Corona de Sal y Luna Capítulo 45
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Capítulo 45

“Hay lazos que ni el tiempo ni la distancia consiguen deshacer”.

Mientras Celeste y Royce partían hacia Daavos en busca de Xerex, Deniel y Arielle escaparon del bullicio del castillo, en dirección a los arrecifes de Bahía Syrelia. Buscaban algo de paz… y nuevas ideas para conquistar a los altos lores .

La vida en el arrecife latía con alegría.

Cientos de criaturas cruzaban las corrientes, deteniéndose por instantes a observar a los hermanos.

Algunas sentían temor ante la presencia de la octopus, pero la serenidad que emanaba del tritón sembraba la duda, logrando que se acercaran lo suficiente como para tantear los tentáculos de Arielle.

Un awalla se aproximó a Deniel con intención juguetona. Azura, en una rabieta caprichosa, la persiguió en círculos alrededor del tritón. Ambas chocaron y la criatura se transformó.

Adoptó la forma exacta de la flix : pelaje azul, colmillos diminutos, ojos chispeantes. Azura quedó pasmada, mirándose reflejada en otro cuerpo. La copia sonrió y comenzó a dar volteretas en el agua, emitiendo ruiditos suaves, invitándola a unirse a su danza, y, sin pensarlo, lo hizo.

Retozaron juntas cerca de Arielle, que no tardó en atraparlas entre risas para hacerles cosquillas.

El agua se llenó de burbujas, chillidos y revoloteos.

Deniel las observaba en silencio y, por un instante, se permitió olvidar el peso de los mapas, los títulos y las estrategias.

Se acercó, tomó a Azura entre sus manos, y le regaló una sonrisa.

—Estoy feliz de que estemos juntos otra vez —murmuró—. No tengo recuerdos de mamá o papá, pero al menos te tengo a ti.

Arielle no supo qué decir. Tras tantos años en soledad, endurecida por el rencor, había olvidado cómo se sentía la ternura. La calidez en su pecho se transformó en un tímido impulso de abrazo, iba a hacerlo. Iba a responder, pero, entonces, una descarga mágica los estremeció.

Deniel giró de inmediato, siguiendo el rastro de la energía. Sus ojos se agrandaron.

—Viene de la barrera.

—Están intentando abrir una grieta.

La voz de Arielle fue un susurro filoso. Nadó a toda velocidad, olvidando a su hermano, al arrecife, a las risas de hacía un instante. Si la barrera caía antes de tiempo… no habría reino que defender.

A medida que se acercaban, los destellos se hacían más violentos. La energía mágica golpeaba el agua como latigazos, haciendo que sus aletas y tentáculos se movieran con una fuerza casi sobrenatural.

Arielle ya canalizaba su magia más poderosa. No importaba quiénes fueran. Si habían cruzado la barrera, no saldrían jamás de Selenya.

Se ocultaron entre corales y algas, preparados para atacar. Pero lo que vieron los desarmó por completo.

Dos sirenas combatían en pleno torbellino mágico. Ambas de piel canela y cabelleras rosas que se agitaban como antorchas de agua. A simple vista, una parecía unos años mayor que la otra, pero el poder que desprendían era descomunal.

—¿Qué hacen? —preguntó Deniel, con el ceño fruncido.

Arielle lo sujetó del brazo y lo atrajo hacia ella.

—Haz silencio y disfruta del espectáculo.

—¡Arielle, están peleando!

—Entrenando, diría yo. Observa.

Se acomodó entre las algas, buscando una mejor vista. Sus ojos brillaban con esa chispa que solo aparece antes de la batalla. Su corazón estalló en un frenesí de nostalgia, mientras sus labios dibujaban una sonrisa ladina.

—¿Aún no te rindes, hermanita? —provocó la mayor, lanzando una esfera mágica. La otra no respondió. Simplemente alzó una mano y cortó el hechizo en dos con un filo de energía pura.

—¿Es todo lo que tienes? —se burló, manipulando la corriente que brotaba de la barrera para redirigirla contra su hermana.

La mayor alzó ambas manos e invocó un rayo, desintegrando el ataque. La descarga siguió su curso hasta que chocó contra otro rayo, que estalló de entre las manos de la menor. El enfrentamiento desató una onda expansiva que estremeció el fondo marino.

Era la misma que Deniel y Arielle habían sentido momentos atrás. Los rayos cesaron. Solo quedaba el acto final.

