Corona de Sal y Luna Capítulo 60
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Capítulo 60

“En tiempos oscuros, de tormentas y abismos, nuestros recuerdos serán la fuerza que nos alzará de entre las sombras”.

El combate iba mal. Asher se defendía absorbiendo los embates del hechicero para devolvérselos, pero la magia del enemigo tenía un pulso extraño: las sombras lo obedecían; incluso la suya intentó traicionarlo una y otra vez.

Y, sin embargo, cada vez que se acercaban a su espada retrocedían, como si la temieran.

Por mucho riesgo que implicara, no podía pelear a distancia: debía cerrar la brecha, negarle los hechizos y, sobre todo, el tiempo para pensar.

Con las últimas fuerzas resistiría hasta hallar la forma de vencerlo y poder ayudar a Layla.

El hada no estaba en mejor situación. Su hermana atacaba sin descanso, escudándose entre los árboles y exhibiendo la ventaja de sus alas.

En uno de los embates, Kayla arrojó dos rocas: Layla las esquivó, pero no la esfera que la atrapó.

Dentro, el espacio se encogía y el aire escaseaba.

Los latidos le retumbaban como tambores que anuncian la muerte.

—No tienes cómo vencerme.

Un estruendo desvió la atención de las hadas.

Ambas miraron hacia Asher y el hechicero.

Un destello lo derribó, dejándolo inconsciente.

El enemigo se acercó para tomar lo que buscaba; desató el poder de su varita y comenzó a recitar un hechizo desconocido.

La maldad de esa magia se sentía incluso dentro de la esfera, donde Layla gritaba aterrada.

En el deambular de su mente, Asher encontró paredes blancas, cálidas, como si aquel lugar lo hubiese estado esperando desde hacía mucho.

Retrocedió, tropezó con una mesita; al volverse, vio un retrato de sus padres.

Lo sostuvo entre las manos y acarició el rostro de su madre.

Llegaron la añoranza y el anhelo; y, con ellos, el viejo dolor, punzante, al mirar la sonrisa de su padre.

Una mano le tocó el hombro y lo hizo girar: allí estaban, sonriéndole de nuevo.

—¡Mamá! ¡Papá! —Corrió a abrazarlos con los ojos húmedos.

Se sentía tan bien volver a tenerlos que no le importaba quedarse allí en silencio, llorando de felicidad sobre el pecho de su madre.

—Debes ser fuerte, Asher. Tu deber aún no termina —dijo su padre.

—Pero quiero estar aquí, junto a ustedes.

Su madre sonrió y le acarició el rostro.

—Nunca nos hemos apartado de ti, pero Layla te necesita. Los débiles de Sthevyand te necesitan.

—Debes regresar y proteger la llave —añadió su padre—. Lamento haberte dejado esa carga, hijo mío, pero eres el único en quien confío.

Le revolvió el cabello como cuando era niño.

—Pero yo los necesito.

—Recuerda: siempre estamos contigo.

La habitación empezó a disolverse en blanco, llevándose con ella a sus padres.

—¡Mamá! —gritó el joven caballero.

—Siempre estaremos a tu lado —dijo ella, con una sonrisa que le sostuvo la mirada.

—¡Asher! —una voz irrumpió a lo lejos.

—¡Papá!

Asher intentó seguirlos, pero el suelo bajo él desapareció y cayó en un vacío interminable.

—Protege la llave, hijo mío.

—¡Asher!

El recuerdo se rasgó en una luz blanca que se trenzó con los gritos de Layla y lo arrastró de vuelta a su cuerpo.

Cuando abrió los ojos, el hechicero le apuntaba al pecho con la varita.

Un humo negro le lamió el torso, quemándole la tela y arremolinándose sobre la piel desnuda.

De entre las sombras brotó una luz violeta; su resplandor rasgó la oscuridad y reveló la llave dorada que debía custodiar.

Las palabras de sus padres lo alcanzaron y, como un relámpago, las cadenas surgieron y se cerraron sobre la llave, absorbiendo el encantamiento del enemigo en un último acto de deber cumplido.

Atrapada en la esfera, Layla sentía las lágrimas precipitarse mientras la obligaban a ver el sufrimiento de Asher. El dolor del caballero le perforaba las entrañas más que las burlas incesantes de su hermana.

—Lástima que nunca podrás ver el color de tus alas.

¿Alas? ¿Quién las necesitaba? No eran más que adornos vanidosos que se negaban a brotar en su espalda, volviéndola presa fácil de las burlas de la corte.

“No las necesito. Solo deseo poder suficiente para ayudar a mis amigos. No las necesito”, se repetía.

La penosa imagen de Asher cedió bajo su sonrisa.

