Corona de Sal y Luna Capítulo 42
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Capítulo 42

“No es ser diferente lo que define si eres bueno o malo. Es lo que haces con esa diferencia lo que te vuelve único… y valioso”.

—¡Mam!... ¡Abuela! —dijo Deniel, aún confundido—. Se siente extraño no llamarte mamá.

Alina se acercó despacio y le tomó los hombros con ambas manos, guiándolo hacia una de las mesas.

No le importaba cómo la llamara. Madre, abuela…

lo único que importaba era que había vuelto.

Y esta vez no pensaba soltarlo. Haría todo lo que estuviera a su alcance para protegerlos, como hubiesen deseado sus padres.

—Seguiré siendo ambas —dijo con una sonrisa cálida—, como cuando vivíamos en Sidney.

—Con un poco más de responsabilidades —añadió tras echar un vistazo al salón—, pero lo lograremos. Somos un equipo.

—Si Katherin descubre que eres reina, es capaz de atravesar la barrera y venir a reclamar su parte.

La broma le robó una carcajada. A pesar de conocer la oscuridad que habitaba en el corazón de Katherin, Alina había desarrollado un cariño que rayaba en lo maternal.

Tal vez era el eco de la pérdida de Selynee…

o la necesidad de redimirse, de ofrecerle a esa niña una vida que no se deshiciera en sombras.

La visitaba en secreto, en Golden Coast. Incluso había pedido a Celeste que enviara algunas flix para vigilarla desde la distancia.

—Estoy segura de que aprendió la lección después del regalo que le dejaste —dijo Alina, con complicidad—. Sé todo lo que pasó. No creas que los dejé sin protección.

Deniel parpadeó, incrédulo. No imaginaba que ella supiera tanto.

—Después de que entraste en Eldryan, fui a verla. Estaba hecha pedazos. Su esposo la dejó sin nada: ni hogar, ni dinero… ni esperanza. Y con una niña en su regazo. No podía quedarme de brazos cruzados, así que las traje a Golden Coast.

—¿A mi casa? —preguntó él más sorprendido que molesto.

No es que pensara dejarlas en la calle, menos aún a su sobrina, pero la noticia fue una ola inesperada.

—Era imposible traerlas al castillo, Deniel. Sé que Katherin fue cruel contigo, pero debemos aprender a dejar el pasado atrás. Somos una familia.

—¿Y cómo ocultaste todo esto?

—Magia —respondió Alina, como si fuera la respuesta más natural del mundo—. Le envié una carta firmada con tu nombre. Le decías que habías partido a estudiar al extranjero, y que, al enterarte de su situación, decidiste dejarle la casa como una ofrenda de paz.

Luego, sin decir palabra, acarició el rostro de Deniel con la delicadeza de quien toca un recuerdo.

—Ha cambiado —susurró—. Espero que algún día puedas perdonarla.

Él no respondió. Sus ojos se perdieron en el gesto nostálgico de su abuela.

—Lo pensaré —murmuró—. Pero ahora debo encontrar a Arielle.

—Le pedí que guiara a los invitados. Ve con ella. Arielle se ha vuelto dura, fría. Necesitará de todo nuestro apoyo.

—No es tan mala como crees. Ha pasado por mucho, como Katherin.

Antes de marcharse, Deniel besó a Alina en la frente. Lo había hecho siempre al salir de casa. Y ahora que la tenía de nuevo, recuperaría todos los besos que el tiempo les había robado.

Mientras Deniel se acercaba a su hermana, Arielle fingía la mejor de sus sonrisas para los cortesanos que iban llegando. Se aferraba al protocolo como si fuera una armadura, conteniendo la ira cada vez que alguien le retorcía la mirada… o murmuraba una maldición al pasar a su lado.

Se giró un instante para dar instrucciones a uno de los sirvientes, cuando una voz, tan punzante como su recuerdo, la atravesó.

—Miren quién regresó. La princesa maldita.

No necesitó verla. Tyrssa Beltram, segunda hija de la casa Shellsea. La reconocería incluso en la oscuridad del abismo.

Arielle se volvió con lentitud, y sus tentáculos vibraron con la amenaza del golpe contenido.

Si no fuera por los testigos la habría aplastado como a un insecto, pero no estaba sola.

A su lado, como un trío de sombras ornamentadas, se encontraban Remus y Amarilis.

Los hermanos Beltram. La nueva corte de las serpientes.

—Maldita o no, sigo estando por encima de ti, Tyrssa —dijo Arielle, sin apartar la mirada—. Más vale que cuides tu lengua o terminaré arrancándotela.

—Tyrssa, respeta a nuestra princesa —intervino Remus, haciendo una reverencia impecable.

A diferencia de su hermana, él y Amarilis sabían cuándo agachar la cabeza. Siempre se dijo que se parecían más a su madre, y, por suerte, no a la sangre envenenada de su padre.

—No voy a inclinarme —espetó la sirena con voz afilada—. No es una de nosotros. Ni siquiera debería estar aquí.

No era solo arrogancia. Era envidia. Rabia acumulada desde la infancia. Dondequiera que estuviesen, Arielle siempre brillaba más fuerte. Más que ella, más que todos. Y ahora… ahora era un ser maldito. Y, aun así, seguía siendo princesa.

Arielle alzó la mano, lista para estamparle la verdad en la cara. Pero un agarre firme la detuvo, la de Deniel.

Ella giró, encontrándose con esa mirada que no necesitaba palabras: juicio, sí, pero también contención y un profundo dolor.

—¡Alteza!

