Corona de Sal y Luna Capítulo 54
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Capítulo 54

“Un nuevo comienzo es más ligero cuando te rodean los aliados correctos”.

La luz carmesí de los cristales se derramó sobre mandrells y humanos por igual, obedeciendo la voluntad de Deniel.

Cuando regresaron a sus nuevos dueños, los humanos fueron invitados a abandonar el estanque.

Se palparon el cuerpo, ansiosos por hallar cualquier indicio de cambio, pero el alivio les suavizó el rostro al comprobar que nada en ellos había mutado.

Todas las miradas giraron hacia los mandrells, expectantes de ver si el hechizo del príncipe había hecho su labor.

— Lord Merckles y sir Kleiton Cregan —llamó Deniel—, salgan del estanque.

Avanzó hasta el borde, con una serenidad que se imponía por encima del murmullo. Kleiton emergió con la fuerza de su juventud y la agilidad de un depredador marino; lord Merckles, en cambio, requirió la ayuda de los humanos para ponerse a salvo del agua.

Ya en tierra, ambos fijaron sus ojos en el joven tritón.

—¿Ahora qué hacemos, joven amo?

—Ya no debes llamarme amo, alto lord de la Casa Mandrell —respondió Deniel, sonriéndole con la satisfacción de haber cumplido el sueño de su madre—. Piensen en sus piernas.

Merckles observó las piernas del príncipe y cerró los ojos, imaginándose a su lado.

Y como si esa visión hubiese activado un antiguo interruptor, los cristales resplandecieron, vertiendo su luz por todo el cuerpo de los dos mandrells, hasta que sus colas puntiagudas se deshicieron en un par de piernas firmes.

El borde del estanque se llenó de cuerpos y voces.

Lord Tyrsson abrió los ojos, incrédulo ante el poder del joven.

Lord Nerus y lord Berath descendieron con paso decidido, apartando a la multitud para contemplar de cerca a los recién transformados, que aún permanecían en el suelo, sin terminar de creer que ahora eran casi humanos.

Las miradas los recorrieron de pies a cabeza. Algunas damas, incapaces de contenerse, ocultaron el rubor tras abanicos y dedos, deleitándose con la imponente virilidad de sir Kleiton. Deniel ordenó traerles ropas y pidió a los humanos que les ayudaran a incorporarse.

—Ellos serán sus maestros —anunció—. Deben aprender a caminar antes de adaptar sus habilidades de combate a esta nueva forma.

Luego, se volvió hacia la concurrencia, invitándola a tomar asiento. El espectáculo había concluido; era momento de otros asuntos.

—Según los informes recibidos esta mañana por los espías de lord Merckles, en las ciudades terrestres, el pueblo está de nuestro lado.

La mayoría desea el regreso de las sirenas al mundo mágico.

Sería un acierto devolverlas a la corte y sumar sus fuerzas a nuestro ejército; así, nadie podría doblegarnos.

Y dado que nuestro nuevo reino será un lugar de igualdad y aceptación, creo que el mejor candidato para liderar esta misión es el alto lord Tyrsson Beltram.

El silencio se espesó. Deniel avanzó hacia él, ignorando los gestos atónitos de varios miembros de la corte. Tyrsson no hallaba palabras, y sus hijos seguían en el suelo, observándolo.

—Todos merecemos una segunda oportunidad para convertirnos en mejores personas. Por eso quiero que te enfrentes a ti mismo y me digas si eres capaz de conquistar las ciudades terrestres en nombre de la corona.

El viejo tritón tembló. No era ira. No era temor.

Era un torrente de sentimientos que le estremecía la carne y el alma, gritando que había llegado la hora de reparar sus errores.

Con solemnidad, hincó las rodillas ante Deniel, dejando a la corte atónita.

Nadie había doblegado jamás al poderoso Tyrsson…

y mucho menos obligado a que admitiera sus faltas.

—Será un honor servir a la corona y a mi futuro rey.

Remus y Tyrssa se unieron a su padre, y aquella reverencia se propagó como fuego en hierba seca: uno a uno, los miembros de la corte inclinaron la cabeza ante Deniel, rindiéndole lealtad.

Royce, hipnotizado por la transformación del tritón, también se inclinó…

y agachó la mirada, sintiendo cómo el reproche le atravesaba el pecho, llamándolo cobarde por no tener el espíritu de un verdadero dragón capaz de incendiar a quien lo humillara.

Se sintió miserable; avergonzado de sí mismo.

—Juro lealtad a usted, mi señor —dijo Merckles con voz grave—. Le estaré eternamente agradecido por mostrarnos que podemos vivir en armonía, luchando por un mundo mejor. Gracias por recordarnos que un reino no se gobierna con los genitales, sino con un buen corazón y una mente clara.

El viejo mandrell se arrodilló, seguido de su nieto, sin apartar los ojos de Deniel.

El anciano juraba ver junto a él a la reina Selynee, infundiéndole fuerza y poder, mientras Kleiton evocaba las palabras que el príncipe le había dicho el día que lo defendió de los guardias y le prometió abolir la esclavitud de los mandrells.

