Capítulo 56
“Dichoso quien vuelve a casa y lo esperan un abrazo y la sonrisa tibia de quien ama”.
El castillo hervía. Con cada minuto, la furia de Royce tomaba forma de bestia. Contenerlo era casi imposible.
—¡Lo mataré! —gritaba el jinete, descargando puñetazos y codazos contra cuanto encontraba en la cocina.
—Tienes que controlarte —le ordenó Layla.
—No voy a calmarme hasta acabar con ese imbécil. Me da igual si Celeste me echa del castillo.
—Si no hubieras sido tan tonto, esto no estaría pasando —remató Asher.
Todos se volvieron hacia él: acababa de echar más leña al fuego.
Royce estalló. Lo sujetó por el cuello del traje, listo para estrellarle el puño en la cara.
Pero no lo hizo. No por amistad, sino porque cada palabra de Asher le devolvía su propia culpa.
Ya se lo había advertido: si no decidía, todo caería sobre él.
Todo ocurría por su cobardía para enfrentar al mundo.
Apretó la mandíbula, bajó el puño y dio un golpe seco a la mesa. La madera respondió con un crujido dolido.
—Aún estás a tiempo de recuperarlo —dijo Asher firme—. Y la imprudencia no te ayudará.
Asher se vio a sí mismo cuando creyó que Layla se casaría con otro. Conocía ese hueco en el pecho, esa desesperación que ahora ahogaba a su amigo.
—Deniel es un chico —reconoció Amarys acercándose.
Royce se volvió al oírla. Temía encontrar rechazo en los ojos de su hermana.
—Yo… —alcanzó a decir.
—No tienes que explicarme nada —lo cortó ella—. Deniel me lo contó todo.
—¿Hablaste con él?
La sorpresa tensó también los rostros de Layla y Asher.
—Sí. Quise conocer a quien domesticó a mi salvaje hermano. —Sonrió avanzando un paso—. Me parece un chico simpático. Me daría miedo que lo perdieras por falta de confianza.
—¿No te avergüenzas de mí?
—En absoluto. Serías un tonto si lo dejaras ir. Estoy segura de que mamá y papá lo amarían tanto como a nosotros.
—El reino no lo entenderá —se le quebró la voz a Royce, imaginando las miradas de la corte.
—¿Acaso el reino no siguió adelante después de que moriste?
Royce la abrazó con ansias. Tenía razón. Nadie detuvo su vida por él; todos siguieron. ¿Por qué aún le costaba aceptarlo? ¿Por qué sentía que estaba fallando?
—Siempre nos juzgarán, Royce; aunque lleves una corona, basta un solo fallo para que te arrojen a los perros —susurró Amarys—. Cuando llegue ese día, más vale tener a alguien que te cubra las espaldas.
Layla enlazó la mano de Asher. A pesar de la alegría de aquella noche, aún quedaban batallas por librar.
—Puedo llevarte con él antes de que empiece el baile —propuso Amarys, pícara.
—¡Vamos! —dijo Royce.
Se escabulleron de los guardias y, moviendo algunos hilos, alcanzaron las estancias del segundo piso del Gran Salón.
Abrieron la puerta y la suerte les dio la espalda.
Como un depredador en la penumbra, Roger Starmus los esperaba, luciendo su sonrisa nauseabunda ante los príncipes de Selenya, con Elena negándose a dejarlos a solas.
—Impresionante su llegada, alteza. No imaginé que el mar ocultara, no solo sirenas, sino ciertos caprichos.
A Deniel no le llegaba nada bueno de aquel hombre. En sus ojos solo veía rencor, tristeza, envidia. Cada minuto frente a él le crispaba el cuerpo, como si el instinto exigiera un kilómetro de distancia.
—Si por “capricho” se refiere a que me haya invitado un chico, prefiero llamarlo “gusto”.
Roger sonrió, satisfecho con la despreocupación del príncipe; una grieta por la que pensaba colarse para arruinarlo.
—Un gusto muy escondido entre los miembros de la corte.
