Capítulo 49
“Cada decisión trae consigo su prueba: mostrarte que erraste o que arriesgaste lo suficiente para conquistar la victoria. En ambos caminos hay una certeza: lucharás. Por lo que anhelas o por lo que ya has conquistado”.
A pesar de que la misión había sido un éxito, era solo cuestión de tiempo para que Bahel descubriera la verdad: el dragón dorado en el domo no era más que un holograma.
Las consecuencias serían severas, lo sabía Celeste, pero teniendo a la princesa de su lado…
y a Royce, podría silenciarlo por un tiempo.
Por ahora, dejaría que los hermanos descansaran unos días en el castillo mientras ella se ponía al día con la reina Alina.
Las cosas en Selenya estaban tomando un rumbo incierto, y debía asegurarse de que Deniel no agitara demasiado las aguas del reino.
El deseo de Celeste por proteger al tritón era irrefrenable, pero Deniel apenas prestaba atención a los asuntos de la corte.
Su mente estaba enfocada en el próximo encuentro con los altos lores .
Sabía que, si no ofrecía una propuesta sólida, su prestigio como futuro rey se hundiría bajo las arenas del desprecio.
Por ahora, concentraba sus esfuerzos en una sola pregunta: ¿Cómo aumentar las fuerzas del reino?
Era la obsesión de los lores y, si lograba dar con la respuesta, podría convertirla en su carta de triunfo.
También debía averiguar cómo reconquistar las ciudades terrestres. Pero de ellas sabía poco. Muy poco. Necesitaba la guía de alguien que hubiese vivido lo suficiente para conocer la historia de aquellas tierras antes y después de la guerra. Necesitaba a Merckles.
Según Arielle, los mandrells detestaban a las sirenas. Las habían odiado durante siglos, desde que fueron sometidos a la esclavitud. Llegar a un acuerdo con ellos sería difícil, pero debía intentarlo. Necesitaba al viejo mandrell y a su pueblo.
Mientras observaba el retrato de su madre en el salón, las palabras de Merckles resonaron en su mente, y entonces surgió la idea. Una chispa. La posible solución al cincuenta por ciento de los problemas del reino.
Sin pensarlo dos veces, nadó a toda velocidad. Tomó a su hermana del brazo, y a Azura por las aletas, arrastrándolas hasta el cuartel de los guardias.
La algarabía en las barracas de los mandrells se desvaneció al instante cuando los soldados del castillo invadieron el lugar.
Siempre que eso ocurría, alguien era castigado o forzado a trabajar fuera de horario.
Los habitantes de aquellas cuevas sombrías contemplaban las armaduras plateadas con un odio mudo.
En sus reflejos brillaban el hambre, la humillación y la miseria.
Deniel no esperó ninguna presentación formal. Le quitó la palabra al general que lo acompañaba. Odiaba escuchar su nombre junto al título de príncipe . En ese momento, más que nunca, era lo último que deseaba que se dijera.
—Alteza, nos honra con su visita.
Merckles hizo una reverencia solemne que extendió a todos los mandrells. Respetaba al joven príncipe, porque, fuera un simple tritón o un príncipe, se había compadecido de ellos… y había salvado a su nieto.
—Hoy no vengo como príncipe de Selenya.
—¿Entonces quién eres? ¿El nuevo rey?
El atrevimiento del joven mandrell bastó para que Arielle se acercara lo suficiente como para estrangularlo con sus tentáculos. Pero Deniel, que la conocía bien, se adelantó.
—Aún no soy rey. Solo vengo como otro maggium del océano.
—Estamos dispuestos a escucharlo, alteza. Una vez más, gracias por salvar a mi nieto. Discúlpelo por su falta de modales.
—Vuelve a hablarle así y ni siquiera él podrá salvarte.
Arielle avanzó un paso más. Todos sus tentáculos se alzaron como una advertencia viva. Deniel se volvió hacia la multitud. Elevó la voz con la firmeza de quien ya no habla solo por sí mismo:
—Les he traído comida. Medicinas para sus enfermos.
A partir de hoy, serán tratados como lo merecen.
No permitiré que sigan siendo vistos como bestias de trabajo.
Al igual que las sirenas y los tritones, tienen derecho a vivir con dignidad en estos océanos.
—Luego miró a su hermana—. Al igual que los octopus.
Ha llegado el momento de salir de la oscuridad y caminar como una sola Selenya.
Arielle sintió un vuelco en el estómago. No solo necesitaba escuchar esas palabras… deseaba que fueran verdad. ¿Y si por fin podía vivir sin ser tratada como un monstruo? ¿Y si su gente podía abandonar las cuevas frías donde los habían relegado como si fueran la escoria del mar?
Incluso al mirar la miseria de los mandrells, sentía que habían sido bendecidos al vivir, aunque como esclavos, dentro del castillo. Lo que prometía su hermano sonaba a milagro. Pero… ¿sería posible? No estaba segura. Su abuelo jamás lo permitiría.
Deniel vio apagarse el brillo en los ojos de su hermana.
Sabía exactamente en quién pensaba. Y también sabía que había llegado el momento de enfrentarlo.
