Corona de Sal y Luna Capítulo 47
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Capítulo 47

“Los lazos de sangre son tan fuertes como el amor que los nutre… o tan peligrosos como la envidia que los envenena”.

Amarys irrumpió en la habitación y cerró la puerta de un portazo. Desde la muerte de su hermano, su vida se había convertido en un castigo perpetuo. No solo por el dolor, también por el control. Su tío se encargó de que siempre estuviera escoltada, incluso cuando volaba con Roxé.

Con el alma ensordecida por los insultos que resonaban en su mente, ni siquiera se molestó en mirar alrededor.

Conocía ese lugar como la palma de su mano; cada objeto tenía un rincón en su memoria.

Solo quería tumbarse en la cama y pensar en Gahel.

Hacía mucho que las lágrimas no salían a borbotones, como en el primer año.

Ahora se tomaban su tiempo. Primero venía la nostalgia.

Luego, el vacío, y, finalmente, el dolor…

Ese que rasgaba su pecho desde dentro. Pero, justo antes de rendirse al abismo, algo la detuvo.

El armario estaba entreabierto y a través de la rendija, asomaba la esquina del baúl.

El corazón se le alzó en la garganta. Corrió hacia la caja con un presentimiento oscuro: alguien había entrado y pudo haberse llevado el único recuerdo valioso de su familia.

Al ver el cofre abierto, las rodillas le flaquearon. El alma se le congeló en los ojos. Se giró, lista para gritar, para llamar a los guardias. Pero su voz fue silenciada, y todo su rostro palideció al instante.

El horror se le quedó atrapado en la mirada, porque, frente a ella, de pie en las sombras, había un rostro que jamás pensó volver a ver.

Royce le hizo una seña para que no hiciera ruido. Le sonrió: una sonrisa serena, temblorosa, como un lazo invisible tendido entre ambos.

Cuando fue seguro, retiró la mano de los labios de su hermana y la tomó con delicadeza, limpiando sus lágrimas con las yemas de los dedos. Le acarició el rostro como si temiera que se deshiciera entre sus manos.

Entonces, Amarys se lanzó sobre él con un impulso más veloz que el pensamiento. Lo abrazó, aferrándose como si el mundo se desmoronara a su alrededor. Royce le frotó el cabello, susurrándole en silencio, aliviando el llanto sin palabras.

Sus lágrimas eran distintas. Eran lágrimas de regreso. Para Amarys, una visión provocada por el dolor, un sueño bendecido por los dioses o un truco de su desesperación… no pensaba soltarlo. No esta vez.

Se separaron apenas unos centímetros, lo suficiente para mirarse bien, para acariciarse los rostros húmedos y sonreír entre sollozos. Querían asegurarse de que aquello era real. Y lo era.

—¿Cómo es posible? —susurró ella.

—Te lo contaré todo —respondió Royce, con la voz cargada de promesas—. Esta vez… juro que nada volverá a separarnos.

Amarys no necesitaba explicaciones. Solo quería escucharlo. Verlo. Atesorar cada segundo de su regreso. Lo envolvió de nuevo entre sus brazos. Un minuto no bastaba. Ni dos. Tenían tres años que reclamar… y el corazón dispuesto a recuperarlos.

Mientras en Daavos los dioses parecían apiadarse de dos hermanos, en Shellsea, el destino se escribía con tinta más oscura. Allí, entre columnas de mármol y ambición, el alto lord Tyrsson tejía el nuevo rumbo de la corona, y lo hacía sin el permiso de Deniel.

—Te pedí que te acercaras al príncipe, no que lo convirtieras en enemigo.

La voz del alto lord cayó como un látigo. Tyrssa bajó la mirada, mordida por la rabia y el orgullo herido. Desde que los príncipes habían llegado, todo lo que hacía terminaba en humillación.

Aún sentía el ardor de la vergüenza frente a la corte. Si no actuaba con rapidez perdería lo que más anhelaba: la corona.

