Capítulo 51
“De nada sirve pedir perdón, gritar un te amo o incendiar la noche... si al amanecer nos siguen devorando las mismas sombras”.
Aquel anochecer fue un caos absoluto para Deniel. Mientras el resto disfrutaba de una cena tranquila, él nadaba entre las barracas de los mandrells, ascendía al castillo Sel y se perdía una vez más entre los muros silenciosos de la biblioteca.
En su última visita a Merckles, le ordenó acelerar la recolección de información en las ciudades terrestres.
Necesitaba cualquier dato que pudiera convertirse en ventaja dentro de su juego de poder.
Al amanecer, todo debía estar listo. No podía enfrentarse a los altos lores sin cada movimiento cuidadosamente calculado.
Su plan no solo dependía de los aliados que pudiera ganar en las ciudades terrestres. También exigía el uso de cristales de sangre. Y, aunque ya había leído una docena de libros sobre ellos, aún no encontraba una forma de emplearlos sin convertir el hechizo en condena.
Seguía absorto en la lectura cuando sintió unos pasos acercarse. Levantó la vista, y allí estaba Arielle sonriendo, con una enorme bandeja de plata rebosante de comida entre las manos.
—Por mucho que intentes razonar con el estómago vacío, no creo que logres nada —dijo y dejó la bandeja sobre el escritorio con un suspiro divertido.
Se acercó para echar un vistazo a los libros abiertos. Todos exhibían el mismo diagrama, los mismos pasajes subrayados, el mismo cristal sangrante en el centro de cada página.
—No me digas que…
—Descuida. Amo demasiado mi cola —la interrumpió él, sin apartar la vista de las ilustraciones.
—Leí todos esos libros antes de usar el cristal. ¿Qué buscas exactamente? —preguntó ella, serena, acomodándose a su lado.
—Los cristales se usan en los maleficios de los magos de sangre, pero, como provienen de una alquimista, pueden emplearse en otros conjuros. Incluso para la metamorfosis —respondió Deniel, señalando las piernas de su hermana con una mirada cómplice.
—Así es.
Deniel bajó la vista hacia uno de los grabados.
—El pulpo que usaste… ¿estaba vivo?
Arielle vaciló. Sus labios se torcieron en una mueca leve, buscando las palabras más suaves.
—Al principio, sí, pero, cuando el hechizo terminó, ya no estaba en este mundo.
—Tiene que haber otra forma —murmuró él.
—¿Otra forma para qué?
—Necesito hacer un hechizo menor. Pero no quiero que implique un sacrificio.
Arielle se recostó en la mesa. Tomó un libro al azar y lo hojeó sin verdadera intención.
—Así es la magia. Llevamos milenios usándola y aún no entendemos su esencia.
“Esencia” . La palabra fue un disparo en la memoria del tritón.
Recordó a Celeste, sus enseñanzas, sus advertencias.
Recordó el modo en que ella le mostró cómo encontrar el núcleo de cada conjuro…
cómo alterar un hechizo desde adentro. Cómo llegar a su esencia y reescribirlo.
Ese era el secreto. El que convirtió a Celeste Gryffin en leyenda.
—¡Eso es! Solo necesito la esencia de ambas partes. Arielle, eres un genio.
—Lo sé. No hace falta que lo repitas.
—Lástima que a veces lo olvido —rio Deniel, arrebatándole el libro de la mano.
—Te devolveré ese comentario más tarde.
Arielle lo miró con ternura. Ver a su hermano trabajar así por el reino la convencía, una y otra vez, de que había hecho lo correcto al buscarlo en Eldryan.
—Necesito dos fragmentos pequeños del cristal de sangre y dos humanos que trabajen en la corte. Todo debe estar listo al amanecer.
Sus ojos brillaban con certeza. Si el plan funcionaba, el reino aún tenía una oportunidad.
—El cristal está bien custodiado. Si me atrapan, el rey se va a cabrear —replicó Arielle con una sonrisa más emocionada que preocupada.
—Será un placer romper las reglas una vez más.
—No te excedas. Llévate a Azura. Puede ayudarte a vigilar.
Deniel buscó a su flix , pero ya no estaba a su lado.
—¿Dónde se fue?
—No te preocupes. Mi relación con la bola de pelos ha mejorado. Me comunicaré con ella y nos veremos en el Salón del Tesoro. Traeré esos fragmentos. Lo prometo.
Arielle se desvaneció entre las sombras de la biblioteca, con una sonrisa traviesa en los labios y la picardía bailando en la mirada, abandonó libros abiertos…
y el sepulcral silencio de la noche. Sabía que su abuelo se enfurecería, más aún al enterarse de que sería ella, una vez más, quien tomara el cristal.
Pero no le importaba, como tampoco le importó a él vengar a sus padres.
Pasaron apenas unos minutos, los suficientes para que el cuerpo de Deniel comenzara a arder, no de cansancio sino de alerta.
Sintió cómo el calor se concentraba justo donde sabía que lo miraban.
Pero no era miedo lo que encendía sus sentidos: era ese aroma cítrico, denso, lleno de un peligro tan lujurioso como conocido.
Levantó la vista. Las botas negras y desgastadas emergían entre las sombras.
Sus labios hormiguearon al reconocer la máscara.
—¿Qué estás haciendo aquí? Los guardias te matarán si te descubren.
—Antes los mataré yo si se interponen en mi camino.
