Capítulo 64
“La adrenalina de romper reglas y abrazar lo prohibido nos ciega ante las consecuencias”.
La noche en Ciudad Sagrada conspiró a favor de un pequeño grupo de revoltosos.
Bajo su manto ocultaron ambiciones y nervios.
Como ladrones de sombra, se deslizaron hasta la boca del corredor que llevaba a la cámara del libro de Merlín.
Entrar por allí era jugar a perder: en cada esquina, dos guardias vigilaban en direcciones opuestas, listos para encender la alarma al menor ruido.
Por fortuna, Rylan era un mago aventajado.
Su magia había crecido y ya podía abrir portales de corto alcance.
El hechizo exigía una imagen nítida del destino; de lo contrario, el conjurador podía quedar varado en el limbo.
Para salvar ese escollo, Emmond encantó a un livis y, usándolo de señuelo, obtuvo las vistas que necesitaban.
A todos se les abrió la boca cuando lo vieron emplear la Posesión de Almas, el conjuro predilecto de los magos de sangre, proscrita en los colegios de hechicería.
—¿Dónde aprendiste a usar la Posesión de Almas? —susurró Rylan, fascinado.
—Siempre pierdes contra Emmond —le pinchó Dylan.
—Listo: el corredor tuerce cuatro veces y hay ocho guardias. Necesitamos ocho portales.
—¿Podrás? —Zamira miró a Rylan, inquieta; abrirlos exigiría una gran cantidad de magia a cualquier mago.
—Con las imágenes, sí.
Emmond las compartió al instante, marcando los puntos exactos. Rylan se arremangó y, con pulso impecable, abrió portales mínimos: lo bastante para que la varita de Emmond asomara y dejara a cada guardia durmiendo como piedra. Cuando el último cayó, corrieron hasta la entrada de la cámara.
—¿Y ahora qué? —preguntó Emmond.
Dylan tomó el escudo tallado del guardia junto a la puerta; Zamira, la espada engastada en gemas del guardia del lado opuesto.
Durante días de vigilancia, Zamira había oído que el escudo y la espada jamás se apartaban del umbral: eran las llaves de la cámara.
Por eso, los dos guardianes que ocupaban esa posición entraban desarmados al corredor.
Ambos se miraron y encajaron las piezas en los relieves de la pared y aguardaron hasta que el roce de la piedra deslizándose anunció la apertura.
—Ábrete, sésamo —bromeó Dylan—. Siempre quise decirlo.
—Y por eso te quedas de vigía con Zamira —cortó Emmond.
Con Dylan dentro, tocaría cuanto brillara; lo último que quería era activar una trampa y despertar a medio templo.
—Quieto o te planto una flecha en la cabeza —se burló Zamira, rozando la aljaba.
—Tenemos un duelo pendiente —replicó él.
—Mañana se despedazan; hoy vigilan —zanjó Emmond.
Sin esperar respuesta, Rylan y Emmond cruzaron el enorme marco de piedra y la oscuridad los devoró.
No había cristales de luz ni antorchas: todo era sombra, hasta que invocaron esferas luminosas.
Los candelabros, encantados, sorbieron aquella magia y la devolvieron hecha llama que prendió sus mechas, bañando de luz los tesoros ocultos de la cámara.
—Increíble —murmuró Rylan, pasmado. Jamás había visto tantos artefactos mágicos en un mismo lugar.
—Vinimos por el libro. Concéntrate —lo cortó Emmond.
Intentó avanzar, pero Emmond, alérgico a las facilidades, advirtió el círculo de runas que protegía el atril del libro. Levantó un muro de contención y estampó a Rylan antes de que lo pisara.
—Gracias por el golpe en la nariz.
—De nada. Era eso o sacarte como cadáver —dijo Emmond apuntando las runas con su varita.
Emmond se acercó al círculo y estudió las inscripciones. Ya las había visto en clases con Celeste. Alzó la varita y recitó un hechizo que alteraría la escritura por un tiempo: lo justo para abrir el libro, leer y salir antes de que todo volviera a su sitio.
—¿Quieres hacer los honores? —ofreció Emmond.
—Será un placer —dijo Rylan.
No lo fue. Tras varios intentos, el hechicero de Leonnys agotó cuanto conjuro de ruptura conocía sin doblar siquiera la cubierta.
Emmond lo secundó con el mismo resultado.
