Corona de Sal y Luna Capítulo 37
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Capítulo 37

“Al destino no le interesa si estás listo o no. Actúa sin avisar. Enfrentarlo o rendirte... esa elección es solo tuya”.

Mientras Arielle se mantenía tras Deniel, con la desconfianza tatuada en el rostro, el tritón permaneció inmóvil. No sabía qué hacer ni qué decir. Dudaba entre correr a abrazarlos o gritarles por haberlo condenado a crecer entre mentiras. Especialmente a Alina.

Clavó primero la mirada en su abuelo. Sus rasgos eran tan ásperos y feroces como los de un antiguo guerrero vikingo, a pesar de su edad.

La expresión severa que esculpía su rostro lo intimidaba.

Era imponente. En su torso, las antiguas runas de Selenya se entrelazaban formando una especie de código sagrado.

Nadie más en la corte poseía marcas así.

Sus muñecas estaban adornadas con brazaletes de oro y aguamarinas, y entre sus manos descansaba el símbolo sagrado de las sirenas: el legendario tridente de plata.

Cuando la imagen del rey Egor Lightmoon quedó grabada en su mente, sus ojos se deslizaron con temblorosa ansiedad hacia la reina. El pecho se le estrujó, atrapado entre la rabia, el dolor y una ternura reprimida que jamás había podido nombrar.

Aún se veía tan maternal como en sus recuerdos. Tan luminosa como una reina de verdad.

—Realmente estás viva —susurró él con la voz quebrada—. Y eres mi abuela.

Alina se acercó a ellos, pero el instinto de Arielle estalló. Se colocó frente a Deniel en un parpadeo, como una sombra protectora. La reina captó el mensaje y ralentizó su andar. Sus ojos se posaron en la tristeza que se reflejaba en el rostro de su nieta.

—Ambos son mis nietos.

—¿Y, si lo somos, por qué me dejaste en tierra como un paria?

Las emociones se desgarraron dentro de Deniel. Toda su vida creyéndose el último, el único, el olvidado y, al final, un reino entero lo aguardaba, oculto tras una maldita tormenta.

—No tuvimos opción, Deniel —explicó Alina con pesar—. Daavos amenazaba con derribar el encantamiento. Quería asegurarse de que Selenya había sido destruida y que ningún selenense quedara con vida para cumplir la profecía.

Arielle rodó los ojos. Jamás había escuchado hablar de ninguna profecía, y temía que su abuela intentara envolver a Deniel en alguna historia dulce con veneno escondido. Así que se adelantó:

—¿Y ahora qué mentira piensas contarle?

La reina alzó las manos y conjuró una esfera de agua. Dentro, los recuerdos comenzaron a danzar. Aparecieron ella y Egor, junto a su hija Selynee y el rey consorte Teryll, su padre.

Los cuatro soberanos aguardaban en la sala de guerra del castillo Yon cuando la imagen de Celeste apareció flotando en la esfera.

Las noticias eran devastadoras. La mayoría de los reinos terrestres habían caído bajo el fuego de los dragones, y ahora el ejército marchaba hacia los últimos tres bastiones: Greenland, Vermont y Selenya.

Mientras los reyes delineaban estrategias sobre los mapas, las reinas escuchaban con atención las palabras de Celeste. Hasta que la hechicera reveló la verdadera razón por la que Selenya se había convertido en el principal objetivo del rey dragón.

Bahel, después de asesinar a su hermano y a la reina, recibió una visión de la sacerdotisa del Castillo de Fuego: “Lleno de riquezas y sangre estarás, más rey, nunca serás. La oscuridad de tu ilusorio reino perecerá, porque el canto de la luna y el océano al dragón dominarán”.

La esfera estalló con un sonido ahogado, dejando el silencio suspendido como niebla entre los hermanos. Arielle apretó los puños. Cada palabra era una semilla de odio en su alma hacia Daavos.

Deniel, en cambio, se sentía atrapado, como si la red invisible que lo había rodeado desde niño, al fin se revelara y comenzara a cerrarse sobre él.

—Celeste nunca me dijo nada —murmuró incrédulo.

—Fui yo quien se lo pidió —respondió el rey —. Tu abuela y yo decidimos encargarnos de Selenya. Era nuestra responsabilidad.

Egor avanzó hasta situarse junto a ella. Su voz fue tan firme como el acero.

—Ha llegado el momento de decirles la verdad. Vayamos al castillo, será una noche larga.

—Sin trucos —espetó Arielle con los ojos entornados.

—Sin trucos, Arielle. Esta vez lucharemos juntos.

Egor la sostuvo con la mirada, recordando cada vez que ella le suplicó atacar Daavos y él la ignoró. Pero ahora todo había cambiado. Ahora tenían un arma que nadie conocía en Sthevyand, y no pensaba desperdiciarla.

La corte de Selenya se desvaneció bajo las aguas, entre las syrelias danzantes, rumbo al castillo Yon.

La entrada era simplemente majestuosa. La aguamarina tallada se extendía por el lecho marino como un camino sagrado, hasta alcanzar las bases de Sel, el castillo gemelo en la superficie.

La enorme puerta, custodiada por cuatro tritones, se abrió con solemnidad.

Sus bordes estaban decorados con conchas nacaradas y perlas que resplandecían como gotas de luna.

