Capítulo 62
“Vemos lo que deseamos, oímos lo que queremos y decimos lo que nos conviene”.
Morgana se retiró la capucha y le mostró el rostro a Ezkel. El cabello negro le caía sobre los hombros; los ojos, enrojecidos, destilaban la misma soberbia de aquella mujer a la que tanto odiaba.
Ezkel estalló en carcajadas.
—Desde el infierno reservaré un asiento en primera fila para verla matarte. Me recrearé con cada instante de miseria que vivirá en este castillo, culpándose por destruir a su propia familia.
Mientras él reía como un lunático, Elena alzó la varita, reuniendo su magia en un solo golpe.
—Quizá ella se reúna contigo antes que yo. ¡Vocatio…!
— ¡Absolute Cancel!
El aire se volvió vendaval en un latido: los presentes quedaron inmóviles ante la voz aguda que rasgó la habitación, y la voz obligó a las sombras que sujetaban a Ezkel a regresar a Morgana. Solo el hechicero sonrió al reconocer al intruso.
—Hasta la próxima.
La sonrisa de victoria se le dibujó un instante antes de desvanecerse.
El viento amainó. Los libros, desparramados, sepultaron a Amarys.
Morgana maldijo y lanzó hechizos en todas direcciones: habían descubierto su plan y, para colmo, el intruso había escapado bajo sus narices.
Ronnald se acercó sin saber qué hacer; no obstante, necesitaba soltar lo que llevaba atragantado.
—¿Por qué no me dijiste quién eras?
—¿Crees que voy a revelar mi rostro a cualquiera que se cruce en mi camino? De todos modos, te haré olvidarlo. No quiero casualidades si llegan a atraparte.
—¿Qué haremos ahora? ¿Cómo nos libraremos de Asher? —preguntó Ronnald.
—Por ahora, poco. Celeste tiene a los guardianes bajo su control —las palabras de Morgana arrancaron de Ronnald una mirada indescriptible—. Asher es solo el más débil de ellos.
—¿Te refieres a que ese tritón es el guardián de las sirenas? —Ronnald se atragantó con sus propias palabras.
—No solo él. Layla y ese sirviente enmascarado son los guardianes de Greenland y de Daavos.
—¿Y el quinto guardián?
—No está en el castillo, pero Celeste debe saber quién es. —Morgana estudió la expresión de Ronnald mientras calculaba—. Ni una palabra, capitán. Nos conviene el secreto; no queremos llamar la atención de toda Sthevyand.
—Podríamos conseguir mucho oro vendiendo esta información —señaló Ronnald.
—No ahora. Si me sigues, obtendrás más riquezas de las que podrías encontrar en Ashanty.
Las sombras volvieron para envolver a Morgana, enroscándose como serpientes por su cuerpo hasta convertirla en una nube oscura que se filtró por las grietas del suelo.
Antes de desvanecerse por completo, una hebra de sombra le rozó la frente al capitán y le torció la memoria: le arrancó de cuajo toda imagen de su rostro.
Ronnald siguió las sombras con la vista. No le importó el hueco recién abierto en su memoria; solo se preguntó si, en verdad, existía algo más valioso que las arcas de oro y la corona de Ashanty.
Mientras él saboreaba las mieles prometidas por la bruja, Ezkel sabía que estaba en problemas.
Apareció tumbado en el suelo helado de la guarida de Hades y toda su petulancia se deshizo.
Alzó la vista; su amo lo contemplaba con una expresión impenetrable.
Aun con un cuerpo joven y un poder considerable, no alcanzaba lo que una vez fue: la maldición de Celeste había dejado la mayor parte de su magia atrapada en su antiguo cuerpo, sellado en cristales.
—Lo siento, mi señor…
—Silencio. ¿Qué hacías enfrentándote a esos dos? —bramó Hades al recuperar el aliento.
—Mi señor, esa bruja es Morgana —balbuceó Ezkel, inclinando la cabeza hasta rozar el suelo.
—¿Morgana?
—Sí, mi señor. Celeste no pudo destruirla. Se encerró en la varita y posee a quien la empuña.
Hades se reclinó en el trono. Las piezas del tablero se movían sin su consentimiento, y eso no le gustaba.
Morgana era un adversario formidable; guardaba hechizos tan antiguos que rivalizaban con los del propio Merlín.
Si entraba al juego, tarde o temprano disputarían el dominio del mundo mágico y, en su estado actual, él no resistiría un choque directo.
—Hay que eliminar al dueño de la varita de inmediato —ordenó, golpeando el trono.
—No puedo regresar a Eldryan, mi señor; ella conoce mi rostro.
—¿Quién es ella?
Hades quedó sorprendido al escuchar el nombre.
De cualquier otra persona lo hubiese dudado, pero no a Ezkel.
De inmediato empezó a tejer otros planes: quizá no fuese tan malo que Morgana hubiese vuelto; bastaba con tirar de los hilos correctos para atraerla a sus filas.
Con su fuerza, el mundo mágico se rendiría.
