Capítulo 55
“La felicidad no duele ni lastima. Es el instante en que el tiempo deja de importarnos”.
En Selenya la alegría marchaba al ritmo del tambor guerrero; en Eldryan, en cambio, la tristeza tendía su velo sobre algunos, y en el pecho de Royce se hacía especialmente pesada.
Durante el regreso al castillo no dijo una palabra.
La vergüenza le roía el estómago: se sabía un idiota incapaz de otra cosa que herir a quien amaba por pura cobardía. Al verlo, Celeste se detuvo a su lado.
—La vida no solo elige escenarios incómodos para revelarnos verdades, Royce, sino también para moldearnos.
La anciana se apartó al acercarse tres estudiantes; debía atender algunos asuntos y acelerar los preparativos del baile. Ya había dado su opinión. Ahora le tocaba a Royce decidir: fuera cual fuera su elección, ella la respetaría.
—¡Royce! —gritó Amarys acercándose.
—¿Cómo te fue en Selenya? —preguntó Asher.
—Lo arruiné todo —dijo él, dejándose caer en un banco con la vista fija en el suelo.
—¿Qué sucedió? —insistió Layla, sentándose a su derecha, mientras Amarys tomaba el lado izquierdo.
—Me negué a ser su pareja en el baile. Ahora cree que me avergüenzo de lo nuestro.
—Aún no estás listo. Lo entenderá.
Asher intentó consolarlo, pero conocía a Deniel: aunque estaba seguro de que el terco tritón lo amaba, no cedería así como así.
—Si hubieran visto cómo enfrentó a su corte… —Royce sonrió con amargura—. Tuvo el valor que a mí me falta.
A Layla se le apretó el corazón; reconocía ese dolor, el mismo que sintió cuando Asher la rechazó.
—No importa cuántas veces falles, vuelve a intentarlo. Están atados al mismo destino; más vale aferrarte a cualquier vestigio de esperanza que pasar la vida entera viéndolo en brazos de alguien más.
—Aún te queda una oportunidad —añadió Asher—. Oí a Elena y a Theodor hablar del baile hace un momento y dijeron que él vendrá.
No solo Asher escuchaba lo ajeno. A pocos metros, oculto en las sombras, William Corwell recolectaba migas de conversación para su amo.
Entró como una ráfaga al comedor y buscó a Lucius para susurrarle las novedades.
Silla, que estaba cerca, lo oyó todo. La vieja envidia que le despertaba la cercanía entre Royce y Deniel volvió a arder; no sabía qué había entre ellos, pero temía que fuese algo más que amistad.
Con la sangre hirviendo, se acercó, dispuesta a sumarse a la venganza.
Si Deniel caía en ridículo esa noche, recuperar a Royce sería más fácil.
—Se me acaba de ocurrir una idea —dijo en voz baja.
William y Lucius la miraron, alertas.
—Solo necesitamos a Lyon Romans.
Royce, acompañado por sus amigos y su hermana, ocupó los últimos asientos junto a la gran puerta del comedor justo cuando Celeste ascendió al podio y reclamó la atención de todos.
—Como dicta la tradición de nuestra escuela, el baile lo abrirá una de las casas fundadoras; y este año tendremos el honor de conceder ese privilegio a una casa que se creía extinta. Esta institución se honra en ser la primera en dar la bienvenida a la Casa Syren.
El comedor se llenó de rostros pálidos y susurros de asombro.
Nadie creía que aún existieran sirenas en Sthevyand; algunos incluso pensaron que Celeste había perdido la razón.
Entre ellos, Lucius, que se atrevió a dudar de las palabras de su propio padre sobre la aniquilación de las sirenas en su última batalla.
—En pocos días, todos los reyes y reinas de Sthevyand recibirán la invitación de Selenya. Su presencia será requerida dentro de veinte días para la coronación del príncipe.
»Algunos de ustedes acompañarán a sus padres; otros disfrutarán de veinte días de paz.
Según los acuerdos del Consejo Mágico, ningún rey o reina legítimos debe ser coronado sin la presencia de sus iguales ni en tiempos de guerra; por tanto, hasta que concluya la coronación, es obligatorio el cese de la guerra en las Tierras de Acero.
Nunca una coronación había traído tanta alegría a un reino como al de los gigantes: al menos tendrían unos días para reponerse, descansar y trazar con calma un nuevo plan contra sus enemigos.
Esa noche, mientras los gigantes dormían plácidos, Royce solo podía mirar la cama vacía a su lado.
La suya le resultaba ajena: incómoda, extraña, fría.
Su cuerpo se negaba a dormir sin el calor del tritón, sin su fragancia.
Se levantó y se coló en la de Deniel. Hundió el rostro entre las almohadas e inhaló hondo hasta llenar los pulmones con aquel aroma exquisito.
El fuego le recorrió la piel al rozar el colchón con la cadera, pero no buscaba deseo: la culpa y la vergüenza lo tenían trenzado.
Esa noche lo único que quería era amparo bajo las sábanas blancas y sedosas del tritón.
La mañana llegó antes de lo habitual, rebosante de júbilo y algarabía.
Todo el castillo se movilizó para recibir a los príncipes de Selenya.
Se suspendieron las clases y convocaron a profesores y grupos de estudiantes para ayudar a los sirvientes.
Royce no fue ajeno: junto a Layla y Elena, se encargó de adornar el muelle y el camino hasta el castillo.
