Corona de Sal y Luna Capítulo 59
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Capítulo 59

“No desees el mal ni a tu peor enemigo; el karma ve y su espada no perdona”.

El bosque calló de golpe cuando Asher pisó el claro junto al lago.

Avanzó alerta, pesando cada paso: allí el silencio nunca presagiaba nada bueno.

Un cuervo de ojos rojos graznó y le cortó el aliento mientras le revoloteaba sobre la cabeza, como si lo delatara.

Barrió el entorno; todo parecía inmóvil.

Alzó la vista buscando al ave: ya no estaba. Se había desvanecido.

Al llegar al centro, sintió la presencia de alguien más. No venía de un punto preciso, sino de la tierra y de los árboles, como si quien lo vigilaba se deslizara con las sombras del bosque.

Un estrépito lo obligó a desenvainar y girar: una roca enorme se deslizaba hacia él. Alcanzó a partirla de un solo tajo. Entonces Elvain emergió de entre los matorrales, riendo a carcajadas, con la lanza de doble hoja en alto y el extremo de metal oscuro apuntándole al pecho.

Asher se zafó del primer embate. Sabía que el elfo no había ido a fondo.

Layla ya lo había advertido sobre la lanza elemental: la hoja oscura gobernaba la tierra y proyectaba ataques a distancia; la hoja verde sometía a las plantas.

Era una de las pocas armas que podían medirse con el poder de las hadas.

—Al fin solos —saludó el elfo.

—Acabemos con esto.

Asher hizo bailar la espada y se lanzó a una velocidad feroz.

Elvain, bajo su apariencia frágil, escondía demasiados trucos.

El choque de acero contra acero sacudió el claro.

Asher clavó la mirada en aquella sonrisa macabra, intentando descifrar la bestia que tenía delante.

Atacó con cautela extrema y una ferocidad contenida, martillando la defensa del elfo en busca de una fisura para hundir la hoja, aunque fuera en el hombro. Debía derrotarlo.

De un salto hacia atrás, el joven lord se apoyó en la lanza.

La hoja oscura se clavó en el suelo y, al retirarla, otra roca se alzó contra Asher.

La partió de nuevo, pero esta vez no fue solo tierra y polvo: del suelo brotaron raíces como serpientes hambrientas, que se le echaron encima intentando adherirse a su cuerpo.

Cortó varias, pero quedó atónito al verlas dividirse y arremeter otra vez.

De reojo alcanzó a ver a Elvain hundiendo la hoja verde en la tierra, avivando la furia del bosque.

Antes de que crecieran, liberó sus cadenas y las clavó en las raíces más gruesas, drenándoles la magia hasta dejarlas secas.

Elvain reconoció la astucia: había evadido las raíces, sí, pero ¿cuánto resistiría contra un bosque entero? Giró la lanza para invocar un golpe de tierra y apartó la vista del caballero y le dejó la brecha perfecta.

Asher canalizó la energía entre las manos y se la devolvió al elfo, cortando el ritual y obligándolo a abortar el hechizo. Observando el brillo de las cadenas, Elvain empezó a entender.

—Tus cadenas roban la magia y la devuelven cargada. Interesante —dijo, notando que solo una dejó de brillar—. Usaste apenas una quinta parte de lo que tomaste y aun así fue más fuerte que mi ataque. No era solo mi magia.

—Absorben, sí. Y multiplican —replicó Asher—. Mi golpe siempre será más pesado que el tuyo.

En combate, Asher prefería no recurrir a Silver Fox . La reservaba como sorpresa para quienes no verían otro amanecer. Pero esta vez no peleaba contra un adversario promedio, y morir no era opción.

—¡Elvain! —gritó Layla.

—¡Layla! —rio él—. Viniste a presenciar la muerte del campesino.

—Nadie tiene que morir —suplicó ella—. Hemos sido amigos durante años; jamás te mentí sobre lo que sentía.

—Tampoco yo. Y no permitiré que un bastardo me arrebate la felicidad.

Elvain estaba cegado por sus deseos. En sus ojos, Layla era la encarnación de su mundo; todo lo que él necesitaba habitaba en ella, y pensaba tomarlo al precio que fuera.

—Por favor, detente. Por nuestra amistad.

—Nunca fui tu amigo. Lo nuestro era amor, y él lo arruinó. Cuando lo mate, volverás a tus cavales y regresarás a mí.

