Capítulo 55 #2
—Ojalá los ataques fueran ciertos y hoy ocurriera uno. Sthevyand agradecería a quien terminara con una alimaña como tú.
—Me conmueven tus elogios, Elena. Tanto, que me quedaría para agregar más picante a tu historia, pero hoy vengo por el príncipe heredero de Selenya: la nueva sensación con cola del mundo mágico.
Royce apretó los puños para no golpearlo; pensar que sería capaz de arruinar la imagen de Deniel encendía sus instintos asesinos.
—Envíale mis saludos a la general Laianna. Es una pena que no esté aquí.
Como si fuera un rey, el hechicero se retiró seguido de su equipo.
La noticia del regreso de las sirenas le había llegado antes de lo esperado y, como por arte de magia, ya sabía que el príncipe estaría en Eldryan para el baile.
Era la oportunidad perfecta para cazar alguna información jugosa que le asegurara otros tantos años en la cima.
—Si escribe cualquier cosa que perjudique a Deniel, juro que haré que Xerex lo incinere vivo.
—Si el menú incluye a un reportero desagradable, cuenta conmigo para ofrecérselo a tu dragón —lo secundó Elena.
—Primero terminemos nuestro trabajo. Falta poco para que llegue Deniel; luego podremos echárselo a Xerex —terció Layla.
—Debo retirarme por ahora. Tengo que alimentar a los dragones —dijo Royce, sin apartar la vista de Roger, imaginando si Xerex tendría tan mal gusto como para comérselo.
Dejó a las chicas en el muelle y se dirigió hacia el otro extremo de la isla donde Xerex y Roxé lo esperaban hambrientos.
Por la distancia que debía recorrer, Celeste le pidió a Rasha que lo llevara hasta la cueva.
En la entrada, un grupo de isleños lo aguardaba con seis bueyes; aterrados por los rugidos y el aliento que a veces emanaba desde el interior de la tierra.
El grifo se quedó afuera, custodiando la entrada mientras el jinete guiaba el ganado hacia los dragones.
Antes de comenzar la carnicería, Royce se retiró a un salón subterráneo y esperó a que sus hambrientos amigos terminaran. Normalmente salía de la cueva para no sentir la agonía de los sacrificios, pero tenía tantas cosas en la cabeza que ni siquiera oyó a Xerex cuando lo llamó.
Un ligero empujón lo sacó de sus pensamientos; los dragones acudieron y formaron un círculo a su alrededor.
—¿Estás preocupado por Deniel?
Royce se sobresaltó al oír el nombre. No se lo había mencionado desde que llegó a Eldryan y dudaba que alguien les hubiera dicho nada. Ni siquiera Amarys conocía su historia.
—¿Cómo sabes su nombre?
—Ustedes, los humanos, saben tan poco de los dragones que creen que solo compartimos un vínculo de magia y habilidades. Tenemos acceso a sus sentimientos; incluso, a sus recuerdos.
—Literalmente no tenemos privacidad —exclamó Royce, asombrado y avergonzado.
—Exacto. Ahora, ¿qué piensas hacer para recuperar al tritón? —insistió el imponente dragón.
—¿Tritón? ¿No los extinguieron en la última guerra?
—Esa solo fue una de las tantas mentiras de Bahel. Las sirenas se ocultan tras la maldición de las islas y ahora planean devolverle el golpe a Daavos.
La mirada de Royce cayó al suelo.
—¿Piensas ayudarlos a destruirnos?
La joven dragona exhaló con fuerza; lo último que esperaba oír era a un jinete fantaseando con destruir su propia raza.
—No voy a destruir el reino, y mucho menos a los dragones. Solo quiero que mi tío pague por lo que le hizo a mis padres —un suspiro se le escapó a Royce—, por lo que me hizo a mí.
La dragona no halló consuelo en lo dicho por Royce. Sabía que aquello implicaría la división del reino y la muerte de algunos dragones; pocos estarían dispuestos a romper el vínculo con sus jinetes.
—¿Ahora me dirás qué piensas hacer para recuperarlo o solo te acostarás en su cama cada noche mientras te masturbas con su olor?
Royce habría jurado que la expresión de Xerex era de burla: sus ojos dorados destellaban un chantaje ligero y juguetón.
—Te agradecería que mantuvieras mi vida privada entre nosotros. No quiero terminar siendo la adoración sexual de todo el reino —protestó el jinete, mientras Roxé se llevaba una garra a la boca para ocultar la risa.
—Está molesto porque aún no tengo la confianza suficiente para hacer pública nuestra relación.
—Pero él sí. Tiene agallas para enfrentarse a su abuelo y a toda la corte.
Xerex clavó los ojos en su joven amigo. Pensó en darle un empujón. Necesitaba a Royce en su mejor forma para la batalla: equilibrio entre emociones, mente y cuerpo. Requería toda su concentración para crecer como guardián.
—No tienes que restregarme en la cara que soy un cobarde —protestó Royce, sintiéndose una basura.
—No temas a lo que puedan decir. Muestra tu poder y quémalos a todos.
Eres el príncipe heredero Gahel Deehagon.
El auténtico Rey Dragón —Xerex bajó la cabeza hasta encontrar la mirada de Royce—.
Te elegí por la fuerza con la que cambias las cosas y por la voluntad de acero que me mostraste cuando apenas tenías once años.