La del primer rayor agitó los dedos y las algas crecieron como látigos verdes, envolviendo a su hermana desde la cola hasta los brazos.

Sonrió. Triunfante. Pero no por mucho. La oponente hizo un gesto breve y el coral del entorno obedeció.

Brotaron estacas afiladas, formando una prisión de púas alrededor de la otra sirena, inmovilizándola por completo.

—¿Podemos hacer eso? —murmuró Deniel boquiabierto.

Recordó a Layla. Su forma de imponer voluntad sobre las plantas, su poder… La expresión del tritón hizo reír a Arielle. Le resultaba fascinante ver cuánto potencial dormía en su hermano, y que él mismo aún no lo supiera.

—Podemos hacer eso y mucho más.

Y sin vacilar, abandonó su escondite.

Nadó hasta la sirena mayor, chasqueó los dedos y deshizo las ataduras de las algas y el coral como si nunca hubieran estado allí.

—Neherynia Hesgard. No puedo creer que hayas sido derrotada.

—¡Arielle! —la interpelada soltó un grito de alegría y se lanzó sobre ella. El abrazo fue brutal, eufórico, como si quisieran reconstruir en segundos todos los años perdidos.

—¿Dónde has estado? —preguntó Neherynia aún sonriendo.

—Por aquí… por allá… buscando esto y aquello —respondió Arielle sin borrar la sonrisa.

Pasaron los años, pero hubo algo que ni el tiempo logró disolver: el vínculo que compartía con su amiga.

Habían estudiado juntas en la Escuela Real, practicaban hechizos una al lado de la otra… igual que ella con su hermana menor.

La extrañaba, pero, más que extrañarla, la había necesitado en esos años de exilio, sola frente al océano, enfrentando a su nueva especie por respeto.

—Yo soy Ondina Hesgard —intervino la sirena más joven, y cruzó los brazos—. Hermana de la chillona.

—Soy Deniel Lightmoon.

—Por los dioses… ¡eres el príncipe!

Ondina se apresuró a hacer una reverencia, lanzando a su hermana una mirada afilada para que la imitara. Estaban frente al futuro rey de su pueblo y no quería terminar decapitada.

Neherynia miró a Arielle, y ambas estallaron en carcajadas, desconcertando a la pobre Ondina.

—Ella es Arielle Lightmoon. Nuestra princesa y mi mejor amiga.

—Y este —añadió Arielle, haciendo un gesto dramático con las manos— es mi hermano. El príncipe. Lo encontré en un basurero, junto a la playa.

—¡Oye! ¡Estoy aquí! —protestó Deniel.

Arielle lo envolvió con sus tentáculos y lo atrajo hacia ella en un abrazo.

—Fue el mejor hallazgo de mi exilio.

—¿Y qué tal está entrenado el principito? —preguntó Neherynia, ladeando la cabeza con picardía.

La batalla era su pasión. Había retado a cada guerrero de su corte, incluso a su padre. No le importaba perder si a cambio aprendía un hechizo nuevo. Era su forma de volverse invencible.

—Derroté a mi hermana —respondió Deniel, alzando los hombros con desdén.

Arielle asintió con gravedad. Sabía que esa provocación bastaría. Neherynia frunció los labios. Su orgullo no toleraría quedarse sin probar al príncipe. Desde niñas nunca pudo vencer a Arielle: su aura era demasiado poderosa, demasiado sólida, pero Deniel era un misterio.

—¿Estás segura, Neherynia? —preguntó Ondina con el ceño fruncido.

Había algo en el tritón que la hacía dudar. Incluso cerca de la barrera, el poder mágico que emanaba de él era palpable, intenso, antiguo.

—Esto será divertido —bromeó Neherynia.

Avanzó unos metros, giró sobre sí misma y le clavó los ojos a Deniel con una sonrisa descarada.

—¿Alguna vez nadaste en las corrientes del mar Selayo?

—No.

Ella agitó las manos y unió dos corrientes marinas en un solo ataque. El agua vibró alrededor de Deniel, advirtiéndole del peligro. Su mente reaccionó en un instante. Movió las manos, partió las corrientes en dos y las devolvió en direcciones opuestas.

Neherynia hizo una pirueta y las esquivó con gracia, dejando que se estrellaran contra el fondo marino. La nube de arena que se alzó le dio una idea. Canalizó una columna de agua desde las profundidades, girándola como un torbellino, y la lanzó contra él.