—No estoy para juegos. Si quiere algo concreto, pregunte y terminemos con esta tortura.
Deniel intuía lo que buscaba el reportero y no pensaba ocultarse. Un poco de publicidad barata distraería al público mientras él tejía su plan para la coronación.
—Quiero saber más de la historia de amor del príncipe de Selenya y el joven hechicero de Eldryan. Estoy seguro de que al reino le encantará tanto como a mí.
—No hay tal historia. Solo será mi pareja en el baile —aclaró el tritón.
—No sea tímido, alteza. Aunque, con tantas versiones, quizá convenga la más ardiente: su romance con el sirviente enmascarado. —Roger señaló a Royce, que acababa de llegar en el peor momento.
A Deniel se le nubló la razón. Estaba furioso con Royce, sí, pero no iba a convertirlo en carnada del reino ni condenarlo al mismo infierno que él; mucho menos permitir que, por un descuido, alguien descorriera su máscara.
—¿Qué tal si narras la historia de cómo el príncipe de Selenya ordenó la ejecución de un reportero entrometido?
—¿Me estás amenazando?
En un parpadeo, la picardía de Roger se volvió acusación.
—Tómalo como quieras. Siempre serás un hechicero de segunda, un carroñero que esconde su talento raquítico detrás de un absurdo periódico.
»No creas que ignoro quién eres. Te recuerdo que hablas con el futuro rey de Selenya; si se me antoja, acabaré contigo y con tu estúpido equipo en un segundo. Eso puedes escribirlo también en tu artículo.
La sonrisa de Arielle fue más helada que la voz del príncipe. Se deslizó tras Roger y le murmuró al oído el significado de la palabra amenaza.
—Mi hermano usa muchas palabras, yo no. Si quieres conservar la cabeza sobre los hombros, quédate quieto el resto de la noche.
Roger quedó inmóvil. Nadie, salvo Bahel, a quien las formas le daban igual, se había atrevido a tanto en público. Eligió vivir un día más: calló y se retiró despacio. No derrotado. Ya encontraría cómo hacerle tragar al príncipe sus palabras.
—Supongo que mañana sabremos si nos hará caso —bromeó Elena.
—Con gusto lo enterraría en el fondo del mar —secundó Arielle, alisándose el vestido.
—Deberíamos ir al baile —dijo Layla—. Está por comenzar, y Deniel querrá estar solo.
La señal corrió y, uno a uno, fueron desalojando la estancia; mas no todos se marcharon en paz. Antes de cruzar el umbral, Arielle encaró a Royce.
—Roger no será el único que termine en el fondo del mar.
—Acostúmbrate a llamarme cuñado —replicó él.
Cuando quedaron solos, el aire se volvió espeso. Ambos querían hablar; pero el orgullo les cerraba la boca.
Deniel apartó la mirada buscando una excusa para escapar. Amaba a Royce, pero no quería ser su secreto. El jinete, en cambio, no hallaba cuáles palabras escoger para decir lo que sentía.
Un toque leve en la puerta los sobresaltó: un guardia avisó a Deniel que era hora de salir.
—Lo siento —susurró Royce—. Te veré cuando acabe el baile. Solo te pido que no le permitas a ese bastardo acercarse demasiado. Odio que me haya robado este momento.
—Royce, yo…
Las palabras le sobraban a Deniel. Royce las deshizo de un tirón: le tomó la nuca y lo besó, devorando cada sílaba.
El príncipe olvidó sus títulos; ofreció sus labios.
Ningún hechizo podía romper el magnetismo feroz que lo arrastraba hacia Royce.
El corazón lo empujaba a ceder, a traicionar sus principios.
La razón, apenas un hilo de voz, intentaba devolverle la poca cordura que le quedaba.
Cuando la lengua del jinete abrió camino, se preguntó si hacía lo correcto, si valía la pena volverse un secreto, si podía conformarse con migajas de amor que lo hacían feliz… pero no bastaban.
Tomó aire y se apartó. Con la vista baja, buscó qué decir.
Nada. Solo quería besarlo otra vez y no debía, no en ese momento.
