Corona de Sal y Luna Capítulo 32
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Capítulo 32

“La ira no se conforma con el dolor, eso sería demasiado simple. Prefiere castigarnos con vergüenza y arrepentimiento”.

—¿Cómo escaparon? —preguntó Asher, seguro de que Ezkel los había arrastrado a la oficina de Celeste.

—Emmond nos ayudó —respondió el tritón sin rodeos.

—¿Emmond? —Layla parpadeó, sorprendida. No esperaba volver a escuchar ese nombre salir de los labios de Deniel tan pronto.

—¿Dónde está? —Asher alzó la mirada, buscando alguna señal del hechicero.

—Es una larga historia. Ahora debemos entrar a clase. Diremos que estuvimos con Celeste —propuso Deniel, con la convicción de quien confía en que la suerte también se puede invocar.

—¿Y el libro? —preguntó el caballero, al notar sus manos vacías.

—Le pedí a Azura que lo escondiera. Lo recogeré esta tarde, cuando me marche con Arielle.

—¿Estás loco? ¡No te dejaré ir con esa bruja! —espetó el hada, al tiempo que sus manos lo sujetaban con furia.

—Layla, es mi hermana. Necesito ir a Selenya y enfrentar lo que me espera allí —murmuró Deniel, tomando con suavidad sus manos para liberarse.

—Iré contigo —dijo Royce, sin pensarlo. No lo dejaría marcharse solo a una tierra maldita, y menos acompañado de una lunática.

—No necesito tu ayuda. Además, alguien como tú no debería mezclarse con alguien como yo —replicó el tritón, con un filo en la voz que buscaba herir.

A pesar de lo que sentía, no podía olvidar cómo lo había despreciado.

Sin esperar más, se dio media vuelta y cruzó la puerta del salón. No quería escucharlo.

—Espero que tengan una excelente excusa para llegar tarde a mi clase —dijo Ezkel, haciendo que todas las miradas recayeran sobre ellos.

—La magíster Celeste...

—Después de clase la escucharé, princesa Layla. Ahora usted y Deniel Soyer pasen al frente.

Asher entrecerró los ojos, sin apartar la vista del profesor. Algo no estaba bien. El brillo oscuro en su mirada lo delataba.

—Usted, señor Soyer, espere al borde del estrado. Debemos ser caballerosos —añadió el hechicero con una sonrisa tan falsa que dolía verla.

Asher aferró los puños a la empuñadura de su espada, oculta bajo el escritorio. El aire sabía a castigo. Y Layla… sería la primera pieza de su retorcido juego.

—Los hechiceros, al igual que los caballeros mágicos, estamos en desventaja frente al resto de los maggiums. Somos canales vivientes de la magia, mientras que los vinculados a los antiguos dioses y espíritus generan el flujo.

»Sin embargo, podemos alcanzar su poder.

Todo depende de nuestra voluntad y de cuánto estemos dispuestos a sacrificar.

Cada maggium natural puede fortalecer su magia con los elementos, base de todo hechizo.

Y, ahora, la princesa Layla nos mostrará cómo lo hace un hada.

—Ezkel se apartó, abriendo paso al segundo participante—.

Señor Corwel, ¿sería tan amable de demostrarnos cómo un hechicero enfrenta el escudo de un hada?

Asher y Deniel se tensaron al ver la sonrisa arrogante de William subiendo al estrado. Layla, en cambio, ardía por dentro. La compasión disfrazada en los ojos de Ezkel le escocía la sangre solo de imaginarse que la llamaba débil. Clavó la mirada en su adversario y alzó la magia sin titubear.

—Defiéndete con un escudo mágico, princesa. Veamos si es lo bastante fuerte para resistir el veneno de un basilisco —murmuró Ezkel con sarcasmo.

William empuñó su varita tan pronto la barrera surgió. Lanzó el hechizo más potente que recordaba. Ambas magias colisionaron con un resplandor abrasador que obligó a todos a cubrirse los ojos. Cuando la luz se disipó, Ezkel sonreía, seguro del resultado.

Pero allí estaba. La barrera de Layla seguía en pie, intacta, brillante, como si hubiera renacido del fuego.

—Parece que nuestro hechicero no es capaz de demostrar mi teoría —murmuró Ezkel, con una sonrisa que destilaba veneno. La rabia y la soberbia se deslizaban entre sus palabras como cuchillas.