—Concéntrate en ganártelo. No me importa si tienes que disculparte con Arielle o fingir que admiras sus ideas —continuó su padre—. Antes de la coronación, debes tener al príncipe en tus manos.

—¿Y si no está interesado en ella?

Remus emergió desde el ventanal, con una copa vacía y una media sonrisa.

—No seas ridículo.

Tyrssa lo fulminó. Necesitaba su apoyo, no sus burlas.

—¿A qué te refieres? —preguntó Tyrsson entornando los ojos.

—Hay algo en él. Algo que me hace dudar de su inclinación hacia las mujeres.

—¿Estás insinuando que el príncipe es como tú? —dijo Amarilis, con incredulidad.

—No todos arrastramos tus aberraciones —bufó Tyrsson—. Basta con que tú seas la vergüenza de esta familia.

—Lamento que no te guste quién soy, padre, pero tengo razones para creer que el príncipe también lo es.

Remus hablaba sin titubear. Llevaba demasiado tiempo cargando el desprecio de su padre, y, si había una forma de volver a ganar su favor, sería esta.

—Piénsalo bien —añadió—. Si compartimos preferencias, puedo acercarme a él. Ganarme su confianza, y asegurarte la corona.

—¡Basta, Remus! —gritó Tyrssa, poniéndose en pie—. Estás manchando el nombre del futuro rey y ridiculizándome como mujer.

Desde que su hermano reveló su verdad, todo el peso de la familia cayó sobre ella, y estaba harta.

—No te pongas a la defensiva —dijo Remus, acercándose—. Si logras conquistarlo, la corona es tuya. Y si se enamora de mí se casará contigo por conveniencia. Tú tendrás su trono, yo, su cuerpo. Todos ganamos, Tyrssa.

Por primera vez, lord Tyrsson no lo rechazó. Entrelazó sus dedos sobre la mesa, y lo observó en silencio. Una sola corona. Dos caminos para alcanzarla. Un plan perfecto.

—Brindemos por nuestro futuro.

La avaricia se reflejó en sus ojos y en los de sus dos hijos mayores, aunque de forma distinta.

Tyrssa, sin simpatía alguna por el príncipe, veía en esa oportunidad el premio más codiciado: riquezas infinitas, y no solo dominaría los mares, sino que podría aplastar a Arielle sin la menor compasión.

En cambio, Remus, ajeno a los deseos de poder o riqueza, encontró en el futuro rey una fascinación morbosa, y disfrutaría de convertirlo en un objeto a su voluntad.

Ajeno a la conspiración que planeaba robarle su tritón, Royce seguía adorando a su hermana. Entre abrazos y palabras dulces, era consciente de la urgencia del momento, sabía que el tiempo no conspiraba a su favor, pero debía contarle la verdad.

—No tengo mucho tiempo, pero estás en peligro, Amarys. Más del que imaginas.

—¿Qué estás diciendo? Nuestro tío ha movilizado el reino para buscarte. Ha enviado todo nuestro ejército tras cada pista sobre los asesinos.

Royce, sorprendido, se quedó sin palabras. No podía creer lo que acababa de escuchar. Parecía como si todo este tiempo, Amarys hubiera estado viviendo en una burbuja, alejada de la verdad que envolvía al reino.

—No existen tales pistas, Amarys. Bahel movió el ejército por su propia guerra con los gigantes. Los que intentaron matarme siguen aquí, dentro de la corte. Fue él quien los envió. Y mira lo que ha hecho contigo. No se detendrá hasta quedarse con el trono.

»Y, cuando llegue ese momento, te hará lo mismo que me hizo a mí.

Royce se detuvo un instante; su voz se quebró al revivir aquel recuerdo que aún oprimía su pecho.

—Como lo hizo con nuestros padres.

Amarys, aterrada, se cubrió la boca para sofocar un grito.

Quedó inmóvil, atónita ante el dolor y la verdad reflejados en el rostro de su hermano.

