Corona de Sal y Luna Capítulo 40
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Capítulo 40

“En esta vida todo tiene un precio, incluso, los sueños”.

—¡Ah! —Arielle soltó un quejido apenas cruzó el umbral.

Selenya había cambiado. No solo el castillo, cuyos pasillos parecían más vastos y fríos, sino también los corales y las plantas que lo vestían: especies nuevas, hermosas, pero ajenas.

Lo único que permanecía intacto era la absurda manía de sus abuelos por reunirse con los altos lores cada vez que algún tema sin vida exigía atención.

Aquellos concilios eran eternos, sobre todo cuando intervenía el alto lord Tyrsson Beltram de Shellsea, maestro en adueñarse de la última palabra con tal de impresionar a los reyes.

Arielle lo odiaba desde que descubrió su intento de emparejarla con su hijo mayor, buscando un atajo hacia la corona. Toda su familia le provocaba escalofríos, tan superficiales como venenosos.

—¿Qué sucede? —preguntó Deniel al notar su resoplido.

—Hoy será un día insufrible. Tendremos que presentarnos ante los vejestorios del reino y fingir interés durante horas. Apuesto a que lord Tyrsson dará una de sus gloriosas charlas de guerra —dijo Arielle, mientras alzaba sus manos y tentáculos con una mueca que imitaba a su “ lord favorito”.

—Nunca imaginé que perderías los modales tras dejar la corte —intervino Egor con su voz templada, pero cortante.

El rey no perdía ocasión para recordarle su linaje.

No importaban los años que hubiese vivido entre criaturas salvajes ni las batallas que hubiera librado lejos de palacio.

Era una princesa y debía actuar como tal.

Bastaba con su aspecto para encender las habladurías; no podía sumarle una actitud indomable.

—Alejarse de la corte tiene sus ventajas. Por ejemplo, uno aprende a ver lo que hay detrás de las coronas y los trajes elegantes —respondió Arielle sin filtros.

—¡Arielle! No es momento ni lugar para tus arrebatos —Egor alzó la voz, señalando discretamente a su alrededor. Los rodeaban cortesanos y sirvientes con oídos bien entrenados para escarbar en cada palabra de la corona.

—¿Van a seguir discutiendo como si fueran extraños? —intervino Alina, con voz suave.

Odiaba verlos así. Comprendía a ambos, pero dolía igual. Ella también sufrió la partida de Arielle, aunque no tanto como Egor. Él se desplomó el día en que le contaron lo que su nieta había hecho con el cristal de sangre. Siempre la imaginó sentada en el trono, como su madre.

—Lo siento… —dijo Egor, y su voz se quebró apenas en un suspiro.

Sus ojos buscaron en los de Arielle algo que no lo reflejara a sí mismo en sus años de juventud. Quería abrazarla, confesar cuánto la amaba. Pero también sentía decepción y culpa.

Culpa por haberla empujado a tomar decisiones de adulto cuando todavía era una niña, por haber sembrado la semilla de esa locura sin prever sus frutos.

Arielle no apartó la mirada. Se mantuvo firme, blindada tras su coraza. Lo culpaba por la caída del reino, por la muerte de sus padres… por no haber luchado.

Para Egor, la rendición había sido una decisión lógica, teñida de dolor. Para ella, un acto de cobardía, y, aunque entendía que la batalla estaba perdida antes de comenzar, habría preferido morir con ellos, en vez de crecer sola con el remordimiento ardiendo en el pecho.

El silencio entre ellos fue desgarrado por los gritos que estallaron desde la zona de construcción de las nuevas torres del castillo.

Un anciano mandrell se desplomó, vencido por el peso de las rocas.

Jadeaba. Temblaba. A su lado, un joven esclavo se interpuso entre él y los veladores, dispuesto a todo.

El primero fue derribado de inmediato, estampado contra una pared de aguamarina por un golpe certero con una de las aletas dorsales del mandrell, anchas y planas como alas de sombra.

El segundo se lanzó con el tridente en alto, pero el chico lo esquivó con la precisión de un guerrero curtido.

Le torció el brazo, lo inmovilizó y, con un latigazo de su cola puntiaguda, le arrebató el arma.

Otros dos vinieron a ayudar. Y no llegaron con músculos, sino con magia. El joven ni siquiera alcanzó a pestañear. Su cuerpo se arqueó de dolor, los oídos le zumbaban, y el dolor de cabeza se volvió insoportable, tanto que lo tentaba a golpearse contra una roca y acabar con su agonía.

Los veladores encantaron las cadenas y lo envolvieron como a un animal rabioso.

—¡Libérenlo! —tronó una voz.

Los rostros de los guardias, torcidos por la prepotencia, revelaban el perverso placer de aplastar a quien no podía defenderse.

Para Deniel no eran más que bestias con uniforme, almas vacías, huecas.

Y, si las palabras no bastaban, hablaría con poder.

Desplegó su magia con una sola intención: aplastarlos.

—¡Alteza! —exclamaron aterrados.