Tan absorto estaba en su ambición que no vio venir el golpe. Advirtió la esfera de poder ya tarde para cubrirse. El impacto lo lanzó al suelo.

—No quiero matarte —dijo Asher—, pero si vuelves a pronunciar “amor” en la misma oración que “Layla”, te acabaré sin pensarlo dos veces.

Elvain rompió a reír como un demente. Sus ojos se ensombrecieron hasta borrar lo humano: ahora eran los de un monstruo sediento de sangre.

—¿Por qué hablas tanto? Ah… ya sé: por ese collar.

Aquellas palabras fueron un puñetazo que alcanzó a Asher en el estómago. Se suponía que nadie conocía su secreto. Celeste lo había sellado desde niño. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y miró a Layla, expulsando de su mente la absurda idea de que ella lo abandonaría.

—Jace me contó tu secreto, Asher —afirmó Elvain, abriendo los brazos como un loco—. El poderoso caballero de Ashanty guarda un pequeño secreto que le oculta al mundo.

—¿De qué hablas?

Layla alternó la mirada entre la locura del elfo y la rigidez de Asher. Juraría que, por primera vez, vio temblar la espada en su mano.

—Con gusto te lo muestro. —Sonrió el elfo —. Puedo manipular la tierra y las plantas… y, por supuesto, sus semillas. Durante mis ataques las sembré por todo tu cuerpo. Ahora es momento de hacerlas crecer.

La hoja verde de la lanza brilló en dirección a Asher. En cuanto la luz lo tocó, las semillas ocultas en su ropa reventaron en un centenar de lianas y brotes, aprisionándolo como a un insecto. Antes de que reaccionara, una de las ramas le arrancó el collar.

—Intenta ladrar ahora, cachorro.

Los nervios treparon por el cuerpo de Asher. Apenas podía moverse. Las lianas lo apretaban, obligándolo a hablar, pero no le salían las palabras.

Entre la risa de Elvain y el ahogo de Asher, Layla desplegó su magia y deshizo las plantas que lo sujetaban. Corrió hacia él, lo sostuvo, le devolvió el aire.

—¿No ves que está defectuoso? —se burló Elvain—. No serás feliz a su lado. Te mentía gracias a ese maldito collar.

—El único defectuoso aquí eres tú. Ya no reconozco quién eres —replicó ella.

El silencio cayó sobre el claro como un veredicto.

Asher peleaba contra la vergüenza: decidir si enfrentaba la respuesta de Layla antes o después de acabar con aquel imbécil.

Layla, por su parte, sopesaba romper para siempre con Elvain y borrar todo rastro de amistad.

No sería difícil, si él seguía dispuesto a matar a Asher.

Entonces, como si el bosque se burlara de ellos, una voz descendió desde la copa de los árboles. Los tres la conocían; Layla la odiaba. Alzó la vista, rezando porque fuese un espejismo de la tensión. No lo era: la figura que volaba sobre sus cabezas la miraba con ojos oscuros.

—¡Kayla!

Mientras Layla y Asher libraban una de sus peores batallas, en el mar Deniel se inquietaba: algo en la atmósfera vibraba mal.

La puerta del camerino se abrió y Royce entró con Azura en el hombro.

Últimamente eran inseparables; a veces Deniel se preguntaba a quién le sería leal la flix .

Sonrió, se acercó al jinete y lo besó: habían pasado horas desde el último beso y tocaba recargar fuerzas.

—Mmm… adoro cuando te pones cariñoso —coqueteó Royce, tomándolo por la cintura.

—Tu mente sucia tendrá que esperar al castillo. Estoy esperando un emisario de la corona de Greenland —afirmó Deniel señalando la esfera de cristal sobre la mesa.

—¿De Greenland?

—Sí. Las hadas confirmaron su asistencia a la coronación y, como aliados, quieren hablar antes.

—¿Qué piensas hacer?

Royce se acercó, preocupado. Una conversación con la corte de las hadas podía fortalecer la alianza o romperla con un paso en falso.

—Ve con cuidado. No sabemos qué pretenden, y menos qué trama Kayla.

—Descuida, Arielle estará conmigo.

—Entonces me retiro; no quiero la mirada gélida de tu hermana.