A pesar de todo, se negaba a creerlo. Se le hacía casi imposible romper esa imagen idealizada de su tío, la sonrisa cálida que le dedicaba cada mañana mientras desayunaban o cuando le mostraba los viejos retratos, aquellos recuerdos felices con sus padres.

Pero allí, frente a ella, su hermano era la prueba viviente de que su asesinato había sido una mera estrategia.

—¿Bahel… los asesinó?

—Él delató la ubicación de nuestro padre al enemigo. En medio de la confusión, se hizo pasar por un soldado y lo mató. Luego fue tras nuestra madre, haciéndolo parecer consecuencia de la pérdida de papá.

No solo los ojos de Amarys se humedecieron, sino que Royce, incapaz de contener su propio dolor, la abrazó, sintiendo la agonía de cada uno de los sollozos que su hermana reprimía.

Un continuo golpeteo en la puerta los separó bruscamente. Los guardias, al no escuchar nada, se inquietaron. Aunque su posición les exigía indiferencia, algo en su mirada compartía el sufrimiento de la princesa.

—Celeste está en el salón del trono, junto a Bahel. Vino para llevarte a Eldryan, pase lo que pase, debes ir con ella.

—¿Y tú qué harás?

Amarys, angustiada, lo sujetó con fuerza, viendo cómo las espadas cruzaban su espalda con una quietud ominosa.

—Iré a buscar a Xerex. No puedo irme sin él.

Con esas palabras, se dirigió hacia el otro extremo de la torre, cruzando el tejado que conectaba su balcón con la sala de visitas, esa que separaba su habitación de la de Amarys.

Al no recibir respuesta, los guardias irrumpieron y encontraron a Amarys tirada en el suelo, su rostro bañándose en lágrimas. Aquella imagen, quebrada y dolorosa, fue la más desgarradora que habían visto en meses.

Amarys, sin pensarlo, se abalanzó sobre ellos, exigiendo ver a su tío. No podía permitir que los guardias se acercaran al ventanal. Si lo hacían, descubrirían a Royce. Tenía que ganar tiempo. Esta vez, esa batalla también le pertenecía.

Las tejas, mojadas por la lluvia de la madrugada, resbalaban bajo las botas de Royce, desgastadas por sus interminables entrenamientos.

Cada paso parecía traicionarlo. Mientras rezaba a los dioses, intentaba sujetarse con fuerza a cada rendija de la pared, luchando contra la caída.

No iba a morir ese día, no de esta manera.

Se repetía en cada paso. Ya casi estaba allí, podía ver el inicio del muro del balcón.

Solo unos pocos pasos más y estaría a salvo.

Al intentar cruzar el muro, alzó la cabeza y se encontró con dos guardias.

En un acto reflejo, retrocedió hacia su escondite, pero las botas, ya incapaces de sostenerlo, lo delataron.

Resbaló, precipitándose hacia el vacío. Mientras la gravedad lo arrastraba, buscó a tientas cualquier grieta entre las tejas, pero la superficie, húmeda y resbalosa, le negó el agarre.

Las pocas tejas de arcilla roja a las que logró aferrarse terminaron cediendo, arrastradas en su caída.

Justo antes de alcanzar el borde, sacó la daga que siempre lo acompañaba, la clavó entre las rendijas y frenó su descenso en el último instante.

Uno de los guardias escuchó el estrépito y alertó a su compañero. Ambos desenvainaron sus espadas y avanzaron con cautela. Cuando llegaron al borde del muro, intentaron asomarse para ver al intruso, pero una cabeza emplumada los hizo caer de espaldas, aterrados.

Rasha apareció de repente, clavando sus garras en las rocas y chillando amenazante.

Royce, se ayudó de la cola del grifo, escaló hasta su lomo, buscando la protección de su hechizo y la seguridad que solo Rasha podía ofrecer.

