Capítulo 50
“Sostener una corona puede ser privilegio o calvario; todo depende de cuánto estés dispuesto a sacrificar: de ti… y de los demás”.
El amanecer en el reino de las sirenas no trajo calma. En el salón del trono de Sel, la voz del rey Egor retumbaba como un trueno, negándose a la absurda pretensión de su nieto: elevar a un esclavo a consejero de la corte.
—¡No! —bramó, golpeando el mármol con su tridente—. No permitiré que trates a un esclavo como noble. Mucho menos al que envenenó la cabeza de tu madre con insensateces.
—¡Quizás eras tú quien la envenenaba! —replicó Deniel, alzando la voz—. Mientras él le mostraba el camino para ser una reina de verdad.
La rabia le atravesaba el pecho. Había llegado al límite de soportar cómo su abuelo intentaba torcer la vida de todos a su alrededor.
Egor descendió del trono con la fiereza de una bestia, mas no logró quebrar la entereza del príncipe.
En esos ojos vio reflejada la obstinación de su hija, la misma mirada que tantas veces lo había enfrentado.
Y con ella regresó el peso de la culpa: había perdido a Selynee por su arrogancia.
Podían llamarlo monstruo, no le importaba, si con ello mantenía vivos a sus nietos.
—No arruinarás tu reputación por blando —gruñó—. Esas bestias robarán hasta la última perla si entran en la corte.
—Esas bestias pertenecen al mar, como tú y yo —respondió Deniel.
—¡No nos compares con ellos!
—¿Por qué no? Mamá no quería que siguieran siendo explotados.
—Tu madre ya no está. Soy yo quien dicta las órdenes y jamás permitiré que un esclavo pise mi corte.
Las palabras, preñadas por la ira, fueron demasiado lejos. Y el rey lo supo tarde, cuando vio encenderse el odio en los ojos de su nieto. Deniel contuvo las lágrimas; su voz, helada, fue más cortante que el acero.
—Si ella hubiese estado aquí, el destino de Selenya hubiese sido distinto.
No esperó respuesta. Atravesó las puertas de plata y se perdió en los corredores. Alina y Arielle quedaron paralizadas, sin saber si compadecer al nieto o al abuelo, que había quedado hecho ruinas.
En ese instante, Celeste ingresó al salón.
Apenas sintió el roce de Deniel al pasar junto a ella, desbocado como un demonio.
La atmósfera era tan densa que prefirió apartarse y dejarlo a solas.
Egor, hundido en su propio conflicto, apenas logró recomponerse para dedicarle un saludo a medias. Fue entonces Alina quien tomó el mando.
—Bienvenida, vieja amiga.
—Siempre es un honor volver a verte —respondió Celeste con una reverencia—. Y más aún cuando traigo buenas noticias.
—¿Trajiste el dragón? —preguntó la reina.
La palabra abrió un desgarrón en el corazón de Arielle. Su magia brotó, teñida del odio que guardaba contra Daavos.
—De hecho, son dos dragones —anunció Celeste.
—¿Ya están en el castillo? —inquirió Alina.
—Xerex y su jinete aún no han llegado. Faltan horas para que arriben a la isla.
Era impensable. Aquellos que casi habían destruido su reino serían recibidos ahora como aliados. Arielle no pudo contenerse.
—¿Unir fuerzas con los dragones que arrasaron nuestra tierra? ¡Es una locura!
—Xerex y Roxé no participaron en aquella guerra —replicó Celeste con firmeza—. Aún no tenían vínculo con sus jinetes.
La princesa apretó los puños. A ojos de la hechicera, no había cambiado mucho.
—Son asesinos —escupió—. Y tarde o temprano volverán con los suyos. Esta idea es aún más insensata que el ascenso del esclavo.
Sus pasos resonaron con furia en el salón mientras se alejaba. No quería escuchar más sobre aquella alianza absurda. Daavos les había dado demasiado dolor. Si algún dragón ponía una garra en Isla Medialuna, ella misma se encargaría de derribarlo, aunque fuese el guardián quien lo guiara.
