Corona de Sal y Luna Capítulo 53
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Capítulo 53

“No dejes que el clamor de la muchedumbre impida tu crecimiento. Recuerda que hasta los necios poseen el don de hablar”.

—Espero que no te sientas mal después de esta batalla. Confío en que nuestras familias sigan siendo tan cercanas como siempre.

Las palabras de Arielle, dulces como veneno, le dibujaron a Deniel una sonrisa cargada de certeza: ella no solo la derrotaría… la acabaría.

Tyrssa hizo una reverencia forzada, con una mueca que recordaba al gesto torcido de un arlequín burlón. Deniel dio la señal. El espectáculo comenzó.

Arielle permaneció inmóvil, aguardando el hechizo de su oponente con una paciencia letal. Como era de esperarse, Tyrssa recurrió al agua. El elemento de siempre. El más predecible.

Levantó una ola desde el estanque, con la esperanza de revelar la forma verdadera de su princesa. Odiaba admitirlo, pero incluso con la apariencia de un ser maldito, Arielle era infinitamente más hermosa que ella.

Pero no hubo revelación. Solo furia. La octopus partió el tsunami en dos y lo moldeó en tentáculos líquidos que azotaron a la sirena con violencia.

Entre giros y piruetas, Tyrssa consiguió arrancarle un tentáculo: un esfuerzo mínimo en su desesperado intento por recuperar el control.

Harta de parecer un mono de feria, alzó la mirada.

Bastó un parpadeo para que el agua se congelara y diera forma a un témpano afilado que lanzó sin titubeos hacia su rival.

Un murmullo recorrió el salón como una plegaria contenida.

Muchos cruzaron los dedos, ansiando que el hielo diera en el blanco y los librara, de una vez por todas, de aquella abominación.

Pero Arielle aceleró el flujo de su tentáculo y, con un solo movimiento, cortó el témpano en mil fragmentos que se disolvieron al tocar el suelo.

Su cabello azul danzaba al ritmo de sus pasos. Cada movimiento tenía la gracia letal de una bailarina de guerra. Y su sonrisa… su sonrisa era un puñal pulido con sarcasmo, dirigido al ego herido de la sirena.

Giró sobre sí misma y liberó esferas de energía que impactaron el cuerpo de Tyrssa una tras otra, hasta hacerla caer. La sirena, despeinada y humillada, se levantó con furia.

Había olvidado su título, su posición, su máscara.

Ya no veía una princesa frente a ella, sino una rival a la que necesitaba destruir.

Con un gesto salvaje, agitó las manos. Los bancos de la primera fila, aún ocupados por nobles, se alzaron como proyectiles y volaron hacia Arielle, arrastrando a varios invitados al estanque, donde cayeron entre mandrells y salpicaduras de escándalo.

Sin embargo, Arielle ya no era la heredera de un trono.

Era una criatura formada en la estrategia de los octopus, donde cada oponente es una amenaza, y cada sonrisa puede ocultar un colmillo.

Tyrssa era predecible. Siempre lo fue. La muñequita de salón, perfecta en su rol e inútil en todo lo demás.

Giró los brazos en el aire y el viento acudió a su llamado, feroz, imponente, y con una sonrisa que anunciaba el desastre, redirigió los bancos hacia su oponente como si dictara su sentencia final.

La nobleza se inquietó. Ella no. Que temieran. Tal vez así bajarían la cabeza.

Tyrssa alzó un escudo, logró detener los bancos haciéndolos estallar en astillas, pero no pudo disipar el viento. El torbellino embestía su barrera una y otra vez, con un rugido que parecía invocar a los mismos dioses.

Ella clavó la mirada en el suelo, tratando de anclar sus pies. Pero estos retrocedían, arrastrados por la fuerza brutal de su rival. Gritó. No de dolor, sino de humillación. Fortaleció su escudo y devolvió la embestida, rechazando el hechizo con todo lo que le quedaba de poder.

Arielle, en lugar de sorprenderse… celebró. Alzó una mano al cielo y, en su palma, apareció una esfera de energía oscura. El Alma de los Malditos. Un conjuro tan antiguo como el mar. El único capaz de rivalizar con la luz sagrada de las sirenas.

El silencio se hizo absoluto. Cuando la esfera impactó contra la barrera de Tyrssa, la destruyó como si fuese cristal. El viento tomó el control. La arrastró como una hoja marchita hasta los pies de la estatua del rey Kresseo.

