Capítulo 41
“El amor no se mide por lo que prometemos, sino por lo que sacrificamos”.
No solo en Selenya se respiraba tensión.
En Eldryan, bajo sus cúpulas de cristal y corredores repletos de murmullos, Asher, devorado por la furia, evitaba a Layla como si su sola presencia lo incendiara.
No disimulaba su disgusto cada vez que cruzaba miradas con el joven lord de la casa de los elfos.
Sentía deseos de estrellarle los puños en el rostro cuando veía que se acercaba al oído del hada para susurrarle algo, solo para luego fingir una sonrisa ante los demás.
Le provocaba náuseas aquel teatro barato de cortesía impostada.
Layla rechazaba a Elvain tanto como podía, alejándolo con firmeza siempre que se le insinuaba, mientras buscaba a Asher con la mirada, como si contemplarlo en silencio fuera la única forma de respirar sin culpa.
Necesitaba hablar con él. Decirle todo lo que sentía.
Pero, si sus ojos se encontraban, no hallaba más que hielo, rechazo, dolor.
Al terminar la última clase de la mañana, Asher desapareció entre la multitud de estudiantes y la dejó atrás, envuelta en su remordimiento. Layla suspiró, derrotada, justo cuando la mano de Elvain se deslizó por su hombro con esa delicadeza ensayada, invitándola a almorzar como si nada doliera.
El salón de entrenamiento guardaba un silencio espeso, quebrado apenas por el suspiro de Asher.
Reclinó la cabeza contra la pared y cerró los ojos, imaginando un lugar donde su rabia no existiera.
Un mundo del cual Elvain no formaba parte.
Tardó unos minutos en incorporarse. Caminó hasta el centro de la sala y enrolló las cintas de lucha en sus manos con torpeza.
Quizá, lanzando un par de golpes al aire, lograra olvidar su desdicha, aunque fuera por unas horas.
—Tienes mucho en qué pensar últimamente.
Las sombras se apartaron con sutileza, revelaron la esbelta figura de Royce.
—Las cosas no me están saliendo muy bien que digamos —murmuró Asher, sin mirarlo.
—Eso puedo verlo. La competencia te está pisando los talones —dijo Royce, señalando hacia la puerta como si el elfo estuviera allí.
—Si esa es tu manera de consolar a un amigo, prefiero hablar con tu primo.
—Nunca fui bueno con los discursos motivacionales —se excusó Royce con media sonrisa.
Asher comprendió que no volvería al entrenamiento pronto, así que se dejó caer al suelo.
Hizo un gesto para que Royce lo acompañara.
No solía compartir lo que sentía; lo suyo era guardar y fingir.
Pero esta vez era demasiado. Y sin Emmond cerca, Royce, con su propio caos a cuestas, era su única opción.
—¿Cómo van las cosas con Deniel?
—Bien… supongo.
La misma punzada que antes había sentido Asher, ahora se clavaba en Royce, y, junto a ella, la sospecha de que su amigo ya lo sabía.
—Todos lo sabemos.
“Una buena devolución, tras su primer golpe emocional”, pensó Asher observando de reojo la reacción de su amigo.
Royce suspiró, eligiendo con cuidado sus próximas palabras. No quería que nadie supiera lo suyo con Deniel, pero era Asher. Mejor que lo supiera él antes que toda la escuela.
—No quiere saber de mí. Y no lo culpo. En Daavos jamás lo aceptarían. El pueblo se me vendría encima y no quiero que lo lastimen.
—Si no quieres lastimarlo, deja de pensar. Deniel también será rey. Y tu pueblo ya te dio por muerto. Se tragaron la historia de tu tío y siguieron adelante como si nunca hubieras existido.
—No tienes idea de lo que es cargar con un reino sobre los hombros. Vivir cada día bajo las expectativas de otros.
—¿Crees que para mí es fácil? Estoy enamorado de una princesa comprometida con unas florecitas, sin ofender —dijo Asher, anticipando la mueca de Royce—. Tengo que verla casarse con otro solo porque sus padres sellaron una alianza. La tratan como si fuera un objeto.
—Así es la realeza, Asher.
Royce se quitó la máscara. En sus ojos ámbar ya no quedaba rastro de soberbia, solo tristeza. Sabía que era cruel, pero también era su deber. Layla había nacido para servir a su pueblo. Para eso le habían dado un nombre, un trono… y una jaula.
—Y es una puta mierda. Nacen para ser títeres. Al menos tú tienes la oportunidad de empezar de nuevo. No la desperdicies. Nadie te garantiza que Deniel vaya a esperarte para siempre.
Era un sermón bonito, sí, pero también molesto. Y ya que la conversación era de dos, Royce no se guardaría su golpe.
