Corona de Sal y Luna Capítulo 52
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Capítulo 52

“No mires el mundo a través de los ojos de quien te juzga con malicia. Esos ya fueron cegados por su propio fracaso”.

—¡Acabaré contigo! —el grito de Remus retumbó en el corredor mientras lanzaba esferas de energía directo al pecho de Royce, deseando abrirle un agujero tan profundo que lo dejara desangrarse como un animal salvaje.

Pero el jinete, como si estuviera cazando livis, atrapó la magia del tritón entre sus puños en llamas y la desintegró sin esfuerzo.

No comprendía del todo qué estaba ocurriendo en su interior, pero desde que volvió a vincularse con Xerex, su poder no dejaba de crecer, como si algo dentro de él se recargara, llenando el vacío de aquellos tres años perdidos.

Avanzó con pasos firmes, acortó la distancia entre ambos. Sabía que debía impedir que su adversario siguiera conjurando hechizos si quería derrotarlo antes de que los guardias aparecieran.

Molesto por su impotencia, Remus alzó los brazos y desató la furia de los vientos, creando un vendaval que sacudió el corredor.

Royce, al sentir la amenaza, estalló en llamas.

Aunó su fuego en un muro ardiente y lo lanzó con fuerza contra el tritón y la octopus.

Arielle se quedó inmóvil por un instante, asombrada por la intensidad del poder que brotaba del jinete; era tan abrumador como el de su hermano.

Remus conjuró un escudo y logró partir las llamas, pero el impacto lo hizo tambalearse. Por primera vez sintió un estremecimiento: aquel desconocido no era un simple jinete... era algo más.

Sabiendo que no tenían oportunidad, Arielle decidió tomar el control.

Las nubes, hasta entonces ajenas, temblaron.

Se doblaron a su voluntad y se mancharon con el gris de la tormenta.

Un rayo partió el cielo, desgarró las nubes y atravesó el ventanal de la izquierda con un estruendo que sacudió las paredes.

Royce rodó por el suelo, apenas esquivando el impacto. Al incorporarse, vio la piedra humeante donde, de haber tardado un segundo más, habría quedado reducido a cenizas. Sin ceder al miedo, su fuego cobró forma. Puños y piernas danzaron como látigos de calor, azotando el aire en todas direcciones.

Arielle se refugió tras un muro de hielo. Remus, en cambio, no tuvo esa suerte: terminó de espaldas en el suelo, con la camisa hecha jirones y el orgullo chamuscado. Al intentar levantarse, se topó con una de las espadas de Royce rozándole la garganta.

Viendo la incompetencia de su joven lord , Arielle desmanteló su defensa y creó lanzas de hielo que disparó contra el jinete.

Royce desenvainó la segunda espada. Las giró sobre su cuerpo, lanzando cortes de fuego contra el ataque de la octopus, derribando y partiendo las armas heladas por la mitad. Pero cometió un error: se apartó.

Remus, cobarde como era, lo atacó por la espalda. Lo lanzó por los aires con un solo golpe y lo despojó de sus espadas, que rodaron por el mármol en direcciones opuestas. Desde el suelo, Royce las vio alejarse. En cada hoja creyó ver el reflejo de un rostro conocido… el de sus padres.

Y entonces, cuando sus ojos se alzaron para encontrar la sonrisa de Remus, la rabia creció como un incendio.

Esta vez no se detendría. Esta vez los haría arder.

Se puso de pie con un salto y formó dos esferas de fuego, tan grandes como pudo.

Las hizo estallar en un ataque cruzado, directo hacia ambos oponentes.

Arielle respondió con un rayo de hielo. Remus, desesperado, alzó un escudo de protección que se desmoronó ante las llamas. Cayó de espaldas, sin elegancia alguna, hasta quedar a los pies de Deniel, quien acababa de aparecer, acompañado por Alina y Celeste.

La anciana golpeó el suelo con su cetro. La onda mágica que liberó barrió el pasillo. Royce y Arielle cayeron al instante.

—¡¿Se puede saber qué están haciendo?! —exclamó Deniel.

—Tenemos un intruso en el castillo. Me pregunto cómo logró entrar —replicó Arielle con tono venenoso.

Sus palabras iban dirigidas a Celeste. No había otra. Solo ella podía entrar y salir de Selenya a voluntad.

—Royce es mi amigo —dijo Deniel con voz firme—. Fui yo quien le pidió a Celeste que lo trajera.

—¿Estás seguro de que es solo tu amigo? No fue eso lo que escuché anoche en la biblioteca.

—¡Ya basta, Arielle! —intervino Alina alzando la voz por primera vez.

Pero ya era tarde. Bastó ver el rostro de Remus para entender que lo sabía todo. No solo la relación entre Deniel y Royce, sino lo que eso significaba para el reino.

Los rumores crecían cada día, y uno más, uno como ese, podía desatar una tormenta política que aún no estaban listos para enfrentar.

—Es tu hermano de quien hablas…

Deniel alzó una mano, no con violencia, sino con autoridad. Alina y Celeste lo miraron en silencio. Esa expresión no la conocían. No era la de un nieto confundido ni la de un príncipe indulgente. Era otra.

—Con quién me acueste es asunto mío —dijo con calma—.

