Capítulo 44
“Si no puedes convencer a tu enemigo, confúndelo”.
Las luces de los tronos en la Sala de Guerra proyectaban destellos solemnes sobre los rostros tallados de los altos lores .
Deniel los enfrentó con la mirada, uno a uno, sin titubeos. No le preocupaba si se molestaban. Algún día él sería su monarca y, aunque el respeto era una virtud, el poder debía insinuarse desde ahora.
Tomó su lugar en el trono frente a Nerus. Arielle, con su porte regio, nadó hacia el extremo opuesto y se acomodó frente a Tyrsson.
Merckles, sereno como un fiel guardián, se posicionó junto a Deniel, ignorando la gélida mirada del rey.
—Joven príncipe —gruñó lord Tyrsson con voz untada de veneno—, los esclavos no deben estar en la Sala de Guerra. Podrían vender información al enemigo por un poco de comida.
A Deniel se le tensaron los dedos. Desde que conoció a ese molesto lord , sentía el irrefrenable deseo de borrarle la sonrisa con un relámpago. La magia se le agolpó en las manos, pidiendo salir, pero se contuvo. No era momento de quemar puentes, era momento de construir trampas.
—Merckles es mi sirviente personal. Me acompañará a partir de ahora, lord Tyrsson. Ocúpese de la educación de sus hijos. Yo me encargaré de mis sirvientes.
El rey resopló con disgusto. Nunca podría justificar ante la corte la presencia de un esclavo en asuntos de Estado, pero su nieto estaba quebrando los protocolos a sangre fría. Si no lo detenía pronto, el reinado, que aún no había comenzado, podría esfumarse entre sus dedos.
—Los esclavos no son bienvenidos en los asuntos de la corona, príncipe Deniel —insistió.
—No es momento para debatir jerarquías —respondió él con firmeza—. Centrémonos en restaurar el reino. ¿No lo creen, señores?
Sus ojos buscaron a sus presas: la reina, lord Nerus, lord Berath… Sabía que necesitaba, al menos, la aprobación de dos de ellos, de lo contrario, él y Arielle estarían perdidos.
Lord Nerus asintió, observándolo como quien examina una reliquia ajena: desde la cola hasta el mechón azul que ondulaba sobre su frente, intentando descifrar el origen de su aplomo.
Berath, con su físico más cercano a un gigante que a un tritón, descruzó los brazos.
Una sonrisa torcida le curvó los labios.
Aquel príncipe al menos prometía entretenimiento.
—¿Supongo que nos pondrán al corriente sobre la situación del reino y de la guerra más allá de la barrera?
Arielle, que ya comprendía los movimientos de su hermano, tomó la posta con habilidad.
—Por el momento, el reino está seguro y en vías de desarrollo. Según nuestros estudios…
—¿A qué se refiere exactamente con “seguro” y “en vías de desarrollo”? —interrumpió Deniel a lord Tyrsson, con una ceja alzada. Le resultaban absurdos aquellos términos para describir un reino que apenas respiraba entre escombros.
—Hablo de nuestros planes de repoblación, alteza.
—¿Y tu plan es mantener la barrera treinta años más, mientras las mujeres se convierten en fábricas de soldados? — Deniel negó levemente con la cabeza—. Me parece una estrategia absurda, lord Tyrsson.
El silencio se volvió denso. Tyrsson quedó inmóvil. El rubor de la vergüenza le subió por el cuello, y en el rostro de la reina se dibujó una sonrisa, fina como un corte.
—¿Y qué sugiere usted, alteza? —preguntó el alto lord , con voz helada.
—Tras las decisiones tomadas durante la guerra, quedamos a merced de los dragones. Y usted fue uno de los que promovió aquella idea —dijo Deniel sin levantar el tono, pero con la precisión de una daga.
»Si esperamos décadas para recuperar nuestro ejército, habremos perdido Sthevyand a manos del rey Bahel.
Deniel alzó las manos, y las awallas emergieron de los huecos del suelo, danzando como sombras vivas sobre el mapa de coral. A su señal, mutaron en formas concretas: dragones, fortalezas, emblemas de guerra.
»Dentro de la barrera solo quedan cuatro ciudades pobladas y a la mitad de su capacidad. Si restamos a los enfermos, mujeres y niños que no portarán armas, nos queda apenas un veinticinco por ciento útil. Ni una décima parte del ejército de Daavos.
Las awallas-dragón avanzaron sobre el sur del mapa, hacia las Tierras de Acero.
»Ese ejército ya ha conquistado casi la mitad del territorio de los gigantes, uno de nuestros reinos aliados. Podríamos unir fuerzas con ellos, sí, pero eso implicaría desproteger las islas, y repetir el mismo error.
Sin dignarse a mirar a Tyrsson, Deniel cambió de objetivo. Lanzó la carnada donde sabía que haría mella.
»Por otro lado, tenemos las ciudades terrestres. Repletas de guerreros que una vez nos sirvieron. Una reunificación antes de retirar la barrera no solo consolidaría nuestra defensa: también enviaría un mensaje claro a Sthevyand de nuestro poder.
Esta vez miró a Nerus, luego a Berath, y dejó que la convicción templara cada palabra.
»No solo multiplicaríamos nuestra fuerza, podríamos atacar por tierra y mar al mismo tiempo.
—Perderíamos hombres reconquistando esos reinos —protestó Tyrsson.