Los tres hermanos se inclinaron en unísono. No por respeto, sino por miedo al nombre. El cabello dorado y azul del tritón lo delataba: el heredero.

Remus fue el primero en alzarse, con la curiosidad latiendo en sus pupilas. Amarilis lo siguió. Tyrssa tardó y pagó el precio.

—Tú no —ordenó Deniel—. Quédate así hasta que te disculpes.

—Alteza…

—Parece que la guerra les borró los modales.

—Permítame presentarme —dijo el apuesto joven—. Soy Remus Beltram, hijo mayor del alto lord de Shellsea. Pido disculpas por el comportamiento de mi hermana.

Sus ojos verdes se cruzaron con los de Deniel. Más que disculparse, buscaba leerlo, como si en el azul de su mirada hubiera secretos que ansiaba descifrar.

—Soy el príncipe Deniel Lightmoon —dijo con firmeza—. Y ella es mi hermana, la princesa Arielle Lightmoon. Ambos merecemos respeto.

Tyrssa apretó los dientes, conteniendo las maldiciones que se le agolpaban en la lengua. Su padre le había ordenado ganarse su favor… y sabía que una palabra de más podría arruinarlo todo.

—¿Qué está ocurriendo?

La voz de Tyrsson retumbó como una grieta en el hielo. Había llegado. Y, como siempre, llegaba tarde, pero con veneno en la lengua.

—Parece que lady Tyrssa olvidó sus modales ante la corona —respondió Deniel sin pestañear—. Imagino que por el tiempo que estuvimos ausentes.

—Me encargaré de reeducarla si es necesario, príncipe Deniel —replicó el alto lord con una sonrisa helada.

Algunos cortesanos captaron el filo de la amenaza. Otros, como Deniel, no necesitaron traducción: era un pulso de poder.

—Aunque, claro está, no deberíamos callar las verdades solo porque resulten incómodas.

Arielle sintió un nudo en el pecho. Podía asesinarlo, podía hacerlo arder en llamas con un solo suspiro, pero lo que más dolía no eran sus palabras sino el eco que encontraba en la sala. La verdad es que la odiaban. Todos. Y no importaba cuánto diera por ellos. Siempre la verían como un error.

Reuniendo el poco orgullo que le quedaba, Arielle giró y se marchó. No como una derrotada, sino como una mujer harta de fingir que no le dolía.

—¡Arielle!

El grito de Deniel se estrelló contra su espalda sin alcanzarla. Pero sí logró atrapar la atención de los cortesanos, que la siguieron con la mirada cuchicheando como buitres. Él se quedó quieto, rígido, incómodo, como si la sangre le ardiera por dentro. Y entonces, lo notó.

Esa energía. La misma que lo había atravesado en el gimnasio de su antigua escuela, cuando las risas lo cercaban… afiladas como cuchillas. Era otro lugar, otra vida, pero el veneno era el mismo. Giró hacia Tyrsson.

—No permitiré que nadie la ofenda. Y mucho menos que la expulse de su propio reino. Si no estás de acuerdo con ella, entonces no hay lugar para ti en Selenya. Y escucha bien, alto lord : no pongas a prueba mi paciencia. No dudaré en matarte si le haces daño.

Quiso seguir a Arielle, pero sus sentidos se nublaron. Voces, susurros, miradas que se le clavaban como agujas. El salón se deshacía ante sus ojos. Hasta que explotó. Alzó la mano y un pulso mágico estalló en la sala.

Desde las afueras del salón, Alina lo sintió. Sin pensarlo, se lanzó al interior temiendo que sus nietos estuvieran en problemas. Al llegar al centro, lo encontró suspendido en su propio caos. Los ojos ardiendo. El poder latiendo bajo su piel. Y una sola frase… ardiendo en los labios.

—Lo diré una maldita vez —gruñó, apretando los dientes para contener todos los insultos que ardían en su lengua—. La princesa Arielle Lightmoon es miembro de la corte, candidata al trono, y será respetada como tal. ¿Es una octopus? ¡Sí, lo es! Maldijo su cuerpo por poder para detener a Daavos.

»¿Y ustedes? ¿Dónde estaban cuando ella pasaba hambre buscando un ejército? ¿Dónde estaban mientras sangraba por salvarlos? ¿En sus camas de seda? ¿Comiendo manjares con esclavos a sus pies? ¡Hipócritas!

»Ella no es el monstruo. Ustedes lo son. A partir de hoy, quien vuelva a faltarle el respeto sufrirá el mismo destino que los guerreros que ardieron bajo el aliento de los dragones.

El fuego lo obedeció. Azul. Vivo. Emergió del suelo como si el corazón mismo de Selenya hubiese despertado.

Las llamas danzaron entre las columnas, se alzaron como serpientes celestes, y al abrirse como fauces revelaron a Deniel. Algunos lo vieron transformarse. Ya no era el nieto del rey. Era el heredero del caos. El eco de Kresseo. Un presagio vestido de acero y dolor. Él lo sintió.

La energía era exquisita. Por un segundo, lo amó. Pero no quería ser un tirano. No podía ganar respeto a punta de miedo. No podía perderse a sí mismo.

Con un gesto, apagó las llamas. El silencio fue su sentencia.

Sus ojos dijeron lo que su boca no necesitó.

Sin mirar a su abuela. Sin dirigir la palabra a nadie.

Se marchó. Nadó en busca de Arielle, convencido de que ya iba camino a la barrera.

Pero al cruzar uno de los pasillos, una imagen lo detuvo.