Capítulo 35
“Las olas pueden borrar tus huellas, pero no tu destino. Sigue a tu corazón: él sabrá cómo regresar a casa”.
Las aguas del mar Selayo se tornaban más violentas a cada metro que Deniel y Arielle se acercaban a la barrera. Incluso bajo la superficie, la maldición se hacía sentir con una fuerza abrumadora; las corrientes cambiaban de dirección como si respondieran a un capricho invisible.
Dentro de la bolsa, Azura gruñía entre náuseas cada vez que el tritón giraba sobre sí mismo para recuperar el rumbo. Arielle se detuvo al borde del arrecife, oculta tras un gigantesco coral de tonos anaranjados.
—Es momento de usar tus poderes —ordenó sin vacilar.
—Aún no hay rastro de la isla.
Deniel giró en todas direcciones en busca de una señal, una silueta, cualquier indicio que le revelara el camino hacia tierra firme. Pero solo halló remolinos de arena y conchas, danzando como fantasmas alrededor suyo.
—La Maldición de las Sirenas no está en la isla —aclaró Arielle—. No seríamos tan estúpidos como para destruir nuestro propio reino.
Sabía, por experiencia, que aquella maldición no era más que un escudo, un velo encantado para mantener alejados a los barcos y a los maggiums de tierra. Una barrera forjada para ocultarse de los dragones… el mayor tiempo posible.
—Entonces… ¿debo romperla?
La voz de Deniel intentó imponerse sobre la turbulencia que lo envolvía, pero se perdía entre burbujas y ecos de magia.
—No. Solo abre una brecha. Si anulas la maldición, todos los reinos vendrán como buitres a reclamar una parte de Selenya.
Arielle había presenciado el verdadero poder de su hermano durante el combate. Aún no lo dominaba del todo, pero bastaría con su fuerza actual para desgarrar un buen tramo de la barrera. Aunque un solo error lo arruinaría todo.
Deniel dejó a Azura al cuidado de su hermana. La flix la observó con recelo antes de esconderse detrás del libro que la acompañaba en la bolsa. Arielle alzó una ceja, sin mostrar el menor interés en hacerle daño, y desvió la mirada hacia el tritón.
Él cerró los ojos. Alzó las manos. Buscaba silencio. Concentración. Dentro de su mente, solo quedaba el susurro de la maldición: un rumor antiguo donde cientos de magias entrelazadas palpitaban como una criatura viva.
Sus manos comenzaron a brillar con una luz plateada justo cuando sus ojos se abrieron de golpe. Allí, donde clavó la mirada, la barrera se resquebrajó. Una grieta luminosa surgió en el encantamiento, expandiéndose con cada movimiento de sus manos.
Minutos después, la fisura era lo bastante grande para que pasara una persona a la vez. Arielle lo alcanzó, sonriendo con picardía mientras admiraba el trabajo de su hermano.
—Vayamos a decirles hola a nuestros abuelos.
Deniel se adentró en el angosto pasadizo, seguido por su hermana. Ella aún cargaba la bolsa. En un susurro le advirtió que debían apurarse o la grieta se haría permanente. Él asintió y aceleró su nado hacia la luz que brillaba en el otro extremo.
Cuando cruzó el umbral, la claridad lo envolvió. Intentó ver el paisaje que lo recibía, pero fue inútil: el resplandor lo cegó. Arielle, más sabia, cerró los ojos justo antes del cruce para abrirlos después y contemplar el arrecife más hermoso del mundo mágico. Aquel que había extrañado por años.
Cuando la visión de Deniel se aclaró, su corazón latió con fuerza.
El arrecife era un sueño vuelto luz. El sol se filtraba en líneas líquidas a través del agua cristalina, encendiendo el fondo grano a grano y haciendo parpadear las escamas de los bancos de peces como plata viva.
Los corales, de todos los colores imaginables, se entrelazaban en abanicos de encaje que subían hacia la superficie en formas caprichosas y hermosas.
Y, entre algas verdes, largas como cortinas de palacio, se escondían criaturas que Deniel solo conocía por láminas o preservadas en frascos en los laboratorios del castillo.
Reconoció a los piscegums, a los átramus.
Acarició un squenils que se agitaba bajo sus dedos, y rio al ver cómo se estremecía de cosquillas.
Un hipponis se arremolinó a su alrededor, saludándolo con entusiasmo.
Azura, en un ataque de celos, lo persiguió con torpeza, y Deniel, encantado, los atrapó a ambos en un abrazo.
Las carcajadas resonaban como burbujas entre las algas.
Entonces, una sombra colosal oscureció el paisaje.
—Ese es un jaggrott —advirtió Arielle antes de que él pudiera acercarse—. Por lo general no son agresivos, pero es mejor mantener la distancia.
—Impresionante —susurró Deniel.
—Te sorprenderás aún más cuando veas nuestros castillos.
Arielle se sentía extrañamente feliz de volver. Tal vez era por su hermano, por la energía que irradiaba y que la envolvía como un hechizo. O tal vez porque era la primera vez, desde que cambió su cola, que las criaturas del arrecife no huían de ella.
—Por fin podré ver el castillo Selyon.
—¿El castillo?
Arielle se adelantó y le arrebató el hipponis con gesto suspicaz.