—No si luchamos con inteligencia —replicó Deniel con calma—. De cualquier modo, esto aún son ideas. Estoy dispuesto a escuchar sugerencias que contribuyan al futuro de Selenya.
Los gobernantes de Pozo Lunar y Costa Dorada sintieron el peso de la mirada del joven príncipe.
No era una mirada infantil ni dubitativa; era la de un depredador calculando cada movimiento de sus presas.
Sin embargo, aquellos lores ya eran viejos en el juego de poder, curtidos en batallas de diplomacia.
Ellos no tenían que demostrar nada. Él sí.
Lord Berath sonrió con astucia, estudiando el mapa como si leyera las estrategias aún no trazadas de Deniel. Lord Nerus, en cambio, fue más directo.
—Deseo escuchar su propia estrategia en la próxima sesión, alteza.
Su voz, aunque sólida, había perdido parte de su dureza. En los ojos del alto lord se reflejaba algo que no había sentido en años: esperanza. Veía en Deniel una chispa que recordaba los días en que el trono se gobernaba con inteligencia, no con la fuerza bruta ni el orgullo ciego.
Y, aunque Deniel atraía las miradas, Nerus tampoco ignoraba a Arielle. Tan joven y ya había ofrecido su vida por su pueblo.
—Princesa Arielle —prosiguió, inclinando la cabeza con un respeto inesperado—, espero que guíe a su hermano por el camino correcto.
»Su lealtad y el sacrificio que hizo por nosotros son dignos de admiración, aunque algunos aún no lo entiendan.
La reverencia del alto lord arrancó una sonrisa tímida en la octopus. Había permanecido al margen durante la reunión, invisible a los ojos de muchos. No esperaba reconocimiento, y menos frente a Tyrsson y su abuelo. Por primera vez, no sintió peso en su decisión. Solo orgullo.
—Haré todo lo que esté en mi poder para ayudar a mi hermano a restaurar la gloria de Selenya.
Los príncipes se buscaron con la mirada. Habían demostrado su valía como herederos. Al menos, sembraron el interés de los altos lores . Ahora quedaba lo más difícil: unificar ideas, trazar una estrategia que no pudiera ser derribada ante el juicio de la corte.
Convencer a Tyrsson sería la prueba más ardua de todas. Pero lo harían. Deniel ya contaba con la información de Merckles con una certeza: el orgullo solo se vence quebrándolo, y, una vez roto, se moldea desde el centro. Hoy había dado el primer paso. Pronto llegaría el golpe final.
Un nuevo día despuntaba tras una noche de tensión y murmullos.
El amanecer tiñó de luz dorada las torres de Eldryan cuando Royce fue convocado por Celeste.
El mensaje era claro: Urgente . Apenas tocó la puerta, esta se abrió como si lo hubiera estado esperando.
Frente a él, un asiento vacío. La anciana, de pie junto al ventanal, se giró para recibirlo.
—Anoche recibí noticias de Selenya.
—¿Deniel está bien?
La ansiedad brillaba en sus ojos. Celeste lo notó y esbozó una sonrisa diminuta para aliviar su inquietud.
—Está bien. Según los informes, ha causado un gran revuelo en la corte. Ayer se enfrentó a los altos lores … y logró conquistar a dos de tres. Nada mal para alguien que creció lejos de la corona.
Royce soltó un suspiro, sintiendo cómo el peso en su pecho se disipaba. Sonrió, y no solo por el alivio. Era tan propio de Deniel incendiar todo lo que tocaba. Así era él: una fuerza imposible de ignorar.
—Te he convocado por otro motivo, príncipe Gahel.
El verdadero nombre lo golpeó como un viento frío. Cuando Celeste lo llamaba así, algo grande estaba por suceder.
—Deniel está dando todo por restaurar el orden en Selenya —continuó ella con voz grave—, pero ese no es solo su deber, ni el tuyo. Como guardianes, deben proteger el reino de cualquier amenaza.
Una sombra atravesó su mente. Hades. Esa guerra era más peligrosa que cualquier ejército.
—Él no podrá lograrlo solo. Necesitará a los suyos. Y para eso, cada uno debe estar preparado. Es hora de recuperar a tu dragón.
Royce sintió un escalofrío. Tres largos años habían pasado desde que vio por última vez a Xerex. Aun así, en las noches frías de Eldryan, podía sentirlo: un latido débil, una promesa silenciosa de que su viejo amigo seguía vivo, esperando.
—¿Me estás dando permiso para buscar a Xerex?
Celeste avanzó un paso y asintió.
—Es momento de que reclames lo que te pertenece, príncipe Gahel.La hora de tomar el trono se acerca, y Xerex es tu arma más poderosa.
El mundo pareció detenerse. Después de tantos ruegos, por fin tenía la respuesta que había esperado. No podía pensar en nada más que en volver a acariciar las escamas doradas de su compañero, mirar a los ojos a su viejo y testarudo amigo.
—¿Cuándo partimos?
—Ahora mismo.
Celeste levantó la varita y el aire se quebró. Un portal, brillante y ondulante, se abrió tras el ventanal. Rasha, que dormitaba en un rincón, se desperezó. Extendió sus alas con un latigazo de viento, lista para la acción.
Royce la miró con anhelo. Pronto volvería a estar así de cerca de Xerex, con su reflejo ardiendo en sus ojos dorados. Inspiró hondo. Volvió la vista al portal. Luego, a la hechicera.
—Estoy listo.