La criatura, sintió el peso de Royce sobre su cuello, se lanzó al cielo, alejándose de los guardias mientras volaba alrededor de la torre, siguiendo las coordenadas que Royce le susurraba, aquellas que lo llevarían hacia Xerex.

El domo de los dragones, la estructura más colosal del castillo, se extendía desde la muralla oeste hasta el acantilado, donde varios túneles desembocaban entre las rocas.

Estos túneles permitían que los dragones salieran y entraran sin causar estragos en la ciudad.

Solo los dragones castigados permanecían allí, prisioneros en las oscuras cuevas.

Royce sabía que ese lugar estaría vigilado, pero había otras entradas a las que podía acceder con la ayuda de Rasha.

Surcando los cielos, husmeó entre las formaciones rocosas del acantilado y negoció con la emplumada criatura su aterrizaje.

Los grifos detestan estar bajo tierra. Se vuelven agresivos, pierden el rumbo, como si el encierro les arrancara las alas.

Rasha solo se atrevió a asomar el pico en el borde del túnel, soltando gruñidos de desagrado por tener roca sobre su cabeza en lugar de nubes.

Royce se desmontó con rapidez, le acarició el pico con gratitud, y, como si la criatura lo entendiera, frotó su cabeza contra su pecho antes de alzar vuelo y dejarlo a su suerte.

Los túneles estaban sumidos en sombras. Los dragones no necesitaban luz; sus ojos cortaban la oscuridad como cuchillas, mas Royce no tenía ese don.

Conjuró una llama pequeña, apenas un susurro de fuego, lo suficiente para ver por dónde pisaba sin que la luz lo delatara más allá del túnel. Cada paso debía ser certero. Un error en aquel lugar podría costarle más que la misión.

Una luz al fondo lo puso en alerta. Aquellos corredores solían estar vacíos: a los dragones encerrados no les gustaba la compañía, y los cuidadores solo se acercaban para alimentarlos o sacarlos del castigo.

Por fortuna, no había nadie. Los guardias estaban fuera, y ningún jinete rondaba las cavernas.

Royce observó con atención los ventanales, calculando el momento justo en que los guardias desaparecían de su campo visual.

Entonces, se deslizó entre las sombras, ocultándose tras uno de los obeliscos que sostenían las inmensas antorchas del domo.

La primera cueva estaba vacía, también la segunda, y la tercera. En la cuarta, un resoplido cálido le rozó la nuca. Se giró con cuidado, casi conteniendo el aliento. Allí estaba Roxé. Majestuosa. Inquebrantable. Hermosa como la recordaba.

La cueva no tenía rejas: había sido construida para ella.

Levantó la cabeza, olfateándolo. Años sin verlo, y, aun así, lo reconoció.

Recordaba su olor, su energía. Recordaba al joven que solía acompañar a su jinete mientras aprendía a montar.

Resopló suave y lo empujó con el hocico, como si lo saludara.

Royce acarició su hocico con ternura. Se sintió a salvo, pero no podía quedarse. No todavía. Xerex lo esperaba.

El silencio del domo era antinatural, casi inquietante. Royce avanzó, midiendo cada paso, atento a los sonidos, a las sombras, a los latidos de su propio pecho. Hasta que llegó a la sexta cueva.

No necesitó ver los ojos dorados brillando en la oscuridad. Su corazón lo supo. Xerex. El dragón se irguió con un estremecimiento que sacudió las cadenas. No rugió, pero el aire vibró con fuerza en su pecho. El vínculo, dormido durante años, volvió a latir. Había llegado el momento de ser libre.

Con cautela, la bestia acercó la cabeza, lo más que las cadenas se lo permitieron. Royce corrió hacia los barrotes, estiró la mano desesperado. Sus dedos apenas alcanzaron a rozar las escamas.

—Ya estoy aquí, viejo amigo —susurró, con la voz rota por la emoción.

El contacto con la piel dorada le supo a hogar.

— Te estaba esperando —respondió el dragón.