Royce, sin pizca de vergüenza, le alzó la barbilla y quedó embobado con el resplandor de sus ojos azules.
“Cómo no amarlo, si es lo más tierno que he visto”, pensó, saboreando la dulzura de ese beso.
—¿Puedes no ir al baile y escapar conmigo?
—No puedo. Di mi palabra como príncipe. El honor de mi reino está en juego.
—No quiero verte bailar con él en ese estúpido baile.
Eran los deseos de Royce los que hablaban; todo su cuerpo temblaba al imaginar que ese ladrón le arrebataría lo que más amaba.
—No es el baile, Royce, sino lo que significaría para mí que fueras tú quien me acompañara esta noche.
—Alteza, ya casi es la hora —insistió el guardia desde la puerta.
—Debo irme. Espero que estés bien.
Una última caricia en las mejillas bastó para que Deniel ahogara el llanto. Estaba renunciando: dejaba atrás una parte de sí que no recuperaría, un vacío que nunca volvería a llenarse de la misma forma.
El mundo de Royce se vino abajo. Cada palabra de aliento de sus amigos le martilló la cabeza con culpa. Por falta de coraje, había perdido lo más valioso.
El dolor por el trono arrebatado no era más que un picotazo frente al infierno que le quemaba el alma. Las fuerzas lo abandonaron; se apoyó en un asiento. Alzó la vista al espejo y se encontró con la severidad de su propia mirada: a partir de entonces, sería otro.
Deniel avanzó hacia las escaleras. Las lágrimas no cedían. Una y otra vez tuvo que contener las ganas de volver a esa habitación y huir con Royce, pero de nada servía tragarse el orgullo si más adelante la pena lo haría trizas. Era tiempo de seguir, aunque fuese con el corazón hecho pedazos.
Layla y Asher enmudecieron al ver a Royce: apenas un cascarón vacío. Lo abrazaron. No quedaba sino estar allí, sosteniendo lo que quedara de él.
Celeste alzó el cetro. El salón quedó en silencio. Sonrió y presentó al príncipe.
—Después de largos años creyendo que el reino de Selenya fue arrasado por la guerra, hoy honramos, no solo a nuestros guardianes, sino el regreso de las sirenas.
»Una vez más, Sthevyand está completa; una vez más, tenemos la señal de que aún hay esperanza para todos. Esta noche, alcemos nuestras copas por el reino de la luna y el océano.
»Para iniciar el baile, llamo al príncipe heredero de Selenya: Deniel Lightmoon.
Las puertas en lo alto de la escalinata se abrieron y apareció el tritón. Forzó una sonrisa para sostener el porte de príncipe. Sin poder desahogar los lamentos, con la urgencia de huir, apretó los puños y avanzó hacia el primer escalón, que de pronto le pareció el borde de un acantilado.
Los aplausos estallaron, los vítores lo empujaban como oleaje. Pero, detrás de los colores vivos del traje y de esa fachada erigida para ocultar las penas, se alzaba un muro donde la alegría no tenía entrada.
—Acompañando al príncipe, de la Casa de Merlín: Lyon Romans.
El silencio se extendió. Nadie acudió al borde de la escalera. Celeste recorrió la sala con la mirada e insistió:
—Señor Romans.
—¡Oh! Lo siento, ya había invitado a alguien más.
De entre la multitud emergió el hechicero, con una joven hermosa apoyada en su brazo.
El murmullo prendió en burla. La risa corrió como pólvora. Dedos que señalan, dientes que se muestran. Lucius y Silla reían a carcajadas: por fin habían derrotado al tritón.
El miedo que Deniel creía dormido despertó.
La vieja herida volvió a sangrar. Temblaba.
Por más que apretara los puños hasta blanquearlos, el cuerpo le vibraba como una hoja.
Apenas respiraba: mordía el aire, queriendo arrancarle un pedazo antes de morir de vergüenza. Perdido, buscó refugio en sus amigos.
Arielle fue la primera en tenerle compasión. Quiso quemarlo todo, pero eso no ayudaría. Layla posó una mano en su pecho como si le dijera: “Aquí estoy”. Asher asintió, recordándole quién era.
