Capítulo 42 #2
Azura, su pequeña bola de pelos, percibió su miedo a perderla y la siguió, aún temblando de temor por estar cerca de ella.
Deniel sonrió aliviado y fue tras ellas.
Se detuvo frente a la sala de arte del castillo.
Y allí, entre luces y esculturas buscó la estatua que sollozaba.
Azura nadó hacia Deniel, empujándolo con suavidad hasta Arielle.
Él se sentó a su lado, deseando consolarla, pero se detuvo un instante con la mano suspendida sobre su hombro.
Dudó. ¿Era lo correcto? ¿Debía abrazarla o dejarla llorar un poco más?
El dolor la desbordaba, y él no sabía si interferir o simplemente estar allí, en silencio, como un refugio. Su mente regresó a aquellos días grises en que lloraba en su habitación, abrazado a las sombras, deseando —como ella ahora— un refugio donde desahogarse en paz.
Entonces decidió. Deslizó la mano por su espalda y le regaló unos golpecitos suaves. Llenos de compasión.
—Estoy aquí.
Arielle se aferró a él, hundiendo el rostro en su pecho. Intentaba arrancarse las frustraciones a golpe de lágrimas.
—Todo… fue por ellos —susurró entre sollozos.
Deniel alzó la mirada hacia el techo. Tampoco él comprendía a la corte. Tal vez la guerra les había marchitado el alma. Tal vez, estaban tan rotos por dentro que ya no eran capaces de ver más allá de sus propias ambiciones.
—El mundo es así —murmuró—. Por más que te esfuerces, siempre te exigirá más. Y no importa cuánto des… nunca será suficiente.
Arielle lo miró. Buscaba en sus ojos una respuesta, una razón, una esperanza que calmara el temblor en su pecho.
—Dediqué cada parte de mí al reino. Solo quería que todo volviera a ser como antes nada más.
Deseaba devolverle la grandeza a Selenya.
Deseaba ver a su pueblo feliz. Pero cada paso que daba era pisoteado por las mismas personas que juró proteger.
Extrañaba ser sirena, pero no deseaba volver atrás.
Era feliz en su nueva piel. Solo quería volver a sentirse parte del reino que una vez la abrazó y ahora la miraba como si fuera una intrusa.
Deniel la contempló. El miedo, el dolor, la rabia contenida. Todo le era familiar. Suspiró, reuniendo el valor necesario para desenterrar una herida que prometió dejar atrás.
—Comprendo lo que sientes —dijo, con voz quebrada—. Lo viví en carne propia hace unos años.
Arielle lo observó con desconcierto. Siempre lo había visto feliz, libre, como si nada lo tocara. ¿Cómo podía conocer ese tipo de dolor que arrasa con todo?
—No siempre fui… gay —confesó él, bajando la mirada—.
O, mejor dicho, no siempre lo acepté. Temía decepcionar a la abuela.
Vivía fingiendo, mintiendo, incluso, a mí mismo.
Solo en el agua podía respirar. Ser yo. Y no me refiero a mi parte pez —añadió, con una sonrisa ladeada, buscando arrancarle una a su hermana—.
En mi antigua escuela conocí a un chico.
—Tyler —susurró Arielle.
Deniel asintió.
—Compartíamos clases, trabajos… Incluso, llegué a jugar voleibol solo por él. Qué idiota. Con el tiempo, nos volvimos inseparables. Robó mi primer beso, me regaló chocolates, bailamos bajo la lluvia, vivíamos un secreto, pero éramos felices. Tan felices que no vimos el peligro acercarse.
»Mi hermana adoptiva notó las visitas frecuentes de Tyler.
Y se encargó de reunir pruebas. Un día, en medio de una competición, frente a todo el gimnasio, mostró las fotos de nosotros besándonos.
La multitud estalló en risas burlonas, crueles.
Todavía puedo ver cada rostro. Cada mirada. No los he olvidado.
»Mis amigos me dieron la espalda. Solo Ross y Christian se quedaron. Y Tyler… —hizo una pausa, el gesto se le tensó—. Ese cretino se alejó sin decir una palabra.
»Al día siguiente ya tenía novia. Dijo que todo había sido una broma. Una forma de “sacarme del clóset”. Él y mi hermana rieron juntos mientras yo me deshacía por dentro.
Aquel recuerdo aún sangraba. A pesar del tiempo, la herida seguía abierta, palpitando bajo la piel. Y más ahora, que amaba a alguien incapaz de aceptar lo que sentía. Pero ese era otro dolor. Uno que aún no estaba listo para compartir.
—Pasé días sin salir del cuarto. No comía. No hablaba. Solo escuchaba mi corazón latir... lento, como si quisiera detenerse.
»Un día, la abuela entró en mi habitación.
Ya lo sabía. Me quebré. No podía decirle nada.
Ni siquiera la miraba, temía ver el rechazo en su rostro.
Pero ella me abrazó. Me dijo: “El poder de tus palabras y tus sentimientos es más fuerte que cualquiera que intente derribarte. No les permitas tener ese poder ”.
Una sonrisa temblorosa le cruzó los labios. Arielle lo miró con ternura, imaginándolo llorar como un niño. Rio con él, y esa risa, por breve que fuera, le recordó que no estaba sola. No esta vez.
—Estamos contigo, Arielle. Pase lo que pase.
—Todos… menos el abuelo —dijo, bajando la mirada.
Lo había observado muchas veces. Y en cada cruce de miradas, encontraba la misma sombra: decepción.
—Él también te ama —susurró Deniel, acariciándole el cabello—. Solo necesita recordar que aún eres tú. Su niña mimada. —Le revolvió los rizos con cariño—. Vamos. Es hora de mostrarle a esta corte quiénes somos.
Arielle contempló la mano que él le tendía. Luego lo miró y, por primera vez en mucho tiempo, sintió su cuerpo llenarse de valor.
Tomó su mano, asintió y lo siguió. Justo hacia el salón, a enfrentar aquel circo de quinta, disfrazado de nobleza, en el que se había convertido su reino.