Corona de Sal y Luna Capítulo 57
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Capítulo 57

“La vida es una cadena de altibajos; regida por la fe con que la miras y el valor con que la enfrentas”.

La música siguió hilando su compás mientras tomaban el centro del salón. Se leían sin palabras: engranajes que encajaban a la primera. Sus cuerpos se deslizaban con una gracia serena, obedeciendo al pulso del vals.

—Lamento haberte hecho esperar tanto, Deniel.

—Quien debe disculparse soy yo por obligarte a decidir cuando no estabas listo. Estuve en tu lugar; debí entenderte.

—Aun entre la vergüenza y el caos, seguimos discutiendo. Creo que vamos por buen camino —bromeó Royce.

—Depende de hacia dónde nos lleve —replicó Deniel, con esa mirada pícara que lo rendía.

—Entonces queda dicho: desde hoy eres oficialmente mío, sirenito.

—Y tú ya no tienes escapatoria, dragoncito.

—¿Escapar? Solo pienso en cómo te castigaré esta noche.

—Siempre tan calenturiento.

—No. Solo cuando te tengo delante. Acércate o los demás lo notarán —murmuró Royce, tirando de él.

—¿Estás… excitado? ¿Aquí?

Royce acercó el rostro; en sus ojos ardía la lujuria.

—Guarda los gritos para más tarde. Los necesitarás.

Sonrieron. Había algo de hechizo en ese instante: música, romance, deseo.

Era embriagador cómo se susurraban y se devoraban con la mirada, sin miedo al qué dirán; se reían de las sombras en algunos rostros y de la alegría abierta en los de sus amigos, que se sumaron al baile para respaldarlos sin reservas.

Lucius y Silla permanecieron en su mesa, tragando la amargura de la derrota.

La hechicera de Zonla se retorcía de rabia cada vez que la sonrisa de Deniel le rozaba la vista, y más al notar a Royce, pegado a él como su sombra.

Repasó con descaro el cuerpo del jinete, imaginando las travesuras que habrían hecho antes de que el tritón se lo robara.

Ahora tendría que conformarse con el egocéntrico que sus padres habían elegido para desposarla.

A medianoche, cuando sonaron las doce campanadas, todos se retiraron a sus dormitorios, aún desvelados. No por el baile, sino por la pareja del momento, que sería comidilla de los reinos en cuanto Roger soltara su popular periódico de chismes; una historia capaz de opacar la coronación en Selenya.

Antes de despedirse, el grupo de amigos se apartó unos minutos del gentío. No querían regalar más secretos, aunque la mayoría había recibido con entusiasmo el noviazgo del tritón y el jinete.

—Pensé que nunca lo dirías, pero fue épico —dijo Asher.

Estaba tan relajado que olvidó mantener sus sentidos en guardia.

—Disfruta tu última noche, Asher. Mañana acabaré contigo —la voz de Elvain, fría y cortante, salió de las sombras.

—No tienes por qué hacer esto —dijo Layla—. Hemos sido amigos durante años.

—Nunca te vi como amiga, ni lo haré. De lo que sí estoy seguro es de que voy a matar a ese campesino.

El elfo señaló a Asher con desdén. El caballero, incapaz de contenerse, intentó cerrarle la garganta con la mano, pero sus amigos lo detuvieron.

—No son palabras dignas del hijo de un lord ante una princesa —espetó Royce mientras daba un paso al frente.

Conocía poco a Elvain, y, aunque le ardían las manos por golpearlo, ese combate era de Asher. Por ahora, bastaba con ponerlo en su sitio.

—¿A cuál de ellas te refieres? ¿A Layla, Amarys, Arielle… o a tu amante?

Royce perdió la mesura ante el insulto y cerró los puños dispuesto a borrarle la sonrisa, pero no llegó: Layla ya había lanzado a Elvain contra la pared con un encantamiento.

—Insúltame cuanto quieras, pero no te atrevas a tocar a mis amigos o yo misma acabaré contigo.

Elvain no reconoció la dureza en el rostro del hada; jamás la había visto, ni había sentido la fiereza de su magia.

