Corona de Sal y Luna Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

La habitación era circular, construida dentro de una caverna de cristales de luz que iluminaban las paredes con reflejos vibrantes. Doce columnas de piedra lunar se alzaban hacia la cúpula como lanzas sagradas. Alina y Egor nadaron sin titubear hacia la única diferente entre ellas.

Arielle cruzó una mirada con su hermano antes de avanzar hacia la columna de la derecha. Deniel no entendía qué sucedía, pero algo en su interior lo impulsó a nadar hacia la izquierda. Solo al llegar comprendió que no eran columnas, eran tronos.

Doce asientos se alzaban en círculo, cada uno correspondiente a una de las antiguas casas de Selenya.

Cuando todos ocuparon su lugar, la piedra lunar reaccionó.

Un fulgor pálido recorrió el salón, disolviendo las sombras del suelo hasta revelar un gigantesco mapa de Sthevyand tallado en corales brillantes.

—Nunca verás nada igual en ningún otro reino —proclamó Egor con solemnidad, dejando su tridente a un lado.

—No vinimos a admirar las maravillas de Selenya, queremos respuestas —interrumpió Arielle implacable.

Aquel salón, aunque más amplio, era idéntico al que guardaba en la memoria. El mismo al que solía colarse con su padre para jugar sobre el mapa. Pero, ahora el juego había terminado.

—¿Por qué, después de tantos años, aún no han vengado a nuestros padres?

Sus palabras no eran una pregunta. Eran un reclamo a gritos.

—Una guerra no se libra solo con fuerza —respondió Alina con firmeza—. Hace falta estrategia, y sangre fría. El reino apenas comienza a sanar. No tenemos los guerreros suficientes para enfrentar a Daavos.

A cada palabra sentía arder su sangre. No solo por la pérdida de Selynee, sino por la mirada acusatoria de su nieta. Pero ella era la reina. Su deber no era llorar, era proteger.

—Selenya ya no es como antes —intervino Egor alzando una mano.

Desde los huecos bajo cada trono emergieron decenas de awallas. Se deslizaron hacia el mapa y adoptaron las formas de los emblemas de las doce casas.

—Nuestras ciudades terrestres fueron invadidas por los perros de Daavos. Hoy se hacen llamar Istall y Febees —dijo con amargura.

A medida que hablaba, las awallas se transformaban, representando los antiguos escudos de los reinos costeros, ahora caídos.

—Los usurpadores asesinaron a toda la línea de sangre de los altos lores . Colocaron títeres a su servicio. Saquearon nuestras tierras, se llevaron nuestras riquezas y convirtieron a los no maggiums en esclavos.

—Si ese es el caso, yo tengo un ejército —declaró Arielle, buscando la mirada de Egor, esperando una señal de aprobación. Pero solo encontró juicio. Frialdad. Silencio.

Siempre supo que su abuelo la observaba con distancia. No por sus ideas, por su forma, por lo que ahora era.

—Tus tres mil octopus ocultos en la costa oeste de Northerland no bastarán —sentenció Egor—. En cuanto la maldición caiga, vendrán por nosotros dragones, basiliscos y scorpus. No sobreviviremos una embestida sin estar preparados.

—¿Me estuvieron espiando? —preguntó Arielle, aunque sabía la respuesta.

Era una pregunta absurda. Nunca la habían dejado sola realmente.

—¿Crees que no sabríamos dónde estabas desde el momento en que tocaste el agua? —inquirió Egor con gravedad. Su dominio sobre los océanos era absoluto.

—¿Reuniste tres mil octopus? —Deniel no pudo evitar preguntar, perplejo—. Según Emmond y el Selenyo , esa especie había sido aniquilada por Kresseo.

Arielle le lanzó una mirada cansada antes de hablar, su tono tan ácido como firme.

—El bastardo de Kresseo creyó haberlos exterminado, pero los que sobrevivieron huyeron. Se ocultaron en las aguas gélidas de Northerland.

—¡Arielle! ¡Respeta a tus ancestros! —rugió Egor, alzando la voz. Detestaba que se mancillara el legado de la realeza. Más aún viniendo de su nieta. Una nieta con la apariencia de aquello que más despreciaba.

—¿Ancestro? —repitió ella, con una sonrisa venenosa—. Ahora soy uno de ellos.

—No por mucho tiempo. Encontraremos la forma de revertir la maldición —aseguró Egor.

—¡No quiero volver a ser una sirena! —espetó ella, con furia.

—No sabes lo que dices. No permitiré que mi nieta sea una… — el rey se detuvo. No encontró el valor para terminar la frase.

—¡Di lo que soy!

—¡Una maldita!

La palabra estalló como un látigo en el aire. Egor sintió algo liberarse en su pecho y al instante, otro peso más denso lo reemplazó. Era la mirada de su nieta, llena de desprecio, y con razón.

—¡Egor! —exclamó Alina, con la voz quebrada.

—Solo estoy aquí para vengar a mis padres —dijo Arielle helada—. Cuando Bahel muera, me marcharé con los míos.