La muerte sanguinaria de Elvain fue arrancada por el recuerdo del niño rubio de ojos verdes que corría con ella por los jardines del castillo.

La cálida sonrisa de Deniel, asombrado la primera vez que conoció su poder, le encendió el pecho en medio de la desgracia.

Volvieron las palabras de Emmond en el baile de bienvenida, cuando la llamó el hada más fuerte que conocía; y el abrazo de Royce, lleno de cariño y respeto, la tomó entera.

Aquellos recuerdos se transmutaron en magia pura y salvaje.

Kayla sintió su control vacilar. La esfera crecía y la presión interior se hacía indomable. La perdió. Estalló, la arrastró con su fuerza y se desintegró, dejando libre a Layla. La confianza de Kayla se quebró al verla suspendida en el aire, sin necesidad de alas.

—Hay un poder que nunca podrás dominar como yo, ni siquiera con tus alas. ¡Silva Spirituum!

El bosque se estremeció, como si despertara de un sueño antiguo. No solo Kayla percibió el alzamiento de ese poder: todos en el torneo lo sintieron en las entrañas; incluso las bestias corrieron a esconderse ante la energía que resurgía tras mil años de letargo.

Para muchos fue solo viento entre las ramas; para las hadas, árboles que hablaban, rocas que clamaban y ríos en murmullo. El bosque despertó y tejió un canto ancestral que confluyó en Layla.

Abrió los ojos y vio la perplejidad en el rostro de su hermana: aterrada, mirando a todas partes y a ninguna en particular.

Layla alzó las manos, encerró la rabia del viento en sus puños y la transformó en un vendaval que arremetió contra Kayla, devolviéndola a la tierra.

—Es momento de enfrentar tu castigo.

Layla sintió la energía del bosque fluir a través de ella; un cosquilleo le nacía en la espalda, como si algo intentara florecer. No se detuvo ni siquiera a mirar qué era: siguió oyendo las voces y se unió a su cántico.

Tirada en el suelo, incrédula ante semejante poder, Kayla apretó los puños; los ojos, deslumbrados por el asombro, el miedo y la envidia.

Fue entonces cuando una luz se materializó en un par de alas en la espalda de Layla y, por primera vez, Kayla sintió miedo de ella.

Ni el canto acusador del bosque que la juzgaba era tan aterrador como el rosa intenso que teñía la espalda de su hermana.

En un arrebato de desesperación, cegada por la avaricia de la corona, aunó sus fuerzas en un solo golpe: detendría aquella transformación, quemaría esas alas que tanto odiaba.

Liberó su ira y lanzó la esfera, deseando con toda su alma que bastara para librarse de aquella bastarda que nunca debió nacer.

Layla detuvo el encantamiento con una mano y lo apretó hasta asfixiarlo.

—La fuerza del bosque está conmigo.

La antigua fuerza de los espíritus se amontonó entre sus manos; el cántico del bosque se hizo uno solo en su voz. La magia brotó como un caudal desbordado, brillando como la luna sobre el agua, y se fundió en un verso poderoso, en una plegaria ancestral.

La tierra bajo Kayla tembló; las plantas, sedientas de justicia, la apresaron por sus crímenes.

—Los espíritus determinarán tu castigo.

La esfera de luz en las manos de Layla se le escapó y avanzó hacia la culpable, derramando la ira de los espíritus a su paso; pero, antes de tocarla, Kayla desapareció ante sus ojos.

La magia se desintegró al impactar contra el suelo, y Layla quedó atónita.

No sabía cómo había escapado, pero aún debía encargarse de alguien antes de ir tras ella.

Se volvió hacia el hechicero y alzó un nuevo ataque; no alcanzó a pronunciar palabra alguna: el mago fue engullido por las sombras en un pestañar.

El silencio cayó en el claro; solo quedó la respiración rota de Asher.

Sin cerciorarse siquiera de que siguieran solos, voló hasta él.

Estaba malherido: las múltiples laceraciones habían vuelto su piel bronceada en un rojo oscuro.

La respiración jadeante del caballero era una tortura, pero lo que de veras la heló fue ver la llave dorada regresar a su escondite.

Extendió las manos sobre él y canalizó energía sanadora para arrebatárselo a la muerte.

Abrumado por la adrenalina, Asher cedió: la visión se volvió borrosa y luego negra; quedó inconsciente.

El hechizo sanador de las antiguas hadas le cubrió el cuerpo, hasta el último cabello.

El bosque se agitó respondiendo a las plegarias de Layla, y los espíritus se reunieron en ella para concederle el deseo.

La sangre se borró poco a poco de la piel de Asher y los bordes de las heridas se cerraron hasta volverse finas cicatrices.

Layla no tuvo tiempo de mirar el color de sus alas. Solo pensaba en ponerlo a salvo. Haciéndolo levitar, sobrevoló el bosque de regreso al castillo, donde los curanderos se asegurarían de que no corriera peligro.