Devóralos a todos y haz que se arrodillen ante ti.
La energía que invadió el cuerpo de Royce lo puso de pie de un salto.
Solo él podía cambiar su futuro. Si era capaz de enfrentar a su tío, también podría defender su felicidad.
No tenía por qué escudarse tras una máscara para siempre: podía ser Gahel; el que defendería, no solo a su pueblo, sino a sí mismo ante el mundo.
—Tienes razón. Nunca me ha importado la opinión de los demás, y no voy a empezar ahora. Soy el príncipe de Daavos, rey de los dragones, un guardián, un demonio y también el dueño de ese testarudo tritón.
—Ya casi es la hora de su llegada. Ve, pon al mundo de rodillas y demuéstrale a Deniel a quién pertenece.
Cuando Royce aterrizó en el muelle, corrió hacia Layla.
—¿Dónde estabas?
—Ya te dije: alimentando a los dragones —susurró.
—Ya casi están aquí —dijo ella, señalando el barco que se dibujaba en el horizonte—. Es hora de empezar el espectáculo.
Layla alzó las manos e invocó su magia a lo largo del camino hacia el castillo.
De la tierra brotaron rosales blancos y azules que se entrelazaban cada pocos metros, desplegando flores como jamás se habían visto.
Las ramas más finas se trenzaron, cercando el sendero; sobre esa pared sutil de hojas y pétalos alzó pequeños fragmentos de cristales de luz, y el trayecto se volvió un túnel de estrellas.
Antes de que la embarcación tocara puerto, la luna ascendió sobre el mar.
Su claridad rozó los botones de las syrelias y los hizo abrir, tiñendo de blanco las aguas oscuras.
Minutos después, el barco dejó caer el ancla y oficializó su llegada a Eldryan.
Todos aguardaron a los príncipes: querían ver sirenas tras años de creerlas extintas.
Una rampa de madera se extendió hasta el muelle y, entre las luces, apareció un joven de piel bronceada con un uniforme plateado y el emblema de Selenya sobre el corazón.
Sir Kleiton Cregan golpeó el suelo con su tridente y reclamó la atención de la muchedumbre.
—Ante ustedes, los príncipes de Selenya: el príncipe heredero, Deniel Lightmoon, y la princesa y ahora alta lady Arielle Lightmoon.
Las miradas se alzaron hacia la cima del barco, donde se recortaron dos figuras.
A la derecha, Deniel lucía por primera vez el traje real: chaqueta ceñida en blanco y azul, filigranas de encaje y dos faldones de seda que caían como una capa hasta casi rozar el suelo.
Los pantalones blancos le abrazaban las piernas y se perdían en botas de plata pulida, brillantes como los cristales de luz.
A la izquierda, Arielle avanzaba con un vestido azul marino de vuelo sembrado de aguamarinas.
Al cuello, el collar de perlas y piedras lunares que le regaló su madre para el día de su coronación.
Los aretes a juego refulgían cada vez que la luz los tocaba, volviendo más intenso el verde de sus ojos.
El cabello ondulado le caía por la espalda, constelado de perlas minúsculas que centelleaban como estrellas.
Lo que terminó de robarse el aliento de la multitud fueron las coronas: la de Deniel, de oro puro, engastada con piedra lunar, diamantes y perlas; la de Arielle, algo más pequeña, labrada en plata y adornada con aguamarinas y diamantes.
El asombro no fue solo por volver a ver sirenas, sino por haber tenido tan cerca al príncipe sin saberlo. Los profesores buscaron a Celeste con los ojos muy abiertos; ella no les prestó atención: sonreía, fija en Deniel.
Royce se quedó sin habla. No encontró palabras para la belleza del tritón; solo supo que quería abrazarlo.
Cuando sus miradas se cruzaron, los latidos le retumbaron en los oídos y el cuerpo se le encendió.
Deseó correr hasta él y besarlo frente a todos, reclamarlo como suyo.
No era el momento. Lo buscaría en el baile; se lo arrebataría a esos bastardos que lo admiraban sin permiso.
Kleiton alzó el tridente como un relámpago y le cortó el paso a un estudiante que intentaba acercarse.
—Detente, Kleiton. Él no es una amenaza —ordenó Deniel, alzando apenas la mano.
—Alteza, sé que ha venido al baile en honor a los guardianes y que esto es un atrevimiento. —El chico alzó la varita y un enorme ramo de rosas apareció en el aire—. ¿Me concedería el honor de acompañarlo esta noche?
Royce apretó los puños. La ira le encendió la sangre y dio un paso, pero Layla y Asher lo sujetaron.
—No es momento para peleas. Es solo un baile —dijo Layla.
Miró a Royce a los ojos y no reconoció a su amigo: solo vio a la bestia.
—Tendrás tu oportunidad de arreglar las cosas más tarde.
Asher le apretó el brazo, intentando frenar la rabia creciente que lo desbordaba. Pero ya era tarde: la piel se le había cubierto de escamas.
Deniel, indeciso, barrió los rostros que lo observaban y se detuvo en aquella máscara que tanto amaba y que lo había hecho sufrir. Buscó los ojos de Royce y recordó la discusión; vio de nuevo ese terror a aceptar quién era, el miedo de caminar con él contra el mundo.
—Sí. Acepto.