Corona de Sal y Luna Capítulo 63
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Capítulo 63

“El castigo del traidor no es el reproche ni el destierro, sino ver su máscara quebrarse en los ojos de quienes hirió”.

— Lord Merckles, ¿hay noticias del avance de lord Tyrsson en las ciudades terrestres?

A Deniel le fascinaba pronunciar ese lord ante todos; saboreaba el temblor que recorría a ciertos cortesanos cuando lo hacía. Si quería quebrar los prejuicios del reino, empezar por honrar al viejo mandrell era la vía: respeto primero, comprensión después.

El anciano, sentado en uno de los tronos de la Sala de Guerra, sonrió al oírlo. Percibía el deleite en cada sílaba y, aunque fingía modestia, no podía evitar sentirse halagado.

—Mis mensajeros trajeron esta tarde el informe del alto lord Tyrsson. Las ciudades terrestres mantienen el respeto por las sirenas y la mayoría de los ciudadanos jura lealtad a nuestro reino. Nuestro lord asegura la conquista antes de su coronación, sin necesidad de desatar otra guerra.

—Excelente —dijo Deniel—. Un problema menos. Solo nos falta…

Azura cortó el agua y se plantó ante él.

La flix sostuvo la mirada del tritón y abrió el puente hacia Eldryan.

El salón contuvo el aliento; nadie entendía lo que ocurría.

Arielle lo llamó, mas no obtuvo respuesta.

Bajó del trono, dispuesta a alcanzarlo, cuando alguien la sujetó del brazo.

Al volverse hacia él, el brillo del collar en el cuello de Royce le entregó todas las respuestas.

A su llegada al castillo, Deniel había puesto en manos de Royce un collar de plata con una perla y dos escamas suyas. La perla guardaba un hechizo que permitía al jinete respirar bajo el agua.

—Está bien —apuntó Royce—, solo se está comunicando con alguien.

—¿Con quién? —exigió el rey.

—Eso solo lo saben Deniel y Azura, alteza.

Pasados unos minutos, el joven tritón regresó a la Sala de Guerra. Miró a Royce, todavía a su lado, y luego al resto, suspendidos en un asombro mudo.

—¿Qué sucedió? —preguntó Royce. Sin pensarlo, le tomó la mano; en los ojos de Deniel leyó dolor y temió por Asher.

—Malas noticias. Kayla irrumpió en el duelo entre Asher y el hijo del alto lord de los Elfos; fue ella quien remató a Elvain.

—Vaya… —Arielle dejó asomar un vestigio de ironía—. Al parecer, Kayla muestra sus verdaderos colores.

De niña tuvo la oportunidad de conocerla; jamás la llamó amiga.

—Eso no es todo —siguió Deniel—. El ladrón que robó la varita de Morgana apareció en el torneo: fue tras Asher.

—¡Una desgracia! —estalló Nerus, consciente del peligro de aquel instrumento maldito—. Quien la empuñe tendrá acceso a la magia oscura que Merlín enterró hace cinco mil años.

—Tal vez Kayla sepa quién es su nuevo portador —dijo Arielle.

—Los ataques coincidieron por azar esta vez —suspiró Deniel—.

El nuevo usuario de la varita colabora con el capitán Mlambo.

Ezkel los sorprendió y casi muere, se esfumó antes de caer, auxiliado por alguien cuya identidad aún desconocen.

El portador también desapareció. Por fortuna, Celeste capturó a Ronnald y lo mantiene en las mazmorras en secreto.

—Si hay un testigo, podremos atrapar al usuario de la varita —propuso el mandrell.

La respuesta de Deniel disipó la esperanza.

—La testigo no alcanzó a verle el rostro.

—¿Quién es? —inquirió el rey.

Deniel miró a Royce. Sabía que, al oír el nombre, el jinete se quebraría por dentro. Le apretó la mano para aplacar la tormenta antes de que se desatara.

—No corrió peligro alguno; está bien. La testigo es la princesa Amarys Deehagon.

El miedo mordió a Royce por dentro. La vieja sombra de la pérdida regresó. Su instinto fue correr hacia los establos donde descansaba Xerex y regresar a Eldryan, pero el apretón de Deniel lo trajo de vuelta en medio de la deseperación.

—La princesa está a salvo —añadió Deniel—. Ahora mismo la custodian Asher y Layla.

La exaltación de Royce no pasó desapercibida. Algunos la leyeron como lealtad a Daavos; Alina y Egor, en cambio, reconocieron el verdadero origen de esa grieta.

—Terminemos por hoy —ordenó el rey—. Debemos prepararnos para cualquier ataque inesperado. Dudo que Morgana respete nuestras leyes.

—¿Celeste descifró qué busca esa bruja? —preguntó el alto lord Nerus.

—Por ahora solo sabemos que atacó a uno de los caballeros. Celeste cree que intenta vengarse.