—¿Tiene otro nombre el castillo de Selenya?
Deniel observó al pequeño regresar entre las algas y corales, seguido por otros como él.
—Se llama Selyon. Pero, en realidad no es un solo castillo. —Arielle entrecerró los ojos mientras dibujaba comillas en el aire con los dedos—. Son dos.
—¿Dos?
—Sel, la fortaleza de la superficie, construida en piedra lunar en honor a Syreen. El que todos los terrestres conocen. Y bajo el agua está Yon, el castillo de Umak, esculpido en roca aguamarina bajo Bahía Syrelia.
—¿Ningún maggium terrestre ha entrado en Yon?
—Solo los guardianes.
—¿Es decir, entonces sacrificaron Sel para proteger nuestro pueblo?
—Bingo. Ahora, vámonos.
Arielle le hizo un gesto con la mano antes de atraparlo con uno de sus tentáculos y arrastrarlo rumbo al castillo. Ya era tarde y ansiaba ver la expresión de sus abuelos al verlos llegar juntos al salón del trono.
El sol comenzaba a hundirse en el horizonte, tiñendo de sombra cada rincón de la isla Rhyuren especialmente el colegio de magia.
Las llamas devoraban la madera en la habitación de Kayla. Sentada en un sillón, el hada contemplaba el fuego como si pudiera ver el rostro de Layla entre las brasas. El golpe en la puerta no la sobresaltó. Lo había estado esperando.
Sin soltar la copa de vino que giraba entre sus dedos, alzó la mano y la cerradura cedió con un chasquido. La puerta se abrió despacio, revelando una silueta oscura en el umbral.
—Alteza.
Ezkel se detuvo a unos pasos del sillón, esperando una bienvenida. No la obtuvo.
—Incapaz de eliminar a un hada sin alas. Qué vergüenza para los magos de Xerbus. —Kayla se incorporó con una ceja en alto y una mirada que podía congelar la sangre.
—Layla, incluso sin alas, sigue siendo poderosa. Incluso, más que usted, alteza.
Ezkel le sostuvo la mirada. No se dejaría humillar. Ni por ella. Ni por nadie.
—No intentes provocarme. Ambos sabemos de lo que soy capaz.
—No olvides que fui tu profesor. Trata de mantener la cabeza sobre los hombros.
Kayla parpadeó. Por muy poderosa que fuera, sabía que Ezkel no era alguien a quien subestimar. Mucho menos, alguien que quisiera como enemigo.
Tomó un respiro para calmar el ambiente, se giró hacia la botella y volvió a llenar su copa con aparente tranquilidad.
—Necesito eliminarla. Sacarla del camino al trono. Y para eso ya pagué el precio. Quiero resultados.
—Cumpliré mi promesa —respondió el hechicero, tenso—. Pero antes debía deshacerme de un obstáculo.
Su mente volvió al enfrentamiento con Deniel. Sus puños se cerraron, blancos de rabia.
Kayla no tardó en atar los hilos. Recordó al muchacho rubio de mechón azul. Lo había visto en el Ala de los Sanadores y desde entonces supo que no era uno más. Sirvió una segunda copa y volvió hacia Ezkel.
—¿Qué sabes de ese chico?
Ezkel tomó la copa, pero no bebió. Aunque eran aliados nunca confiaría en ella.
—Si no quieres beber, déjala en la mesa.
Las largas uñas de Kayla señalaron la mesita frente a ellos. Ezkel obedeció sin ocultar su recelo.
—Deniel Soyer no es quien dice ser. Su lugar en Eldryan, es solo una fachada creada por Celeste.
—Habla ya. No tengo paciencia para rodeos.
—Es un tritón.
Kayla entrecerró los ojos.
—¿Has visto su cola?
—No, pero cada vez que toca el mar, desaparece. Su magia responde a elementos de las sirenas y ha conjurado hechizos de alto nivel sin usar varita.
Kayla no necesitaba pruebas. Había sentido su poder. Lo reconocía. Era igual o incluso mayor al que percibía en su hermana.
—Pronto habrá revelaciones. Pero, por ahora, déjamelo a mí. Retírate.
Ezkel dudó. Pero no deseaba pasar otro segundo a solas con ella.
—Como ordene, alteza.
Se giró, cruzó la puerta y la cerró de un portazo. Kayla dio otro sorbo al vino mientras contemplaba las llamas. Celeste estaba reuniendo a los guardianes. No conocía todos sus nombres, pero estaba segura de que el amigo de Layla era uno de ellos.
—Bien jugado, Celeste Gryffin. Pero no me importa que mi hermana sea uno de los guardianes. La mataré antes de que el reino lo sepa.
Acarició una de las plantas cercanas para calmar su rabia, pero algo en ella la sobresaltó.
Su mirada se congeló. La copa se hizo añicos al caer.
Corrió hacia el balcón, haciendo ademanes con las manos, mientras el techo de la torre crujía.
Algo se deslizaba como una serpiente hacia ella trayendo consigo un trofeo. Kayla alzó una ceja, satisfecha.
Con un poco de miedo, haría confesar a su víctima. Y todo apuntaría a Celeste. Tendría la excusa perfecta para sembrar la desconfianza en el Consejo. Al fin y al cabo, era uno de sus estudiantes.