Deniel siguió a sus abuelos hacia el interior. Al cruzar el umbral, los cristales de luz se encendieron al unísono, iluminando el pasillo principal y fundiéndose con el fulgor natural de las paredes de aguamarina. Todo brillaba como si el castillo respirara magia.

Él siempre imaginó que el corazón de Selenya no sería más que una cueva húmeda, quizás con tortugas, peces y algunas sirenas.

Pero el asombro le robó el aliento. Cada rincón era un fragmento de belleza viviente.

Corales de tonos imposibles —rosas pálidos, verdes etéreos, plata perlada y rojos intensos como los corales de fuego— brotaban directamente del aguamarina, decorando muros y columnas como si el océano los hubiese bendecido con su arte.

Debajo de los retratos, algas floridas nacían en silencio, llenando de vida y movimiento los pasillos antes serenos.

Las estatuas, esculpidas en piedra lunar, se alzaban como centinelas eternos, compartiendo guardia con los soldados que patrullaban de una puerta a otra, atentos a cualquier presencia no deseada.

Durante el trayecto hacia el salón de guerra, Deniel se detuvo ante una pintura. Se acercó, atraído por un impulso que no supo nombrar. No era la escasa luz ni las sombras flotantes lo que nublaba sus ojos, sino la punzada que se le clavó en el pecho al reconocer los rostros en el lienzo.

El cuadro retrataba una infancia que le fue robada.

Su padre, esbelto y sereno, posaba la mirada con ternura en una pequeña Arielle que tiraba de su melena con picardía.

Sonreían igual. Y compartían la misma tonalidad en la cola.

Deniel los contempló con un nudo en la garganta, grabando cada trazo en su memoria como si quisiera rescatar del olvido lo que jamás le fue permitido conservar.

Junto a ellos, estaba su madre. La reina Selynee.

Tan delicada, tan hermosa que, incluso atrapada en pintura parecía respirar.

Su mirada irradiaba el mismo azul que él llevaba en los ojos, y al alzar la mano para rozar su rostro pintado, sintió el lienzo rugoso bajo los dedos, pero en su mente, se convirtió en una caricia viva.

Casi podía verla mirándolo. Sonriéndole. Sintiéndolo.

Sus manos descendieron hacia el pequeño tritón que jugaba feliz entre los brazos de la reina, sosteniendo una caracola. Tenían el mismo cabello dorado. “¿Habrían compartido también la cola?”, se preguntó Deniel, y buscó con la mirada las escamas de su madre. Doradas. Solo doradas.

Una ligera desilusión le tocó el corazón, pero no logró borrar la sonrisa que se le dibujó en el rostro. Al menos tenía sus ojos, y eso bastaba. Podía alardear de llevar algo de ella, algo que vería cada vez que se mirara al espejo.

La felicidad atrapada en aquella pintura le estremeció el alma. Era un recuerdo ajeno, pero el vacío que dejó en él era muy real, como si supiera, sin haber estado ahí, lo feliz que pudo haber sido.

Arielle se acercó por detrás. Alzó una mano para tocarlo, pero se detuvo a medio camino. Dudaba. Aunque todo se hizo por una causa justa, ella también fue parte de la separación, también calló.

Pensó que sería hipócrita abrazarlo ahora, cuando ella al menos recordaba la voz de su madre, el calor del pecho paterno, el eco de una canción de cuna… y él no.

Alina los observaba en silencio, y sin que sus labios se moviesen, sintió la acusación muda de su hija clavarse como un puñal.

Había obligado a sus nietos a vivir lejos de lo que eran.

Había dejado que la ausencia les tallara el alma.

La culpa le susurraba al oído con la voz de Selynee.

Y entonces, sin pensarlo, el instinto venció al orgullo.

Con el corazón hecho trizas, se lanzó a abrazarlos.

Arielle luchó por apartarla, quiso resistirse, pero no pudo. No cuando tenía frente a sí lo que había anhelado por tanto tiempo. Su mente aún exigía justicia, pero su corazón solo quería rendirse. Una vez. Solo una vez.

Deniel la miró y se derrumbó en sus brazos. Lloró. Lloró todo lo que su alma venía callando. Todo lo que lo envenenaba por dentro, y, en ese llanto, se abrió espacio el amor. Ese amor que al fin podía recibir. Ese amor que ahora tendría la responsabilidad de proteger.

El rey Egor, por su parte, rompió la coraza que lo había mantenido en pie durante tantos años, y se arrojó a ese abrazo por el que tantas veces había suplicado en sueños.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, y su corazón latía con tanta fuerza que parecía buscar el modo de salir del pecho, de atravesar la distancia y fundirse con sus nietos.

Por primera vez, después de tanta muerte, de tanta pérdida… al verlos ahí, en carne y vida, Egor fue capaz de recordar a su hija con alegría, y al rey Teryll, a quien había amado como a un hijo propio.

El abrazo no se prolongó. El rey Egor jamás fue hombre de gestos afectuosos.

Compartía la visión del antiguo Kresseo: las emociones debilitaban el juicio, y un trono no podía sostenerse con el corazón expuesto.

Carraspeó con dureza, recompuso su porte regio y los invitó a seguirlo hacia la Sala de Guerra.