Corona de Sal y Luna Capítulo 33
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Capítulo 33

“El amor no es complicado. Siempre tenemos las respuestas latiendo en nuestro pecho. Somos nosotros quienes nos encaprichamos en ver los obstáculos” .

—Juro que mataré a ese cretino —masculló Asher, con la mirada encendida por la rabia. Su mente no pensaba en otra cosa que en hacer pagar a Ezkel por su atrevimiento.

—Te pareces a Deniel —respondió Layla con una sonrisa suave, intentando distraerlo. Sabía que, si lo dejaba seguir en ese estado, acabaría cometiendo una locura—. Ya estoy bien, mira, las heridas han desaparecido.

—Sí, desaparecieron, pero no fue casualidad. Lo hizo con toda la intención. Sabe que le robamos el libro.

—¿Crees que sospecha el secreto de Deniel? —Layla bajó la voz inquieta.

—Estoy más que seguro. Aunque te atacó directamente, sentí que su verdadera provocación era contra él. Como si quisiera que perdiera el control a propósito. —Asher se sentó en el borde de la cama sin apartar la vista de los ojos del hada.

—Sus poderes… —murmuró Layla—. Quería mostrarles a todos que Deniel no necesita una varita. Tengo la certeza de que planeaba forzarlo a transformarse con algún hechizo. Quería desenmascararlo.

Ambos estaban en la misma sintonía, hablaban el mismo idioma. Habían comprendido las verdaderas intenciones del hechicero, y, ahora, debían cuidar la espalda de su amigo.

—Gracias a los dioses, Deniel es fuerte.

—En cambio tú sigues igual de débil.

Una voz, afilada y arrogante, cortó el aire como un látigo. Venía desde la puerta, y Layla no necesitó mirar para saber quién era.

Kayla Hildegard, princesa heredera de Greenland y emisaria del Consejo Mágico, entró con la soberbia dibujada en cada paso. Su silueta avanzaba como un juicio inevitable, y sus tacones retumbaban sobre el suelo de piedra como el canto de un verdugo.

Layla enmudeció. Su semblante se tornó pálido.

Era el último rostro que deseaba ver ese día.

Respiró hondo, repitiéndose en silencio que debía ser fuerte.

No podía permitir que las palabras de su hermana la derribaran otra vez.

Había sufrido demasiadas humillaciones en ese castillo como para seguir viéndolo como un hogar.

Para ella, se había convertido en una hermosa cárcel donde era torturada cada verano.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con esfuerzo, manteniendo la compostura.

—El Consejo me envió a supervisar el trabajo de la anciana. Parece que está perdiendo su toque. —Kayla se acercó a ellos con la calma de quien sabe que puede destruirlo todo con una palabra—. Los ancianos tenían razón: hay problemas en Eldryan y parece que tú eres uno de ellos.

—Su alteza, Layla no tiene la culpa. Fue el profesor Ezkel.

Asher no pudo terminar. Kayla pasó junto a él como si fuese invisible, interrumpiéndolo con total desdén.

—¿Cómo piensas gobernar a mi lado si eres tan débil?

Deberías haber contenido la magia de un simple hechicero y destruirlo.

Pero, claro… eso sería demasiado pedir. —La princesa del desprecio miró a su hermana.

Y al ver sus ojos llenarse de lágrimas, sonrió con crueldad—.

¿Ya conseguiste tus alas? ¿O sigues siendo el mismo fenómeno de siempre?

Layla bajó la vista. No quería que Asher la viera llorar, pero las lágrimas brotaron, inevitables. Él no lo soportó más. No le importaba si se trataba de una princesa heredera o de la misma reina. No había podido defenderla de Ezkel, pero no iba a quedarse callado esta vez.

—Esa no es la forma correcta de hablarle a una hermana.

—Supongo que tú eres su perro faldero. —Kayla lo recorrió con la mirada, de pies a cabeza. Analizó su postura, su rabia contenida y en sus pupilas, vio algo más peligroso: amor, amor por su hermana. Era la grieta perfecta para terminar de destruirla. —Sonrió—. Espera… ¿estás enamorado de Layla?

Asher se sonrojó y apretó los puños con fuerza. Kayla se volvió hacia Layla, saboreando cada palabra.

—¿Aún no se lo has dicho?

—¿Decirme qué? —preguntó Asher, girándose hacia ella.

Layla quedó paralizada. No sabía qué decir, cómo explicarlo. Solo podía pensar en todas las formas en que él podría repudiarla cuando supiera la verdad.

—Ella está comprometida. —Kayla alzó el brazalete en el brazo de su hermana, exhibiéndolo como una marca de traición.

Asher lo miró. Era el mismo brazalete de gemas verdes que Layla llevaba desde que la conocía. Antes le parecía hermoso, etéreo, pero ahora, que sabía su significado, lo veía como una simple baratija.

El dolor le recorrió el pecho como una daga. Su mirada, que siempre había sido protectora, se quebró en decepción.

—No te preocupes, hermanita. No vine sola. Parece que mi compañero ya terminó de saludar a sus viejos amigos.

