Corona de Sal y Luna Capítulo 46
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Capítulo 46

“Los vínculos son ataduras invisibles del destino que nos aferran, incluso, a quienes jamás debieron cruzar nuestro camino”.

En las afueras de Noggard, entre nubes desgarradas por la bruma, se abrió un portal. Desde allí, Celeste, Royce y Rasha cruzaron el cielo, acercándose todo lo posible al Castillo Rojo.

La ciudad, capital de Daavos, albergaba la mayor concentración de dragones y jinetes del reino.

Y, aunque los hechiceros eran minoría, su linaje servía a la corte desde tiempos inmemoriales.

Ellos tenían una única misión: canalizar la antimagia de los dragones para impedir que cualquier maggium o hechicero se transportara dentro del castillo.

Esa conjunción de magias antiguas había mantenido a Daavos sellada frente a los intrusos desde que la casa Deehagon se instauró como regente de las tierras dracónicas.

—Sigue hasta el castillo —ordenó Celeste, y Rasha obedeció sin cuestionar.

Desde las almenas, los centinelas ya habían divisado su silueta. Las trompetas estallaron, anunciando la llegada de la hechicera.

—Reforcé el hechizo de la máscara —le advirtió a Royce, sin apartar la vista del horizonte—. Mientras estés cerca de mí o de Rasha, nadie podrá verte. Pero necesito que mantengas la calma.

—¿Cómo encontraré a Xerex si tengo que quedarme cerca de ustedes?

—La mayoría de los guardias fueron enviados al frente.

Cuando entremos al castillo y rescatemos a Amarys, iremos por tu dragón.

En cuanto lo tengas, escapa a Eldryan. Atravesarás Áragos y Greenland.

Rodea la isla hasta cruzar el río; allí encontrarás una cueva.

La preparé para él. Es lo bastante profunda como para ocultarlo.

Vuela de noche, Royce. Nadie puede verlo. Si Bahel lo descubre, será el fin.

—Entendido.

Suspiró con el alma rota. Tres años. Tres años desde que lo obligaron a desaparecer. Desde entonces, no había visto a su hermana. No por falta de deseo, sino por miedo. Por protegerla. Tenía tanto que decirle, que no sabía por dónde empezar.

La desesperación lo devoraba por dentro, pero no podía permitirse fallar.

No ahora. No después de todo lo que había sacrificado.

La imagen de su tío le cruzó la mente como un veneno antiguo.

Aquel hombre que intentó matarlo por la corona, que haría lo mismo con Amarys si eso significaba conservar el trono.

Pero esta vez no. Esta vez, su cabeza rodaría por las calles de Noggard, y todos verían lo que sucede con los traidores.

—Es una lástima que mi tío no esté en el castillo.

—No seas imprudente —replicó Celeste con frialdad—. Has pasado demasiado tiempo lejos de tu dragón. Tu magia se ha debilitado.

Ella conocía bien la sed de venganza de Royce. Y, aun así, no se dejaba engañar. Cuando un jinete se separa de su dragón, su magia se debilita. Si el dragón muere, pierde por completo la antimagia hasta forjar un nuevo vínculo.

Royce llevaba tres años lejos de Xerex. Y, aunque el dragón seguía siendo una criatura temible, tendría que empezar a canalizar su energía si pretendía enfrentarse a Bahel y sobrevivir.

Por suerte, el rey se encontraba en el frente, dirigiendo la guerra. Antes de que Rasha llegara al muro del castillo, un jinete y su dragón descendieron sobre ellos, envolviéndolos con su sombra. Era la escolta oficial.

El grifo batió sus alas con fuerza para estabilizarse, y descendió con sus jinetes hasta la plaza central. Sus garras, largas y letales, marcaron el adoquinado con furia, como recordando lo mucho que detestaba volar a Daavos.

Los guerreros que acudieron al encuentro retrocedieron tras su chillido. Rasha odiaba a los extraños. Más aún si iban armados. Su pico señaló a cada uno, listo para atacar. Luego agachó las patas delanteras para que Celeste pudiera descender.

Ya en tierra, la anciana le sujetó una pierna a Royce. Una orden silenciosa: quédate.

—Bienvenida a Noggard, Celeste Gryffin —gruñó el capitán, con una reverencia más burlona que respetuosa. Al igual que su rey, no era precisamente devoto de la hechicera—. ¿A qué debemos su visita?

—Vengo a hablar con la princesa Amarys.

—Lo lamento, la princesa no está disponible. Tal vez si usted…

Celeste detestaba las pérdidas de tiempo. Y esta era una de ellas.

