Corona de Sal y Luna Capítulo 36
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Capítulo 36

“Las almas huecas y marchitas son tan miserables que solo el dolor ajeno les recuerda que aún existen”.

La enredadera soltó a su presa con desgano. El chico, apenas libre, se sacudió el polvo del uniforme con fingida calma y le regaló al hada una mirada cargada de complicidad y de una maldad que helaba la sangre.

—Alteza.

—Si sabes quién soy, también sabrás lo que le hago a los espías.

—Y también lo generosa que puedes ser con quienes traen información útil.

Los labios rojos de Kayla dibujaron una sonrisa ladeada. Dudaba que ese muchacho tuviera algo digno de su atención, pero aquella noche estaba de buen humor para jugar.

—Te recompensaré con tu vida si me cuentas algo interesante sobre la vieja decrépita de Celeste Gryffin.

—Si quieres saber de ella, habla con Ezkel. Ha dedicado su existencia a intentar superarla.

El joven se paseó sin pudor por la habitación, observando los ornamentos como quien evalúa un botín. Solo con las estatuas de oro podría vivir sin preocupaciones.

—Vengo a proponerte un trato.

Kayla rio a carcajadas, como si hubiese escuchado un buen chiste. ¿Qué podría ofrecerle él a un hada poderosa y asquerosamente rica?

—Tengo algo que podría ayudarte a vencer a Layla, a pesar de su poder como guardiana.

El silencio se apoderó de la habitación. Kayla lo escrutó con nueva atención. No era un espía de Celeste ni un estudiante ordinario. Era alguien que sabía lo que decía. Y eso lo volvía peligroso.

Sin perder tiempo, se adelantó y rozó la enredadera aún extendida en el suelo, asegurándose de que no hubiera oídos ocultos escuchando desde las sombras.

—¿De qué estás hablando? Ni los sacerdotes del Consejo se comparan con un guardián.

—Jamás mencioné el poder de los sacerdotes.

Él ladeó la cabeza, complacido. Ella había mordido el anzuelo. Ahora solo debía tensar el hilo y la tendría donde quería.

—Conozco a alguien que puede incrementar tu poder. Alguien que te daría la oportunidad de eliminar a tu hermana y asegurar tu lugar en el trono.

—Mi trono no está en discusión —espetó Kayla. Detestaba que insinuaran que Layla podía arrebatárselo.

—Claro. Solo hace falta que el reino descubra la verdadera naturaleza de tu hermana y verás cuán rápido te arrancan la corona.

—Estás agotando mi paciencia.

—No tienes nada que perder. Si ganas, eliminarás a tu mayor obstáculo y nadie podrá cuestionarte. Si pierdes… bueno, no creo que pierdas, ¿verdad?

—¿Qué ganas tú con todo esto?

—Lo mismo que tú. Poder —respondió el intruso con una sonrisa torcida—. Eso y que mi amo obtenga el Cristal de Sangre de Greenland.

Kayla no reaccionó. No necesitaba hacerlo.

Él ya sabía lo que pensaba. Durante años, cinco de los primeros cristales de sangre fueron entregados a los cuatro reinos de los Guardianes y a Áragos.

Eran reliquias destinadas a la protección, no al juego político.

Mucho menos a caer en manos de intrusos.

—No te daré el cristal. Puedo usarlo cómo me plazca sin la ayuda de tu amo.

—¿Entonces por qué no lo has hecho?

La pregunta caló. Kayla inspiró despacio, conteniendo el veneno. Sabía que estaba en desventaja, y eso la enfurecía. No podía permitirse un paso en falso.

—Hagamos una prueba —propuso el muchacho, con la arrogancia de quien ya se sabe ganador—. El examen de los caballeros será pronto. Utilicémoslo para asesinar a Layla.

La propuesta la tomó por sorpresa. Quizá este nuevo aliado no era tan inútil como Ezkel. Bastaría con encontrar la manera de inclinar el tablero a su favor y jugar con sus reglas.