Deniel no se detuvo. Pasó junto a ellos como si fueran escombros.

Rompió el encantamiento con un gesto y liberó al muchacho.

Solo entonces lo observó con atención. Tenían edades similares, aunque el mandrell aparentaba más.

Su piel, de un gris cenizo, era tan pálida que no supo si resultaba su color natural o la señal de una vida mal alimentada.

Aun así, conservaba una musculatura forjada por años de trabajo.

Cuando el dolor cedió, el esclavo se incorporó con esfuerzo y le sostuvo la mirada. Lo había visto nadar por los corredores del castillo esa mañana. Atando rumores, lo comprendió: ese era el príncipe del que todos hablaban.

Luchar con guardias era parte de su vida cotidiana. Pero, enfrentarse a un noble, sería una locura. A menos que deseara morir. Aunque, a decir verdad, no parecía tan temible. Más bien frágil, delicado, casi ornamental.

—¿Estás bien? —preguntó Deniel, extendiéndole la mano.

El joven esclavo dudó. Observó aquellos dedos largos y finos, sin callos, y vaciló. Deniel no. Con una sonrisa leve, lo sostuvo con delicadeza mientras lo ayudaba a incorporarse. Luego acomodó al anciano con cuidado sobre una roca.

—¿Te duele algo? —insistió.

El viejo se perdió en el azul de los ojos del tritón. No necesitó preguntarlo: sabía de quién los había heredado.

—Estoy bien, príncipe —susurró con voz quebrada.

—¿Por qué trabajas a tu edad?

La pregunta fue un puñal. El joven mandrell apretó los dientes. Una ráfaga de furia le recorrió el cuerpo. Tuvo que hacer un esfuerzo para no tomar un tridente y clavárselo al rey en el pecho.

—Los mandrell nacemos esclavos y morimos esclavos, alteza.

Deniel alzó la voz, proyectándola hacia los cortesanos:

—¿Esta es la nueva Selenya? ¿Un reino donde los ancianos trabajan hasta desplomarse y los jóvenes mueren antes de los cincuenta?

—Siempre ha sido así —intervino Egor con frialdad—. Nuestros veladores se encargan de darles comida y medicinas a cambio de su servicio.

—¿Y llamas a esto servicio? ¿Crees que los tratan como algo más que bestias? —Extendió los brazos hacia los esclavos reunidos. Hombres, mujeres, niños. Todos testigos de su ira.

—No es momento para discutir —zanjó Egor.

—¡Oh!, pero lo será. Te lo prometo.

—Ustedes —ordenó Deniel, girándose hacia los guardias—, lleven al anciano con los sanadores. Que lo alimenten. El resto, vengan conmigo.

Las órdenes se cumplieron al instante. Dos guardias cargaron al anciano, los demás siguieron a Deniel.

Él los observó. Sus rostros, que hasta hacía un momento eran máscaras de resignación, se iluminaron con una chispa de esperanza. Lo miraban como si vieran en él a otra persona. Tal vez a alguien que habían perdido.

Colocó las manos en dirección a las rocas, y estas se alzaron una a una, flotando hacia sus sitios como piezas de un rompecabezas encantado. Arielle se le unió, con esa sonrisa traviesa que tanto irritaba a los ancianos de la corte.

—Esto va a enfurecer al viejo. Me encanta.

—Te divierte provocarlo —comentó Deniel, esbozando una sonrisa.

La miró. Esa vez no era una burla ni una mueca de desprecio lo que asomaba en su rostro. Era una sonrisa real. Y Deniel la atesoraría como si fuera un reflejo de su padre, atrapado para siempre en la memoria de aquel retrato.

Pero el instante no duró. Egor irrumpió como una tormenta. Tomó a Deniel del brazo, deteniendo el flujo mágico.

—¿Qué crees que haces?

—Acelerando el trabajo. Con magia las torres estarán listas antes del anochecer.

—¡Han sido esclavos por siglos y así seguirán!

La voz del rey sacudió las corrientes marinas con rabia, como si quisiera arrastrar con ellas todo lo que despreciaba en su nieto. La vergüenza le subió al rostro y lo tiñó de rojo, deformándolo ante los ojos de Deniel. Ya no veía a su abuelo. Solo a una criatura mezquina, devorada por el poder.

—¡Me da igual sus estúpidas tradiciones! ¡No voy a permitirlo! —espetó Deniel, con la voz decidida y el rostro encendido por la ira.

—Altezas.

La voz llegó como una cuchillada: seca, ruda, sin rastro de cortesía. Todos giraron al unísono. Arielle sintió un vuelco en el estómago.

— Lord Tyrsson —susurró con un nudo de asco en la garganta.

—Esta conversación termina aquí.

El rey se recompuso de inmediato, como si bastara una orden para borrar la tensión que acababan de presenciar. Pero no lo hizo por prudencia. Lo hizo por orgullo, por evitar el escándalo.

Y, sin embargo, para los altos lores , lo visto fue más revelador que cualquier discurso. El nuevo príncipe tenía carácter, sí. Pero también ideas peligrosas, idealismo, una debilidad que la corte de Selenya no estaba dispuesta a permitirse.