Le daría un ultimátum frente a los altos lores .
Solo necesitaba su aprobación, y el anciano no tendría más remedio que dejar caer la corona que tanto orgullo le daba.
Era un plan arriesgado, pero lleno de esperanza.
—Merckles —dijo con calma—, mientras los guardias reparten la comida y los curanderos atienden a los heridos… necesito hablar contigo en privado.
—Será un honor ayudarlo a encontrar un buen camino hacia un futuro mejor para Selenya, alteza.
El anciano entendía cada palabra del joven príncipe. Sabía lo que estaba apostando. No le quedaban dudas. Era hijo de la reina Selynee.
Deniel se acercó a Merckles y le susurró su plan. Todo debía hacerse en silencio. Necesitaba que fuera una sorpresa para la corte. Un escuadrón de guardias no sabría guardar el secreto y mucho menos ante su abuelo o el molesto lord Tyrsson. Sobre todo, por él… debía mantenerse oculto.
Desapareciendo entre la muchedumbre, el tritón y la octopus siguieron de cerca al viejo mandrell hasta un rincón apartado de las barracas.
Aquel lugar era distinto al resto. Más ordenado.
Muebles rústicos de roca y esponjas marinas ocupaban el espacio como si reclamaran autoridad.
No era una simple habitación. Era la guarida de un líder.
—Esta es mi habitación. Nadie se atreverá a molestarnos.
—No solo eres un anciano… eres el líder de los mandrells —susurró Deniel, observando a su consejero con renovada admiración.
—Lo bueno de ocultar los factores sorpresa es disfrutar la expresión de tus adversarios —respondió Merckles, ladeando una sonrisa—. ¿No es cierto, joven príncipe?
—Muy cierto. Y por eso estoy aquí. Necesito escuchar todo lo que sabes de las ciudades terrestres.
—No he estado allí, si es eso lo que esperas. Los mandrells no tenemos la habilidad de cambiar de forma como las sirenas o los octopus. Pero, incluso los peces murmuran, joven. Y sus rumores viajan más rápido de lo que puedas imaginar.
—Esos rumores —dijo Deniel—, los que nadie se atreve a contar, son los que buscamos.
Arielle lo observaba con impaciencia. Le había contado apenas unas palabras en el trayecto hasta las barracas y aún nada tenía sentido. No sabía si estaba siguiendo a un estratega o a un loco con sueños de grandeza.
—Las ciudades terrestres estuvieron divididas en dos reinos de hechiceros durante siglos —empezó Merckles—.
Istall y Feebes se destruyeron mutuamente hasta que, en su ambición, se atrevieron a desafiar al rey Kresseo.
Robaron un barco de perlas que él intercambiaría con el reino de las hadas.
Su codicia convirtió aquella embarcación en una carnicería.
»Algunos tritones murieron al intentar proteger la embarcación.
Entre ellos, el hijo menor del rey. Su muerte fue una atrocidad: colgado del mástil, clavado por la cola…
como el resto de la tripulación. A las hadas les arrancaron las alas antes de degollarlas.
Cuando Kresseo recibió la noticia quemó el cielo con su dolor.
Formó un ejército y partió hacia ambos reinos.
Pero, cuando la reina de Greenland llegó, ya era tarde.
Las ciudades habían sido arrasadas. Las nubes no abandonaron el firmamento en semanas, y los rayos, alimentados por el dolor del rey, no dejaron una sola torre en pie.
Kresseo asesinó a las familias reales y tomó el mando absoluto.
—Tomó ciudades en ruinas —susurró Arielle.
Merckles la miró con una sonrisa sesgada. Era evidente que solo conocía la versión contada por las sirenas.
—Antes del ataque, Istall y Feebes se desangraban en deudas. Eran el hazmerreír de las cortes de Sthevyand. Nadie se opuso cuando Kresseo los convirtió en parte de Selenya. Así quedó registrado, omitiendo la masacre, claro. Nadie enfrentaría al rey más poderoso del mundo mágico en aquellos tiempos.
—Entonces los esclavizó —pensó Deniel en voz alta.
—Tal vez. Pero no todo fue oscuridad ni venganza. Kresseo cumplió su promesa. Devolvió a las ciudades una gloria que jamás imaginaron. Prosperaron bajo su mando y su gente lo adoró como a un dios.
—¿Aún son leales a la corona? —preguntó Deniel.
Merckles vaciló. Su suspiro arrastraba años de incertidumbre.
—No lo sé. Desde la maldición, las sirenas no han vuelto a ser vistas en tierra firme.
Dos nuevas familias tomaron el poder y volvieron a dividirse en reinos.
Reinos que, en silencio, responden a Daavos.
Pero… si las sirenas regresan, quizás el pueblo recupere el valor para rebelarse. Quizás recuerden a quién pertenecen.
—¿Entonces aún hay quienes desean volver a Selenya?
Los ojos del tritón se iluminaron. Entre tanta ceniza, acababa de ver una chispa.
—Podría averiguarlo para usted, alteza —se ofreció Merckles.
—¿Planeas esclavizarlos?