El hada tomó unas syrelias del estanque y las dejó sobre el agua; fue evidente que reconocieron el poder del mar: el verde de las hojas se avivó y los botones perlados brillaron aún más.
Con ayuda de Elena, multiplicaron las flores mediante magia de espejismo, sembrándolas como constelaciones alrededor del muelle.
El siguiente encargo era más complejo: engalanar todo el trayecto hasta el castillo. Pensando en los colores de la bandera de Selenya, a Layla se le ocurrió una idea y envió a un grupo por cristales de luz.
De un lado a otro, Royce iba y venía junto a Layla. Elena había salido a patrullar a lomos de su grifo para mantener a raya a los holgazanes. Era el momento perfecto para desahogarse y buscar el amparo del hada, pensó el jinete.
—¿Crees que me perdone?
Layla oyó la aspereza en su voz y lo miró. Bajo la máscara, el rostro se le adivinaba marchito.
—Lo hará si eres sincero contigo y le demuestras que estás dispuesto a luchar.
Royce dejó caer una cuerda y se recostó en una roca; ella, al verlo, tomó asiento a su lado.
—Desde que conocí a Deniel, lucho contra mí mismo. Estar con él implica renunciar a todo; incluso a la posibilidad de vengar a mis padres.
—El deber con tus padres y tu pueblo es devolver la corona a su legítimo dueño. Estés o no en el trono, el vacío será el mismo si no eres feliz.
Royce se quedó mirando el mar, como si en el horizonte estuviera dibujado su futuro.
—Conocerlo a él me ha enseñado a amar esta máscara. Deseo tanto seguir siendo Royce Worrel que he soñado que Gahel Deehagon está, de verdad, muerto.
Layla le apoyó una mano en el hombro.
—Seas Royce Worrel o Gahel Deehagon, Deniel ama a ambos.
Vencido por la vulnerabilidad, Royce la abrazó: necesitaba sentir que sus amigos acompañaban la locura que le cruzaba por la cabeza.
—¿Le declararás tu amor al tritón? —preguntó Elena aterrizando con su grifo.
Royce y Layla se quedaron atónitos: no imaginaron que lo supiera.
—¿Celeste te lo dijo? —acusó Royce.
—No. Fuiste tú. Ahora.
—¿Se le nota tanto? —se burló Layla.
—Te ves igual que yo cuando Laianna intentó conquistarme.
Un hilo de esperanza tensó a Royce: quizá Elena tenía la respuesta que buscaba.
—¿Les fue bien cuando salieron? —preguntó Royce, tanteando el terreno de la vida que le esperaba.
—Al principio hubo tropiezos. Me negaba a declararme por mi madre. Todos esperaban que fuese una gran hechicera como ella y, cuando nuestra relación salió a la luz, muchos se decepcionaron.
—¿Cómo reaccionó Celeste?
—Nunca se mostró molesta. Fue la primera en aceptarme tal como soy. Si no fuera por cómo nos defendió, aún estaríamos en todos los pergaminos de noticias del reino.
—¿Fue muy difícil aceptarte y decirle al mundo quién eras?
—Nunca estarás del todo listo, Royce. La reacción de las personas será la misma te aceptes o no. El secreto es que ambos lo deseen: ese momento es suyo; no dejen que nadie se los robe.
—No puede ser, esto tiene que ser una broma —dijo Layla, alzando la vista.
Un carruaje tirado por pegasos se acercaba y, por el banderín, identificó al desagradable personaje que se les uniría esa noche.
—Lo que faltaba: otro buitre —añadió Elena.
El carruaje se detuvo junto a ellos. La puerta se abrió y unos lustrosos zapatos negros pisaron la tierra. El caballero, de traje blanco y negro, avanzó con la barbilla alta, ocultando su tenebrosa mirada tras unos lentes redondos que Elena siempre detestó.
—Volvemos a encontrarnos, Elena Gryffin.
—Hace cinco años que no te veía. Pensé que estabas muerto —la hechicera olvidó sus modales.
—No puedo morir, querida. Aún tengo muchas historias que contar. Aunque reconozco que la tuya con la general Laianna fue mi favorita.
Royce miró a Elena y, al fin, comprendió sus palabras cuando le advirtió que no dejara que nadie le robara el derecho de declararse. Él la había empujado a hacerlo; la expuso ante todos cuando aún no estaba lista.
—Princesa Layla, apuesto a que tiene muchas historias que contarme de su vida en Eldryan. Adoraría tenerla en una de mis columnas en el Enchanted .
Royce enseguida lo recordó: él era Roger Starmus, el segundo hechicero más odiado y, a la vez, uno de los más populares por sus chismes.
—Lamento defraudarlo, señor Starmus; no tengo nada bueno que contarle.
La sonrisa de Layla no fue amable; ese hombre siempre le había dado escalofríos. Juraría que, si él y su hermana se hicieran amigos, causarían más estragos que el mismo Hades.
—Estoy segura de que mi madre estará tan decepcionada de verlo como yo. Ahora mismo debe de estar esperándolo en su gabinete —intervino Elena.
—¡Ah!, la poderosa Celeste Gryffin. He escuchado ciertos rumores sobre ataques al colegio de los que nadie se atreve a hablar por miedo a la gran hechicera.
La expresión de Roger era repulsiva. A Elena le bastó su sonrisa hipócrita para sentir náuseas.