Corona de Sal y Luna Capítulo 52 #2
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Capítulo 52 #2

—Nuestro ejército no está en condiciones de luchar contra dragones —soltó Tyrsson, poniéndose en pie como si hubiera esperado justo ese momento.

Sin miedo, caminó hacia el frente. Desafiando.

Provocando. Era su forma de demostrar que el trono no se hereda con palabras bonitas. Se conquista con fuerza.

Deniel lo vio venir y sonrió. Había mordido el anzuelo.

—Tiene razón, mi lord —dijo con calma—. En una batalla directa, estaríamos perdidos.

»Nuestro ejército aún no está a la altura. Y la razón es simple: hemos cometido dos errores.

—¿Errores? —Tyrsson bufó con sorna—. ¿Acaso estás cuestionando al rey?

—Sí. Y también a usted y a cada uno de nosotros que sostenemos la corte.

Un susurro de incredulidad recorrió el salón.

—Los demás reinos han abrazado a sus maggium. Los han integrado y respetado, por eso sus ejércitos crecen, se renuevan, resisten, sin embargo, nosotros… Nosotros los hemos condenado al silencio, a la sumisión, y, aun así, pretendemos sobrevivir a una guerra…

—Siempre nos han protegido sirenas y tritones —interrumpió Tyrsson—. Debemos conservar nuestras costumbres.

—Son esas costumbres las que te hicieron trazar un plan fallido que casi nos destruye.

El silencio se volvió absoluto. Todos sabían quién había dirigido aquella última batalla. Pero nadie lo había dicho hasta ahora.

—Aquella batalla fue…

—¡Basta de interrupciones, alto lord Tyrsson Beltram de la Casa Shellsea! —bramó Deniel—. Permanecerás callado hasta que se te conceda la palabra.

El viejo lord se quedó helado, avergonzado, dispuesto a retirarse, pero Deniel no había terminado.

—Quédate donde estás. Aún no he acabado contigo.

Desde el trono, Egor apretó los brazos del sillón. No sabía qué planeaba su nieto. Y eso lo inquietaba más que cualquier amenaza externa.

—Nuestro reino ha estado dividido durante siglos —comenzó Deniel, su voz serena, pero afilada—.

Sirenas, octopus, mandrells… cada uno con sus dones, cada uno tratado como pieza reemplazable de una maquinaria oxidada.

Si a ellos les sumamos los maggiums menores —incapaces de combatir cuerpo a cuerpo en una guerra—, nuestro ejército apenas representa el treinta y cinco por ciento de la población.

Y, de ese treinta y cinco, solo un veinte por ciento está preparado para pelear.

El murmullo entre la nobleza se extinguió como una vela al viento. Deniel alzó el rostro y lanzó el golpe que cambiaría la historia:

—Pero eso cambiará hoy. Desde este momento, los mandrells y los octopus se unirán a nuestra corte como ciudadanos de Selenya.

—¡Es una locura! —gritó lord Tyrsson incapaz de contenerse.

Todas las miradas giraron hacia el rey, esperando su reacción como quien aguarda el golpe final en un juicio. Nadie quería perder a sus sirvientes. Y mucho menos compartir el poder con aquellos que alguna vez arrastraron cadenas.

—Durante siglos, los mandrells han servido a la corona —dictó Egor con voz de trueno—. Y así seguirá siendo.

Sus ojos, duros como el coral, se clavaron en Merckles con rencor. Lo consideraba el responsable de cada palabra que salía de los labios de su nieto, pero Deniel no se encogió.

—Si sumamos los cuatro mil mandrells entrenados para el combate, nuestro ejército crecería hasta un treinta por ciento. ¿No es eso lo que tanto desean?

Su mirada recorrió la sala con calma glacial.

»Y no se trata solo de números. Se trata de justicia.

De visión. De no repetir los errores que nos trajeron hasta aquí.

—Se inclinó apenas, como si ofreciera un regalo peligroso—.

Miren al resto de los reinos. Han unido razas, fortalecido sus filas, aprendido de su diversidad.

Y nosotros, nos aferramos a la arrogancia.

¿De verdad quieren cruzar esa barrera y enfrentar a Daavos sin siquiera un ejército digno?

El silencio fue una ola densa que arrastró consigo cada argumento inútil. Incluso lord Tyrsson permanecía en silencio.

—Los mandrells no son esclavos, son guerreros. Lo demostraron cuando Kleiton —señaló al nieto de Merckles— derribó a cinco soldados sin usar magia. Un esclavo sin entrenamiento, sin alimento adecuado, venció a los hombres que juran protegernos.

Una verdad como esa… quemaba.

—Nuestra fuerza, por más antigua que sea, está dormida. Ellos podrían ser el eslabón perdido que necesitamos en el mar y en tierra.

Tyrsson se echó a reír. Una carcajada desvergonzada, cruel, hueca.

—Muchacho… ¿no sabes que esas bestias apenas pueden arrastrarse en tierra firme? Serían un estorbo.

—Vivimos entre dos mundos —replicó Deniel sin alterarse—.

¿Por qué no aprovecharlo? —Sus pasos resonaron por la sala.

Cada palabra era un golpe bien medido—. En la guerra pasada perdimos por nuestro orgullo.

Confiamos en que siempre tendríamos agua cerca.

Nos arrastraron a tierra y allí nos aplastaron.

Sin mencionar que la magia en la que tanto confiamos se ha debilitado por los años escondidos tras la barrera.

—No creo que nuestra magia haya disminuido —dijo Tyrsson, con tono de burla.

—Yo sí —replicó Deniel sin titubear—. Pero dejemos que los hechos hablen. —Y entonces, sonrió. Una sonrisa con el filo de una espada—. Invito al frente a sir Remus y lady Tyrssa Beltram.

Un escalofrío recorrió el salón. Los nombrados se tensaron. Tyrsson frunció el ceño, incapaz de adivinar el motivo, pero sabía bien que aquello no era un simple gesto cortesano.

—He escuchado que lady Tyrssa se jacta de ser la sirena más poderosa del reino —dijo Deniel, cortés, venenoso—. Estoy seguro de que no tendrá problema en demostrarlo.

—Será un placer, alteza —dijo, alargando las palabras como si cada una fuera una caricia envenenada.

Su voz era miel sobre cuchillas. Más que aceptación, fue una invitación. Royce lo notó, y también su furia. Tanto el hermano como ella querían al príncipe para destruirlo o poseerlo. No por amor.

Tyrssa se acercó al estanque y se regodeó. El agua giró, se alzó, danzó, casi arrastró a los mandrells con ella, pero los aplausos de Deniel fueron una burla disfrazada de cortesía.

—Una presentación encantadora si esto fuera un circo. Yo quiero ver poder. Quiero ver si eres capaz de vencer a mi hermana.

Arielle sonrió. Fue una sonrisa que arrastraba años de humillaciones, miradas hirientes y desprecios silenciados. Había esperado este momento con ansias, y, esta vez, no pensaba contenerse.

Tyrssa también sonrió. Fría. Ambiciosa. Letal. Humillar a Arielle ante toda la corte sería un espectáculo glorioso. Eliminarla… una bendición.

Si la criatura monstruosa desaparecía, el camino hacia el príncipe estaría libre. El trono al alcance de su mano. Solo tenía que ganar. Y en la batalla… los accidentes eran inevitables.