Kayla lo había planeado todo. Sabía lo de Asher, conocía los sentimientos de su hermana y había preparado aquella escena con precisión milimétrica. Quería que Layla siguiera siendo una criatura miserable.

Un joven esbelto se acercó con paso elegante. Su melena rubia ondeaba al compás de su andar, apenas ocultaba sus puntiagudas orejas. Sus ojos verdes se clavaron en Layla como un anhelo reprimido por meses.

—Layla, ¿qué sucedió? —preguntó el elfo, preocupado al verla postrada en la cama.

Kayla posó una mano sobre su brazo, con delicadeza envenenada.

—Ella está bien. El caballero la salvó.

El elfo extendió la mano hacia Asher.

—Muchas gracias. Soy Elvain Wersching, el prometido de Layla.

Asher observó la mano del elfo: delgada, pálida, sin rastro de batalla. Detalló sus finas facciones y luego giró hacia Layla, cuyos ojos aún temblaban.

—No soy importante. Solo soy un perro faldero.

—¡Asher! ¡Asher! —gritó Layla, con la voz rota, al verlo alejarse. Quiso correr tras él, ignorando el dolor que aún palpitaba en sus músculos, pero su hermana la retuvo.

Deniel avanzaba por el pasillo rumbo al Ala de los Sanadores cuando se cruzó con Asher, que venía en dirección contraria, con el rostro tenso, los pasos pesados, y el alma claramente herida.

—Asher, ¿qué sucede?

—Pregúntale a la princesa Layla.

—¡Oye! —protestó Royce, apartándose con fastidio— ¿Qué le pasa?

—No lo sé —murmuró Deniel, inquieto—. Pero tiene que ver con Layla. Vamos.

Mientras ellos se dirigían hacia el hada, Kayla seguía destrozándola con palabras dulces, tan afiladas como cuchillas. Palabras que olían a veneno y sabían a derrota.

—Ahora tu recuperación será más rápida. No hay nada que el amor no pueda curar.

—Layla, ¿estás bien? —preguntó Deniel al entrar, sin mirar a Kayla ni a Elvain, quien se interpuso entre ambos como un muro de sobreprotección y codicia.

El tritón se detuvo al ver el brazalete. No necesitaba explicaciones. Aquello lo decía todo.

—Está bien, Elvain. Ellos son mis amigos —dijo Layla, con esfuerzo, intentando incorporarse.

Elvain se giró de inmediato para impedirlo.

—Debes descansar.

—¡Estoy bien! —soltó ella, apartándole la mano. La rabia le hervía en el pecho. Cuanto más lo miraba, más deseaba huir. Lo sentía como una prisión con rostro amable.

—Esa no es forma de tratar a tu prometido. Le debes respeto —intervino Kayla, con esa falsa cortesía que ocultaba su instinto de control.

Royce alzó una ceja. Ahora todo encajaba. Entendía por qué Asher se había marchado con el corazón hecho trizas.

Las palabras de Kayla cayeron como una losa sobre Layla.

Cada vez que le recordaban su compromiso, sentía un nudo formarse en la garganta.

No había un solo día en que no odiara aquella decisión impuesta desde que tenía doce años.

Sabía que Elvain no tenía la culpa. Sabía lo que sentía por ella, pero eso no lo hacía más fácil.

Lo que más la hería era la injusticia de cargar con una responsabilidad que no le correspondía.

Si alguien debía sacrificarse por el trono, era Kayla, no ella.

Layla se puso en pie. Su voz, por fin, dejó de temblar.

—Sé perfectamente que Elvain es mi prometido. No necesitas recordármelo como si fuera una condena.

—Lo hago por nuestro pueblo —declaró Kayla, elevando la barbilla con frialdad.

—Entonces deberías casarte tú con él. Al fin y al cabo, ese es tu trabajo.

Sin esperar respuesta, los empujó al pasar y se lanzó por el pasillo. Necesitaba aire y distancia, antes de desmoronarse frente a todos. Kayla intentó seguirla, pero Deniel se interpuso.

—Creo que quiere estar sola.

—¿No sabes quién soy? —lo desafió con el veneno pintado en la mirada.

—No me interesa —replicó él, sin inmutarse—. Y, créeme, no querrás saber quién soy yo.

—¿Estás amenazando a la futura reina de Greenland? —Elvain llevó la mano a la empuñadura de su espada, pero Royce lo interceptó en un pestañeo.

—Si quieres mantener tu cuello intacto, ni siquiera lo pienses, muñequito.

—No somos tus enemigos —dijo Deniel—. Pero no permitiré que insultes a Layla en mi presencia. Cualquier deuda que tengas con ella… resuélvela en Greenland. Aquí, está fuera de tu alcance.

Los ojos del tritón se tornaron tan intensos como las profundidades del océano. El poder vibraba en su interior. No era amenaza, era advertencia.