En ese instante, algo en su interior se quebró: el último lazo de afecto que sentía por ella quedó hecho trizas, dejando su corazón cubierto de dolor, como si se lo hubiesen pisoteado dentro del pecho.

—Larguémonos. No quiero volver a verlo —dijo Layla, empujándolos hacia las torres.

—¿De qué me estoy perdiendo? —preguntó Deniel.

—Elvain retó a Asher a un combate a muerte en el torneo de caballeros —aclaró Royce.

Deniel miró al caballero horrorizado.

—Lo enfrentaré —afirmó Asher, apretando los puños—. No haré nada que tú no harías. ¿O ya olvidaste cuando te plantaste ante ese mago de sangre para salvar a Royce? No pensaste en el peligro.

—No importa: no pienso dejarte solo en esta locura —dijo Deniel.

Sabía que el alto lord de Pozo Lunar lo esperaba y que ausentarse a ese encuentro podía costarle aliados; aun así, nada pesaba más que Asher.

—Deniel, esto debo hacerlo solo —respondió el caballero. No quería arrastrar a nadie más; bastaba mirar la angustia apretando el rostro de Layla—. Ganar este combate no será complicado. Peleo a diario con Jace y es un oponente difícil. Elvain no será nada.

—Demuéstrale a ese enclenque quién manda —soltó Royce.

—No puedes hablar en serio —protestó Deniel por última vez.

—Asher no perderá; estoy seguro —añadió Royce. Quiso blindarlo con ánimo, aunque la inquietud le roía por dentro: en esa arena no solo se jugaba el amor del caballero por Layla, también su orgullo.

Arielle hizo una mueca.

—Cuida tus pasos, dragón; un solo descuido y te haré lo mismo que le hicieron a ese elfo.

—¿Por qué no intentas llamarme cuñado?

—No creas que por ese circo de hace rato voy a aceptarte. Dame un solo motivo y acabaré contigo.

—Eso no pasará —dijo Amarys. Sabía que no era rival para Arielle, pero no dejaría desprotegido a su hermano.

—¡Ash! Presiento que mi vida será un dolor de cabeza desde ahora en adelante. —Deniel se llevó las manos a las cienes.

—¿No querías un dragón? Ahora tienes dos —bromeó Asher.

Las carcajadas estallaron. A pesar de la tensión que los asediaba, necesitaban el chispazo de la broma para mantener la cordura en medio del caos.

Mientras el castillo dormía, ajeno a los depredadores de las sombras, un centenar de magos cercó un tramo del bosque y alzó una barrera: ningún maggium que no fuera de estirpe caballero podría franquearla.

Todos recitaban el encantamiento, aunque no todos conservaban el juicio.

Desde lo alto de un árbol, ocultos por el follaje, Jace y el theriomante cumplían su parte del trato con la princesa Kayla.

Con un hechizo de sangre, el mago le tomó el pulso a uno de los hechiceros y lo doblegó; trastocó la barrera y abrió en ella una pequeña brecha.

—Nuestra entrada está lista.

—Perfecto. Mañana Greenland perderá algo más que una princesa. Ahora solo debo darle unas instrucciones a ese tonto de Elvain para que derrote a Asher.

La mirada de Jace se oscureció. En su mente, Layla y Asher yacían ensangrentados. Él mismo los reduciría a cenizas y los esparciría al viento para que jamás los encontraran. Ni muertos los dejaría en paz.

Un invitado inesperado se coló en Fuerte Gigante, dejando un reguero de cadáveres que le recordó al rey Bahel el sabor del miedo.

Sigilosos por el corredor, el Rey Dragón y su mano derecha siguieron el rastro del intruso: el camino de sangre los condujo hasta la alcoba del monarca.

Con extremo cuidado, Bahel abrió la puerta y entró, aguzando los sentidos.

La oscuridad era densa; el silencio, sepulcral.

Olía algo en el aire, pero no percibía al intruso, ni su magia.

La advertencia martilló en su mente: alguien poderoso había venido por él.

Desplegó su fuego y encendió antorchas y candelabros; cada cristal de luz estaba emponzoñado por las sombras.

