Capítulo 51 #2
Layla lo miró, aún temblando. Sus ojos buscaron una respuesta.
—Eres una princesa. Si tus padres se oponen, si te obligan a casarte, podrías sufrir.
—Pensé que lucharías por nosotros —dijo ella dando un paso atrás.
—Y lo haré. Pero no quiero causarte problemas si las cosas se complican.
También pensaba en Elvain. En el duelo que lo aguardaba. Si algo salía mal, no quería dejarla entre ruinas.
Layla entendió. Leyó su miedo. Lo sintió. Pero sabía que podía con todo: con sus padres, con Elvain, con el destino.
—Usaré mi título de guardiana si es necesario. En cuanto a Elvain… confío en ti. No quiero verlo muerto. Solo derrotado y convencido de que no lo amaré jamás.
Ella se acercó y acarició el rostro del caballero con ternura.
—No importa lo que nos depare el futuro… lo enfrentaremos juntos.
Asher la tomó de las manos, sintiendo cómo esa frase se tatuaba en su pecho. Con ella, no había forma de perder. Volvieron a besarse. Y, esta vez, fue Layla quien tomó el control.
—Sé que conoces muchas formas de complacer a una chica —susurró Layla, acercándose a su oído—. Esta noche deseo que me enseñes alguna.
Y dejó caer el vestido sin remordimientos, como quien deja caer una coraza. La tela susurró contra su piel al deslizarse hasta el suelo. Asher la contempló sin reproches.
Su corazón latía con fuerza. Tenía permiso para perder la compostura, para adorarla con el cuerpo y el alma, para embriagarla de amor y deseo.
De la mano la condujo a la cama. La depositó sobre las sábanas como si fuera lo más delicado del mundo.
Se despojó de su ropa con calma, dejó que su torso se ofreciera al fuego de su mirada.
Luego llevó la mano de Layla a su pecho, justo donde el corazón golpeaba con desesperación.
Ella lo atrapó entre sus piernas, lo atrajo hacia sí y lo besó.
No necesitaba palabras. Su cuerpo ya había elegido.
Entre jadeos, susurros y caricias, el sudor comenzó a mezclarse, envolviéndolos en un hechizo de calor que incitó a Asher a hundirse en ella con una lentitud reverente, como si cada movimiento le rezara al cuerpo que amaba. Sus manos ya no eran nobles, sino humanas, apasionadas, firmes.
Sujetó sus muslos, marcando el ritmo con la precisión de quien conoce y desea cada rincón de su amante. Layla se curvó, se tensó, se encendió. Sus uñas se hundieron en la espalda de su amante y dibujaron el mapa de su descontrol.
Guiada por la fiebre que le recorría el cuerpo, se giró sobre él, apoderándose de sus caderas y comenzó a danzar sobre su vientre, cual ola de deseo que no puede detenerse. Sus labios rozaban los de él mientras gemía. Buscó equilibrio apoyando las manos en su pecho, y fue más profunda. Más osada.
Asher la contempló como si el mundo no existiera. Llevó un dedo a su boca, y ella lo recibió con placer. Luego acarició sus pechos, buscando ese punto exacto donde el placer la hacía doblarse como un arco tensado.
Sus caderas se encontraron. Se sincronizaron. El vaivén de sus cuerpos se volvió una sola corriente. Layla lo miró y en sus ojos encontró la respuesta. Asher asintió. Y, entonces, fue más fuerte. Más hondo.
El clímax los alcanzó al mismo tiempo. Dos voces fundidas en un solo gemido. Dos cuerpos trémulos, enlazados en un mismo final. Ella, sin aliento, buscó sus labios. Él, sin fuerzas, la abrazó con dulzura y murmuró:
—Te amo.
Pero el amor no es siempre tierno. A veces es salvaje.
Puro instinto. Furia envenenada de deseo.
Royce, como Asher, odiaba perder el control.
Pero lo que más lo desquiciaba era el silencio…
ese instante en que Deniel no gemía para él.
Porque no existía sonido en el mundo que deseara más que esa melodía: rota, húmeda, suya.
Tomándolo por la cintura lo recostó sobre el escritorio, levantándole una pierna para saborear cada centímetro de piel. Cada pliegue. Cada sombra. Cuando lo sintió listo, no pudo contener el grito. La calidez que lo envolvía era abrumadora, pura tormenta líquida.
Deniel se aferró a la madera, los dedos clavados como raíces. Su cuerpo vibraba. Su voz componía melodías sin partituras. Royce volvió a su espalda. Lo mordió y besó con suavidad. Rodeó con un brazo su cuerpo y, con lentitud, se introdujo en él. No como un invasor sino como quien regresa a casa.
El tritón gimió. Y sus uñas buscaron morder la madera. El ritmo creció. Más profundo. Más marcado. Más salvaje. Los músculos de Royce se tensaban, dibujándose como olas bronceadas sobre la espalda pálida de Deniel.
Sabía que él también estaba cerca, que su cuerpo se preparaba para estallar. Lo sujetó con fuerza. Se hundió una última vez. Se liberó. Dejó su esencia dentro de él. Lo marcó como suyo. Y, al hacerlo, lo arrastró consigo.
Deniel gimió. Y se derramó sobre los libros profanados, aplastándolos con su tembloroso cuerpo y el alma encendida.
Los primeros rayos del sol se alzaron tras las Islas Malditas, derramándose sobre la habitación del príncipe como un presagio.