Corona de Sal y Luna Capítulo 39
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Capítulo 39

“No hay riqueza mayor que el conocimiento, ese que nos hace distintos, únicos en un mundo de apariencias y mentes vacías”.

Mientras Layla se ahogaba en su propio pesar, Ezkel ardía de furia.

Su plan para desmantelar a Celeste había fracasado de manera rotunda.

La hechicera, con su astucia sin igual, había borrado sus huellas con tal destreza que dejó a Kayla con nada más que un montón de rumores que, ante el consejo, no significarían absolutamente nada.

Su reputación, intachable como siempre, no solo les haría quedar como tontos frente a los ancianos, sino que los haría ver como simples peones en un tablero que ella controlaba.

Por ahora, el hada decidió no mover un dedo.

Después de todo, su visita al colegio no había sido más que una excusa para arrastrar a su hermana por el lodo y asegurarse, una vez más, de que aún no tenía sus alas. Mucho menos sus poderes de guardiana.

El juego entre Celeste y Ezkel no era más que una guerra perdida, una de la que no le interesaba formar parte.

Ezkel nunca podría compararse con su vieja profesora.

Nunca. Con una sonrisa llena de gracia y elegancia, Kayla lo dejó atrás, y figuró como un idiota frente a todo el colegio.

Luego, se dirigió hacia el carruaje, guiado por los pegasus que la esperaban en la puerta este del castillo.

—Pensé que te irías con Celeste en una jaula —la voz de Ezkel se cortó por el sarcasmo que intentaba ocultar.

Sin la más mínima intención de discutir, Kayla giró sobre sus talones. No tenía tiempo ni ganas de escuchar el sermón de Ezkel. Sin embargo, cometió el error de hablarle de sus planes, y ahora debía soportar su charla, si eso significaba mantenerlo callado.

—Tu pequeño juego de poder contra Celeste no es más que una pérdida de tiempo, y lo sabes bien. No tienes nada en su contra, salvo algunos rumores infundados. Terminarás haciendo el ridículo y destruirás lo que queda de tu reputación.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Esperar un milagro mientras ella gana? —La impotencia lo carcomía, su orgullo era pisoteado una vez más por la anciana. Había vivido bajo su sombra demasiado tiempo.

Kayla no se dignó a mirarlo. Sus palabras fueron frías, casi despectivas.

—Pronto las cosas cambiarán en Eldryan, y tendrás tu oportunidad de vengarte. Pero, por ahora, necesito que vigiles a Jace Conant.

—¿Qué tiene de especial ese inútil? —preguntó Ezkel confundido.

—Él será nuestra carta de triunfo —y con esas palabras, Kayla desapareció dentro del carruaje, que comenzó a elevarse por los cielos.

Ezkel, atrapado entre la duda y la curiosidad, observó fijamente el polvo que los pegasus levantaron en el aire. Su mente no dejaba de dar vueltas, trataba de entender qué podía tener Jace que había despertado tal interés en el hada oscura. Pero la respuesta, hasta el momento, se le escapaba.

La visita de la futura reina de Greenland fue un acontecimiento que sacudió Eldryan. Por ello, Celeste ordenó retrasar las clases ese día. Un tiempo que Jace aprovechó para adentrarse en las cuevas del lago Breegan, donde se reunió con Hades, acompañado de sus magos de sangre.

—¿Qué noticias traes, muchacho? —preguntó Hades, con voz baja y cargada de una expectación casi palpable.

—La princesa Kayla mordió el anzuelo. Es cuestión de tiempo que venga a usted con el cristal, amo —respondió Jace sin dudarlo.

—Perfecto —murmuró Hades con los ojos brillando de fría satisfacción.

Los cristales de sangre, piezas vitales en su plan, podrían ser la clave para formar su ejército de bestias.

Con ellos, podría desafiar a los dragones de Daavos.

Y si fracasaba en la recuperación de su antiguo cuerpo, estos cristales le ofrecerían el poder necesario para seguir adelante.

Pero un giro inesperado interrumpió su concentración, y Jace, como si leyera su mente, interrumpió nuevamente.

—Hay algo más que debes saber. El motivo por el cual Kayla quiere asesinar a su hermana no es solo por el trono. La pequeña hada sin alas es uno de los guardianes.

Hades quedó inmóvil. El mundo, por un segundo, se detuvo a su alrededor. Su mente se congeló, y el aire pareció volverse más denso. Se giró lentamente, clavando sus ojos en Jace, en busca de cualquier señal de mentira.

Si los guardianes realmente habían regresado, su plan colgaba de un hilo.

Los débiles de Sthevyand verían en ellos una esperanza y se agruparían como cucarachas para alzarse contra él.

Sin mencionar el poder devastador que poseían los benditos.

Ahora, más que nunca, el temor a no recuperar su cuerpo martilló su pecho.

—No intentes jugar conmigo o acabaré con tu miserable existencia —dijo Hades. Su voz cortante como el acero.

—Es verdad, amo —respondió Jace, con tono firme y seguro—. Lo escuché de la propia Kayla. No sé si hay más guardianes en el castillo, solo mencionó a su hermana.

—Claro que hay más guardianes. Nunca despiertan solos.