Mientras Layla ponía todo su empeño en salvar a Asher, Kayla apareció en el otro extremo del bosque junto a Jace y Farah. Se irguió en cuanto los vio, recordando el trato con el caballero.

—Te advertí que necesitarías ayuda —se burló Jace, avivando aún más su ira. No dejaría pasar la oportunidad de restregarle su incompetencia.

—No pude vencerla porque despertó su poder de guardiana. No contaba con que sucediera tan pronto.

—Sea o no guardiana, Layla siempre ha sido más fuerte que tú. Eran tus trucos baratos lo que la mantenían atrapada.

—No me provoques.

Kayla estalló en rabia; la impotencia de no poder rebatir aquella verdad la empujó a la amenaza.

Farah alzó la varita y encendió fuego a su alrededor, cubriéndolos por completo en un anillo. Kayla se detuvo ante el rojo de las llamas. Su mirada fue de Jace a los ojos de la bruja.

—No te apresures, mi querida mariposa. Te demostré que estabas equivocada. Ahora, acepta mi propuesta.

Kayla le dio vueltas a sus pensamientos una y otra vez buscando una salida, pero siempre llegaba al mismo final.

Su hermana era poderosa. La había manipulado durante años; sin embargo, ahora, con alas y el despertar de su poder como guardiana, sería imposible vencerla.

Necesitaba volverse más fuerte, y Jace era el camino más rápido a ese poder.

—Le entregaré el cristal a Hades a cambio de ese poder del que tanto hablas.

—Te visitaré en las afueras de tu castillo, a medianoche —dijo Jace, cruzándose de brazos. Estaba satisfecho: cumpliría otra misión de su amo. Faltaba poco para obtener su recompensa y acabar con Asher de una vez por todas.

—No tan rápido. Aún me queda una carta contra Layla, pero para eso necesitaré la ayuda de tu amiga.

La hechicera y Jace cruzaron una mirada de asombro. ¿Qué tramaba ahora aquella desquiciada que requería la ayuda de una bruja?

—No haré nada extraño con el cristal. Solo necesito un buen respaldo.

Tras una breve charla, Kayla y la hechicera abandonaron el bosque rumbo a Greenland; antes de irse, el hada, astuta, dejó un mensaje a Ezkel.

El hechicero caminaba por un corredor junto a los jardines cuando una rama emergió de la tierra y se enroscó en su mano. Sintió el fuerte agarre y se detuvo: sabía de quien se trataba. La planta le apretó la muñeca para que no se distrajera. En su cabeza, la voz de Kayla se impuso.

—Necesito que vigiles a Jace y me digas todo lo que sabes sobre él. No me gusta que alguien se me adelante, y, menos, que intente controlarme. Encárgate de eso.

—Estaré al tanto, princesa.

Las plantas volvieron a su lugar mientras Ezkel barría los alrededores con la mirada, cuidando que nadie lo hubiese visto, en especial las diminutas criaturas de Celeste que merodeaban el castillo.

Ya a salvo, reanudó el paso… hasta que algo lo detuvo: el capitán Ronnald Mlambo se deslizaba pegado a las sombras, mirando por encima del hombro para asegurarse de no ser seguido.

Abrió con cautela la puerta del viejo almacén de la biblioteca y se escurrió dentro.

Entre montañas de libros apilados, Amarys oyó el chirrido de la bisagra y apagó el candelero.

Llevaba horas leyendo los antiguos escritos de dragones que Celeste le había sugerido, curiosidades que los tomos de Daavos omitían.

Se quedó inmóvil, respirando en silencio, atenta al paso que avanzaba hacia el centro del salón.

—¿Morgana, estás aquí?

Como si el nombre fuera un conjuro, los candelabros prendieron uno tras otro hasta inundar de luz la sala. Asustada, Amarys volvió a cubrirse tras la pila y afiló el oído. Asomarse era exponerse; escuchar, en cambio, podía salvarla.

Cegado por la curiosidad que le encendió la conducta del capitán, Ezkel se coló por un ventanal del extremo opuesto. Cubriéndose con un encantamiento que lo hacía invisible se acercó a los límites de los estantes.

Del techo cayeron sombras. Reptaron por las paredes, surcaron el suelo y se remolinaron en el centro de la habitación hasta tomar forma: el mismo espectro que había atacado a Asher en el bosque.

Ronnald, ante aquella figura, elevó una plegaria feroz al dios de la muerte: que el cuerpo de Asher yaciera ya a merced de los carroñeros. Al hundir la mirada en los ojos del espectro, se vio a sí mismo regresando a Ashanty, vitoreado como futuro rey tras obtener el voto de su padre.