Corona de Sal y Luna Capítulo 43
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Capítulo 43

“La guerra no es solo la manida lucha entre quienes creen en el bien y el mal. Es un tortuoso juego de ajedrez, donde la fuerza y la astucia se disputan cada movimiento”.

Con la misma intensidad con que crecía la confianza de Arielle, las sombras de la noche devoraban Ciudad Sagrada.

Las luces de los cristales mágicos, junto a antorchas palpitantes y candelabros centenarios, trazaban senderos titilantes en los corredores del templo.

A través de ellos avanzaba un pequeño grupo de jóvenes decididos a cruzar los límites que nadie osaba tocar.

En la encrucijada de dos pasillos, sus caminos colisionaron en un impacto cargado de adrenalina.

—¡Rayos, Emmond! —soltó Rylan sobándose la frente—. Tienes la cabeza más dura que Dylan.

—Eso podría decir yo —replicó Emmond, imitando el gesto.

Zamira rio por lo bajo, sin intentar disimularlo.

—¿Qué averiguaron?

—El cambio de turno ocurre cada doce horas —informó Dylan con solemnidad. Su dato determinaría cuándo y cómo invadirían la cámara.

—Perfecto. Esperemos a la medianoche —susurró Zamira, con el corazón acelerado. Deseaba terminar aquella locura antes de que se les fuera de las manos.

—No es tan fácil. Esos turnos solo cubren a los guardias que velan el camino a las bóvedas del tesoro. La entrada a la cámara donde está el libro está custodiada por otros ocho caballeros, y ellos rotan cada cinco días.

—Dime que hoy es uno de esos días —murmuró Rylan intentando sonar sereno. Pero su voz tembló. Si el libro estaba tan bien protegido, no llegarían ni cerca.

—Hoy es el primero del ciclo —afirmó Dylan—. Aún nos quedan unos días antes de poder acercarnos al ejemplar. Aprovechémoslos para reunir más información y afinar el plan. No podemos permitirnos errores.

El tono motivacional apenas había terminado cuando Zamira alzó la vista y notó siluetas acercándose desde la otra torre.

—Debemos volver. Si nos descubren, nos guardarán con el libro, pero en las mazmorras.

—Nos vemos en el desayuno —dijo Emmond, sin dejar de espiar a los guardias entre las columnas—. Y no se duerman sin antes pensar en un plan.

Mientras los jóvenes regresaban a sus camas, Deniel y Arielle fueron arrancados de las suyas. El rey Egor había exigido su presencia en la Sala de Guerra. De inmediato. Deniel le ordenó a Azura que buscara al viejo mandrell. Se encontrarían en la entrada del salón.

Cuando llegaron, Merckles ya los aguardaba, de pie bajo la luz azulada de los cristales. Se le veía más entero: había comido, dormido, incluso, la túnica que vestía lo hacía parecer unos años más joven, a pesar de la barba y el cabello gris.

Al fondo, los pasillos se abrían hacia el umbral de piedra lunar. Dos tritones armados custodiaban la entrada, erguidos como estatuas vivientes.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Deniel al acercarse.

El día había sido tan largo que ya no recordaba si se lo había preguntado antes. El anciano alzó la mirada. Respondió con serenidad.

—Mi nombre es Merckles, alteza.

Los dos tritones que custodiaban la Sala de Guerra los dejaron pasar, obedeciendo las órdenes recibidas.

Pero, al ver que el príncipe se dirigía al esclavo por su nombre y lo invitaba a entrar como a un igual, sus ojos se abrieron con desconcierto.

No fue incomodidad lo que sintieron. Fue miedo.

Miedo a la furia del rey al ver a un ser inferior codearse con los altos lores .

Las piedras de aguamarina resplandecían con fuerza en el interior, tratando de opacar el blanco absoluto de los tronos de piedra lunar.

A la derecha del rey, Tyrsson Beltram balbuceaba una de sus grandiosas estrategias.

Arielle rodó los ojos. Al parecer, era una reacción automática.