—Vaya, el poderoso Royce le teme a Arielle —se burló Deniel.

—No te engañes —Royce se inclinó, peligrosamente—. A lo único que temo es a perderte.

El rostro del tritón, pálido por costumbre, tomó un matiz rosado. Nunca habría imaginado que aquella bestia musculosa podía ser tan romántico. Se buscaron y se besaron con hambre, olvidándose de Azura… y de la puerta abierta.

—No pierdas la cabeza por un trozo de carne —masculló Arielle.

—Este trozo de carne es tu cuñado, pulpita —replicó Royce.

—Me vuelves a llamar “pulpita” y mi hermano enviudará antes de tiempo, lagartija.

—¿Podrían no pelear? —intervino Deniel—. Son tan tercos que parecen hermanos.

Antes de que Arielle pudiera protestar, una imagen encendió el cristal de la esfera.

Arielle corrió junto a Deniel. Royce lanzó una última mirada al representante de la corte de las hadas y luego a Deniel.

Por mucho que quisiera quedarse, no debía entrometerse en los asuntos de Selenya. Aún no tenía ese derecho.

—Mi querida hermana —dijo una voz—, aun en la distancia no dejas de causarme problemas.

Kayla se acercó volando, desplegando sus enormes alas verdes y negras. Su vestido parecía más propio de batalla que de baile; su sonrisa, más espeluznante que la de Elvain.

—¿A qué viniste? —preguntó Layla, apretando la mano de Asher.

—¿No es obvio? Vine a ayudarte a limpiar el desastre que provocaste.

—¿De qué va el juego? —le espetó Layla.

—Como era de esperar, la princesita mimada convenció a mamá y papá para que la dejen vivir su historia de amor. La pobre y dulce hada que todavía no consigue sus alas…

—¿Y eso en qué te afecta?

—Si tú no te casas, tendré que hacerlo yo.

—Eso no sucederá, princesa Kayla —dijo Elvain—. Me encargaré de este bastardo y Layla volverá a mí.

La cruel hada le sostuvo la mirada con una sonrisa ladina que olía a desconfianza.

—Claro que no. Nadie interrumpirá mis planes. —Descendió Kayla un tramo, y las sombras de su intención le endurecieron el rostro—. Si no hay elfo, no hay boda.

El viento se crispó en un latido. El mundo se contrajo y se hizo enorme a la vez ante los ojos de Layla. La grotesca imagen de las raíces atravesando a Elvain y de la sangre abriéndose en abanico en la brisa del bosque le arrancó un grito de horror.

El elfo ni siquiera pudo reaccionar. Solo tuvo tiempo de buscar a Layla con la mirada.

Quiso susurrar su nombre justo cuando otra estaca vegetal le rompió la garganta.

La sangre brotó a borbotones; la voz se le apagó para siempre.

Con el corazón traspasado, sus pupilas dilatadas quedaron fijas en la princesa a quien amó, llevándose esa última imagen al infierno.

Layla se desplomó de rodillas contemplando el cuerpo que colgaba como presa recién cazada, tiñendo de rojo las raíces. Intentó correr hacia él, pero Asher la detuvo. Incluso él sintió pena por el elfo. No era el final que merecía.

—Uno menos. Ahora solo quedan ustedes dos.

—¡Eres un monstruo!

Entre sollozos, Layla reunió voz. Le ardía la impotencia de sentirse débil; las humillaciones de su hermana le daban igual, pero no iba a perder a los suyos.

Una raíz emergió a espaldas de Asher; sus reflejos fueron más veloces y la partió.

Layla giró hacia él y, un segundo después, ambos se elevaron en direcciones opuestas.

Asher se recompuso al instante y corrió hacia Layla, temiendo verla herida, pero una figura salió de las sombras y le bloqueó el paso.

Parecía un espectro. La túnica bermeja barría el suelo; una capucha enorme le velaba el rostro.

Pero algo distintivo se alzaba desde los harapos: una varita negra y retorcida.

Asher alzó la guardia, intentando mirar por encima del intruso hacia Layla.

Ella logró ponerse en pie para ayudarlo, pero Kayla volvió a atacar.

—No, querida. Tu batalla es conmigo.

No le importaba quién era aquel sujeto, mientras se encargara de matar al caballero, estaría más satisfecha al no tener que ensuciarse las manos con su inmunda sangre.