Capítulo 61
“No siempre las criaturas que se ocultan en las sombras son horrendas; bajo la luz, algunas se muestran dóciles”.
—¿Tienes la Llave de la Barrera? ¿Está muerto? —preguntó Ronnald, anhelando oír el sí.
—Aún no.
—¡¿Por qué?! —gritó el capitán, molesto.
Morgana no soportó la mirada inquisitiva que la recorría, juzgándola por incompetente, y con un simple gesto descargó un azote de magia que lo lanzó de espaldas.
Como si la oscuridad le naciera bajo la túnica harapienta, las sombras se desataron y lo cercaron en una danza de tiburones, ansiosos por destrozarlo a mordiscos.
—Omitiste el pequeño detalle de que Asher posee a Silver Fox .
Desde su escondite, Amarys no entendía de qué hablaban; Ezkel, sí.
La curiosidad se le convirtió en espanto.
¿Cómo podía Asher portar el arma del legendario guardián?
¿Cómo había obtenido dos armas mágicas? Las preguntas duraron un latido: el aguijón de la respuesta llegó solo, uniendo los cabos sueltos.
Si Asher poseía la llave, pertenecía al linaje de Callius Argent. Era un guardián.
Abrumado, Ezkel dio un paso atrás sin notar el estante a su espalda; la catarata de libros al caer atrajo las miradas de Morgana y Ronnald.
El cuerpo frío y húmedo; los nervios lo traicionaron mientras buscaba, desesperado, una salida.
Algo se movió tras él, quizá un roedor, pero al verla alzar la varita supo que estaba condenado.
Se giró despacio, aterrado. Las sombras se arremolinaron frente a él, tomando una forma monstruosa de ojos rojos, y lo abatieron con un rugido, lanzándolo por los aires hasta hacerlo caer junto a Ronnald.
—Qué inesperada sorpresa, profesor —dijo la hechicera, replegando las sombras bajo su túnica.
Ezkel se incorporó al instante y alzó la varita, dispuesto a fulminar al primero que se moviese.
Ronnald se irguió de un salto y cerró la mano sobre la empuñadura de la espada. Conocía bien a Ezkel: en tiempos de calma no jugaba limpio; acorralado, jugaba más sucio.
—¿Quién demonios eres? —preguntó el hechicero.
—¿Quién más podría blandir esta varita, profesor?
—Morgana está muerta. Celeste se encargó de ella.
Una carcajada recorrió la sala, haciendo eco hasta Amarys, inmóvil entre los libros.
—Esa bruja destruyó mi cuerpo, no mi alma. Con esta varita puedo apoderarme de quien la tome. Gracias a tu amada Celeste, me volví inmortal.
A Ezkel casi se le salen los ojos. Una de las peores brujas de la historia había burlado a la muerte y la tenía delante.
Incluso para Hades sería difícil deshacerse de ella en ese estado.
Horrorizado, calculó sus opciones. De los dos, Ronnald era el flanco débil; podría vencerlo pese a su fama. Contra Morgana no tenía oportunidad.
—Ahora que sabes de mí, no puedo dejarte ir. ¡Ronnald, acábalo!
“¡Bingo!”, pensó Ezkel. Usaría al capitán como distracción para abrirse una ruta y alertar a Celeste. Con suerte, ambas caerían en el enfrentamiento: dos pájaros de un tiro.
—Será un placer.
Ronnald desenvainó la espada y asestó un tajo cargado de magia antes de que Ezkel alcanzara a reaccionar.
El mago rodó; el filo silbó por encima. Pese a la sorpresa, todo marchaba a su favor: bastaba con seguir toreándolo, ganar distancia de las sombras y escabullirse.
Otro envite lo empujó hasta quedar a unos pasos de la puerta principal; al intentar invocar un hechizo, una sombra le sujetó la mano y, desde el suelo, le mostró un centenar de dientes en una sonrisa burlona antes de arrastrarlo de regreso al centro de la sala.
—No te vayas tan rápido, Ezkel. Ronnald aún no termina contigo.
Las sombras escaparon del manto de Morgana y los encerraron en un remolino de oscuridad del que solo uno saldría.
