Corona de Sal y Luna Capítulo 48
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Capítulo 48

“La paciencia es el arte de manipular el tiempo hasta que el mundo juegue a tu favor”.

Los ojos de Royce amenazaron con salirse de sus órbitas al oír aquella voz grave y profunda. Se giró en todas direcciones, buscando al dueño del sonido, pero no había nadie. Solo el silencio y unos cuantos dragones.

El obelisco aún lo protegía de la vista de los guardias. A su izquierda, Roxé asomaba la enorme cabeza fuera de la cueva, observándolo con una expresión ambigua que Royce, con un escalofrío recorriéndole la espalda, interpretó como diversión.

Giró lentamente hacia Xerex. Lo que vio en su rostro le heló el aliento: una sonrisa.

— Estoy hablando contigo —dijo la voz, clara como un eco antiguo.

—¿Puedes… hablar? —preguntó Royce, con la incredulidad empapándole la voz.

— Los dragones siempre hemos hablado.

—¿Y todos los jinetes pueden oírlos? —Se acercó a los barrotes, fascinado.

— No. Solo el guardián. El Libro Blanco debió despertar una parte de tu poder. Por eso puedes oírnos.

—¿Oírlos…? —tartamudeó Royce— ¿A todos?

— Puedes hablar con cada dragón sobre la tierra —intervino Roxé con orgullo.

—Es… increíble.

— Y eso no es todo —añadió Xerex, mientras recostaba el cuerpo con la lentitud de una criatura que había cargado siglos de espera—. Hay otras cualidades. Dormidas aún, pero más poderosas, que te harán uno de los nuestros.

—¿Cuándo las aprenderé?

— Debes aumentar tu poder. Yo te enseñaré, en cuanto salgamos de aquí.

Xerex cerró los ojos por un instante. Tres años. Tres eternos inviernos sin sentir el viento bajo sus alas. Casi había olvidado lo que era volar junto a su jinete.

—Esto me tomará algo de tiempo —dijo Royce, sacando sus espadas con cautela. Miró los colosales candados y suspiró—. Roxé, encárgate de los guardias. Nadie debe entrar al domo.

La joven dragona emergió de su nido y avanzó hasta el centro del domo, justo frente a la celda de Xerex. Estiró las alas con una elegancia intimidante y observó a cada guardia como si ya supiera quién sería el primero en arder. Solo necesitaban unos minutos. Después, Daavos quedaría atrás.

Mientras Royce liberaba a Xerex, las puertas del salón del trono se abrieron de golpe.

Amarys irrumpió como un relámpago, casi estampándose contra Celeste.

Al ver a su tío detrás de la hechicera, el estómago se le contrajo.

Los deseos de matarlo se agolparon en su cuerpo con tanta ferocidad que apenas logró dibujar una media sonrisa.

Apretó los puños bajo la seda del vestido, intentando sofocar la furia que le encendía las venas. No podía permitirse el lujo de odiarlo a los ojos. No todavía. No si eso ponía en riesgo a Royce.

Bahel, por su parte, no tardó en calzarse el disfraz de buen tío.

Era necesario. Si quería que todo siguiera su curso, debía aparentar.

Esa batalla la había perdido, sí. Pero no la guerra.

La distancia entre Daavos y Eldryan era vasta, y en sus caminos acechaban tempestades, bestias, peligros.

¿Quién podía asegurar que la princesa regresaría con vida?

—Qué bueno verte sana y salva, princesa Amarys —dijo Celeste con fingida calidez, alzando el mentón.

No necesitaba palabras para dejarle claro a Bahel cuánto lo despreciaba. El desagrado que siempre sintió por él se transformó en repulsión el día que descubrió la verdad tras la muerte de los reyes. Y en odio puro cuando rescató a Royce del océano.

Bahel se aclaró la garganta. No iba a dejar que la vieja hablara más de la cuenta.

—Tu madre deseaba que te graduaras en Eldryan, como ella. Celeste y yo creemos que ha llegado el momento de honrar su voluntad.

Un ardor le trepó por el pecho. No sabía si era rabia o bilis…

solo que la quemaba. Cada latido le pedía tomarlo por el cuello y ordenar su ejecución allí mismo.

Pero no podía confiar en los guardias. Le habían ocultado la guerra.

¿Qué otras mentiras le escondían tras esos uniformes?

La jugada más sensata era seguir fingiendo.

—Si ese fue su deseo… lo cumpliré.

Bahel posó la mano en su hombro. La misma con la que empuñó la daga que atravesó el corazón de la reina.

—Estoy seguro de que serás tan amada como Helena. Ahora no pierdas tiempo. Ve a empacar tus cosas…

—No será necesario —intervino Celeste, cortante como un filo de obsidiana—. La reina Helena dejó en Eldryan todo lo que su hija podría necesitar.

Con pasos firmes y mirada severa, la anciana se colocó detrás de Amarys como una sombra protectora. Bahel apretó los dientes. Su presencia lo desestabilizaba.

