Capítulo 58
“Siempre estaremos dispuestos a luchar por quienes amamos, aunque sepamos que nuestras fuerzas no serán suficientes”.
Tras una noche agitada, y no solo por el baile, el sol trepó el horizonte y despabiló los rostros somnolientos de Eldryan.
Los príncipes de Selenya volvían a su castillo y, por cortesía de Celeste, todos debían reunirse en el muelle para despedirlos.
Muchos estudiantes apenas pegaron un ojo, sobre todo quienes ostentaban el título de caballero: tras la partida de los monarcas los aguardaba el examen más riguroso del año.
Y, aunque para algunos era solo un examen, para otros significaba la muerte.
Deniel arrastraba a Royce por los corredores: a la intensa noche le siguió un reclamo de cariño matinal que retrasó su partida.
En la entrada de la torre, sus amigos los esperaban; mientras, en el barco, Arielle apaciguaba a Kleiton, que temía lo peor para el príncipe.
Si estaba en lo cierto, su abuelo le arrancaría la cabeza.
Una oleada de burlas estalló cuando los tórtolos llegaron, casi sin aliento por la carrera. Asher no cesaba con las indirectas a Royce; Azura intentó proyectarles recuerdos, pero Deniel bloqueó su poder. Cuando quiso atraparla, la ágil flix se refugió en los brazos de Layla.
Entre risas y bromas reanudaron la marcha hacia los muelles, confiando en que Celeste pasara por alto la demora.
En el Gran Salón se cruzaron con Lyon; al ver a Royce, dio media vuelta y huyó, aterrado.
El rostro del joven hechicero era un desastre: una herida le cruzaba la ceja derecha y un moretón le hinchaba el labio.
El silencio cayó de golpe. El jinete no buscó excusas.
No las necesitaba: no sentía el menor remordimiento por lo que había hecho.
—¿Tú lo golpeaste?
La mirada de Deniel osciló entre el regaño y el alivio culpable. Le preocupaba el muchacho, pero las mariposas en el estómago le revoloteaban al intuir que Royce lo había defendido.
—No fui yo —dijo apartando la vista—. Fue Gahel.
Estallaron protestas; solo Asher soltó la carcajada, hasta ganarse un codazo del hada.
—Eso puede traerte problemas. Celeste no siempre podrá ayudarnos.
La preocupación de Deniel era nítida. Aquel chico no era un don nadie: su padre era noble y, de enterarse, podría actuar contra Royce.
—Mira quién habla de problemas: el príncipe que enfrentó a un alto lord y a su familia para enderezar la jerarquía de Selenya.
Royce sonrió, ladino; tenía la conversación a favor, y Deniel, nervioso.
—¿Hiciste qué? —preguntó Layla, helada, mientras Asher sonreía con malicia.
—Esa historia será para otro momento. Debo regresar a Selenya; el alto lord de Pozo Lunar me espera, y ya voy tarde —dijo Deniel, volviéndose hacia Asher y Layla—. En cuanto termine, regresaré. No pienso dejarlos solos.
—No te preocupes. No pasará nada. Acabaré con el elfo antes de que se dé cuenta —replicó Asher. Conocía el peso de las nuevas obligaciones de Deniel, y no pensaba cargarlo con lo que él podía resolver. Confiaba en su pericia y en su fuerza—. Ahora ve: tienes un reino que gobernar.
Los gritos de los estudiantes, fascinados por las sirenas y tritones que escoltaban la embarcación bajo el agua, se mezclaron con el viento que hinchó las velas del gran barco arrastrándolo por el horizonte hasta quedar en un punto remoto.
La imagen de los príncipes de Selenya se volvió esperanza para muchos: más que admiración, eran fuerza y determinación, la promesa de venganza que correría por el reino para poner fin a los dragones.
Tras la partida de los príncipes del reino de las sirenas, las trompetas del castillo aclamaron a los caballeros.
El corazón de Layla se desbocó. Ver a Asher marchar hacia el torneo la devoraba por dentro; sabía que las bestias no serían tan implacables como el elfo.