Su voz no tembló. Su mirada tampoco. Portaba con orgullo la coraza letal de su linaje. Alina sintió que el corazón le fallaba. No volvería a perderla. Haría lo que fuera. Aunque tuviera que encerrarla en las mazmorras. No la dejaría partir.

—Nadie se irá a ninguna parte —intervino Deniel, y su voz cambió.

Ya no era el muchacho curioso. Era el guardián.

—Lo importante ahora es vengar a nuestros padres y restaurar el reino. —Clavó la mirada en Arielle.

—No intentaremos cambiar tu decisión, si así lo deseas. —Y luego, volvió sus ojos a Egor.

Aún le alegraba saber que tenía un abuelo, pero algo le decía que muchas tormentas los enfrentarían antes de poder llamarse familia.

—Haremos esto juntos. Como ellos habrían querido.

—No los utilices en mi contra. Sigo siendo el rey de Selenya, jovencito —advirtió Egor.

—No me interesa la corona —replicó Deniel con serenidad implacable—. Hasta ayer, ni siquiera sabía quién era. Mi deber como guardián es restaurar el orden en Sthevyand. Y, créeme, el juego de tronos no me interesa en absoluto.

—Debería interesarte —intervino Alina con delicadeza—. Eres el sucesor de tu abuelo.

Sabía que Deniel tenía razón. Cada palabra suya nacía del deber.

De su esencia como guardián. Pero también era un tritón.

Su alma pertenecía al océano y a la luna.

Desde que Arielle renunció a ser sirena, había quedado fuera de la línea sucesoria.

Ahora, le correspondía a él gobernar, cargar el peso de Selenya.

—Entonces deberán tomar en cuenta mis palabras.

Egor no respondió. Pero su rostro hablaba por él. Gritaba frustración, impotencia, miedo. No podía abandonar el trono sin un heredero. Y no podía darse el lujo de perder al único que aún podía forjar como sucesor. Moldear a un rey requería tiempo, y el suyo comenzaba a desvanecerse.

—Todos observan la guerra entre Daavos y Las Tierras de Acero. Estoy seguro de que cada reino ya eligió su bando o se prepara para defenderlo. Nosotros debemos hacer lo mismo. Si anulamos la maldición ahora, estaremos en desventaja.

Acariciando suavemente a Azura, Deniel contemplaba el mapa de Sthevyand. Cada símbolo parecía susurrar un posible futuro. Uno que dependía de decisiones que aún no se habían tomado. Y que él no se sentía preparado para tomar.

—Por ahora estamos a salvo mientras el mundo crea que no existimos. Por hoy descansemos.

Arielle movió la cabeza en señal de desaprobación. Egor soltó un bufido al verla. Deniel les lanzó una mirada severa. Pero los comprendía. Él también había crecido lejos de su hogar. También conocía el frío abrazo de la ausencia.

—Afuera los esperan para guiarlos a sus habitaciones —intervino Alina, buscando calmar la tensión con un tono suave.

—Sé dónde están.

Arielle se acercó a Deniel y tiró de él sin pedir permiso. Al separarse del trono, la luz se extinguió poco a poco. Las awallas regresaron a sus cuevas, y las sombras volvieron a cubrir el mapa, como si los secretos del mundo volvieran a guardarse por unas horas más.

Al cruzar la puerta, Azura comenzó a girar alrededor de ellos con ansiedad. Deniel también se sentía inquieto. No estaba acostumbrado a tanta atención, a ser observado como si su respiración pudiera determinar el destino de un reino.

Arielle, en cambio, se detuvo de golpe. Y como una tormenta contenida, giró sobre sí misma. Los tentáculos emergieron con violencia, extendiéndose como serpientes listas para atacar. Su silueta se volvió grotesca. Intimidante.

—Si nos siguen los estrangularé antes de que puedan alzar sus tridentes.

No gritó. No amenazó. Solo lo dijo. Uno a uno, los soldados quedaron en silencio. Inmóviles, como si el agua se hubiese congelado en sus pulmones. Satisfecha, giró hacia su hermano y le indicó el corredor que tomarían. Lejos de las niñeras reales.

Esa noche no fue tranquila en el castillo Yon. Deniel no conciliaba el sueño. Daba vueltas en su lecho, atrapado entre los pensamientos y la duda.

Cada día traía consigo una nueva carga. No bastaba con restaurar el orden en Sthevyand, ni con ayudar a capturar a Hades. Ahora tenía que aprender a gobernar un reino.

En otra ala del castillo, Arielle tampoco podía dormir.

Nadaba de un extremo a otro en su habitación, como una sombra herida en busca de aire.

No sentía que Selenya fuera su hogar. No con esas miradas frías y las reverencias vacías de los cortesanos.

Ya nadie la miraba como a una princesa. Ahora era un monstruo, incluso para su abuelo.

Pero eso no importaba. Nunca había sido fácil para ella.

Había aprendido a luchar sola. Y esta… no sería la excepción.

Lograría su venganza. Y luego se marcharía junto a los suyos. Ese era el único plan que tenía.