Capítulo 38
“Mis peores miedos no son la oscuridad que ciega, las sonrisas fingidas o la mano hipócrita que esconde el puñal ponzoñoso; para mí, el verdadero terror es el fracaso que quiebra la voluntad y la infelicidad que marchita el alma”.
La noche seguía al acecho, extendiendo su oscuro manto como refugio para las bestias que rondaban los alrededores de Fuerte Gigante.
Criaturas sedientas de sangre, desesperadas por derribar el encantamiento que les impedía devorar a cada gigante, mago o caballero que aún imploraba piedad a sus dioses olvidados.
Los mismos guerreros que ahora maldecían al rey Odrell por haberlos condenado a ese infierno disfrazado de fortaleza, comprando su lealtad con un boleto directo a la muerte.
Al rey poco le importaba quién cayera en la batalla. Sus hombres, el enemigo, incluso los aliados a los que había comprado para reparar los errores de la última guerra. Todo era prescindible. Lo único que anhelaba era cubrir los campos del fuerte con los restos de Bahel y sus dragones.
Durante una semana, el ejército de Daavos acechó la ciudad impenetrable, saboreando la derrota intento tras intento. La barrera resistía el fuego veloz de los dragones y bloqueaba la magia de espacio de los magos de sangre.
El agotamiento y el hambre hicieron su parte, castigando a los daavonenses hasta volverlos una burla que llegó, como un eco maldito, a oídos de su rey, en el lejano reino de Zonla.
No soportaba que los gigantes ganaran confianza mientras su título de Señor de la guerra comenzaba a sembrar dudas en su corte y entre los reinos aliados. Debía actuar de inmediato. Regresar al frente y recuperar el prestigio que le había tomado años de sangre construir.
Los dragones son bestias temibles por naturaleza.
No existe criatura en el mundo mágico capaz de infundirles miedo, salvo otro de su especie, y, esa noche, lo sintieron.
Uno a uno, irguieron sus cabezas, con el pecho vibrando en un rugido grave.
Algo despiadado se acercaba. Algo que reconocían… por instinto.
El silencio nocturno murió con un rugido desgarrador que partió el cielo en dos. Un titán alado surcó los cielos: escamas negras, membranas rojas como la sangre, presencia fúnebre.
Como emisario de la muerte, Draxo sobrevoló el campamento, golpeando con sus patas a cuanto dragón osó no inclinar la cabeza ante su rey.
Sus alas gigantescas alzaron el polvo, arrastrando consigo la poca calma que los generales habían logrado reunir.
Todos cayeron de rodillas, sumisos ante la imponente silueta que descendía desde lo alto de la criatura. Ninguno se atrevió a levantar la vista.
Los versos moribundos del dios Zahar se colaban entre los resoplidos de Draxo, y su hoz, ahora una sarta de colmillos, se arrastraba cerca de los rostros inclinados, ansiando cerrarse con furia por mandato de su amo.
—¿Por qué en Fuerte Gigante aún no ondea la bandera de Daavos, general Ling?
El sudor recorrió la frente del general al escuchar su nombre envuelto en la calma asesina de Bahel. No había espacio para excusas ni tiempo para reflexionar sobre sus fallos. “Solo quedaba suplicar clemencia o morir despedazado por la bestia”, pensó Ling.
—No hemos logrado derribar el escudo mágico, alteza.
—Un hechizo tan fuerte no puede sostenerse mucho tiempo con un solo hechicero.
Bahel observó el resplandor que cubría la fortaleza como un domo. Sabía que aquello no era obra de un grupo reducido.
—Según nuestros exploradores, Odrell tiene cien hechiceros dentro del fuerte. Se turnan para mantener el escudo y lo alimentan con cristales para potenciar su poder.
Por muy resistente que fuera la barrera, Bahel poseía dragones, bestias salvajes, rebosantes de poder, pero también tenía un general incapaz de aplastar un triste espectáculo de luces y miedo… Uno que no merecía el honor de portar el uniforme de un jinete.
—Típico de los gigantes. Sin sus cristales, no son más que salvajes. Y ustedes, una legión de inútiles. Debería calcinarlos a todos por incompetentes.
La furia le palpitaba bajo la piel. Deseaba estrangularlos con sus propias manos, pero aún los necesitaba. No podía aniquilarlos a todos, aunque sí darles una lección. Se acercó al general y posó una mano sobre su cabeza, obligándolo a alzar la mirada.
—Has hecho un buen trabajo, general Ling, pero tus servicios ya no son requeridos.
Las palabras se convirtieron en llamas negras y rojas que brotaron desde el interior del general, calcinándolo desde dentro como a un cerdo. Los gritos desgarradores del hombre activaron el instinto de su dragón, que se lanzó al frente con desesperación, mas fue en vano. Draxo lo interceptó.
El dragón negro lo derribó con una embestida brutal. Le desgarró las alas con sus garras, le partió el cuello con una mordida y sostuvo su cabeza colgando entre las fauces como una ofrenda macabra, obligando al moribundo Ling a presenciar, entre gritos de agonía, la muerte de su compañero.
Bahel le sonrió con malicia antes de continuar su marcha entre las filas de guerreros. Su mago de sangre favorito lo siguió sin pronunciar palabra. No quería convertirse en el próximo cadáver de la noche.