Sumido en rabia, Deniel apenas advirtió la estatua de carne y huesos que lo observaba. Absorto en sus pensamientos, chocó con alguien y, al alzar la mirada, se encontró con los ojos cautivadores de Remus Beltram.
La sonrisa del tritón era tan perfecta que resultaba insolente.
El cabello castaño le caía en ondas sobre los hombros, los labios rojos ardían como una provocación.
Bajo la tela del traje se adivinaba la dureza de los músculos y la camisa entreabierta dejaba asomar el surco de su pecho.
Remus parecía la encarnación de la gloria de su especie.
El rubor subió a las mejillas de Deniel en un instante, pero la fidelidad lo arrastró de nuevo hacia otra imagen: la de Royce.
Lo superaba en todo. En fuerza, en virilidad, en esa presencia imposible de olvidar.
Se maldijo por pensarlo; jamás sospechó que el jinete tuviera tanto poder sobre su mente y su cuerpo.
—Alteza.
La voz de Remus, aterciopelada, acompañó una reverencia impecable.
—Remus Beltram, ¿cierto?
La calma del príncipe se tornó alerta en cuanto pronunció aquel apellido. Recordó de golpe a su hermana.
—Al parecer causé buena impresión.
—Los créditos son de tu hermana, por el desagradable momento.
—Lamento el incidente. No volverá a repetirse.
Deniel suspiró. Fingió retirarse, pero Remus volvió a interponerse, encantador y tenaz.
—Permítame acompañarlo, alteza.
—No quiero interrumpir tus deberes.
—Hoy puedo permitirme el lujo de estar a su lado.
—Está bien —Deniel cedió a regañadientes. Ninguna otra excusa acudió a sus labios.
El paseo se alargó. Remus hablaba sin cesar y, poco a poco, contra su voluntad, Deniel terminó escuchándolo.
Sus palabras, ligeras y diversas, fueron disolviendo la tormenta de su mente, hasta distraerlo por completo de adónde se dirigían.
Cegado por aquel embrujo, terminó por seguirlo hasta la capilla real.
Alzada en piedra lunar, resplandecía con cada rayo de sol que la acariciaba. Rosas azules trepaban por las columnas y su fragancia se mezclaba con la brisa marina que llegaba desde la bahía.
—Es un lugar hermoso —murmuró Deniel.
—Lo es —dijo Remus, aunque no supo si admiraba más el azul del mar o el azul de los ojos del príncipe.
Deniel sintió esa mirada como un roce indebido. El recuerdo de Royce lo golpeó de nuevo y lo obligó a mantener distancia.
—Me gustaría acompañarlo en adelante, alteza. —Remus lo arrinconó contra una columna, cerrándole el paso.
El rubor regresó a su rostro, y la incomodidad lo atravesó como un latido. Interpuso una mano entre ambos, firme, aunque temblorosa. No podía abrir espacio para aquello. No aún.
Entonces Remus extendió la mano tras él, y Deniel creyó que lo besaría. Retrocedió hasta sentir la piedra en la espalda. Pero en lugar de labios, apareció ante él una flor.
—Aún no es tu coronación —susurró el tritón—, ni mi obsequio es digno de ella. Pero deseo ser el primero en darte la bienvenida a Selenya.
Una rosa azul perfumó el breve espacio entre ambos. Deniel vaciló. Conocía demasiado bien el lenguaje de aquel presente.
—Agradezco tu gentileza, mi lord , pero tengo asuntos más urgentes que atender antes de pensar en relaciones.
—No pretendo tomarte de inmediato. —Remus se inclinó sobre él—. Haré que cada instante sea tan inolvidable que acabarás adicto a mí.
Un escalofrío recorrió al príncipe. No sabía si incinerarlo con un rayo por insolente o reírse del atrevimiento.
—Alteza.
La voz de Celeste irrumpió en el silencio. Deniel le agradeció con la mirada. Empujó a Remus y se adelantó hacia la anciana. Ella, al verlo, pidió con cortesía al joven lord que los dejara a solas. Remus obedeció, aunque no sin regalar un guiño furtivo por detrás de ella.
—¿No me digas que acaba de guiñarte un ojo?