—No lo creo —dijo Alina—. Hay algo más, y está en Eldryan; de otro modo, ya habría abandonado el castillo y evitaría un enfrentamiento con Celeste.

Alina no era reina solo por su belleza. Su olfato de vieja loba le decía que no solo Morgana escondía algo. Por mucho que actuara su nieto, llevaban años bajo el mismo techo: sabía leer cada una de sus armaduras, y esta llevaba la preocupación grabada a fuego.

El cónclave de la corte se disolvió al instante.

Deniel, Royce y Arielle tomaron rumbo al Castillo Sel, lejos de los mayores.

Aunque debían guardar cierta confianza con sus principales cortesanos, Deniel entendió el mensaje que Celeste había dejado entre líneas en las palabras de Layla: nadie debía saber quiénes eran ellos.

No por ahora. Mucho menos que el ataque de Morgana obedecía a la llave que custodiaba Asher, el secreto que mantiene velado al mundo mágico.

Entraron en la habitación de Deniel. Con un simple ademán, el tritón cerró las puertas para que ningún oído indiscreto se colara.

—¿Amarys está bien?

La preocupación raspaba la voz de Royce; las manos le temblaban con solo imaginar a su hermana herida.

—Amarys está a salvo. Nadie notó su presencia —dijo Deniel, buscando calmarlo.

—¿Entonces cuál fue el verdadero motivo del ataque de Morgana a ese caballero? ¿La Llave de la Barrera?

Arielle sabía que un ser como ella no atacaría estudiantes por mero rencor. No había lugar para la casualidad tratándose de Asher.

Deniel suspiró. Odiaba contrariar a Celeste, pero no le quedaba otra que revelar parte de sus planes, aunque fuera como excusa para contener a su hermana.

—Morgana odia a los humanos. Desde su destierro los ha usado como ratas de laboratorio.

Las desapariciones se volvieron frecuentes y las pruebas de sus rituales despertaron a los creyentes de la hechicería.

Para proteger nuestro mundo, el Consejo ordenó a Celeste detenerla.

Morgana juró volver y vengarse tanto de humanos como de maggiums y, ahora que halló el modo de regresar, va tras Asher para arrebatarle la llave.

—¿Cómo descubrió que él es el protector?

Algo no encajaba. La idea de un traidor cercano encendió todas las alarmas en la mente de Royce.

—Celeste aún no lo sabe. El capitán no habla. Ni con sus hechizos ni con la ayuda de Theodor ha logrado dar con el ladrón de la varita: cada vez que exploran sus recuerdos, Morgana adopta un rostro distinto. Además, nuestro capitán no es un don nadie.

Con cada frase, el ovillo se enredaba más. Aun así, aquel incidente permitió a Celeste entrever un plan maestro que ni ella misma había previsto.

—¿A qué te refieres? —preguntó Arielle.

—El capitán tiene otro nombre: Ronnald Lagance, hijo menor del rey de Ashanty. Royce y Arielle se miraron, contrariados. Al parecer, el jinete no era el único que ocultaba una corona.

—El rey George Lagance fue paladín del rey Oliver, igual que el padre de Asher. Se apoderó del trono y usó a su hijo menor para intentar asesinar a Asher y mantener su secreto bajo llave.

—Ese bastardo fue quien nos atacó en el castillo —gruñó Royce, llevándose la mano al hombro, justo donde aún podía sentir la flecha.

—Celeste quiere usarlo como cebo para atraer a Morgana. Luego lo enviará aquí y debemos mantenerlo prisionero —dijo Deniel.

—Deberíamos matarlo.

—Celeste ordenó que siga con vida, Arielle.

Deniel se volvió de inmediato hacia su hermana. Sabía que, de darle un resquicio, ella lo partiría en dos sin pestañear.

—No nos servirá de nada —bufó Arielle, dejándose caer sobre la cama—. Solo trae una historia familiar dramática. Nada relevante.

—Yo no haría eso si fuera tú —dijo Royce.

El mundo ardía, Amarys estaba a salvo y una bruja desquiciada merodeaba por Eldryan. Para Royce, casi rutina. Un poco de humor no vendría mal.

Arielle miró las sábanas bajo su vestido y, con una mueca de asco, se incorporó de golpe, ahuyentando de la cabeza imágenes vergonzosas.

—No tienes que ser tan explícito.

—Solo decía. —Royce se encogió de hombros.

—Basta de pelear —los cortó Deniel—. Todo ha sido una locura desde que llegué, y ustedes solo piensan en discutir.

—No te preocupes. —Sonrió Royce—. Te protegeré, vengan las brujas que vengan. —Le guiñó un ojo con descaro, sabiendo que eso le quemaba a Arielle por dentro.

Ella salió de la habitación con gesto torcido, como arrastrada por una fuerza ajena.

Por mucho que detestara a los jinetes, algo en su interior murmuraba que Royce no era como los demás.

Pero no lo admitiría. Mantendría la guardia alta: no se arriesgaría a otra sorpresa que le costara la vida de su hermano.