—No le estoy pidiendo permiso —interrumpió helada—. Le ordeno que se aparte de mi camino.

El capitán le sostuvo la mirada. Tenía muchas cosas que decirle. Pero no a ella. No a Celeste Gryffin. Una sola palabra mal dicha podía volverse una tormenta política. Y si eso le traería problemas a su rey, no dudaría en calcinarlo para evitar un escándalo.

Apretó los dientes con rabia contenida y asintió. Se hizo a un lado. Celeste caminó sin apuro. La cabeza en alto, la mirada alerta, escaneando cada rincón, cualquier señal de que Royce había sido descubierto, pero no. Nadie lo notaba. Todos los ojos estaban sobre ella, como debía ser.

La escalinata era enorme. Incluso para los jóvenes resultaba extenuante. Pero ella subió sin perder el aliento, desvaneciendo de su rostro algún rastro de debilidad.

A pocos pasos de la entrada, las puertas se abrieron. Desde el interior emergió una figura de elegancia tenebrosa. Vestía sedas rojas y negras, bordadas con hilos imperiales. Pero ni la tela ni la corona podían ocultar lo más peligroso en él: la expresión de sus ojos.

—¡Bahel!

Exclamó la anciana, paralizada. Se suponía que estaba en las Tierras de Acero. ¿Qué demonios hacía en Daavos?

—Celeste Gryffin —dijo el rey con su sonrisa ladeada—, ¿qué te trae a mi humilde reino?

La sonrisa de Bahel fue una ofensa. Royce no pudo soportarla.

Se inclinó hacia el vacío, dispuesto a lanzarse, a enfrentarlo con el fuego contenido en sus venas.

La sangre le ardía al ver aquella corona, la de su padre, reposar sobre la cabeza del traidor.

Pero Rasha lo sintió y, antes de que pudiera dar un paso, envolvió su cuerpo con las alas, apretándolo contra sí.

—Has llegado en el momento justo, Bahel —declaró Celeste, impasible. Nunca pronunció la palabra rey junto a su nombre. Ni lo haría—. Quiero escuchar de tus labios por qué la princesa Amarys, futura reina de Daavos, aún no se encuentra en Eldryan.

—Vayamos dentro. Lo discutiremos como personas civilizadas.

—Estoy de acuerdo —respondió ella, con la mirada afilada—. Me encargaré de ti y luego, solicitaré la presencia de la princesa.

Sus palabras llevaban una carga. Royce lo comprendió. Era un mensaje disfrazado de cortesía. Celeste confiaba en que él sería lo bastante astuto para entenderlo.

—Mis guardias pueden llevar a tu grifo a los establos —sugirió Bahel.

Rasha gruñó en cuanto los soldados se acercaron.

—Ella esperará aquí —sentenció Celeste—. Odia los establos.

La hechicera giró hacia la criatura, pero no para hablarle. Sus ojos buscaron a Royce. Le rogaban en silencio que no cometiera una estupidez.

Él la miró y entendió. Apretó los puños. El fuego se acumulaba bajo su piel, queriendo escapar, pero lo contuvo. Por ella. Por su hermana. Por la corona.

La puerta se cerró con un chasquido seco. Y Rasha, libre al fin, caminó en la dirección que Royce le indicó. Parecía explorar el castillo, pero cada paso tenía un propósito.

Se dirigió a una puerta lateral, estrecha, en la torre contigua. Con la expresión de una criatura cansada, se tumbó a su sombra. Una farsa perfecta.

Royce descendió de su lomo. Examinó el área. Calculó rutas, distancias y esperó. Cuando todo pareció estar a su favor, se deslizó junto a ella. Aún cubierto por el encantamiento de Celeste, se acercó a la puerta, pero dos voces al otro lado lo obligaron a retroceder.

La puerta crujió, y un grupo de guardias emergió del interior de la torre para relevar a sus compañeros.

Los que estaban dentro se toparon de frente con Rasha y tropezaron entre sí. Los que aguardaban afuera permanecían quietos bajo el peso de los dorados ojos del grifo.

Rasha erizó las plumas. Chilló. Los mantuvo hipnotizados, en tanto la puerta se cerraba con una lentitud premeditada.

Mientras uno se infiltraba como un ladrón en su propio hogar, el otro despertaba encadenado.

Xerex abrió los ojos. El hierro le envolvía las patas, el cuello, y un bozal apagaba la furia que crepitaba en su garganta. Y, aun así, lo sintió.