—Tú tampoco sabes si Layla ama al florecitas. Se está esforzando por hablar contigo. Quizá deberías escucharla.
—Eres pésimo dando consejos —gruñó Asher, pero esta vez dejó escapar una sonrisa.
—De nada, amigo —respondió Royce, ofreciéndole la mano como quien sella un pacto.
Ambos sabían que tenían razón. Solo les faltaba coraje para luchar.
El mismo que lentamente se abría paso en Selenya, donde el miedo, transformado en un veneno silencioso, se deslizaba por las grietas en el alma de los mandrells, sembrando resentimientos donde alguna vez germinó la esperanza.
Habían sido humillados durante tanto tiempo que su deseo más profundo, ver caer a sus opresores, casi se cumplió durante la guerra, cuando los dragones estuvieron a punto de reducir a las sirenas a cenizas.
Deniel dejó a su hermana encargada de los invitados y se escabulló sin ser visto hasta la torre de los sanadores.
Al llegar, los presentes se alinearon en un gesto de reverencia.
Uno de los guardias lo condujo hasta el anciano, mostrándole al viejo mandrell ya alimentado y vendado como se les había ordenado.
Con un leve ademán, Deniel ordenó al guardia retirarse. El soldado, consciente del peligro que representaban esas criaturas, intentó replicar. Pero la mirada del príncipe lo desintegró más que cualquier hechizo.
Cuando quedaron a solas, Deniel se sentó junto al anciano y detuvo con firmeza su intento de inclinarse.
—No es necesario que lo hagas. Estás herido por nuestra culpa.
—El daño no es culpa vuestra, alteza —respondió el mandrell, con una calma que solo los años pueden otorgar.
—Los guardias obedecen nuestras órdenes. Así que sí… es nuestra culpa.
—Jamás vi a un príncipe disculparse con un esclavo. Me pregunto qué clase de rey serás.
No importaba que fuera nieto de Egor. Aquel joven que tenía enfrente no podía negar la sangre que corría por sus venas: la sangre de Selynee.
Ese corazón bondadoso, lleno de compasión, era un eco perfecto del alma de su madre.
Lo opuesto a su abuelo. Y, aunque aún estaba lejos de la corona, el anciano presentía que su camino sería arduo. Si la oscuridad no lo reclamaba antes.
—Uno muy problemático, supongo —murmuró Deniel, esbozando una sonrisa fugaz—. Desde que llegué no he hecho más que discutir con todos. Parece que no encajo aquí.
Agachó la cabeza. A veces sentía que su lugar no estaba en ningún lado. Pero sabía que muchas vidas dependían de él… de sus decisiones, de su fuerza. Y eso lo aterraba más que cualquier batalla.
—O tal vez eres la esperanza que todos hemos estado esperando. Eres igual a tu madre, muchacho. Lo supe en el instante en que te acercaste a defendernos.
—¿Conociste a mi madre?
Los ojos de Deniel brillaron como si acabara de escuchar un milagro. No importaba cuántas veces alguien le hablara de ella, siempre reaccionaba como si fuera la primera vez.
—La princesa… no, la reina Selynee fue maravillosa. Sanó el dolor que dejaron sus antepasados. Se preocupó por los esclavos, por las criaturas olvidadas. Pero las discusiones con tu abuelo la detuvieron el tiempo suficiente para que la guerra se la llevara.
Las palabras del anciano lo envolvieron como un manto de hielo. Le dolía no tener un solo recuerdo de ella. Pero si no podía devolverla al mundo, al menos haría que su legado lo habitara. Sentía que se lo debía.
—Alteza —interrumpió un guardia desde la entrada—, la reina Alina solicita su presencia.
Deniel lo miró, luego volvió la vista al anciano.
—Que descanse aquí esta noche, que no le falte comida ni medicina. A partir de hoy él solo me servirá a mí.
Deniel nadaba con urgencia hacia el gran salón. Los invitados ya habían notado su ausencia, y no era propio que el anfitrión, ni mucho menos el futuro rey, brillara por su falta.
Mientras él avanzaba bajo el agua, arriba, Layla corría tras Asher con la misma desesperación. Lo divisó al fondo de un corredor y aceleró el paso, decidida a alcanzarlo. Pero una vez más, fue ignorada.
Harta de ser tratada como si no existiera, desató su magia. Una de las plantas del corredor creció de golpe e impactó contra Asher, lanzándolo dentro de uno de los salones.
El impacto lo hizo tambalearse hasta chocar contra un escritorio. Se incorporó con dificultad, pero antes de que pudiera reaccionar, Layla ya estaba frente a él. Ramas vibraban a su espalda, como advertencias vivas. No habría escapatoria esta vez.