Arielle tomó la mano de su hermano y nadó tras Egor, con el corazón latiendo en los oídos.

Todos avanzaron hacia el Salón del Trono.

La gran sala, vestida de algas brillantes y piedras preciosas, estaba repleta de cortesanos de las ciudades sobrevivientes al ataque de Daavos.

Habían acudido para presenciar la presentación de los herederos.

Ambos reyes sabían que no bastaba con mostrarles sus rostros.

Antes de la coronación, era necesario probarlos.

Deniel no tendría dificultad: su parecido con la antigua guardiana lo hacía aceptable, reconfortante, incluso. Pero Arielle… Arielle no inspiraba confianza.

Su nuevo aspecto incomodaba. Su fuerza también. Había que corregir esos “detalles” antes de entregarle una corona o Selenya volvería a caer.

La presentación del príncipe fue breve. Los aplausos sonaron forzados, pero constantes.

Incluso, quienes presenciaron su intervención con los mandrell optaron por el silencio.

Era joven. Había crecido fuera. Aún podía moldearse.

Aún había esperanza de que Egor y Alina lo convirtieran en algo útil para el trono.

Algunos incluso lo compararon con Seleen Hartley. Mismo temple. Misma mirada. Aunque ella tenía el cabello azul profundo, atravesado por un único mechón blanco.

El rey y la reina intercambiaron una mirada de alivio. Tenían heredero. Pero ahora era el turno de Arielle. Egor se levantó, proclamando su nombre y los títulos que la precedían. Ella se adelantó, altiva, sin dejar de observar los rostros que la esperaban al fondo del salón.

Desprecio. Repudio. Miedo. Eso era lo único que podía leer bajo las sonrisas rígidas y los aplausos huecos. El rey se alzó detrás de ella como una sombra protectora. Una armadura viva. No dejaría que la humillaran. Era su nieta. Insurrecta, sí. Insolente, quizás. Pero de su misma sangre.

La corte lo sabía: Arielle era un problema, una aberración, pero mientras Egor respirara, no podrían tocarla.

Solo les quedaba esperar y confiar en lord Tyrsson, líder de la segunda casa más poderosa del reino.

Él sabría cuándo y cómo purgar el trono.

Porque nadie, absolutamente nadie, amaba más la corona que él.

Arielle también lo sabía. Lo vio antes de que él hiciera un solo gesto.

Ahí estaba, inmóvil entre los lores , el cabello ondulando en la corriente marina como un presagio.

Sus ojos se clavaron en ella con un brillo afilado.

Su sonrisa torcida selló el mensaje que no se atrevió a decir en voz alta.

Vendría por ella. Y, cuando lo hiciera, sería con la bendición de la corte.

El silencio que siguió a su presentación fue espeso como la niebla de las ruinas. El rey alzó su tridente para romperlo y ordenó a los altos lores que lo acompañaran a la Sala de Guerra. La reina se haría cargo del resto.

Deniel y Arielle se dispusieron a seguir a su abuelo, pero este se volvió y les cerró el paso.

—Ayuden a su abuela a recibir a los invitados. Esta noche, durante la cena, les contaré todo lo que se haya acordado. Lo prometo.

—¿Pero...? —protestó Deniel.

Arielle lo tomó del brazo. Entendía lo que Egor no se atrevía a decir.

—Vayamos con la reina —le dijo con voz baja—. No es prudente interferir en los asuntos de la corte.

—Pero somos los príncipes —insistió Deniel.

—Y estuvimos fuera de la realeza demasiado tiempo. Es mejor que nos apartemos.

—La próxima vez será —terció Egor, cerrando la puerta con un gesto seco.

Cuando Deniel asimiló que los habían dejado fuera, Arielle ya se alejaba por el pasillo.

—¡Arielle! ¿Qué sucede?

—Nada.

Deniel la alcanzó y le tomó la mano para detenerla.

—¿Qué me estás ocultando?

Ella suspiró. Su abuelo tenía razón: Deniel veía lo bueno en todos. Pero eso lo volvía vulnerable.

—No soy bienvenida aquí.

—¿Por qué? Eres la princesa.

—Soy una octopus, Deniel. Una sirena maldita. Si el abuelo no consigue que la corte me acepte, tendré que abandonar Selenya.

—No dejaré que te echen.

—Está bien…

—¡No! No está bien.

—¡Deniel! —estalló—. Necesitamos el apoyo de los altos lores para ganar esta guerra. Y si para lograrlo debo desaparecer lo haré. Mientras Bahel muera junto a sus dragones, valdrá la pena.

El silencio volvió a caer, como una marea que lo cubría todo. Deniel la miraba, dolido. Cada palabra que salía de sus labios era otra herida. De los dos, ella había sido la que más sufrió, y también la que más se había sacrificado por ese reino que ahora la rechazaba. No era justo.

Sin decir nada, la abrazó, con fuerza. No permitiría que le arrebataran a nadie más. No ahora. No otra vez.