En el sillón, un hechicero sonreía, sopesando entre las manos la antigua máscara del mal.

Bahel alzó la espada para atacar, pero un grito a su espalda lo detuvo.

Como una marioneta, Rossco levitaba, retorciendo las extremidades mientras los alaridos le desgarraban la garganta.

—El poderoso Rossco Aberneti. No sabía que tenías un servidor de su nivel. Qué envidia.

—No me importa si eres Hades u otro de sus imitadores; por la osadía de invadir mi territorio, acabaré contigo —rugió Bahel.

Era cierto que su poder había evolucionado: era el Rey Dragón más formidable que se recordaba, salvo los guardianes que ocuparon el trono antes que él.

Consciente de sus límites, estudió artes secretas de magos de sangre y de dragones; buscó expandir su magia hasta lo descomunal, listo para medirse con la mismísima Celeste Gryffin o con cualquier mago de la estirpe de Hades.

—Eres el primero en reconocerme. Imagino que fue la máscara.

Hades se incorporó y avanzó unos pasos. Aunque no habitaba su verdadero cuerpo, le sobraba poder para derribarlo.

—No intentes ninguno de tus trucos, hechicero, o serás el primero en arder —advirtió Bahel.

—No vine a enfrentarte. Vengo a proponer una alianza.

—¿Alianza?

A Bahel se le erizó la piel. Si Hades pedía ayuda, tramaba algo grande; lo asombroso no era el plan, sino lo que pretendía obtener.

—Ya debes de estar al tanto del regreso de las sirenas. Al parecer, no hiciste un buen trabajo en tu invasión a Selenya y ahora esos renacuajos han decidido restablecer su nación. Eso implica una coronación y pone en pausa tu guerra.

—Eso ya lo sé.

—Mientras tanto, los gigantes se reagruparán e intentarán ganarse el favor de las sirenas, igual que el resto de los reinos, que ya apuestan a la venganza de Selenya.

Hades hizo desaparecer la máscara entre sus manos, como si jamás hubiera existido.

—Ningún reino puede contra mi ejército —se mofó Bahel.

—Ninguno mientras luchen solos. Pero puedo ayudarte. Con mis seguidores, la fuerza mágica de tu imperio crecerá.

—¿Y tú qué ganas con esta alianza?

—Necesito hallar ciertos cristales en las minas de esta inmunda tierra. Después de eso, es obvio que iré a por el control de todo Sthevyand.

—Entonces, ¿para qué quieres aliarte con alguien que ambiciona lo mismo que tú?

—Muy perspicaz, Bahel. Pero verás: hay personas demasiado poderosas que se interponen en nuestro camino. Yo te ayudo a ganar la guerra y tú me ayudas a conseguir lo que quiero. Luego encontraremos una solución para ambos.

Hades sabía que Bahel no cedería ni un grano de arena cuando se hiciera con el poder, pero no importaba: arrebatarle el trono del imperio sería sencillo.

Cuando eliminara a sus rivales y colocara cada pieza en su sitio, el propio Bahel se arrodillaría y entonces le arrancaría la cabeza para asegurarse de que nadie se rebelara contra él.

Por su parte, Bahel sabía que el hechicero no jugaba limpio.

Aun así, tenía razón: necesitaba un aliado fuerte para enfrentarse, no solo a Selenya, sino también a Greenland, fieles a las sirenas.

La unión de ambos reinos sería un problema.

Era tiempo de astucia: usaría a Hades para asegurar su victoria y, entre tanto, lo estudiaría para hallar la forma de aniquilarlo antes de que cumpliera su plan. Bastaba con paciencia y un buen juego.

—Acepto el trato, Hades.

—Será un placer trabajar juntos, Rey Dragón.

El filo de sus palabras cortó el aire. Hades chasqueó los dedos y Rossco cayó al suelo, casi moribundo.

Una nube negra envolvió al hechicero y lo borró del lugar, arrastrando su presencia entre las sombras. Mas dejó una última advertencia:

—Nos veremos tras la coronación. Hasta entonces, asegúrate de mantenerte vivo.