Corona de Sal y Luna Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

La mañana llegó y con ella, la tristeza.

La noticia de la caída de Fuerte Gigante se esparció como una plaga silenciosa por todo el reino, aplastando de un solo golpe la tenue esperanza que aún ardía en el corazón de los monarcas.

La esperanza de que Odrell pudiera poner fin a la locura de Bahel o, al menos, eso creían los gigantes refugiados en Eldryan.

Durante el desayuno, Celeste pidió silencio. No solo por respeto al duelo, sino como respaldo a la decisión del rey de las Tierras de Acero: mantenerlos seguros tras los muros del colegio hasta que llegara la hora de marchar a la guerra.

Todos obedecieron. Todos, menos Lucius. Él no estaba dispuesto a agachar la cabeza. Prefería reírse y restregarle a Roger la humillación de la derrota tras su valiente arenga en el Gran Salón.

El tormento para el gigante terminó cuando anunciaron el fin del desayuno. Por algún motivo, la anciana pidió que los jinetes se quedaran hasta el final. Roger apretó los puños.

Le habría encantado cruzarse al cretino en algún pasillo y descargar, con un solo golpe, la rabia que lo consumía. De ese modo, podría vengar a los caídos en el fuerte.

Layla, que no apartó la vista de Asher en todo el desayuno, pasó junto a Roger como una ráfaga, golpeándolo por accidente con un trozo de pan que devoraba un chico a su lado.

No se detuvo a disculparse. Roger, manchado de mermelada, ni siquiera pestañeó. Ambos estaban atrapados en tormentas más grandes que un desayuno.

Asher se levantó de golpe. Atravesó el comedor esquivando estudiantes, como si el aire mismo le ardiera en los pulmones. No quería verla. No quería sentir el peso de su propio error.

Layla lo siguió. Lo alcanzó en las escaleras y le cortó el paso.

—Tenemos que hablar.

Asher apretó la mandíbula, y, por un segundo, ese gesto de tensión le pareció más seductor que nunca. Quizá era la culpa, quizás el castigo de saberse la causa de tanto dolor.

Él suspiró. Trató de esquivarla. Ella volvió a interponerse.

—No tengo nada que decirte.

—Asher, por favor… Déjame explicarte.

Su voz era una súplica. No buscaba excusas, solo un respiro. Sentía que el mundo se le escurría entre los dedos, pero no podía perderlo a él.

—No tienes nada que explicar. Estás comprometida. Es tu deber. Y yo haré todo lo posible por olvidar que alguna vez fuiste parte de mi vida.

—No sabes cómo son las cosas. Si me escucharas…

—No tengo que escucharte, alteza. Solo soy un pobre diablo aspirando a algo que está fuera de mi alcance.

Y entonces, como una daga en el corazón, la voz de Kayla se impuso en la escena.

—Hasta un simple campesino conoce su lugar. Mírate cómo ruegas. Eres una vergüenza.

La princesa descendía del ala norte, acompañada de Elvain. El elfo tenía el gesto cargado de tensión. Detestaba ver al caballero cerca de su prometida.

Asher se apartó de Layla, descendió un escalón más y, al cruzarse con Elvain, le dedicó una mirada de puro odio. Lo repudiaba por existir, por haberle robado lo que más amaba.

—No te preocupes por él, Layla —dijo Elvain, con una sonrisa que intentaba ser amable—. A partir de ahora estaremos juntos.

Bajó los últimos escalones como si fuera a abrazarla. Como si con ese gesto pudiera arrancarle de la piel los recuerdos de Asher.

—¿A qué te refieres?

La mirada de Layla se movió entre Elvain y Kayla. Del rechazo al odio. Lo supo al instante: lo que él hacía, ella lo había planeado.

—Elvain fue transferido a Eldryan. Permanecerá aquí contigo hasta que se gradúen. ¿No es fantástico?

La sonrisa de Kayla brillaba como una daga afilada.

Sus labios carmín dejaban escapar la venganza con un tinte de burla.

Disfrutaba viendo a Layla quebrarse. Qué mejor castigo que condenarla a convivir con alguien a quien no amaba, mientras era rechazada por quien realmente sí.

Era poético. Cruel. Simplemente perfecto.

A Layla el mundo se le derrumbó. La desesperación trepó por su pecho al ver el rostro alegre de Elvain. Sintió náuseas al percibir el calor de su mano. Repulsión por su sonrisa. Aquel recuerdo de amistad, que antes la ayudaba a resistir, se tiñó de oscuridad.

Retrocedió. Subió unos peldaños, como si el espacio pudiera alejarla de su condena. Y luego huyó. El elfo la alcanzó. La detuvo.

—¿Has pensado siquiera si deseo que estés aquí? ¿Alguna vez te has detenido a escuchar lo que llevo años diciéndote y te has negado a aceptar?

—Layla, yo…

—¡Déjame en paz!

Como un relámpago, Layla se esfumó entre la multitud.

No le importaba si alguien la miraba, ni lo que pensaran, solo quería desaparecer.

Olvidó sus deberes. Ignoró las reglas. Incluso la voz de su consciencia quedó atrás.

Solo había un lugar al que podía ir. Uno donde no existían coronas ni promesas.

Uno donde, por unos instantes, podía volver a ser solo Layla.

Entró en el invernadero. Y el alma se le quebró.

Sus lágrimas no solo empaparon la tierra, también tocaron a las flores.

Una a una, cerraron sus pétalos. Las hojas se inclinaron.

Y el bosque en miniatura que tanto la conocía, agachó la cabeza ante su dolor, como si el mundo entero se hubiese apagado.