Incluso, hicieron una convergencia mágica…
y nada. Rendidos, se acercaron a echarle una última mirada antes de retirarse: llevaban una hora dentro y el riesgo de ser descubiertos les pisaba los talones.
—¿Y si nos lo llevamos? —se atrevió Rylan, tanteando el tomo.
—Nos matarían. Déjalo donde estaba.
Obedeció, pero lo dejó torcido.
Emmond, maniático del orden, vio la marca de polvo.
—Espera. Mira la huella. Cualquiera que haya visto este atril una sola vez sabrá que lo movieron. Y entonces sí nos descubrirán.
La mano se le fue sola: tocó el libro para devolverlo a su sitio y, al primer roce, la cubierta se estremeció.
Las páginas estallaron en un aleteo furioso hasta detenerse en el punto medio.
El espectáculo los tomó por sorpresa y los sentó de golpe.
Se miraron, torpes, sin entender lo que acababan de ver.
Acallaron la voz que los urgía a huir. Estaban a un paso de asomarse a uno de los mejores grimorios del mundo mágico; no se irían con las manos vacías.
En el umbral, Dylan y Zamira aguardaban con los nervios crispados. Los minutos pasaban y el encantamiento de sueño se deshilachaba.
—¿Qué rayos hacen? —protestó ella.
—Quizá aún no han abierto el libro —dijo Dylan, forzando la vista hacia la oscuridad.
El corredor callaba con un silencio que dolía, pero el roce del collar le aseguraba que Rylan seguía a salvo.
Zamira, más pendiente de conservar la cabeza al amanecer que de sus propios temblores, no advirtió el movimiento a su espalda.
Un guardia se alzó y le lanzó un tajo; Dylan fue más rápido: varita en mano, lo abatió con un destello.
—Debería quedar, por lo menos, una hora antes de que despertaran…
Zamira no era bruja, pero conocía la magia al dedillo, y había visto a Rylan usar ese hechizo más de una vez. Sabía que algo andaba mal.
El eco de un conjuro corrió por el corredor y, al siguiente latido, un golpe de luz los estampó contra la pared, dejándolos fuera de combate.
El intruso cruzó la entrada sobre su escoba y se precipitó hacia la cámara, dispuesto a cumplir su encargo.
Frente al atril, Rylan y Emmond devoraban líneas y símbolos, memorizando a toda prisa.
Tan absortos estaban que no percibieron la presencia que se alzó tras ellos.
El mago de sangre repitió el hechizo para tomarlos por sorpresa, pero algo se interpuso: el libro hojeó con furia, halló un encantamiento oculto y alzó una barrera a la espalda de los muchachos.
El choque de magias los hizo volverse. Ver a un mago de sangre en Ciudad Sagrada bastó para helar cualquier gesto.
El escudo se cerró y, enseguida, se expandió en una esfera, arremetiendo contra el intruso.
—¡Flamma Serpens! —gritó Rylan.
—¡Hiems Aura! —lo secundó Emmond, tomando el libro del atril.
El intruso torció la serpiente de fuego contra la brisa helada; los conjuros se anularon con un chasquido seco. Sin decir palabra, solo la punta de su varita huesuda asomó por la manga y apuntó al libro.
—Entréguenmelo y les prometo que su muerte no será tan dolorosa como la de sus compañeros.
—¿Qué hiciste?
—Tranquilo, Emmond —replicó Rylan—. Si mi hermano estuviera muerto, lo sabría.
Emmond miró la joya en el cuello de su amigo: seguía brillando. Tenía razón. Volvió al libro y encaró al mago de sangre.
—Si lo quieres, pelea por él.
—Será un placer. ¡Ospray!
Emmond canceló el hechizo y le regaló a Rylan el segundo que necesitaba para contraatacar. No bastó: el adversario conjuró un escudo y detuvo la descarga. Se permitió una carcajada y quedó enjaulado en hielo. Al buscar a su autor, encontró la mirada desafiante de Emmond.
—Nada mal, pero estos barrotes no me detendrán mucho. ¡Gehennam Ignis!
El fuego del infierno le lamió la piel y trepó por los barrotes hasta hacerlos añicos.
—¡Lupi infernals!
Las brasas se partieron en enormes esferas que cayeron con estrépito y, al tocar el suelo, se alargaron en lobos de fuego.
—Espero que te guste jugar con mis cachorros.