Kayla lo sintió. Una energía abrumadora la envolvió como una ola a punto de romper. Prefirió callar. Apretó la mandíbula y bajó la mirada. Elvain retrocedió al verla en silencio. No necesitaba órdenes para entender que debía mantenerse al margen.

—Encarguémonos de Layla. Azura, encuéntrala —ordenó Deniel, sin dejar de observar a Kayla.

La flix , que descansaba en el hombro de Royce, alzó el vuelo en un susurro de luz azul.

Siguiendo el rastro del hada, se deslizó hasta el invernadero, donde se posó frente a ella y, con pequeños saltos, se acurrucó entre sus manos.

Layla la miró, como si pudiera encontrar en sus ojos el consuelo que el mundo le negaba.

Minutos después, Deniel y Royce llegaron.

—¿Estás bien? —preguntó el tritón, aunque ya conocía la respuesta.

—No lo estoy. No quiero nada de esto. No quiero ver a Elvain. Solo… solo necesito hablar con Asher. —Las lágrimas brotaron con su nombre.

—Debes darle tiempo. Tú también necesitas pensar —dijo Deniel, suave.

—Pero no quiero casarme con Elvain. No lo amo.

No había dudas en su voz. Podía estar confundida con muchas cosas, pero no con eso. Elvain era su amigo. Solo eso.

—Te apoyaré en cualquier decisión que tomes. Pero recuerda que solo tendrás una oportunidad. —Deniel tomó sus manos, firme pero sereno—. Aún estás a tiempo.

—¿Algún día me perdonarán? —susurró ella, con la mirada perdida.

—Nada que valga la pena se consigue sin lucha —dijo él, poniéndose de pie—. Debo regresar con Arielle. Iré a Selenya a conocer a mis abuelos. Mientras tanto, Royce cuidará de ti. Recuerda quién eres, una guardiana.

Layla alzó la vista y le regaló una sonrisa, rota y sincera.

Su partida era lo último que deseaba, pero sabía que él tenía su propio destino que cumplir.

Pensó en pedirle que la llevara con él… escapar.

Pero no podía. No aún. Debía enfrentar lo que había dejado sin resolver.

Debía buscar a Asher y mirar de frente aquello que no tuvo el valor de contarle antes.

Se sentía la peor persona del mundo. Había callado cuando más debía hablar.

Lo había traicionado, aunque no lo hubiera querido.

—Estaré bien —murmuró por fin—. Kayla no es tan difícil de manejar.

Deniel sabía que los próximos días no serían fáciles para Layla. Quería quedarse, acompañarla, aliviarle el peso que llevaba en el pecho, pero ya no podía seguir posponiéndolo.

Todos los secretos de su vida habían sido revelados y las respuestas a sus mayores preguntas lo aguardaban en Selenya, el reino al que pertenecía.

Sin perder más tiempo, inició su marcha hacia la playa. En el trayecto pensó en Asher. Le habría gustado hablar con él, explicarle al menos una parte de todo aquello. Pero había perdido demasiado tiempo buscando el Selenyo . Y, ahora, la marea lo llamaba.

Al llegar a la orilla, una voz lo detuvo.

—¡Deniel, espera! —gritó Royce, atravesando las puertas del castillo a toda carrera.

Azura soltó un chillido juguetón desde su hombro que el tritón interpretó como una pequeña burla sobre su romance.

—Fingiré que no escuché eso —murmuró sin mirar a la criatura.

Royce se acercó jadeando, luchando contra la arena, contra el aire, contra todo lo que se interponía entre él y las palabras que tanto tiempo había callado.

—Antes de que te vayas, dime qué va a pasar entre nosotros.

Deniel lo miró. Sintió la brisa arrastrar aquellas palabras hasta su rostro, clavándolas como agujas.

—Ya te lo dije. Puedo darte tiempo. Pero todo depende de ti.

—Quiero estar contigo, Deniel, de verdad —susurró el jinete, tomando sus manos con una ternura desesperada.

El tritón lo sostuvo unos segundos. Lo amaba, sí. Pero también se amaba a sí mismo.

—Sé que me quieres. Pero no lo suficiente como para luchar por ambos. Y no voy a volver a ser el secreto de nadie. No lo merezco.

Soltó sus manos con suavidad. Retrocedió un paso hacia el agua.

—Adiós, Royce.

Royce quiso detenerlo, gritarle, correr tras él, pero no dijo nada.

Solo se quedó allí, con las manos aún tibias por las de Deniel y el corazón, más frío que el mar.

Porque, en el fondo, sabía que Deniel tenía razón.

Lo amaba, sin embargo, le aterraba desafiar a su corte. Le aterraba desafiar al mundo.

Tal vez sí necesitaba ese tiempo. Ese silencio entre ambos. Quizás era una oportunidad que el destino le daba para decidir, al fin, a quién pertenecía su vida: ¿a un reino que lo había etiquetado desde niño o a la felicidad que palpitaba en sus manos cuando tocaba a Deniel?

Era una pregunta molesta, insistente. Una que ya no podría callar. Un fantasma que lo perseguiría hasta que tuviera el valor de enfrentarse a la verdad.