Capítulo 34
“Es más fácil culpar a otros por nuestras heridas que admitir que fuimos víctimas de nuestros propios caprichos”.
Tan pronto como Deniel se sumergió, una figura azulada nadó hacia él. Le bastó una mirada a esos ojos para reconocerla.
—¿Azura?
La pequeña criatura giró en el agua con su graciosa cola. Ya no tenía alas: ahora era una criatura marina, tan encantadora como extraña. Deniel sonrió y decidió seguirle el juego.
—Estás dejando corazones rotos en todas partes, hermanito.
—Arielle, ¿qué haces aquí? —preguntó Deniel, aún sorprendido.
—Pensé esperarte en el arrecife, pero me aburrí. ¿Quién es ese muchacho de la máscara? ¿Tu nuevo novio?
Mientras nadaba a su lado, Arielle deslizó un tentáculo por la barbilla de su hermano.
—No es mi novio. Es… solo un amigo.
Ella captó la pausa al instante y sonrió con picardía, fascinada por descubrir una nueva forma de enloquecerlo.
—Pensé que era el suplente de Tyler.
El nombre atravesó la espalda desnuda de Deniel como una aguja helada y se le incrustó en el pensamiento. Por un instante, pensó en preguntarle cómo sabía de él, pero luego recordó que lo había espiado.
—¿Te divierte burlarte de mí?
Alzó una mano y la corriente marina cambió de dirección. Arielle sintió el impulso mágico rodearla y, divertida, decidió dejarlo en paz.
—Guarda esa fuerza para levantar la maldición.
—Eso pensé —murmuró él, anulando el hechizo con una sonrisa ladina—. Por cierto, ¿sabes por qué Azura cambió de forma?
Arielle se detuvo frente a la pequeña criatura, estudiándola con atención.
—Los flix son seres raros. Dicen que, al vincularse a alguien, pueden absorber parte de la magia de su amo para permanecer a su lado. Tal vez, cuando despertaste como guardián, parte de tu poder se transfirió a ella, y por eso puede cambiar de forma.
Azura acarició suavemente a Deniel, como si en esa caricia se escondiera la confirmación a las palabras de Arielle. Jugó con él unos segundos y luego volvió a posarse sobre su hombro, donde se sentía a salvo… lejos del alcance de la octopus.
—Traje el Selenyo , lo tomé de la habitación de Ezkel.
El tritón sacó el libro de entre su bolsa. Estaba envuelto en un hechizo que impedía que el agua lo dañara. Arielle estalló en carcajadas al ver el ejemplar. Incluso, cayó sobre la arena, sin fuerzas, vencida por la risa.
—¿De verdad crees que los libros de los reinos están en Eldryan? Deniel, el Selenyo es uno de los libros más poderosos que existen en todo el mundo mágico. No solo guarda información sobre las criaturas del océano, también oculta hechizos que los maggiums terrestres llevan milenios sin conocer.
—Entonces, si es una copia del original, ¿por qué estaba en una biblioteca donde cualquiera puede tomarlo?
La idea le resultaba absurda. Algo tan valioso no podía estar al alcance de cualquiera, y, sin embargo, lo había encontrado allí.
—Porque ese libro no les muestra toda la verdad sobre nuestro mundo. Solo lo que pueden entender. El verdadero Selenyo solo puede ser abierto por maggiums acuáticos, aunque, para algunos, eso resulte imposible.
El rostro de Arielle se contrajo. Aquella frase le revolvió el estómago. Aún le dolía pensar en la forma en que el poder la había seducido y luego la había condenado. Cada noche lo revivía. Cada noche lo pagaba.
—Ninguna criatura maldita por la luna puede abrirlo.
—Tiene sentido. Yo hubiese hecho lo mismo —dijo Deniel, sin apartar la mirada de su hermana. Había tocado una herida, y lo sabía—. Sin ofender.
—Es lógico que pienses así. El poder de la diosa corre por tus venas.
Su tono era neutro, casi resignado. Se giró en silencio e inició la marcha. Deniel guardó el libro en la bolsa y también colocó a Azura dentro; por más que hubiese cambiado sus alas por aletas, la flix no era lo suficientemente rápida para seguir el ritmo de Arielle.