Arielle lo miró con asombro. No podía creer el camino que estaba tomando su hermano. ¿En verdad pensaba iniciar una guerra contra dos reinos cuando apenas tenía soldados?
—No exactamente —dijo Deniel—. Estoy pensando en devolverles las riquezas que una vez fueron suyas. No rechazarían la abundancia de Selenya.
—Pero aún estamos en ruinas —protestó Arielle, cruzando los brazos con el ceño fruncido.
—Ellos creen que las sirenas se extinguieron. Verlas de nuevo será su esperanza. Volverán a desear lo que perdieron. Solo necesito saber cómo están las probabilidades en ambos reinos. Si logramos traerlos a nuestro lado sin recurrir a la guerra, tendríamos por fin la fuerza terrestre de Selenya.
Deniel nadó hacia el centro de la habitación. Sus pensamientos eran un torbellino. Había llegado el momento de revelar el punto crítico de su plan. Aquel que podría coronarlo o condenarlo.
Se volvió hacia su hermana y hacia Merckles. Habló, contó todo, sin omitir nada.
El anciano se quedó pensativo, acariciando su barba mientras interiorizaba cada palabra.
En cambio, Arielle no podía permanecer quieta.
Recorría la habitación de lado a lado, sintiendo el peligro como un faro rojo dentro de su cabeza.
El plan era brillante, pero estaba repleto de aristas.
Si fallaba, no solo encendería una guerra interna: acabaría con lo poco que quedaba en pie de Selenya.
Lo miró con el corazón temblando. Quiso detenerlo. Frenarlo. Pero entonces llegó la oferta. La única que siempre había deseado. El viejo mandrell y la octopus cruzaron una mirada silenciosa. Luego se acercaron al tritón y asintieron. Fuera cual fuera el desenlace, lo acompañarían hasta el final.
Las alianzas forjadas al filo del abismo comenzaban a tomar forma. No solo en Selenya. En los rincones ocultos de Eldryan, donde el invernadero susurraba secretos entre hojas brillantes, dos amantes se escondían del mundo buscando un instante solo para ellos.
—¿Tus padres accedieron a anular el casamiento? —preguntó Asher, sin disimular la sorpresa que cruzó su rostro.
Layla sonreía. Una sonrisa nueva, nacida del alivio. Pero no todo era dicha.
—Aún no —respondió—. Pero usé mi título de guardiana para ganar algo de terreno. Mis padres discutirán el asunto con el alto lord de los elfos. Intentarán resolverlo de la forma más diplomática posible.
—¿Tienen conflictos con ellos?
—No es eso. Los elfos siempre han sido aliados cercanos. Son nuestros maggiums más leales. Solo que… nuestros padres juraron sellar la unión entre ambos linajes casando a sus primogénitos.
—Entonces es Kayla quien debía casarse con Elvain —concluyó él, interrumpiéndola.
—Sí. Pero él la rechazó por mí. Y Kayla, para salirse con la suya, convenció a nuestros padres de que yo debía tomar su lugar.
—¿Y qué harán ahora?
—Imagino que retomarán la promesa original.
—Tu hermana no estará nada contenta con eso.
—Lo sé. Y también sé que no se quedará de brazos cruzados.
Asher entrelazó sus dedos con los de Layla, como si así pudiera aferrarse a su promesa.
—Ya no estás sola, Layla. Ahora eres lo más importante en mi vida. No dejaré que nadie te aleje de mí.
Sus palabras se clavaron dulces y firmes en el pecho del hada.
La intensidad de su mirada la envolvió por completo, como una ola lenta que arrastra sin avisar.
El cuerpo de Layla reaccionó con una obediencia ancestral.
Cada roce de sus manos encendía impulsos que ni el deber ni la razón podían contener.
Y Asher… Asher ya no pensaba. Deseaba cada parte de ella. El perfume de su piel, el calor de su aliento. La luz que titilaba en sus pupilas cada vez que lo miraba así, como si él fuera su única certeza en un mundo que se desmoronaba.
No esperó permiso. Solo la besó. Fue un beso lleno de hambre contenida. Suave al principio… hasta volverse voraz.
Layla no tenía intenciones de detenerse.
Él la sostenía como si fuera su único refugio.
Las manos de Asher la atraparon por la cintura, apretándola contra su pecho.
Layla lo rodeó por los hombros, cediendo al impulso.
Sus cuerpos se alinearon con la naturalidad de quienes habían esperado demasiado.
El guerrero la reclinó con delicadeza contra una columna cubierta de flores, buscando el ángulo perfecto para perderse en su boca.
Se besaron como si el mundo fuera a desaparecer en ese invernadero. Lenguas entrelazadas. Respiraciones erráticas. Deseos afilados como puñales.
Todas aquellas emociones la arrastraron hacia sus propias fantasías.
Sujetó con fuerza la mandíbula de Asher, respondiendo con la misma ferocidad, añadiendo ese toque de fuego que la hacía única.
Le arrancó un gemido mientras lo exploraba con descaro, como si ya no existieran límites entre lo permitido y lo inevitable.
En ese instante, no eran hada y guerrero. Eran deseo. Puro, feroz, indomable.