—¿Cómo lo supiste?
—A mi edad se aprende más que hechizos y pociones. También fui joven, y conocí a muchos chicos. Algunos valieron la pena… otros fueron errores. Y estoy segura de que este melenudo será uno de ellos.
—No tengo nada con él —aclaró Deniel.
Celeste observó la rosa aún en la mano de Deniel. La tomó con delicadeza por los pétalos y la dejó reposar en el extremo opuesto del banco, lejos de él.
—No he dicho lo contrario. Solo he venido a invitarte al Baile de los Guardianes. La ocasión perfecta para arreglar las cosas.
—¿El Baile de los Guardianes? ¿Arreglar las cosas?
—Sí. Cada año, el día en que los guardianes alzaron la barrera, en Eldryan se celebra un baile en su honor, y, cada año, una de las casas abre el baile. Esta vez le corresponde a la Casa Syren.
—¿Y pretendes que anuncie ante todos que soy un tritón y un guardián?
—Omitiremos la parte de que eres un guardián. Nos enfocaremos en los planes de tus abuelos: anunciar tu coronación como príncipe heredero y el regreso de las sirenas.
Las palabras lo atravesaron con un filo helado. ¿En qué pensaban sus abuelos? Él no estaba preparado para un trono, y mucho menos su pueblo para la guerra. Revelar su regreso era tentar al destino y desviar la guerra hacia Selenya. Era una locura.
—No estamos preparados —sentenció con firmeza.
—Tu coronación será esperanza para todos —replicó Celeste—. Y la ley de Sthevyand lo dicta: en una coronación legítima, todos los reyes deben estar presentes. Ningún conflicto puede proseguir hasta consumada la ceremonia.
Pero el vértigo en su pecho no cedía. Sus planes, tejidos con paciencia, se desmoronaban bajo la voluntad de sus abuelos. Y, si no hablaba ahora, lo perdería todo. En sus manos estaba la esperanza o el fin de las sirenas.
—Convocaré a los altos lores .
Celeste lo miró en silencio. Había temor en su rostro, un temor que no solía mostrar. Porque ni ella podía adivinar qué nacía en la mente del príncipe más impredecible que había conocido.
Mientras Deniel se apresuraba a reunir su corte, con la presión de piezas aún dispersas en su tablero, en Eldryan el gran comedor se vestía de rojo y negro bajo el emblema de Daavos. Aunque la cena aún estaba lejos, los estudiantes fueron llamados antes del crepúsculo a congregarse allí.
El ambiente era festivo: risas, cuchicheos, la alegría de haber terminado las clases antes de tiempo.
Pero no para todos. De un extremo a otro, Asher y Elvain se lanzaban miradas cargadas de furia.
Layla apretaba la mano del caballero bajo la mesa, asegurándole en silencio que todo estaría bien.
Elvain, rodeado de las ninfas más hermosas del castillo, apretaba con rabia la copa en su mano, sin apartar sus ojos envenenados del hada.
El murmullo se apagó cuando Celeste tomó el podio. Alzó su varita, y su voz se expandió por el salón.
—Nuestra escuela tiene el honor de recibir a una nueva alumna. Tras superar un riguroso examen de admisión esta tarde, cumplirá los deseos de su madre e ingresará al segundo año de la Escuela de Magia Eldryan. Demos la bienvenida a la futura reina de Daavos: la princesa heredera Amarys Deehagon.
El salón estalló en vítores. Amarys cruzó el comedor con porte regio y se colocó junto a la anciana.
Los jinetes se adelantaron a reverenciarla.
Lucius cruzó entonces su mirada helada con la sonrisa fingida de la princesa.
Entre ambos nació un duelo mudo, más feroz que el infantil conflicto entre el elfo y el caballero.
Amarys no sabía cuánto conocía su primo de las fechorías de su padre, pero aquel gesto frío era demasiado familiar: la misma dureza con que Bahel castigaba, dictaba y mataba.
Quizás la misma mirada con la que había asesinado a sus padres.
Celeste reclamó silencio antes de hablar.
—Esta noche celebraremos un banquete en honor a la princesa.