Incluso su homólogo de Pozo Lunar, el alto lord Nerus Hesgard, levantó una ceja con visible fastidio desde el trono a la izquierda de la reina.

A su lado, el alto lord Berath Taldross de Costa Dorada mantenía una expresión férrea, casi asesina, conteniéndose ante cada intervención del regente de Shellsea.

—¿Qué hacen aquí? ¡Retírense, ahora!

La voz del rey Egor irrumpió con violencia, rompiendo el discurso de Tyrsson y cayendo sobre sus nietos como un martillo.

Todos los lores se giraron a la vez. Majestuosos en su porte, imponentes como esculturas de guerra, y tan feroces como el propio rey. Los observaron con ojos inquisidores, evaluando cada paso, cada suspiro. Pero fue a Deniel a quien miraron con más intensidad.

El tritón los enfrentó con la cabeza en alto. No los provocó con la mirada, pero tampoco se acobardó. Aun así, podía sentir como si lo despellejaran en silencio, analizando su sangre, su temple, su valor.

—Fuimos… invitados —dijo Arielle, lanzando una mirada rápida a su hermano.

—Yo les pedí venir —intervino la reina Alina, poniéndose de pie. Nadó hasta el centro del salón sin mirar a sus nietos, y habló directo a los lores —. Como príncipes de Selenya, y futuro rey, ambos tienen derecho a participar en las reuniones que definan el destino del reino.

—Reina Alina —intervino Tyrsson, con una sonrisa condescendiente—, aún no están listos para cargar con las responsabilidades del reino.

Y su tono dejaba claro que quien no estaba verdaderamente preparado era él. La reina alzó la voz con la misma firmeza con la que alguna vez alzó una corona.

—Es la mejor manera de enseñarles. Recuerdo que, desde niña, mi padre me obligaba a asistir a estas reuniones. ¿Por qué cambiarlo ahora?

—Son tiempos difíciles, Alina. Podemos enseñarles en otro momento. Ahora, retírense a sus habitaciones.

La orden del rey fue tajante, pero la reina no se movió.

—Ninguno se irá.

—Esperaremos afuera hasta que decidan qué hacer con nosotros —dijo Deniel, desafiando con voz vigorosa.

Arielle lo tomó del brazo. Pensó que había enloquecido. Ella no quería marcharse. No esta vez. No dejaría que su abuelo la expulsara como a una extraña.

—¿Qué crees que estás haciendo?

—Sígueme y cierra la boca —replicó Deniel, arrastrándola hacia la salida.

Merckles y Azura los siguieron en silencio.

—Tenemos el mismo derecho que esos viejos a estar allí. ¿Por qué demonios estás dejando pasar esta oportunidad?

Arielle explotó. Su rabia vibraba en cada palabra. Si pudiera, le arrancaría el cuello a su hermano.

—Ellos saben más del reino que nosotros, conocen la guerra, y, lo peor… saben más de ti que tú misma. No contamos con un plan. No los conocemos. ¿Cómo piensas responder cuando nos enfrenten?

Las palabras de Deniel golpearon su orgullo como un puñal.

Tenía razón. Lo supo en lo más profundo de sí, aunque le doliera admitirlo.

Los altos lores no llevaban ese título por su aspecto imponente.

Lo habían ganado con sangre, con astucia, con décadas de servicio a la corona.

Y ella, con todo su poder y deseo de justicia, no era más que una niña rabiosa ante ellos.

Suspiró con ira y se quedó en silencio. Por esta vez, escucharía.

—Merckles —preguntó Deniel, aún sin mirar a su hermana—, ¿qué sabes de los lores ?

El viejo mandrell se alisó la barba con lentitud, como quien acaricia una herida antigua.

— Lord Tyrsson Beltram es el más peligroso de los tres. Nunca sabes lo que piensa. Siempre está cerca de la corona, por una razón u otra.