Ese era el rey al que serviría. El único ante quien bajaría la cabeza.

—Has demostrado sabiduría, joven príncipe. Juro lealtad a tu reino —dijo lord Nerus hincando las rodillas junto a su corte, reafirmando su voto a favor del joven tritón y su ascenso al trono.

—Si me prometes esa misma ferocidad en la batalla y haces de mis últimos días los más divertidos, juraré mi lealtad y la de mi casa eternamente a usted, príncipe heredero.

La voz de lord Berath rara vez se escuchaba fuera de las reuniones de guerra. Su lenguaje eran bufidos y miradas filosas que todos sabían interpretar. Por eso, cuando hablaba, nunca era en vano, y mucho menos por algo que no considerara crucial.

Deniel tomó la mano de Arielle y ambos se volvieron hacia los reyes, aguardando su veredicto.

Alina miró a Egor con serenidad. El rey, en cambio, recorrió con la vista a los miembros de la corte, leyendo en cada uno de ellos una respuesta distinta, pero percibiendo en todos la misma esperanza que, en silencio, gritaba el nombre de su nieto.

Egor, siguiendo a la reina, caminó hacia ellos.

—Estoy orgullosa de ustedes. Juntos llevarán nuestro reino a lo más alto de Sthevyand. Tú serás el mejor rey de nuestra historia y tú, mi niña, la princesa más fuerte que jamás existirá.

Alina los abrazó, y de sus ojos escaparon lágrimas de felicidad, teñidas con los dulces recuerdos de su hija.

Deniel y Arielle miraron a su abuelo por encima del hombro de su abuela.

El anciano ya no tenía aquel semblante rudo y aterrador; su expresión se había suavizado, dejando entrever arrepentimiento y un dejo de culpa.

El viejo rey, cansado de luchar, cayó de rodillas ante ellos.

—Lamento haber sido tan duro con ustedes. Temía que el reino no los aceptara. Me equivoqué al pensar que aún eran niños. Olvidé de quiénes son hijos y la sangre que corre por sus venas. Ustedes no solo son Lightmoon, también son Taldross: fuertes e implacables. Lo siento mucho.

El estallido de emociones hizo que Arielle se arrojara a sus brazos; había añorado a su abuelo durante años y, sobre todo, las sonrisas que él le regalaba cada vez que contemplaban juntos el atardecer en la bahía.

Deniel, por su parte, sintió un lazo poderoso que lo unía a él.

Quería disculparlo, pero aún pesaba en su pecho el dolor del rechazo grabado en su mirada.

El anciano pareció adivinarlo, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera para recuperarlo.

—Comencemos de nuevo —pidió—. Te ayudaré a olvidar cada recuerdo amargo que te obligué a vivir y tú me ayudarás a ser una mejor persona.

Olvidando el dolor, Deniel se arrojó al abrazo del rey, como si él y su hermana fueran niños otra vez; ajenos a la corte, ignorando la armadura impenetrable que debían mostrar al mundo mientras cargaran con el peso de la corona.

Por un instante, dejaron de ser príncipes y, después de tanto tiempo, volvieron a ser una verdadera familia.

La alegría de los príncipes se expandió como una marea imparable, inundando la corte y desbordándose hacia los muelles de Bahía Syrelia.

Allí, cientos aguardaban con el corazón latiendo al mismo compás, sabiendo que estaban a un suspiro de presenciar el día en que la barrera caería.

En las aguas, sirenas y mandrells ansiaban el llamado. En los muelles, los humanos —hombro con hombro, sin distinción— se mezclaban, unidos por una sola promesa: vivir en un reino de igualdad y aceptación.

—Es tu momento, hermano.

—Es nuestro, Arielle —corrigió Deniel, tendiéndole la mano, un gesto tan sencillo como sagrado, que decía sin palabras que juntos serían invencibles.

Arielle enlazó sus dedos con los de su hermano y, sin soltarlos, tomó la mano de su abuelo.

El rey Egor, con un brillo renovado en los ojos, estrechó la de Alina; y así, uno tras otro, nobles, guerreros, aldeanos y criaturas marinas fueron sumándose, hasta formar una inmensa cadena que latía con la magia de todo un pueblo.

El joven tritón alzó la mano hacia el cielo.

El silencio se volvió absoluto. El aire vibró.

Un haz de luz brotó de sus dedos, ascendiendo como un relámpago puro hasta las nubes grises que abrazaban las Islas Malditas.

Estas se desgarraron con un estruendo de libertad, dejando que el sol irrumpiera en el horizonte, desintegrando la tristeza que por años había cubierto Selenya.

—Ya es hora de mostrarle al mundo que Selenya ha vuelto.

El muelle estalló en un rugido de júbilo. Las voces se entrelazaron como olas que rompen contra la orilla, proclamando su lealtad al joven heredero. Jurarían luchar por él, morir por él, y llevar el nuevo reino a la cima de Sthevyand… sin importar el precio.

Sobre sus cabezas, una bandada de halcones mensajeros cruzó el cielo como flechas, llevaban consigo un único mensaje destinado a cada reino: la coronación del príncipe heredero de Selenya ha llegado.