Al llegar al borde de la colina, el rey contempló el castillo a lo lejos y sonrió con desdén. Suspiró, ladeando la cabeza hacia su hechicero.
—Hoy serás testigo del verdadero poder que esconde el fuego de los dragones. Llama a tus hombres. En cuanto abra una brecha en la barrera, se transportarán al castillo y destruirán los cristales.
El hechicero asintió con una reverencia solemne y alzó la varita, invocando a todos los magos de sangre del campamento.
—¡Draxo! —gritó Bahel, y su rugido resonó como un decreto.
El Caos Negro avanzó sin vacilar, arrastrando consigo a varios dragones. Bahel los necesitaba y ellos nacieron para servirle.
Su cuerpo colosal se interpuso como escudo detrás de su jinete, mientras el resto de las bestias formaban un círculo a su alrededor, obedientes y expectantes.
Draxo alzó la cabeza hacia la fortaleza, y un torrente de fuego brotó de sus fauces. Sus hermanos lo siguieron, exhalando llamas al cielo como si quisieran reducirlo a cenizas.
Bahel elevó las manos, canalizó el aliento de los dragones en una esfera que vibraba, crecía y se retorcía en su centro como una tempestad contenida.
Los tonos negro y rojo de Draxo se intensificaron, devorando las demás llamas hasta fundirlas en un sol marchito forjado con sangre, odio y destrucción. Su sonrisa no fue solo una señal de ataque. Fue un presagio.
La esfera se lanzó contra la barrera y quemó los encantamientos hasta perforarla. Bastó una grieta, un destello de debilidad y la conexión mágica fue suficiente para que la mitad de los magos de sangre se transportaran al interior del castillo antes de que el escudo comenzara a recomponerse.
Rossco fue el primero en avanzar. Sin escrúpulos ni piedad, se deslizó entre los pasillos de piedra, su mirada enferma fija en los cristales.
Encantó a un gigante con una sola orden mental.
El coloso, sometido, alzó su mazo y lo descargó sobre los magos que custodiaban la roca mágica.
Ambos hechiceros fueron pulverizados. El cristal estalló con el impacto, dejando tras de sí solo esquirlas manchadas de sangre. El estruendo alertó al siguiente grupo.
Una joven hechicera, la más inexperta del círculo, detuvo su encantamiento sobre el cristal y, como si respondiera a una orden silenciada en su interior, recitó un maleficio de muerte contra sus propios compañeros.
— ¡Mortiferum clamorem!
El conjuro los engulló. La muerte les recorrió las venas, los hizo retorcerse como gusanos en la oscuridad. Sus gritos desgarraron el aire. Sus ojos, tatuados de rojo, suplicaban sin voz. Tosieron sangre. Luego callaron. Y sus cuerpos quedaron allí, sin alma, rotos ante los pies de la joven bruja.
Fuera del trance, retrocedió horrorizada, pero Rossco ya la esperaba. Ella lo vio, y el miedo le arrebató hasta el pensamiento. Tropezó con los cadáveres y cayó al suelo con las manos manchadas con la sangre de sus compañeros.
Miró sus rostros apagados y vio en ellos un juicio más cruel que la muerte: la culpa. En un temblor, suplicó por su vida. Ofreció pactos que no existían, trató de comprar clemencia con promesas rotas.
—Buen trabajo, preciosa, pero me temo que tus amigos te están esperando. ¡Ignis!
Las rocas bajo sus pies se agrietaron. Un resplandor rojizo brotó desde el núcleo de la tierra, y una columna de fuego se alzó envolviéndola.
Gritó. Gritó como nadie. Pero ni los cielos ni sus dioses respondieron. Su cuerpo se deshizo en las llamas, fundiéndose con los huesos de los otros cuerpos, desapareciendo como si jamás hubiera existido.
Rossco la observó hasta el final. Disfrutó cada alarido.
Se agachó y tocó la piedra quemada, oscureciéndola aún más, quebrándola desde dentro con la esencia podrida de su magia.
Tomó un puñado de cenizas y jugó con ellas entre los dedos como si fueran arena de algún paraíso profanado.
Guardó un poco en el bolsillo de su túnica, como un trofeo.
Sonrió. Y se lanzó sobre el siguiente grupo buscando a alguien que lo hiciera sentir tan vivo como lo había logrado aquella joven condenada.
A medida que los cristales caían y los hechiceros de Odrell eran masacrados, la barrera mágica agonizaba. Su luz, antes imponente, se apagaba entre la oscuridad de la noche y el aliento sediento de los dragones. Y cuando el escudo fue apenas una silueta vibrante, Bahel habló.
—Es hora.
Los jinetes emprendieron el vuelo. Y el fuego dragón remató la obra, devorando lo que quedaba de magia, de piedra, de orgullo.
La ciudad ardió. Bahel no dejaba sobrevivientes. Le arrebataría a Odrell hasta el último de sus hombres. Derretiría cada torre, cada muro, hasta convertir el castillo en un montón de escombros humeantes que sirvieran de advertencia al mundo.
Porque él, rey Bahel, Señor de la Guerra , había quebrado el alma de los gigantes.