A una seña, la jauría se lanzó sobre Rylan para reducirlo a cenizas. Mientras huía, correr, pensar y conjurar a la vez no era sencillo; menos aún con las bestias encima, tan veloces como el viento, trepando por las paredes para no aflojar la persecución.
Desde una montaña de monedas de oro, un lobo le saltó encima. Rylan, sin tiempo para dudar, alzó una columna de agua que atrapó su cabeza logrando decapitarlo. El aullido de la manada sacudió la cámara: dolor… y un claro canto de muerte contra el hechicero.
Otros dos lo embistieron: uno desde la pared izquierda, otro desde el techo.
Rylan empaló al primero con tres lanzas de hielo nacidas del muro opuesto; no alcanzó a preparar defensa para el segundo.
Tiró de su entrenamiento de caballero: desenvainó y contuvo los colmillos con el filo.
El calor le subía en oleadas; el lobo le aplastó la pierna, y el grito le salió cuando la quemadura le mordió la piel.
Desde el otro extremo de la habitación, mientras sorteaba al mago, Emmond fulminó a la bestia con un conjuro.
Al desvanecerse, Rylan alzó la cabeza y le agradeció con un gesto apenas visible.
—No te preocupes por tu amigo. Sálvate tú. ¡Explodes!
Desde lo alto, el hechicero descargó un conjuro sobre Emmond; a su alrededor reventaron jarrones y las estanterías saltaron en astillas.
Una columna le dio amparo a Emmond. Asomó para avisarle a Rylan que estaba bien, pero el rostro pálido de su amigo lo puso en alerta. Giró la cabeza en sentido contrario y vio a un lobo abalanzarse; lo obligó a dejar el resguardo o acabaría descuartizado bajo las llameantes garras.
Fuera de la zona segura, su rival ya lo esperaba con otro hechizo en la punta de la lengua.
Una nueva explosión rompió el silencio y, por los pelos, Emmond escapó.
Salió despedido por los aires, perdió el libro al caer y lo vio rodar hasta quedar a pocos metros justo bajo la sombra del mago de sangre.
Al ir por él, lo sorprendió el aliento abrasador de otra bestia que atacó sin aviso.
La capa ardió mientras los dientes la desgarraban.
Emmond lo reventó con un golpe de viento, pero al volverse hacia el libro se heló: no alcanzaría a tomarlo antes que su enemigo.
Ante sus ojos, el Grimorio se hundió en el piso, tragado por un portal. La maldición del hechicero le pintó una sonrisa en los labios y su corazón se calmó al ver a Rylan con el libro en las manos.
No hubo tiempo para saborear la victoria: dos lobos fueron a degüello contra Rylan.
—¡Cuidado! —gritó Emmond.
Rylan abrió un portal en la pared y se arrojó al limbo para poner a salvo el libro. Una de las criaturas, cegada por el ansia de sangre, lo siguió.
El hechicero salió por el otro extremo de la cámara dando traspies, y al voltearse, alcanzó a ver las fauces que lo seguían desde el vórtice; con un ademán de varita lo cerró de golpe y el lobo quedó cortado en dos.
Aliviado, cayó de espaldas y dejó escapar el aire, mientras Emmond seguía lidiando con dos de las bestias.
El corazón le latía en los oídos. Jamás se había enfrentado a un mago tan diestro, pero no se rendiría: seguiría hasta el final. Lo juzgarían los sacerdotes y quizá acabaría decapitado por violar las leyes; aun así, se marcharía orgulloso de haber vencido a aquel bastardo.
El ánimo se le quebró de golpe. Algo dentro empezó a torcerse: las venas se le agitaron como gusanos y el dolor colonizó su cuerpo. Las entrañas se le retorcieron y le arrancaron chillidos. Alzó la vista hacia el hechicero y lo vio recurrir a los juegos sucios de los magos de sangre.
Los músculos no obedecían; dolían tanto que sostener el libro sobre el pecho le cortaba la respiración. El tomo cayó al suelo, y el tormento no cedió: crecía al mismo ritmo que la sonrisa del intruso, oscurecida bajo los harapos de su túnica.
—Transformaré tu muerte en un manjar para mi amada.
Las carcajadas del hechicero le martillaron los oídos a Rylan; le deshilacharon los sentidos y lo empujaron a un abismo de dolor y desesperación, dispuesto a destrozarle el alma.