Tras la partida del tritón, Kayla irrumpió en el gabinete de Celeste como un eco indeseado.
La hechicera, sentada tras su escritorio, hojeaba una docena de pergaminos, intentando mantener la compostura.
Pero su magia se crispaba bajo la superficie.
Fingía ignorar a la intrusa, aunque cada paso del hada le resultaba una afrenta.
Sin pedir permiso, Kayla se dejó caer frente a ella y liberó una tosecita fingida, cargada de soberbia. Celeste colocó la pluma en el tintero y alzó la mirada, observándola por encima de sus espejuelos con una paciencia que rozaba el desprecio.
—Espero que hayas encontrado las respuestas que viniste a buscar.
—Aún estamos recolectando información sobre los incidentes —respondió Kayla con una sonrisa venenosa—. Al parecer, fueron muy bien encubiertos.
Celeste no respondió de inmediato. Sus ojos, afilados, perforaban la máscara de cordialidad del hada.
—¿Qué es lo que buscas realmente, princesa?
Estaba harta de los rodeos. Había cosas más importantes que perder tiempo con una niña que no sabía manejar su corona.
—Quiero que me digas la verdad. ¿Qué sucedió esta mañana entre Ezkel y ese chico, Deniel?
—Deberías preocuparte por tu hermana. Ella fue la más perjudicada.
—Layla no me interesa —escupió Kayla—. Es una deshonra para el reino. Le haré un favor entregándosela al clan de los elfos.
—¡Cierra la boca!
La voz de Celeste retumbó como un trueno contenido. No lo dijo por cortesía o por protección institucional. Lo dijo porque conocía el poder que Layla albergaba y porque la amaba como una hija.
—Nunca serás ni la mitad de poderosa que tu hermana.
—¡Ah! —se burló el hada—. Olvidé que ella es una de los guardianes.
El corazón de Celeste se detuvo un instante. Aquella información no debía estar al alcance de nadie.
—¿De qué hablas?
Kayla ladeó la cabeza, disfrutando de su reacción.
—¿De verdad crees que soy tan tonta como ese rebaño de idiotas que te siguen solo porque derrotaste a Hades?
Acompañó sus palabras con gestos teatrales, burlándose de los títulos que la hechicera nunca pidió.
—Escuché a mis padres hablar del destino de Layla. Fue entonces cuando lo supe: obtendría lo que me corresponde por derecho. Nunca lo permitiré, aunque tenga que hacer desaparecer a la sacerdotisa.
—¿Me estás amenazando?
La magia de Celeste llenó la habitación como una tormenta contenida. El aire se volvió espeso, amargo. Los estantes crujieron, los jarrones vibraron, y las luces parpadearon como si contuvieran la respiración.
—Tómalo como una advertencia. Mi período de prueba está por terminar y no soy tan pacífica como mis padres.
Kayla se alzó, altiva, como si ya llevara el trono en los hombros.
Sabía bien que cualquier hechizo lanzado contra ella bastaría para arruinar a Celeste ante el Consejo.
La anciana deseó destruirla, arrancarle las alas con sus propias manos y colgarlas en la entrada del castillo como advertencia.
Pero el mundo ya pendía de un hilo, y ella lo sabía.
Entonces la miró. Y al ver la podredumbre que brillaba en sus ojos, sonrió.
—Dejaré que sea Layla quien te ponga en tu lugar.
—Nunca permitiré que Layla se siente en el trono.
La desesperación brotó como veneno. Kayla golpeó el escritorio, derramando la tinta.
—No podrás impedirlo. El reino te odia. Tus propios padres no confían en ti. ¿Dónde se ha visto un período de prueba para una princesa heredera tan largo como el tuyo? ¿O es que no lo ves?
La verdad la desgarraba por dentro. Siempre lo había sabido. Llevaba la corona, pero no el poder. Sus decisiones eran supervisadas, corregidas. En las interminables reuniones del Consejo, su padre hablaba por ella y la plebe le temía. Cuchicheaban a sus espaldas, llamándola “el Hada Oscura”.
Todo aquello se le vino encima como una avalancha de barro y orgullo. Gritó, enfurecida, y salió del despacho derrotada, susurrando maldiciones. No quería escuchar nada más. Si lo hacía, terminaría destruyendo todos sus planes.