Deniel sonrió. Alzó la mano y alteró la temperatura desde el núcleo, transformando la columna en un gigantesco témpano.

—¿Se supone que eso debe impresionarme?

La burla le brotaba en la expresión. Aún se divertía. Pero ya era hora de ponerse serio. Con un ademán, fragmentó el témpano en decenas de lanzas de hielo y las disparó contra ella.

Neherynia esquivó algunas, pero eran demasiadas. Venían de todas partes. No quedaba espacio para maniobras. Con un gesto de ambas manos, desvió las lanzas hacia su creador.

Deniel lo esperaba. Había calculado ese movimiento. Deshizo los proyectiles de hielo en el último instante, haciéndolos estallar en diminutas escarchas que se diluyeron en el agua. Esta vez, invocó esferas de energía y las lanzó contra su oponente.

Ella las cortó con hechizos y se abalanzó sobre él, conjurando cortes mágicos y ráfagas de poder durante la persecución.

Pero fue inútil. Deniel se movía como si bailara con el agua.

Evitaba cada ataque, giraba, descendía, ascendía.

Cambiaba de dirección con una naturalidad que dejaba en evidencia su dominio.

En uno de sus giros, azotó con su aleta una corriente que impactó a Neherynia y la arrastró de vuelta a la arena. Tendida, con el cabello cubierto de algas, sonrió. Era el oponente que había soñado. Pero necesitaba más.

Se incorporó como un depredador. Canalizó un rayo y lo disparó hacia Deniel.

Él lo atrapó entre las manos, condensándolo en una esfera brillante, como le había enseñado Celeste.

Sentía el escozor mágico recorriéndole los brazos.

El poder de esa sirena era comparable al de su hermana. Pero el de Arielle… era más abrumador.

Cuando el flujo cesó, la esfera resplandecía como un sol atrapado en sus palmas. Deniel sonrió y se la devolvió.

El calor del hechizo alteró la corriente. Neherynia lo sintió en la piel, y supo que un escudo común no bastaría. Entonces recordó uno de los hechizos de su padre, y lo canalizó justo a tiempo, envolviéndose en una burbuja antes del impacto.

La esfera la golpeó. Mas su defensa resistió. Pero algo cambió. La barrera brilló con intensidad y salió disparada contra Deniel, envolviéndolo por completo.

—No es una simple barrera de protección —dijo ella, jadeando—. Copia la magia de su oponente y la multiplica. Es una prisión. No te dejaré salir a menos que te rindas.

—Tu hechizo es bueno —dijo Deniel, aún sonriendo—. Pero toda magia de contención obedece a una ley: si lo que aprisiona es más fuerte que el hechizo, entonces el hechizo se rompe.

Las palabras cobraron vida. La energía brotó de su cuerpo como una marejada.

Neherynia sintió el hechizo vacilar. Sus manos, crispadas por el esfuerzo, repetían el sello una y otra vez, aferrándose a un conjuro mágico que comenzaba a resquebrajarse.

Pero Deniel ya tenía las palmas, luminosas, contra las paredes de la esfera.

El golpe mágico la sacudió. Retrocedió dando vueltas hasta que una masa gelatinosa la atrapó antes de volver a caer sobre la arena. Ondina había conjurado el encantamiento para protegerla.

Neherynia lo entendió al instante. Lo miró. Y se le erizó la piel. Ese poder… rivalizaba con el de su padre. Un alto lord .

—Te lo advertí —murmuró Ondina, cruzándose de brazos.

—¿Estás bien? —preguntó Deniel.

Ella asintió y le sonrió con dulzura. Se quitó un alga del cabello y le hizo una reverencia.

—Deseo aprender mucho de ti, príncipe Deniel.

—Y yo deseo aprender esos sellos que haces con tus manos.

—Los aprendí de mi padre: el alto lord Nerus Hesgard de Pozo Lunar.

—No necesitas tratarme con tanta diplomacia —replicó Deniel, sonriéndole a Ondina—. Ahora somos amigos, y no estamos en el castillo. Dejemos esas molestas reverencias para los hijos de lord Tyrsson.

Todos estallaron en carcajadas. Especialmente Neherynia, que había tenido que sobrevivir a las rabietas de Tyrssa mientras Arielle estaba lejos.

Pero su amiga había vuelto. Y pondría en su sitio a la hija y al molesto padre.