Ronnald arremetió con un corte horizontal, directo al cuello, buscando la decapitación. Ezkel, condenado al combate, alzó un escudo.
—No bloquearás todos mis ataques —se burló el capitán, cambiando la espada de mano.
—Tu magia es limitada, capitán. La mía no conoce amarras. ¡Comminuens Impulsa!
La rabia de Ezkel se volvió un encantamiento que pocos resistían; aun así, Ronnald lo fue. Los ojos del hechicero se abrieron al ver cómo la espada absorbía la magia.
—Hoy no estás en forma, viejo amigo. Las armas de los caballeros absorben hechizos, ¿lo olvidaste?
—Y también sé que tienen un límite. ¡Triplex Ímpetus!
La ráfaga salió de la varita en tres frentes y se abalanzó sobre Ronnald: el golpe perfecto para derribarlo. Aunque liberara el hechizo que guardaba la espada, ahora eran tres: si atrapaba una esfera, las otras dos lo harían pedazos.
Ronnald suspiró, decepcionado, y alzó la espada para absorber de un solo gesto los tres ataques.
—Es cierto que un arma común queda inutilizada mientras contiene un hechizo; a veces depende del número de gemas y de la determinación del caballero. En mi caso, porto a Infinity , la Espada Infinita, una de las Diez Armas Primordiales. Con ella no tengo límite para absorber magia.
Remató el discurso con dos tajos nuevos, decidido a cerrar el duelo. Ezkel los bloqueó con un contraataque que iluminó toda la sala, hasta rasgar las sombras.
“Difícil de ganar”, calculó el mago; la espada de Ronnald era una verdadera molestia. Aun así, había un modo de voltearlo en su propio juego. Alzó la varita e invocó dos gólems, uno de piedra y otro de fuego, ambos arremetieron al unísono.
Ronnald esquivó el primer golpe y atravesó el pecho del gólem de piedra, drenándole la magia hasta volverlo arena.
Blandió la espada otra vez y trazó un corte transversal en la espalda del de fuego; al absorber su brasa, no quedó rastro del encantamiento.
El capitán se permitió una sonrisa. La mirada, satisfecha, se le fue a Infinity , apartándose un instante de su rival.
La hoja voló de su mano por un impacto. La palma le ardió; una quemadura oscureció su piel como escarmiento por su ego. Ezkel alzó la varita y susurró casi sin respirar un antiguo encantamiento.
El capitán bajó la mirada. A sus pies, círculos concéntricos de runas se encendían uno tras otro. Intentó huir; mas no pasó del tercero. Desesperado, clamó a Morgana por ayuda.
—Qué sorpresa, profesor. No sabía que tenías permitido usar un hechizo prohibido.
La anciana sonrió con malicia. Disfrutaba la desesperación de Ronnald; le divertía ver a aquel petulante suplicar mientras el corazón, temeroso, parecía buscar salida del pecho.
Ezkel la ignoró y siguió el conjuro. Estaba a una frase de concluir cuando Morgana agitó la varita: las sombras irrumpieron, desbarataron el círculo y lo arrojaron al suelo, cortándole de raíz el flujo de magia.
La espectral anciana avanzó hasta el hechicero; con un ademán, las sombras lo clavaron contra la piedra y lo obligaron a sostenerle la mirada.
—Te has convertido en una amenaza, mi querido Ezkel. No puedo dejarte vivir. Quién sabe qué otros hechizos guardas en esa cabecita. No me arriesgaré a que te interpongas en mis planes.
—Te esperaré en el infierno, maldita.
La mirada de Ezkel se hundió en la oscuridad que velaba aquel rostro. Quiso ver más allá de los ojos rojos que lo condenaban.
Como si le leyera la mente, ella le concedió el deseo: alzó la mano y retiró la capucha.
—¿Tú?
Ezkel quedó petrificado. Por más que intentó sostener la calma, aquel rostro le desmontó toda certeza y, aun así, le dejó una chispa de satisfacción.
Aunque muriera, haría que su espíritu regresara al castillo para ver a Celeste consumirse de dolor cuando descubriera quién era el nuevo huésped de Morgana.