Su jinete estaba cerca. Aunque el vínculo era débil, la presencia de Royce lo atravesó como un relámpago.

Giró la cabeza. Sus ojos buscaron las altas ventanas del Domo.

Sabía que no lo vería, pero lo esperaba igual.

Tensó las alas. No importaba el hambre, no importaba que intentaran forzarlo a vincularse con otro.

Si Royce estaba allí… era hora de escapar de aquel maldito lugar.

El joven se movía como una sombra. Evitaba los pasillos principales, se deslizaba por rutas de emergencia, aprovechaba los horarios de relevo. Nada había cambiado en tres años. Y eso jugaba a su favor.

Primero, su habitación. Allí, aún quedaban cosas que debía recuperar. Y desde ese punto, podría llegar hasta Amarys sin tener que enfrentarse a los guardias que custodiaban su puerta.

Las cosas tampoco eran fáciles para Celeste. Muy lejos de disfrutar una conversación civilizada, Bahel se dedicaba a sabotear cada petición con tal de negar cualquier acceso a Amarys.

—La princesa estudia en la Escuela Real de Daavos —soltó con desdén—. No necesita ir a una casa de duendes y hadas para mejorar su magia como jinete.

—No se trata solo de eso —replicó Celeste con firmeza—. Como futura reina de Daavos, debe conocer todos los tipos de magia, todas las criaturas, todos los maggiums que la rodean.

Intentaba conservar la compostura. Pero con Bahel, hasta su voz era una tortura. Y su sonrisa, como un puñal oxidado, directo al pecho.

—Lo siento —añadió, con un temblor real en la voz—. Juré cuidar de los hijos de mi hermano. Ya le fallé una vez. No volveré a hacerlo.

—No me obligues a decirte las verdades que llevo años guardando, Bahel —advirtió Celeste, acercándose un paso—. He procurado ser diplomática. Pero no me dejas alternativa.

Con un gesto seguro, hizo aparecer una carta. El sello real brillaba en tinta escarlata.

—Es voluntad de la reina Helena Deehagon que su hija estudie en Eldryan. Está escrita de su puño y letra. La princesa tiene la edad suficiente para decidir dónde quiere terminar su formación.

Bahel leyó la carta. Reconoció la caligrafía de Helena. Era auténtica. Un documento oficial, y con eso… todo cambiaba.

Celeste le arrebataba la custodia de Amarys, y con ella, el control de su destino. Su trono, ya tambaleante, comenzaba a resquebrajarse.

—No intentes chantajearme, Celeste Gryffin. Ambos sabemos de lo que soy capaz. No me importaría reducir tu ridícula escuela a cenizas.

La hechicera dio un paso más. Su rostro era puro acero.

—Y tú conoces mi influencia en el Consejo Mágico.

Bastaría con una palabra mía para que te destruyeran por atentar contra los hijos de los reyes de Sthevyand.

Créeme, Bahel… no me temblaría la mano si tuviera que llenar el cielo de Daavos con los grifos de Áragos, y, con mi poder, bien sabes que no existe dragón que no pueda derribar.

»No pruebes tus fuerzas conmigo o tus días en ese trono robado estarán contados.

Las amenazas iban y venían, como dagas al vuelo. Pero Celeste ganaba tiempo para el verdadero dueño de aquella corona manchada de sangre y traición.

Royce, al llegar a su habitación encontró la puerta desolada. Nadie vigilaba. Un instante de respiro y entró. La nostalgia lo golpeó como una ola de invierno. Todo estaba igual. “Seguro Amarys la había conservado así”, pensó.

Se acercó al armario. Si todo seguía en su sitio, entonces el cofre…

allí estaba. Lo colocó sobre la cama. Sacó una llave de su bolsillo y abrió la cerradura.

El resplandor de las hojas lo cegó por un segundo.

Y con ellas llegó el dolor, una punzada, un nudo le apretó el pecho al contemplar las espadas.

La dorada, con rubíes, era de su padre. La plateada, con zafiros, de su madre.

Réplicas una de otra. Forjadas el día en que se prometieron.

Royce acarició el filo dejando escapar una lágrima. La borró con rabia. No era momento para llorar. Era momento para matar. Con esas espadas, vengaría a sus padres, y Bahel… Bahel moriría por ellas.

—¡Déjenme sola!

Royce se giró. La voz le heló la sangre. Amarys estaba cerca. Pero no sola. No podía dejarse ver. No ahora, cuando un descuido podía costarles la vida a ambos.