—Hades arrugó el ceño, una idea irracional se instaló en su mente—.

Celeste sabe que no estoy muerto. Esa maldita vieja debe sospechar algo.

No puede ser casualidad que haya un guardián en su escuela.

Ella sabe quiénes son los demás, y tú debes descubrir sus identidades.

Tengo que deshacerme de ellos, cueste lo que cueste.

—Como ordenes, amo.

Jace asintió, dispuesto a todo por obtener poder.

La caída de Sthevyand le era irrelevante, mientras él fuera recompensado por el futuro rey del mundo mágico.

Mientras caminaba de un lado a otro, Hades meditaba sobre su próximo movimiento.

Con su nuevo cuerpo, podría enfrentarse a Celeste, incluso a un guardián antes de que su poder se despertara por completo.

Pero, aún con su ejército, sin los cristales de sangre, no sería capaz de derrotarlos a todos juntos.

Necesitaba aliados competentes para la guerra que se avecinaba.

La calma se instaló en él al sentir aquellos pasos, tan peculiares, acercándose. El poder mágico que emanaba aquel sirviente siempre le transmitía serenidad. Aquel hombre, sabía, estaba de su lado. Ojalá pudiera haber cambiado de cuerpo con él.

—Bienvenido, Rossco.

El hechicero reverenció al rey sin siquiera mirar a Jace, como si su presencia fuera indiferente.

—Fuerte Gigante ha caído y las tropas del rey Odrell ya están en movimiento, tal como lo planeamos —informó Rossco, con voz grave, llena de autoridad.

—Al fin, buenas noticias —dijo Hades, su tono un tanto más relajado, pero aún cargado de suspicacia.

Se detuvo frente a Rossco, pero sus ojos seguían clavados en Jace. Respiró hondo, preparando su siguiente movimiento, y luego gritó un nombre, como un conjuro.

— ¡Farah !

De las sombras surgió una mujer de cabellos rojos. Su rostro, impecable y seductor, era como un hechizo en sí mismo. Se arrodilló ante su amo, esperando en silencio su orden.

—Necesito los servicios del cazador —ordenó Hades, con prepotencia.

La doncella sonrió, sabiendo bien lo que eso implicaba. Cuando el cazador salía de las montañas, siempre regresaba con las manos manchadas de sangre y cargado de recuerdos oscuros. Farah desapareció en las sombras con la rapidez de una serpiente, llevando consigo el mensaje de su amo.

Tras un largo viaje en escoba, Emmond finalmente llegó a Ciudad Sagrada en el reino de Áragos.

El hechicero entregó la carta de Eldryan a uno de los sacerdotes del templo, quien lo condujo hasta su habitación.

Allí dejaría sus pertenencias antes de reunirse con el resto de los invitados en el comedor.

Al atravesar las enormes puertas de madera, el aire se inundó de aromas exquisitos.

El pan recién horneado golpeó su nariz, desatando un rugido gutural en su estómago que pedía a gritos un bocado.

Dos días de pan duro durante su viaje habían sido suficientes, y ahora su cuerpo exigía una comida digna.

Sin embargo, había algo más que necesitaba antes.

Alzando la mirada por encima de las cabezas de los comensales, buscaba dos rostros familiares, exactamente iguales.

—¡Emmond!

Un coro de voces masculinas resonó desde una de las mesas a su derecha.

Emmond giró sobre sus talones y allí estaban: los gemelos Dylan y Rylan Saunders.

Los cabellos dorados y los ojos verdes delataban su origen en la Casa Leonnys.

Aunque ambos eran esbeltos, Dylan era ligeramente más alto y de mayor constitución física, pues pasaba más tiempo en el campo de entrenamiento, mientras que Rylan se refugiaba entre los libros y los manuscritos de la biblioteca.

Ambos eran hechiceros, pero Dylan tenía una inclinación por el filo de su espada.

—Rylan, aunque me aprietes la mano, sé que eres tú. Sigues teniendo las manos de una niña.

—Siempre le digo que entrene más, pero se pasa todo el día entre los libros. —Rio Dylan, acercándose a saludar.

—Y tú deberías estudiar. Tus pociones son un desastre —respondió Rylan con una sonrisa desafiante.

Todos se sentaron y comenzaron a reír, pero Emmond no pudo evitar notar que la silla junto a él permanecía vacía, como si estuviera reservada para alguien. Sin darle importancia, se concentró en el pavo asado que tenía frente a él, y el mundo a su alrededor se desvaneció por un momento.

—¿Por qué te demoraste tanto en llegar? —preguntó Rylan, con un tono juguetón, pero la preocupación era palpable en sus ojos.

—Estuve ocupado en Eldryan. Las cosas no han salido bien últimamente.

Emmond endureció el rostro, vencido por la culpa. La imagen de Deniel atrapado entre los tentáculos de Arielle emergió en su mente, como una pesadilla.

—¿Problemas con las chicas? —bromeó Dylan rompiendo el silencio.

—No, no es ninguna chica.

—Entonces es un chico —interrumpió Rylan con un destello de curiosidad en su mirada.

—No, Rylan, es un amigo. Pensé que lo ayudaba, pero le fallé.