Habían pasado años. Ya no era un adolescente torpe.
Llevaba a cuestas el futuro de una nación.
Era el tritón que plantó cara a su corte.
¿Por qué habría de sentirse derrotado? ¿No había librado peores batallas?
“Esto no es nada, es solo otro obstáculo” , se dijo.
Soltó los puños, tomó aire, alzó el rostro.
Ya no era “el príncipe de Selenya” ni “el falso hechicero de la tierra”; era Deniel, en su mejor versión.
Un escalón. Otro. Descendió con gracia. El salón fue callando. Las risas se apagaron, los rumores quedaron sepultados bajo el asombro. No cedería. No convertirían su intimidad en un circo. Si debía bailar solo, bailaría. Y recordaría a todos quién era.
No solo Deniel temblaba. Desde la multitud, Royce contenía las fuerzas al imaginar su dolor. Pero, al verlo descender, entendió que él tampoco debía rendirse.
Volvieron los destellos de un Deniel sonriente y protector: el que lo sostuvo cuando el veneno casi lo aniquila; el que encaró a los cortesanos y al rey Egor sin bajar la mirada.
Claro que estaba herido. Claro que tenía miedo.
Y, de pronto, la voz de Xerex retumbó en su mente: “Eres un dragón; no necesitas la aprobación de nadie. Si no están de acuerdo, quémalos”.
La frase hizo eco. El viejo dragón tenía razón. Era un jinete: no pedía, no se rendía; conquistaba. La sangre le ardió en las venas. Buscó al hechicero con la mirada, dispuesto a incinerarlo. Pero en ese instante una sombra cruzó a su lado: Arielle, decidida a interceptar a Deniel.
—Este baile no es tuyo —dijo Royce, tomándola del brazo.
La hizo retroceder y caminó hasta el centro del salón. Todas las miradas convergieron en él. Deniel se detuvo a mitad de la escalinata y le sostuvo la mirada. La seguridad en el andar de Royce fue tan abrumadora que el salón entero enmudeció.
“No sé si fueron tus encantos o tu carácter insoportable. Da igual. A partir de hoy estaré a la altura de lo que mereces ” , se dijo a sí mismo y echó a andar hacia el primer escalón, listo para reclamar su premio.
Las miradas en la espalda le daban igual: solo quería ver el rubor en las mejillas pálidas del tritón.
“Me he vuelto egoísta, admitió el tritón en silencio. Todo esto podría costarte la vida y, aún, te deseo. Es un amor enfermo, pero no conozco otro más perfecto ”.
Deniel sonrió, mientras su propia conciencia le tironeaba de las orejas por desear al dragón.
—¡Esto es inaceptable! —bramó Roger—. ¡Un príncipe en un baile con un chico, un sirviente!
—Tantos años de soledad y no has aprendido nada, Roger —replicó Celeste—. Sigues atrapado en tu pasado y tan ocupado en la vida ajena que olvidaste cómo vivir la tuya. Mis estudiantes tienen derecho a elegir quiénes serán y cómo vivirán. Lamento que nunca hayas sido suficiente para este lugar.
El cetro golpeó la piedra. El salón contuvo el aliento.
Un hilo de llamas surcó el suelo hasta Royce: el fuego le lamió los pies, trepó por su cuerpo, devoró el uniforme de sirviente y dejó, en su lugar, un atuendo digno de un príncipe dragón.
El traje, eco del de Deniel, ardía en tonos rojos y negros.
La máscara grotesca mudó del metal oscuro a un diseño de oro; ni siquiera su resplandor logró eclipsar el brillo de sus ojos al recibir al tritón.
Ambos sonrieron como si fueran los únicos en el salón. Ya no había vuelta atrás. Solo quedaba seguir la prisa de sus corazones y derribar los obstáculos: guerra, reino o rey, juntos no dejarían oportunidad a sus enemigos.
—¿Me concedes este baile? —preguntó Royce.
—Será un placer —respondió Deniel.