Capítulo 51 #3
Deniel iba y venía sin cesar, repasando mentalmente cada jugada. Cada posibilidad. Royce, aún adormecido, lo observaba desde la cama, desnudo, tal como había llegado al mundo.
El tritón se detuvo un instante. Lo contempló. Aquel cuerpo parecía tallado por los dioses solo para tentarlo, y, por un segundo, solo uno, deseó una tercera ronda, allí mismo, sobre los escombros de la noche anterior.
Sacudió la cabeza, espantando los pensamientos indecentes. Royce rio con picardía. Sabía lo que cruzaba por su mente. Lo sentía en su respiración.
Con el mismo descaro de siempre, caminó hasta atraparlo por la espalda. Lo besó en el cuello con hambre suave.
Ambos rieron, contagiados por la chispa que aún les recorría la piel. Pero el deber llamaba y el fuego no podía imponerse al destino.
—Aunque muero de ganas… tengo una sesión importante con los altos lores .
—Qué pena. Hoy quería enseñarte algunos movimientos nuevos —susurró Royce contra su oído.
—No ahora. Pero quizás en Eldryan tengamos otra oportunidad.
—¿Eldryan? ¿Regresas al castillo?
Royce alzó una ceja. Había felicidad en su rostro, pero también algo más. Alerta. Duda.
—Sí. Mañana será el baile. Celeste nombró a la Casa Syren como anfitriona y nos tocará abrirlo.
Las palabras golpearon a Royce como un baldazo helado. La excitación se esfumó. El miedo se instaló.
—¿Nosotros? —balbuceó, alejándose para buscar su ropa.
—Sí. Nosotros. Somos una pareja, ¿no?
—No creo que sea buena idea —murmuró Royce y desvió la mirada.
—¿Por qué no?
Temeroso de la respuesta que debía dar, Royce se inclinó para calzarse los pantalones, buscando en el gesto algo de tiempo y palabras que dolieran menos.
—Es distinto. Somos chicos…
—¿Y eso qué importa? —la voz de Deniel se volvió afilada— ¿Existe alguna ley que nos prohíba bailar?
Algo se abrió dentro del tritón. Algo viejo y doloroso. La herida que Tyler dejó no estaba cerrada. No por él, sino por esa sensación fría y conocida de ser usado.
—Nos convertirán en los bufones del reino.
Fue suficiente. Deniel lo miró y su mundo se congeló. En sus ojos no había rencor. Solo decepción y tristeza.
—Entonces eso soy para ti… Un chiste.
Royce se acercó, pero ya no quedaba calor en la piel de Deniel. Lo que antes lo recibía con fuego ahora lo rechazaba con escarcha.
—Cuando regrese… espero no encontrarte aquí. De hecho… espero no volver a verte.
La última palabra fue una estocada, con ella, la puerta se cerró de un portazo. De esos que no se olvidan.
Royce se quedó allí, en silencio. Después vino la furia.
El golpe contra la pared, y luego el grito.
Ese grito que no bastó para vaciarle el pecho.
Respiró hondo. Terminó de vestirse y salió de la habitación sin mirar a nadie.
Lo único que veía era el rostro de Deniel, temblando, cubierto de lágrimas que él mismo había provocado.
Se maldijo, por idiota, por cobarde, por dañar siempre lo que ama.
Tanto se atormentaba, que no vio venir el ataque. Una esfera mágica lo golpeó por la espalda, arrojándolo contra la pared.
—Miren lo que ha traído la marea… —dijo una voz helada—. Un jinete.
Arielle emergió de las sombras, envuelta en determinación y poder. Con una nueva esfera latiendo entre sus manos. Royce se levantó.
La reconoció de inmediato. Ese cabello azul marino. Esa rabia atrapada en un cuerpo humano.
—Eres el monstruo que atacó a Deniel.
—¿Acaso no son los dragones también monstruos? —replicó ella.
La esfera voló hacia Royce, pero él la desvió golpeándola con sus manos envueltas en fuego. Las venas le palpitaban bajo la piel, su rostro comenzaba a mostrar su verdadera naturaleza. Quería matarla. Su instinto se lo exigía. Pero Deniel no se lo perdonaría. Y él ya no quería más condenas.
—¿Alteza, se encuentra bien? —remató Remus, apareciendo junto a Arielle.
—Tenemos un intruso —dijo ella, sin mirarlo—. Uno que vino por mi hermano.
Había espiado a Remus en la capilla. Imaginaba lo que buscaba al acercarse a su hermano, y estaba dispuesta a usarlo.
—No creo que Deniel quiera alejarse de mí —gruñó Royce—. Debiste oírlo anoche, mientras lo hacía mío.
—Mi hermano merece algo mejor —replicó Arielle, con una sonrisa ácida.
Deslizó su mano por el hombro de Remus, empujándolo hacia adelante como a un cordero.
—¡Lárgate! —ordenó él, colocándose entre ambos—. No eres bienvenido aquí.
Royce lo miró. Y algo se encendió en él.
—No puedo matarla. Es su hermana. Pero tú no tienes esa suerte.
Su cuerpo se tensó. Recordó las palabras de Celeste y el reflejo de Remus en los ojos de Deniel le revolvió el alma. No permitiría que alguien más lo tocara. Ni ahora. Ni nunca.
—Matarte no será un problema. Un demonio menos.
La palabra no le dolió. Demonio. Lo aceptaba. Porque, si ese era el precio por tener a Deniel, lo pagaría. Sentía su aroma. Sal y luna. Lo olía en cada muro, cada rincón, y le ardía. Nadie tenía derecho a esa fragancia. Solo él. No pensaba irse con las manos vacías. No esta vez.
—Aún no decido si matarte o incendiar tu miserable ciudad. Sería un placer oír los gritos de tu pueblo mientras se consume. —Una sonrisa oscura se dibujó en sus labios—. Después de todo… soy un demonio.