Kayla no era la única furiosa en el castillo.
Su hermana vagaba por los corredores de Eldryan como un espectro sin rumbo, arrastrando el peso del deber en cada paso.
A su lado, Elvain desbordaba entusiasmo.
Hablaba sin parar de banquetes, de bodas, de un futuro lleno de luz en Dryades, el castillo del Bosque Encantado, pero para Layla, aquellas palabras eran espinas disfrazadas de flores.
—Te sentirás a gusto gobernando a mi lado.
Layla se repetía, como un rezo aprendido, que debía hacerlo por su pueblo, por no defraudar a sus padres. Pero muy dentro de ella, una voz rebelde y antigua susurraba sin tregua: Escapa. Búscalo. Te arrepentirás si no lo haces.
—Mi madre está preparando el banquete más grande que se ha visto en todo Greenland. Está tan feliz. Todos lo estamos.
Feliz. La palabra retumbó en su cabeza como una mentira dicha en voz alta. Ella también deseaba la felicidad, pero Elvain no formaba parte de ese destino.
—Mi padre ha preparado cinco habitaciones. Dice que quiere cinco herederos.
Elvain sonreía como si dibujara un amanecer, mas para Layla aquella sonrisa era una tormenta cargada de rayos que caían sobre su espalda sin clemencia.
No quería cinco hijos. No con él. Ni soñaba con una vida de protocolos ni tardes de té junto a mujeres vacías, vestidas de joyas y sonrisas falsas. Quería más. Se merecía más.
Elvain le tomó las manos, sacándola del pozo de pensamientos oscuros en el que estaba inmersa. El contacto la sacudió. Sintió cómo sus sentidos se desmoronaban, cómo su cuerpo se hundía en un abismo donde no existía la luz. Y en el borde de ese abismo estaba él. Asher.
Su ausencia era una presencia ardiente. Un nombre silenciado por la obligación. Aterrada, Layla se apartó de golpe, como si despertara de una pesadilla. Le gritó al elfo como si fuera un desconocido.
—¡Ya basta! ¡No quiero nada de esto!
Elvain sintió cómo su alma se resquebrajaba.
—¿Qué estás diciendo, Layla? Nosotros… nos amamos.
—¡No! Nunca lo he hecho. ¡Y tú lo sabes! No quiero ser tu esposa. No quiero un banquete. No quiero cinco hijos. ¡Quiero ser feliz!
La crudeza de sus palabras le cayó encima como una losa. Toda la fantasía que había construido con ella se desmoronó. Pero, aun así, se aferró.
La abrazó con desesperación, como si en su pecho pudiera encarcelarla y detener su huida. Como si, reteniéndola, pudiera impedir que se llevara con ella su razón de existir.
—Haré que me ames. Lo juro.
Layla se sintió vil por lo que estaba a punto de hacerle. Sabía que lo heriría, que lo partiría en dos, pero no podía seguir fingiendo. No cuando su sola presencia le provocaba náuseas. No cuando el roce de su piel le generaba rechazo.
—Llevas años intentándolo, Elvain. Pero yo solo puedo verte como ese niño que solía correr tras de mí en los jardines del castillo. Nunca podré verte como un hombre.
Los brazos del elfo se aferraron aún más a su cuerpo. No la dejaría ir sin luchar.
—Te amo, Layla.
Como una cruel broma del destino, Asher apareció al otro extremo del corredor. Y allí los encontró: unidos en un abrazo que no era suyo, viéndolos como si fueran uno solo.
El rostro del chico era el de un lobo herido, lleno de furia, traición y silencio. Su mirada se clavó en Layla como una lanza, atravesándole el alma. Ella quiso liberarse, correr hacia él, explicarle que aquello no era real. Pero estaba atrapada. Atada al deber, a la culpa, al amor que no sentía.
Asher apretó los puños. Quiso arrancarle el corazón al elfo que la tenía entre sus brazos. No le importaba que todo el Bosque Encantado viniera tras él. Pero, incluso en su furia, sabía que no podía dañarla a ella. No con sus actos. No con su rabia.
Y así, sin una palabra, le dijo adiós con una última mirada. Una que llevaba todo lo que había callado. Todo lo que había amado. Una mirada que se perdería en el viento, arrastrando consigo el silencioso llanto de Layla.