—Dímelo a mí —resopló Arielle—. Quiso comprometerme con su hijo mayor. Gracias a la guerra, escapé de esa tortura. —Frunció el rostro en una mueca de asco. Si pudiera borrar a alguien de la corte, sería, sin dudas, a él.

—Sus ambiciones suelen favorecer al reino, pero, a veces van demasiado lejos —continuó Merckles, nadando hacia el sillón de coral junto a la ventana.

Invitó a los príncipes a tomar asiento—.

Durante la guerra, convenció al rey Teryll de dividir las tropas.

Una decisión fatal. Selenya quedó expuesta.

Jamás admitió su error. Lo oculta tras su orgullo.

Por eso lo llaman lord Tyrsson el Orgulloso.

—¿Y el que se sienta junto a la reina? —preguntó Deniel.

— Lord Nerus Hesgard, El Sabio, Señor de Pozo Lunar .

Dicen que su biblioteca rivaliza con la de Ciudad Sagrada.

Es el más sensato de todos. Calculador, lógico.

Se opuso a la división de fuerzas, pero fue demasiado tarde.

El rey ya estaba atrapado en el canto de sirena de Tyrsson.

Intentó frenar al enemigo con un solo golpe y ustedes conocen el resultado.

Los ojos de ambos se desviaron hacia el retrato de sus padres. Allí estaban, juntos, eternos y sonrientes.

— Lord Berath Taldross —siguió el anciano—.

El Terror del Mar Selayo . Gobierna Costa Dorada.

Fue escudo del reino. Contuvo a los piratas.

Enfrentó la primera invasión de Daavos. Se dice que arrastró al fondo del mar más de cien barcos.

Es un lord que no tolera la pasividad. Solo habla cuando hay guerra o peligro.

—¿Y el estado actual del reino?

Merckles suspiró. Llevó un instante la mirada al suelo.

—Las ciudades terrestres fueron destruidas por los dragones.

Sus tronos, usurpados por los esbirros de Bahel.

Se rumorea que los nuevos reyes vendieron su alma al rey Dragón.

Se independizaron. Recuperaron sus antiguos nombres.

El resto del reino se redujo a tres altos lores y a ciudades en ruinas.

Fue entonces cuando los antiguos reyes retomaron el poder —hizo una pausa como si una llama invisible le cruzara la memoria—.

De las tres islas, solo Costa Dorada quedó en pie, y apenas.

Berath acogió a parte de los sobrevivientes.

El resto se reagrupó en Pozo Lunar y Shellsea.

Según he escuchado, el ejército de tu abuelo apenas llega a dos mil soldados.

—Dos islas vacías. Las ciudades terrestres perdidas. Cuatro ciudades con la mitad de sus habitantes —resumió Deniel.

—No puedo asegurarlo con precisión, pero sí… podemos partir de allí —asintió Merckles, acariciando su barba con lentitud.

—¿Cuántos octopus tienes en Northerland? —preguntó Deniel, alzando la mirada hacia su hermana.

—Tres mil.

—¿Y sin contar ancianos, niños y enfermos?

—Tres mil. Los que mencionas ya están fuera de esa cifra.

Deniel se puso de pie y sonrió. Tenía lo que necesitaba. Arielle también se levantó, justo cuando las puertas de la Sala de Guerra se abrieron. Al parecer, la reina había vencido al rey.

—Necesitaremos suerte para salir de esta —murmuró Arielle sin dejar de mirar a su hermano.

—Esta batalla no es para ganarla sino para reconocer el terreno.

—¿Hablas de los altos lores o de Daavos?

—Son iguales, Arielle. Para controlarlos, debemos dejar claro que no vinimos a jugar. Si logramos ganarnos su respeto la batalla contra Daavos habrá comenzado.

La mirada de Deniel irradiaba seguridad. Arielle se irguió a su lado, sin miedo. “Lo lograrían. Juntos. Como hermanos”, pensó ella. “Somos el equipo perfecto”, resonó en la mente de Deniel.

“¿Llegarán juntos al final?”, se preguntó Merckles.