En un acto de desesperación intentó conectarse con los árboles del bosque para vigilarlo, pero la barrera bloqueó su encantamiento.
La impotencia la enloquecía y, aunque sabía que la ley prohibía matar a otro caballero durante el torneo, sabía que Elvain no descansaría hasta manchar sus manos de sangre.
Pensó en acudir a Celeste, pero de nada serviría: en el bosque, en el castillo o fuera de la isla, Elvain encontraría el modo de enfrentarlo.
Solo quedaba esperar que el caballero venciera.
Era la única forma de que ambos sobrevivieran.
Asher se aproximó a la barrera con cautela, calculando los pasos de Elvain y en busca de una grieta por donde poner fin a aquella locura. Vencerlo sería la única forma de hacerlo entender que Layla nunca fue suya.
Ambos guerreros cruzaron con la esperanza de caer en un terreno favorable, estudiar el entorno y trazar su estrategia.
No fue el caso de Asher. Apenas se disiparon las luces, ya no estaba solo.
Sus ojos se abrieron de golpe; empuñó la espada y adoptó postura de combate.
Frente a él, una Arannida spolcus : dos metros de insecto, el cuerpo erizado de agujas venenosas y un aguijón al final del abdomen.
Además del veneno, hilaba una telaraña ácida capaz de deshacer la carne antes de devorarla.
“Contigo bastará para calentar la sangre”, pensó Asher. La consigna era clara: evitar desgastes inútiles antes de medirse con el elfo. Cada gota de poder sería imprescindible para vencerlo.
Asher afiló los sentidos sobre el insecto, ajeno a todo lo demás.
—Yo vigilaré a Asher; tú trae al elfo hasta aquí. Aléjalo cuanto puedas de las otras batallas: tiene que vencerlo antes de que llegue Kayla —susurró Jace a su cómplice.
El hechicero sonrió y alzó el vuelo convertido en un cuervo. Ganó los cielos en busca de su presa, decidido a forzar el encuentro antes de la llegada del hada oscura.
Habían pasado dos horas desde el inicio del examen.
Desde la torre frente al bosque, Layla seguía las columnas de luz que se alzaban tras la barrera: cada una marcaba un combate.
De vez en cuando, observaba a los derrotados que retornaban, deseando que Elvain fuese uno de ellos para, al fin, respirar.
Barrió el horizonte y distinguió a un elfo, no era él; a su lado, un gigante y dos caballeros: una chica con la capa hecha jirones y un joven con una herida que le corría del muslo a la rodilla.
A lo lejos, un centenar de pájaros espoleó el cielo.
Layla apretó las manos y le rezó a Essen buscando protección para el caballero.
—Princesa, Asher está en problemas —le advirtió un hada.
Los ojos de Layla expresaron claro temor. Corrió tras el hada hasta el patio este. Le temblaba el cuerpo; el miedo a perderlo le nubló la sensatez. Solo quería hallar a Jace.
—¿Qué sucedió?
Jace se sostuvo contra el muro, la mano clavada en las costillas abiertas por la herida.
—Elvain —jadeó—. Me derribó de un golpe. Ahora se enfrenta a Asher.
—¡Rayos! La barrera no me dejará pasar.
Layla maldijo la barrera, el torneo y al propio Elvain.
—Puedes atravesarla —dijo Jace, conteniendo el dolor—. El vethron del inicio del bosque no es solo un árbol: es una marca. A su derecha hay una apertura en la barrera. Solo lo saben los profesores.
La esperanza le encendió la mirada. Si lograba entrar, tendría una oportunidad de detenerlos.
—Están en el claro junto al lago —dijo Jace, antes de caer al suelo, vencido por el dolor.
Layla no pensó dos veces. Corrió hacia el vethron. Asher le ocupaba la mente por completo, solo pedía a los dioses que estuviera vivo.
Frente al árbol, Layla no miró atrás; se lanzó a la barrera. El remolino de luces se apagó al instante y el bosque la tragó. Amagó una sonrisa al lograrlo, pero la imagen de Asher ensangrentado la despojó de cualquier alivio. No había tiempo para nada más que encontrarlo y, con suerte, detenerlos.