resto de esperanza y cerró los ojos, dispuesto a su abrazo silencioso.

—¡ Levitans!

Aún no era su hora: necesitaban respuestas. Rylan lo detuvo en el aire, a centímetros del suelo.

—¿Quién te envió? —preguntó Emmond, incorporándose con ayuda de Dylan.

—Prefiero morir antes que delatar a mi señor.

—Entonces es otro mago —dijo Zamira, avanzando despacio.

Rylan, impaciente, lo lanzó de nuevo contra la pared consagrada; la espalda le chisporroteó sobre la roca.

El grito se ahogó en sangre. La magia de Ciudad Sagrada no solo inmovilizaba a los oscuros: con cada segundo de exposición, los daños se multiplicaban hasta reducirlos a un montón de carne carbonizada.

Temiendo que muriera antes de hablar, Rylan lo separó de la piedra y le concedió un respiro.

—¿Quién te envió?

Cubierto de heridas y quemaduras, el hechicero intentó sonreír. La ironía lo divertía: aunque quisiera salvar su vida, no podía. Si callaba, Rylan lo mataría contra las rocas; si hablaba, la maldición en sus venas terminaría el trabajo. El final sería el mismo.

—Si no quieres hablar —dijo Dylan—, usaremos otro método. ¡ Imperium Mentis!

Quizá era la adrenalina o el rencor por lo ocurrido en el corredor, pero Dylan se lucía con un derroche de conjuros, honrando su parte de mago. El momento era perfecto: el enemigo estaba quebrado, y no solo en lo físico; su espíritu había menguado, quedando a su merced.

La magia acarició cada fibra del cerebro del hechicero. Los ojos se le quedaron fijos en la nada; las manos, colgando, como si el cuerpo estuviera hueco. Ya no tenía expresión de hombre: era una marioneta de carne y hueso.

—¿Quién te envió? —preguntó Emmond por segunda vez.

—Mi amo, Hades.

Bajo el control mental, la mentira no tiene lugar.

Se miraron, atónitos: Hades, el mago tenebroso al que la historia daba por muerto, aunque en ciertas noches de tormenta la duda visitara a los viejos hechiceros.

El pasmo se volvió terror cuando, al sellarse los labios del intruso, un tatuaje empezó a escribirse por sí solo: dos serpientes rojas se dibujaron en el brazo izquierdo del hechicero y cada trazo le abría la piel como navaja; la sangre corrió y, al tocar la piedra consagrada, chisporroteó hasta quemarse y volverse una mancha.

Rylan reconoció el origen: una de las peores maldiciones. Con un hechizo de espacio lo hizo oscilar entre planos, entrar y salir del limbo para retrasar el avance.

—No podré sostenerlo mucho tiempo —advirtió.

—¿Por qué te enviaron por el libro?

El tiempo corría en su contra. Emmond midió cada palabra.

—Hades necesita el libro y los cristales de sangre de las Tierras de Acero.

Rylan, exhausto, apretó los dientes para ahogar un quejido. Mantener los dos hechizos lo estaba destrozando por dentro.

Emmond al verlo doblarse se apresuró en preguntar antes de que la muerte se llevara a alguno de ellos.

—¿Para qué necesita el libro de Merlín y los cristales de Sangre?

El paso de las serpientes era lento por el conjuro de espacio de Rylan, pero ni la magia, ni la voluntad del joven hechicero fueron suficientes para impedir su avance.

—Para recuperar su cuerpo. Solo así dominará su magia y terminará lo que comenzó.

El dique cedió: la maldición siguió su curso hasta alcanzarle el corazón. Las serpientes abrieron sus fauces y mordieron la carne intoxicándola con su veneno.

En segundos, los ojos del hechicero se tiñeron de rojo y lágrimas carmesí se desbordaron hasta unirse con el río que le salía de la boca. Las venas del cuello se hincharon bajo la piel y estallaron, formando hematomas violáceos que adornaron el cuerpo del hechicero.

—¡Maldición! —bramó Emmond—. ¡Deténlo!

—No puedo… estoy exhausto.

Rylan jadeaba en el suelo, la voz deshilachada y la mirada fija en el espectáculo demoníaco que les brindaba su prisionero calcinándose en el suelo.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Zamira.

—Buena pregunta —dijo una voz grave.

El supremo sacerdote de Ciudad Sagrada y los miembros del Consejo Mágico aguardaban tras ellos.