Royce rodeó el escritorio. Se quitó la máscara con calma y la dejó sobre los libros, sin apartar de Deniel sus ojos felinos. No había ido a dudar. Había ido a reconquistarlo.
Deniel tragó saliva, con esfuerzo. Sabía que seguir viéndose con Royce era como nadar entre corales envenenados: hermoso…
y letal. Pero su cuerpo no entendía razones.
Lo deseaba con la intensidad de una marea desbocada.
Lo amaba, y al mismo tiempo, le temía. Le resultaba aterrador cómo podía hacerle sentir paz y guerra al mismo tiempo.
Bastaba una mirada suya para quebrar su lógica y prenderle fuego al alma.
Todo en él respondía a ese chico de instinto salvaje y sonrisa pecadora.
—No podemos seguir —murmuró—. No estás listo.
Royce se acercó. Lo encerró entre su cuerpo y el escritorio, como un cazador que conoce de memoria el latido de su presa.
—No dejaré que un imbécil venga a robarme lo que es mío.
Deniel arqueó una ceja. ¿Cómo sabía sobre Remus?
“Celeste”, pensó. Claro que había sido ella.
Su jinete había venido por celos… por miedo a perderlo.
Ese pensamiento le arrancó una sonrisa, pero el orgullo de saberse codiciado como un trofeo lo incomodó.
Empujó con fuerza a Royce quitándoselo de encima y se alejó, usando el escritorio como escudo.
—¿Tanto te asusta que otro haga lo que tú no te atreves?
El humor en Royce se deshizo de golpe. Aquellas palabras fueron una chispa que incendió su rabia. Atravesó el escritorio como una tormenta, volviendo a quedar frente a él.
—No vuelvas a repetirlo.
—¿Y si lo hago? ¿Piensas que estaré aquí esperándote toda la vida?
En lugar de enfriarse, la molestia de Deniel se transformó en fuego líquido. Ver el rostro de Royce torcido en desesperación, sentir ese instinto feroz que lo reclamaba como suyo, solo avivaba su deseo.
Era como jugar con una criatura salvaje y provocarla hasta que mostrara los colmillos. Royce rio con lujuria y, sin más preámbulos, lo acorraló.
—No juegues conmigo, sirenito. Soy un depredador, y siempre tomo lo que me pertenece.
—¿Qué te hace pensar que te pertenezco?
—Tu piel se estremece cuando la toco —susurró Royce, rozando con lentitud el cuello del tritón con la yema de los dedos—. Tus labios imploran mis besos.
Se inclinó hacia su oído, su aliento rozándole como una caricia húmeda:
—Y te encanta cómo te hago gritar. Admítelo, Deniel Lightmoon, eres mío.
Royce lo alzó sin esfuerzo, sentándolo sobre el escritorio.
Y lo besó como si fuera lo último que existiera en el mundo, como si su boca fuera un conjuro de posesión. Las prendas comenzaron a caer. Una a una, como si de fragmentos de hechizos se tratase.
Deniel reclinó la cabeza, ofreciéndole el cuello, y sus labios bajaron, subieron, mordieron, temblaron.
El tritón se enredó en su cabello, tirando de él, buscando la rudeza de su cuerpo.
Una de sus manos descendió por el vientre del jinete y siguió un camino sin retorno.
Y, cuando la lujuria lo poseyó por completo, giró de golpe, dominándolo a él esta vez.
Bajó por su pecho con besos húmedos, lentos, trazando un camino hacia lo prohibido. Cuando sus labios rozaron la línea del pantalón, Royce contuvo el aliento. El sonido metálico del cinturón se sintió como un trueno en la penumbra. Y, con él, se derrumbó todo sentido común.
Atrapado en el azul sexo que brillaba en los ojos del tritón, Royce lo miró desde arriba… desarmado. La tela cayó, y, también, toda defensa. Sus manos se enredaron en la melena dorada del tritón. Marcaba el ritmo con un vaivén de placer puro.
Sus ojos se cerraron. Su espalda se arqueó. Un gemido escapó de su garganta como un rugido contenido. Aquella boca, cálida y húmeda, apaciguaba la bestia que llevaba dentro.
Y, con cada suspiro, Royce supo una verdad innegable: Deniel era suyo y no se lo cedería a nadie.
El fuego de Selenya ardía en la piel, pero las chispas viajaban con el viento, cruzando los cielos hasta Eldryan, donde Layla, impulsada por la locura dulce del deseo, guiaba a Asher hacia su habitación.
Gracias a su estatus de princesa, tenía el privilegio de poseer una habitación para ella sola. Y aquella noche no pensaba dormir. Ya había soñado demasiadas veces con el calor de Asher sobre su piel. Ahora quería sentirlo de verdad.
La puerta se abrió con suavidad. El caballero se adentró con sigilo, como si el aire mismo pudiera delatarlos.
—Sabes que, si te atrapan, diré que no te conozco —bromeó ella, sin poder ocultar la sonrisa.
—No me importa vivir en las mazmorras hasta mi graduación.
Ambos se miraron como si el mundo les perteneciera. Cada segundo esa mirada se volvía más atrevida, más desnuda.
Layla se puso de puntillas. Asher inclinó la cabeza. El beso fue inevitable. El ruido del exterior se desdibujaba. Solo quedaban los latidos. Las manos. La respiración entrecortada. Un frenesí de emociones amenazaba con llevarlos al abismo, pero Asher se detuvo.
—¡Espera! No podemos…