Y, aunque seas mi hermana, hay límites que no debes cruzar.

Te he respetado. Incluso he apoyado tu causa.

He aprendido a quererte tal como eres. No me obligues a arrepentirme.

—Se giró hacia Royce y clavó sus ojos en él.

Había rabia en su mirada. Y también dolor—.

Por hoy estarás a salvo bajo mi protección, pero, si vuelves a poner un pie en el castillo no correrás la misma suerte, y, si llegas a herir a uno solo de mis guardias o a cualquier miembro de la corte, dejarás de ser Royce Worrel para mí.

Celeste no pudo evitar tensarse. Se suponía que todo estaba bien entre ellos, que se habían reconciliado, pero algo se había quebrado. Y, por la mirada de Deniel, era más profundo de lo que imaginaba.

—Remus… levántate. Vamos al Salón del Trono.

Durante el trayecto, reinó el silencio. Ni siquiera Alina, la mayor autoridad entre ellos, se atrevió a hablar. Todos marchaban cabizbajos, siguiéndolo como si Deniel fuera la corriente y ellos, náufragos sin voluntad.

Algunos reflexionaban sobre sus errores. Otros, sobre su próxima jugada, y unos pocos, planeaban venganza.

Arielle no apartó la vista de Royce ni un instante. Su mirada, hecha de cuchillas y sal, buscaba intimidarlo, cortarlo, recordarle que jamás sería perdonado, no por lo que era, sino por lo que su linaje le había hecho a su familia.

Royce, ajeno al peligro que suponía caminar tan cerca de la octopus, no le prestaba atención. Su mirada, arrepentida y firme, se aferraba a la espalda de Deniel. Y dolía. Dolía que lo ignorara como a un extraño.

Al llegar al Salón del Trono, el grupo se dispersó. Celeste se acercó al jinete y depositó una moneda en su mano.

—Cuando todo termine —susurró—. Podrás usarla para regresar a Eldryan.

Ella debía partir. Pero Royce… él debía quedarse. No precisamente como castigo, lo haría como lección. O, quizá, el primer paso hacia algo que venía posponiendo demasiado: tomar el control de su propio destino.

Inquieto por las miradas que se volvían hacia él como dagas, Royce tomó asiento en la primera fila, donde se ubicaban los invitados. Remus, maltrecho y silencioso, buscó su lugar junto a su padre. Lord Tyrsson lo recibió con una ceja en alto: no esperaba verlo tan descompuesto.

Deniel, Arielle y Alina continuaron hacia el trono, donde Egor los aguardaba con el ceño fruncido. La reina se acomodó a su lado, mientras sus nietos tomaban asiento en el escalón inferior.

Egor se levantó. Su voz, grave y solemne, retumbó en el salón y alcanzó incluso el agua del estanque central, donde permanecían Merckles y su nieto.

—Altos lores , nobles de la corte, hoy no solo nos reunimos para decidir si ha llegado la hora de abrir las puertas al mundo y reclamar lo que es nuestro.

Hoy conocerán a quienes algún día llevarán esta corona: La princesa Arielle Lightmoon y el futuro rey de Selenya… el príncipe heredero Deniel Lightmoon.

Los vítores estallaron. El eco hizo vibrar los vitrales, pero ni siquiera el rugido de la corte logró opacar la atención que se centraba en los jóvenes. Primero en Arielle. Luego… en Deniel.

Frente a ellos, los altos lores mantenían sus rostros imperturbables. Aún debían escuchar su propuesta. Juzgar su mérito o su caída. Y nadie lo esperaba con más ansias que lord Tyrsson.

Egor alzó la mano y el silencio cayó como una manta helada. Sus ojos se posaron en su nieto, dándole permiso para hablar. Deniel descendió con paso firme hasta el centro de la escalinata.

Allí se detuvo. Clavó la mirada en su hermana. El reproche seguía vivo en sus ojos, pero él lo entendía, lo sentía. Había llegado el momento de dejarlo atrás. Le tendió la mano. Arielle, perpleja, se acercó sin decir una palabra.

—No te odio —murmuró él—. Eres mi hermana. Olvidemos las diferencias. Gobernemos juntos, como nuestros padres habrían querido.

—Aún lo odio —susurró ella.

—Solo necesito que confíes en mí. Después podrás reprocharme todo lo que desees.

Arielle no supo qué decir. Había algo en su sonrisa que desarmaba. Algo de su madre. Algo de ella misma.

Deniel alzó la voz, esta vez para todos.

—El rey ha dado la bienvenida a los altos lores y a la nobleza.

Pero hoy tenemos otros invitados. —Señaló el estanque—.

Dos mandrells nos acompañan esta mañana.

No como esclavos… sino como testigos del renacimiento de un reino nuevo.

Un reino que no solo respetará a cada criatura del océano, sino que les otorgará lo que por siglos les ha sido negado: igualdad, dignidad, justicia.

—Esto será interesante… —se burló lord Tyrsson, sin molestarse en disimular.

Lord Nerus lo miró con dureza, pero permaneció en silencio.

Deniel prosiguió:

—Hace apenas unos años, fuimos casi aniquilados por Daavos y sus aliados. Pero no lo lograron. Y hoy estamos aquí, listos para enfrentarlos y reclamar nuestro lugar.