—¡Tyrssa! —gritó Remus corriendo hacia ella.

—Regente de Shellsea, regrese a su lugar.

La voz de Deniel fue baja, pero helada. Ni siquiera se dignó a mirarlos.

—Tu oponente no será Arielle —dijo entonces, sin titubeos—. Seré… yo.

—Disculpe, alteza, no pelearé con usted —respondió el alto lord recuperando su postura.

—Entonces, al menos, libérate de mi hechizo.

Como si esas palabras activaran un sello oculto, el suelo bajo Tyrsson resplandeció. Un vórtice de pura energía lo engulló, presionando su cuerpo. La magia lo atenazó desde dentro. Golpe tras golpe. Latido tras latido.

—No me detendré hasta que te defiendas —insistió Deniel.

El tritón se retorció. Desplegó su magia, buscó puntos de ruptura en el hechizo, pero nada funcionaba. No permitiría que un niño lo humillara. No frente a todos. No frente a sus ancestros, pero el hechizo resistía.

Deniel, por su parte, sentía cómo la energía del alto lord se agitaba dentro del encantamiento. Sin embargo, cada intento por liberarse fracasaba. Era fascinante. Y casi… placentero.

Tyrsson concentró toda su magia en un solo punto. Consiguió abrir una grieta y le lanzó un rayo de luz de luna. Pero Deniel bloqueó el ataque sin inmutarse, y, como respuesta, aumentó la presión. Lo arrastró más cerca del borde.

Arielle, desde un extremo del salón, sonreía.

El placer la recorría al ver a Tyrsson arrodillado.

Aunque no conjurara el hechizo, podía sentirlo.

Vibraba en sus venas. Royce, en cambio, no podía apartar la mirada.

Deniel, ya no era solo el chico amable que conoció.

Había algo nuevo en él. Algo que imponía respeto y miedo.

Con un simple giro de su mano, Deniel desintegró los rayos de luz lunar. Con la otra, arrojó a Tyrsson contra la pared, como si fuera un muñeco vacío. El cuerpo del alto lord cayó sin orgullo, desplomándose junto a su hija.

—¡Detén esta locura! —rugió Egor alzándose del trono.

—¿Locura? —la voz de Deniel era hielo, contenida, demoledora—. Esto es prueba de que nuestros guerreros más fuertes han sido vencidos. Y no solo por una octopus, ni por un tritón sin experiencia, también… por un jinete.

Se volvió hacia Royce, cuya mirada se había nublado. El estómago le ardía de miedo.

—¿Trajiste a un jinete al reino? —Egor perdió el control. Sus ojos se tiñeron de furia. Deniel había cruzado una línea.

—No solo lo trajo al reino —intervino Remus envenenado de orgullo—. Se acostó con él, lo llevó a su cama.

Fue una puñalada pública. No podía derrotarlo, pero podía exponerlo. Despojarlo de su escudo más íntimo: el silencio.

—¿Eres uno de esos? —Egor se volvió hacia Deniel como si viera una plaga—. No permitiré que te cases con un hombre. Y mucho menos con el enemigo.

El salón se incendió. Llamas brotaron de cada rincón, sellando puertas y ventanas. El poder del rey se desató como un monstruo. Cada invitado sintió el peso de su cólera en la piel.

Deniel dio un paso atrás, no por miedo sino por claridad.

Todo se había salido de control. No pensaba revelar su relación con Royce.

No cuando luchaba por ganarse la confianza de los altos lores .

Pero ya no importaba. No pensaba esconderse por nadie.

Si la corte quería un monstruo, entonces lo tendría.

La ira se encendió en su pecho. En eso se parecía a su abuelo.

La magia respondió. Las llamas del salón, teñidas de amarillo por la furia del rey, se tornaron azules.

Más intensas. Más voraces. El cielo se oscureció como un presagio y los truenos golpearon la tierra y el mar como si el mundo compartiera su rabia.

—No me interesa la corona. Ni el poder. Solo quiero vengar a mis padres y devolverle a este reino lo que perdió.

Si no me aceptas como soy… me marcharé sin mirar atrás.

Lucharé contra Daavos con mis propios aliados.

Pero te lo advierto: nunca más volverás a verme pisar el suelo de Selenya.