Pero recuerden: dentro de dos días tendrá lugar el Baile de los Guardianes, y mañana al atardecer revelaremos qué casa abrirá la ceremonia.
Por ahora, comencemos con nuestro festín.
Layla y Asher se miraron con complicidad.
Aunque la casa de las hadas no fuese elegida, aquella velada sería suya.
Sus labios estuvieron a punto de encontrarse hasta que Royce irrumpió, tomándolos por sorpresa.
—Necesito que vengan conmigo.
Los tres se alejaron del bullicio hacia un rincón más callado.
—¿Dónde estuviste? —lo reprendió Layla.
—Fui a Daavos.
—¿Qué demonios hiciste? —Asher lo miró incrédulo.
—Celeste me acompañó. Fuimos por Amarys y por Xerex.
—¿Trajiste a tu dragón? ¿Dónde está?
El hada no pudo contenerse.
—Más tarde se los mostraré. Ahora debe permanecer oculto en la isla. Pero los he reunido porque necesito pedirles algo: protejan a mi hermana. Estoy seguro de que Bahel alertará a Lucius, y tratarán de deshacerse de ella.
—¿Le contaste la verdad sobre tus padres? —preguntó Layla con tristeza.
Royce guardó silencio unos instantes antes de asentir. Creyó que el tiempo lo habría hecho más llevadero, pero la herida dolía igual que la primera vez que lo supo de labios de Elyot y Celeste.
La anciana apareció entonces, acompañada de Amarys. La princesa corrió hacia él, pero Royce la detuvo.
—Amarys, aquí no soy tu hermano.
—¡Oh!, cierto.
Celeste recorrió con la mirada a Asher y Layla.
—Ya lo saben todo, ¿verdad?
—Sobre el dragón, sí —respondió Layla—. Pero de Emmond y Deniel no hemos sabido nada desde que partieron.
Asher bajó la mirada. Extrañaba a Deniel, pero también a Emmond, habían sido amigo por años.
—Me comuniqué con Emmond hace unas horas —explicó Celeste—. Está absorto en el tesoro de Merlín. Así es él con los libros antiguos y los amigos: leal, incluso cuando se equivoca.
Todos compartieron el mismo recuerdo. Quizás había errado al confiar en Arielle, pero también había salvado sus vidas de Ezkel. Su amistad, pese a todo, seguía sintiéndose intacta.
El hada apretó los labios, añorando a su mejor amigo. Y Royce, incapaz de callar, dejó escapar la pregunta que lo desgarraba.
—¿Cómo está Deniel?
El silencio lo atravesó antes de que llegara la respuesta.
—Bien —dijo Celeste—. Ha logrado mucho en su reino. Pero aún debe superar un obstáculo antes de ceñir la corona.
—¿Qué obstáculo? —insistió Layla.
—Uno de los altos lores , el mismo que intentó casar a su hijo con Arielle… y que ahora intenta hacer lo mismo con tal de quedarse con la corona.
Royce apretó los puños. Nadie pondría las manos sobre Deniel. Nadie.
—Llegó el momento de elegir, amigo —dijo Asher, alzando la mano entrelazada con la de Layla—. No dejes que otro ocupe tu lugar.
—Ve a por tu felicidad —Layla lo afirmó con una caricia en el hombro.
Royce asintió.
— Magíster , ¿puede ayudarme?
—Te enviaré por el portal —dijo Celeste—. Busca a Azura; ella te guiará.
El jinete se despidió. Mientras partía con la anciana, escuchó las voces de aliento de sus amigos. Tenía una segunda oportunidad… quizá una tercera. Pero esta vez no podía fallar.
—¿Quién es Deniel? ¿Es hermosa? —preguntó Amarys con ingenuo entusiasmo.
Asher y Layla se miraron sin saber qué responder.
—Mmm… sí —dijo Asher, mirando al techo—. Algo así como una princesa.
Layla lo golpeó en las costillas.
—Pronto sabrás quién es.
Amarys arqueó una ceja, desconcertada. Pero estaba decidida: aunque tuviera que esperar toda la noche, descubriría la verdad sobre su hermano.