—Vayamos por Roxé —dijo ella, sin mirarlo siquiera—. Muero de ganas por verte volar.

Tiró de la princesa con suavidad, con una elegancia que era, al mismo tiempo, una declaración de guerra. Caminaron en silencio hacia el domo de los dragones, asegurándose de que ningún guardia pudiera oírlas.

—Tu hermano no está muerto…

—Lo sé. Debe estar con Xerex.

La quietud de Amarys no era normal. Era la calma que nace después de la verdad. Celeste lo entendió al instante. Royce le había contado todo. No había otra explicación para las lágrimas que brillaban en sus ojos sin haber brotado aún.

—Todo estará bien —murmuró la anciana acariciándole la espalda.

Al llegar al domo, dos guardias se ofrecieron a escoltarlas. Celeste los detuvo con un simple gesto. Sabía que si entraban, verían a Royce o notarían la ausencia de Xerex. Levantó su varita y potenció su voz:

—¡Rasha!

El grifo respondió al instante. Descendió desde las alturas con un rugido contenido, extendiendo sus alas frente a los guardias, bloqueando el acceso con majestad.

—¡Roxé! —gritó Amarys, corriendo hacia su dragona.

La criatura blanca agitó con sutileza las membranas rosadas de sus alas, permitiéndole ver al intruso oculto a sus pies.

—Acércate a mí, Royce —susurró Celeste.

—¿Quién es Royce? —preguntó Amarys confundida.

—El nombre que usa tu hermano.

Royce, oculto como un prófugo, se deslizó hasta la hechicera, escudándose tras el cuerpo de Roxé.

Al ver a su hermana buscándolo con la mirada, sin hallarlo, supo que la magia ya lo envolvía.

—No puedo escapar con tantos guardias alrededor —susurró Royce con la voz más baja que pudo.

El hechizo lo protegía de las miradas, pero no del eco.

Celeste alzó la mano. Uno de los cristales de la prisión del dragón flotó hacia ellos. Royce lo atrapó sin dudar.

—Imagina a Xerex encadenado, como lo encontraste. Grábalo en tu mente. Y concéntrate.

Royce obedeció. Apretó el cristal. Cerró los ojos. Revivió la imagen de su amigo atado y silencioso. Cuando los volvió a abrir, el cristal vibraba. Celeste lo tomó y lo colocó entre las patas del dragón.

—Lanzaré un hechizo que distraerá a los guardias. Eso les dará el tiempo que necesitan para huir por los túneles. Cuando escuches el rugido de Roxé, volarás rozando el mar. Bordea el acantilado hasta que estés fuera de los límites del reino.

—¿Y yo? —preguntó Amarys.

—Tú llamarás la atención de los guardias. Nadie debe ver a tu hermano.

—El rugido de Roxé se escuchará hasta la frontera de Áragos.

Esa fue la señal. La joven dragona extendió su pata, y Amarys trepó sin dudar.

—¿No usarás la silla? —preguntó Celeste.

—Mi hermano también me enseñó a montar sin ella.

Royce la observó con los ojos húmedos. Y, aunque no supo cómo explicarlo… al verla sonreír, sintió que sus padres estaban con ellos.

—Es hora de marcharnos.

Con un solo gesto, Celeste desplegó su encantamiento.

Los guardias quedaron inmóviles, petrificados en sus puestos como estatuas de coral olvidadas por el tiempo.

Royce y Xerex se desvanecieron hacia los túneles, mientras el cristal de luz mantenía viva la ilusión del dragón aún atado a sus cadenas, como si nada hubiera ocurrido.

Cuando estuvo segura de que el príncipe estaba listo para escapar, Celeste habló con voz serena pero implacable:

—Es tu momento, princesa. Vuela.

Amarys no lo dudó. Espoleada por el ansia de libertad, remontó el domo sobre Roxé.

El viento golpeó su rostro y, por un instante, sintió que las paredes del castillo quedaban muy lejos, como si las cadenas invisibles que la ataban se hubiesen desvanecido.

Roxé rugió, desgarró el aire y vació hasta el último aliento de sus pulmones.

El eco recorrió los pasillos, atravesó las torres y obligó a los guardias a girar la mirada. Incluso Bahel, desde los altos ventanales del trono, levantó la vista para ver a la blanca dragona perderse entre las nubes, llevando consigo el último obstáculo que le impedía adueñarse de la corona.

Al escuchar aquel rugido, Xerex se lanzó en picada por el acantilado, cortando el cielo como una lanza.

Las olas, sorprendidas, rompieron su danza al sentir la sombra de sus alas.

No importaba hacia dónde lo guiara su jinete.

Solo anhelaba estar junto a él y luchar a su lado en la guerra que se avecinaba.

Royce miró hacia atrás. A la distancia, el Castillo Rojo se alzaba como una sombra extraña, ajena. Algo se agitó en su pecho, un hilo amargo de recuerdos. Pero no resultaba nostalgia, sino ruptura.

Por primera vez, comprendió que aquel lugar ya no era su hogar.