No viviré bajo tus prejuicios. Ni gobernaré un reino que esclaviza a los suyos por ser diferentes.

Esa no es la Selenya que quiero construir.

Y, si eso es lo que me ofreces, no cuentes conmigo.

—¡No permitiré que manches la corona! —bramó Egor—. ¡Ni que conviertas el reino en una burla!

—Entonces, no tengo nada más que hacer aquí.

—¡Nadie se irá a ninguna parte! —la voz de Alina resonó como un relámpago. La reina se levantó. La sala tembló con su presencia—. Deniel también es mi nieto.

»Lo vi crecer lejos de este reino. Lo vi estudiar magia hasta quebrarse.

Convertirse en un tritón poderoso. Cada noche observé en sus ojos la angustia de creer que era el último de su especie.

Y ahora lo recibimos así, como lo hizo el mundo exterior: con prejuicio, con miedo por la forma en que ama.

Nuestra parte humana ha vuelto a dominarnos. Y no lo permitiré.

Alina alzó el mentón. La luz se reflejó en su corona olvidada.

—Soy Alina Lightmoon, portadora de sangre real. La misma sangre que corre en las venas de mis nietos y no dejaré que se les juzgue por quienes son. No los perderé como perdí a mi hija y a su esposo. No esta vez.

»A partir de hoy, retomo mi lugar como reina legítima y tomaré las responsabilidades que recaían en los hombros de mi esposo, el rey consorte. Y decreto: Deniel sigue siendo el heredero al trono.

»Escucharemos sus ideas y luego escucharé a los altos lores y a los cortesanos de mayor rango. Solo entonces se tomará una decisión. Hasta ese momento, no habrá más guerra entre nosotros.

La reina volvió a sentarse. Egor no dijo una palabra. Ella era la verdadera reina. Y por fin volvía a ocupar su trono.

El silencio se volvió absoluto. Arielle y Deniel estaban pálidos. La voz de su abuela acababa de romper años de silencio y de fragilidad. Con una sola mirada, Alina le indicó a Deniel que era momento de continuar.

El príncipe hizo desaparecer la magia azul que había teñido el salón y avanzó.

Sus pasos resonaron sobre el mármol. Repasó los rostros uno a uno, sintiendo cómo el discurso que había preparado se deshacía en su mente.

Solo podía pensar en el rostro de su abuela.

Buscó apoyo y lo encontró en Merckles, quien le respondió con una sonrisa firme y una leve reverencia, recordándole quién era y por qué debía luchar.

—Nuestros dos mayores problemas son claros: un ejército debilitado y una magia al borde del colapso. Ambos pueden solucionarse. Ambos pueden fortalecerse.

—¿Y cómo planeas aumentar la fuerza de nuestras tropas? —preguntó el alto lord de Pozo Lunar, quien había guardado silencio durante todo el caos.

—Con decisiones valientes —respondió Deniel—. Desde hoy, Arielle Lightmoon será nombrada alta lady de Isla Ballena, que ahora pasará a llamarse Isla Oken. Con ello, tres mil octopus se unirán a nuestra causa.

El terror quiso abrirse paso en el salón. Pero la mirada de la reina apagó todo intento de oposición.

—También contaremos con el apoyo de los mandrells. Ellos gobernarán Cuello Tortuga, que será renombrada Isla Mandrell. Su regente: el alto lord Merckles Cregan.

—Aun así —objetó lord Nerus— sus tropas están confinadas al mar.

—Ya he pensado en eso —dijo Deniel e hizo un gesto a Arielle. Ella asintió.

Dos humanos se aproximaron al estanque. Junto a Merckles y su nieto, sostenían pequeños fragmentos del cristal de sangre.

—¿Qué pretendes hacer? —intervino Egor.

—Usar una fracción del cristal. La dosis justa para que los mandrells adquieran piernas, como las sirenas y los octopus.

Incluso la reina se inclinó, sorprendida.

Dominar un cristal de sangre era complicado hasta para los magos de sangre. Para el resto de los maggiums, podría tomar años o costarles la vida. Pero Alina lo miró y supo que podía lograrlo.

Deniel alzó la mano y los cristales comenzaron a brillar. Los humanos se tomaron de las manos con los mandrells y los fragmentos levitaron entre ellos… absorbiendo la esencia de ambas especies y cambiando, quizás, para siempre… la historia de Selenya.