—Ilumíname.

—Asher participará en la prueba. Encontraré el modo de llevar a Layla al bosque. Si logras eliminarla, el cristal será tuyo, y este encuentro nunca habrá existido. Pero, si fallas, me entregarás el cristal y te unirás a mi amo.

Kayla lo observó en silencio. Sabía que no solo estaba en juego el cristal, también su reinado.

—Conservarás la corona —añadió el muchacho, como si leyera sus pensamientos—. Mi amo solo pedirá tu ayuda cuando la necesite.

Alzó la mano, ofreciendo el pacto con una mirada tan afilada como una daga.

—Antes de sellar el trato —dijo Kayla sin moverse—. Quiero saber tu nombre y el de tu amo.

—Mi nombre es Jace Conant. Y mi amo es conocido como Hades.

El horror y la admiración se dibujaron al unísono en el rostro de Kayla. Conocía las atrocidades que aquel hechicero había cometido… pero también sabía que pocos en la historia se le comparaban en poder.

Mientras evaluaba los posibles desenlaces de aquel pacto insensato, una única prioridad pesaba sobre el resto: su corona.

Si el precio por conservarla era traicionar a su pueblo, que así fuera, y, más aún, si Hades seguía con vida.

Con su regreso, reclamaría Sthevyand entera.

Uno a uno, los reinos caerían bajo su sombra, y no habría estandarte que no se inclinara ante él.

Pero, si aliarse con la oscuridad era el único camino para seguir respirando sobre el trono de Greenland, lo tomaría sin dudar.

—Trato hecho.

La noche no solo se prestó para sellar alianzas devastadoras.

También acompañó el renacer de un imperio olvidado, que emergía desde las profundidades del océano para reclamar su lugar en un mundo fragmentado por la ambición y herido por el poder.

Deniel y Arielle se adentraron en Bahía Syrelia, lo suficiente como para distinguir a lo lejos el resplandor de Selyon.

El fondo marino se tiñó de azul por la luz vibrante de las piedras de aguamarina, transformando el arrecife en un espectáculo de luces danzantes.

Arielle, deleitándose con la expresión asombrada de su hermano, le indicó la superficie con una sonrisa.

Una luz plateada reposaba sobre las aguas, como una señal de bienvenida.

En cuanto emergieron, el aroma de las syrelias los envolvió como un susurro antiguo. Toda la bahía estaba tapizada por aquellas flores blancas, meciéndose al compás de las olas. Su resplandor se fundía con la luna o tal vez era el castillo Sel quien resaltaba su luz.

Tallado en piedra lunar, Sel se alzaba imponente sobre la costa.

Sus torres, delgadas y afiladas, apuntaban al cielo como lanzas, eclipsando a las estrellas.

Sus muros resplandecían entre la multitud que se agolpaba en los muelles, ondeando la bandera de Selenya y entonando alabanzas a su futuro rey.

Cuando Deniel alcanzó a distinguir los rostros jubilosos que les daban la bienvenida, un estallido de trompetas calló a todos. El mar respondió al llamado. Las olas crecieron a su alrededor, el rugido del océano se volvió himno, y la luna, en lo alto, pareció latir con ellos.

Las burbujas se abrieron paso entre las syrelias, y desde las profundidades ascendieron decenas de sirenas y tritones, guiados por un canto etéreo que anunciaba el regreso de los herederos. Poco a poco, el pueblo del mar los rodeó, formando un círculo sagrado en torno a los recién llegados.

Entonces, el agua giró con solemnidad. La espuma ascendió en espirales hasta formar una columna líquida que se alzó sobre sus cabezas. Desde su centro emergieron, como peñascos arrancados del lecho del océano, dos coronas, engarzadas con piedras lunares, aguamarinas y perlas.

La multitud se inclinó con devoción ante las dos figuras que sostenían las coronas. No eran simples ancianos. Eran los soberanos del océano. Su sangre. Su legado.

—Bienvenidos a casa —dijo el rey.