—¿Por qué no vas tras tu esposo, en lugar de seguirme como una sombra?
—¿Podrás dejar de ser infantil por un instante y escucharme?
Cada vez que Asher usaba al elfo como escudo para alejarse, algo se rompía dentro de ella, como si él no supiera cuánto lo odiaba en esos momentos.
—Estás comprometida con otro hombre. Eso basta.
—Aunque lo esté… seguimos siendo amigos.
Amigos, qué palabra más miserable. Ella quería gritar, quería abrazarlo, quería decirle cuánto lo amaba, pero su voz se ahogaba en los mandatos de su linaje, en la sombra de sus padres, en el deber. Aunque el rechazo en los ojos de Asher le dolía más que todas las obligaciones del reino.
Pero él… él nunca pudo verla solo como una amiga. Era su obsesión más pura, su ancla, su fe. Necesitaba tenerla entre sus brazos, besar cada centímetro de su piel, rendirse a su cuerpo. Lo que sentía por ella era deseo, sí, pero también dolor, ternura, y condena.
—No quiero ser tu amigo.
—Dame una razón —susurró ella, herida.
Asher no respondió. Desvió la mirada, endureció el rostro. Y pasó a su lado sin mirarla, llevándose consigo cada pedazo del amor que no se atrevía a pronunciar.
Layla, rota por dentro, alzó la mano. Una de las ramas respondió como si compartiera su rabia y le asestó un golpe en la nuca.
Asher se giró, furioso… y encontró una fiera.
Una lágrima le recorría la mejilla, pero sus ojos ardían.
En ellos, desesperación y rebeldía se abrazaban con fuerza.
Estaba mal lo que hacía. Lo sabía. Pero no podía fingir más.
Odiaba a Elvain, odiaba esa boda, odiaba ser un trofeo en manos de la corona.
Y él también ardía, ardía por ella, por cada discusión, por cada mirada evitada, por cada promesa rota.
Había llegado al límite. Que se jodiera Greenland, que se hundieran Sthevyand y sus pactos podridos. Solo ella le importaba.
—¿Tanto quieres una excusa? Aquí la tienes.
En dos zancadas la alcanzó. La tomó entre sus manos y la besó con la furia de un corazón que lleva demasiado tiempo en guerra.
Layla se aferró a su espalda, abriendo los labios para dejarlo entrar, para que su lengua le borrara todos los miedos.
Lo deseaba. Lo necesitaba. No existía nada fuera de él. Era su hombre, su locura, su salvación.
La pasión fue salvaje, cruda, ardiente. Asher no buscaba permiso.
Buscaba redención. Iba a marcar sus labios con los suyos, a tatuarla en cada rincón de su piel.
Layla, por su parte, sentía cómo el calor de su pecho se expandía como un incendio por todo su cuerpo.
¿Eso era la felicidad de la que hablaba Deniel?
Tenía que serlo. No quería separarse jamás. No lo haría.
El mundo se detuvo. Por un instante, solo existían ellos. Dos cuerpos enlazados, dos almas consumiéndose bajo el hilo rojo del amor, pero todo hechizo se rompe, y, algunos, con brutalidad.
Elvain irrumpió en la sala como un depredador.
Sus ojos ya no eran humanos. Activó la lanza elemental que sobresalía de su espalda, y con un solo golpe al suelo hizo que la tierra se alzara entre ellos, separándolos de golpe.
En un segundo movimiento, apresó a Asher contra la pared, inmovilizándolo.
Layla gritó, espantada. Nunca antes lo había visto así. Los ojos del elfo brillaban con un verde enfermizo, y, por primera vez… la miró con desprecio.
—¡Detente!
—No permitiré que me robes a la mujer que amo, maldito campesino —espetó Elvain, apuntando con el filo de su lanza—. Durante el examen de caballeros, tú y yo tendremos un duelo a muerte. En el bosque. Allí enterraré tu cuerpo tan profundo en la tierra… que ni los gusanos podrán encontrarte.
Se giró hacia Layla y le atrapó la mano con esa violencia que nace del deseo obstinado de poseer lo que no se tiene.
—Y tú serás mía. Lo quieras o no. En esta vida y en las que vengan.
Ya no quedaba rastro del Elvain que conocía. Sus facciones estaban marcadas por una locura feroz. Las líneas de su rostro se afilaron como cuchillas, y su voz se volvió áspera, antinatural, como la de los monstruos de las antiguas leyendas. Pero esta vez no era un cuento. Era real.
Y con un giro brutal de su arma, apretó la lanza contra el cuello de Asher… hasta hacerlo sangrar.