Ni la propia Celeste tendría cómo detenerla sin pagar un precio.
—Señor, hay otro problema.
Ezkel bajó la cabeza a la sombra de la mirada inquisitiva de su amo.
—Más te vale que sea algo que puedas manejar. Hoy no estoy de humor para sorpresas.
El sudor helado le surcó la frente. Se le espesó la saliva cuando las palabras amagaron a salir. Lo que estaba por decir sería atroz a oídos de su amo; bastaba para que la ira de Hades lo redujera a cenizas.
—Los… guardianes…, mi señor… Celeste tiene en el castillo a Asher Argent, guardián de la Llave de la Barrera, y a la princesa Layla, la elegida por la diosa Essen.
—Ya lo sabía —respondió Hades, descendiendo los escalones para reunirse con su sirviente.
Ezkel parpadeó, atónito y… a la vez, agradecido de seguir vivo. ¿Cómo rayos se había enterado, si solo Kayla y él conocían esa verdad?
Hades señaló una esquina del salón. De las sombras emergió uno de sus súbditos.
—Lo sé todo. Los eliminaré a la vez. Pero antes, necesito el libro de Merlín y los cristales de sangre que nacerán en las Tierras de Acero.
Mientras Hades urdía su entramado, Layla se negó a dejar a Asher solo en la enfermería.
Sus heridas habían desaparecido bajo el pulso nuevo de su magia curativa, pero ella no descansaría hasta que una curandera lo examinara.
Fuera de peligro, Asher aguardaba acostado, aferrado al collar, mientras Celeste los interrogaba.
—No vi su rostro. Ni siquiera sé de dónde vino. Era un espectro que manejaba las sombras… incluso la mía —dijo el caballero, con la derrota aún mordiéndole la voz.
—Temo que alguien esté usando magia prohibida.
El ceño de Celeste se ensombreció. Con lo que contaban Asher y Layla, no le quedaban dudas: aquello era obra de Morgana. Quien empuñara la varita conocía sus verdaderos alcances.
— Magíster , ¿qué hicieron con el cuerpo de Elvain?
Aunque verlo a salvo la aliviaba, Layla llevaba un hierro ardiendo en el pecho.
Habían sido demasiados años al lado de Elvain como para no sentir nada tras su muerte.
El dolor se mezclaba con la ira al recordar cómo Kayla, sin un ápice de escrúpulo, lo había asesinado.
La parte más antigua y animal de su alma pedía correr tras ella y hacerla pagar; pero no era una asesina.
Haría que su hermana respondiera ante todo el reino.
Y se encargaría de que fuera la última vez.
—Layla consiguió sus alas —anunció Asher, incorporándose.
—¿Es cierto, Layla?
La curiosidad brilló en los ojos de Celeste. Sonrió cuando, de pronto, las alas rosadas de la princesa se desplegaron ante ella. El resplandor duró lo que un rayo devorado por la sombra: Amarys irrumpió tambaleándose y se llevó toda la atención.
—¡Amarys! —exclamó Layla.
—Ezkel y el capitán Mlambo se enfrentaron —balbuceó—. Ezkel descubrió que el capitán y Morgana planearon el ataque a Asher para robarle la llave, pero, cuando estaba por vencerlo una voz se lo llevó.
—Tenemos que encontrar a Morgana. Mientras esté suelta, todos corremos peligro. Yo iré tras Ronnald; ustedes regresen a sus dormitorios. Por esta noche permitiré que estén juntos: cuiden de Amarys y estén listos para pelear. No pensaba pedirles esto tan pronto, pero necesitamos a los guardianes.
—¿Y Deniel y Royce? —preguntó Asher.
—Dejémoslos con la coronación. Por ahora, confiemos en que seremos suficientes.
—¿En qué puedo ayudar? —Elena apareció en el marco de la puerta.
—Avisa a los capitanes que redoblen la guardia. Debemos encontrar a Ezkel y descubrir para quién trabaja. Yo me encargaré de Ronnald.
— Magíster , quiero ajustar cuentas con ese bastardo —dijo Asher, poniéndose en pie.
Si el capitán quería la llave, tendría que ganársela.
—Hoy ya tuviste bastante. Descansa lo que puedas.
Celeste desapareció junto a Elena. La escuela estaba en riesgo y era su deber velar por todos. No habría masacre. No mientras ella estuviera al mando.
—Debo advertir a mi hermano —dijo Amarys, con la inquietud clavada en la garganta.
Él también era guardián: si iban tras él, debía estar listo.
—Hablaremos con ellos desde la habitación. Ahora, vámonos.
Layla echó a andar y los demás la siguieron hacia el dormitorio: amplio para los tres, seguro para Amarys.
El castigo de su hermana tendría que esperar.
Primero, Morgana. Su mundo se había vuelto una tormenta desde que descubrió su identidad como guardiana; vivir o morir parecía el pulso natural de cada día, y en medio estaban sus amigos y Asher.
Con sus nuevos poderes marcaría la diferencia.
Ya no era la princesa a la que había que proteger: ahora era la que protegería a todos.