Layla no deshizo su escudo; lo reforzó, con la mirada fija en la expresión monstruosa del profesor.

—¡Frange Encantamenta!

El hechizo emergió como un látigo de luces negras y rojas desde su varita, cargado con la intención de destruir a Layla.

Su escudo estalló en una lluvia de luces cuando la magia oscura lo tocó.

La maldición avanzó como una fiera desatada, reflejándose en sus pupilas, mostrándole la muerte cara a cara.

Quedó paralizada, atrapada por el horror de aquella energía que la devoraba sin piedad. No hubo defensa. Solo pudo sentir cómo la magia desgarraba sus ropas, surcando su piel con heridas que ardían como el mismo infierno. El grito que escapó de su garganta fue un alarido que partió el aire.

Cayó de espaldas, el cuerpo retorcido y la dignidad hecha trizas. Las imágenes de Layla siendo masacrada se grabaron en la mente de Asher. El mundo se apagó. Solo existía el eco desgarrador de aquel grito. Lleno de furia, lanzó la mesa contra la pared y corrió hacia el estrado.

Deniel reaccionó al instante. Se precipitó sobre ella con un conjuro de sanación entre susurros temblorosos. Por suerte, el escudo detuvo parte del hechizo. Sin esa barrera quizá no habría quedado nada que salvar.

Asher la sostuvo por la cabeza, cubriéndola con su cuerpo, llamándola con desesperación. Ella solo podía gemir. Respirar ya era un suplicio. La mirada del caballero se tornó salvaje. Quería atravesar a Ezkel con su espada, arrancarle el corazón y tragárselo mientras aún latía.

Sin ocultarse, cerró los puños sobre la empuñadura, dispuesto a volarle la cabeza de un tajo. Layla, aún envuelta en dolor, extendió una mano temblorosa para detenerlo, sin apartar la vista de su agresor. Pero Ezkel ni siquiera los miraba. Sus ojos estaban fijos en el verdadero objetivo.

—¿Qué clase de profesor eres? —escupió Deniel, con el alma encendida.

—Mi deber es prepararlos para el mundo real. Allá afuera, nadie tendrá compasión.

—Eres un monstruo.

—Vamos, señor Soyer, si hablamos de monstruos, no soy yo el que oculta una cola.

Deniel sintió la magia agolpándose en su pecho. Quería destruirlo, mostrarle el poder real, pero no podía exponerse. Aún no.

—Se supone que la realeza es fuerte —siguió Ezkel, como si saboreara cada palabra—. Espero que se vuelva más poderosa, princesa, o su pueblo la devorará sin remordimiento.

Deniel se quebró. Las lágrimas de Layla eran puñales. No permitiría que la humillara. Se volteó con violencia, transformando la ira que habitaba en su pecho en fuego.

—Veamos si eres tan buen hechicero como dices.

No usó la varita. Bastó alzar una mano y el rugido del viento sacudió el salón. Las ventanas se abrieron de golpe, haciendo estallar los cristales. Los libros volaron como aves, las cortinas ondearon como estandartes de guerra y los adornos se hicieron añicos contra el suelo.

—Un poco de viento no impresionará a nadie. ¡Receptae! —vociferó Ezkel.

Pero el viento no obedecía. Rugía con rabia. Con voz propia. Ezkel sintió algo hundiéndose en sus entrañas. Un escalofrío le heló la médula. Era miedo. La magia del tritón crecía con cada segundo, envolviéndolo en una amenaza ancestral.

—¿Qué sucede, profesor? ¿No puedes detener una simple brisa?

El rostro de Deniel ya no era el mismo. Sus ojos azules se habían vuelto fríos, sin alma. Su sonrisa era afilada como la hoja de una daga… todos sus movimientos y expresiones eran las de un asesino.

Ezkel retrocedió, el poder lo envolvía como un manto. En lo alto del salón, el viento se tornó tormentoso y de su furia nacieron nubes oscuras azotadas por los rayos nacidos de la voluntad de Deniel. Sujetando con fuerza la varita, deslumbrado por el poder del tritón, Ezkel lanzó su hechizo:

— ¡Absolute Cancel!

La luz del conjuro se elevó hacia la tormenta, pero, al cruzar las nubes tumultuosas, se deshizo al contacto con el primer relámpago.

Bajo aquella escena, Ezkel comprendió la verdad: por muy poderoso que fuera, ningún mago podía invocar una tormenta como la de una sirena.

Y entonces lo supo. Las cosas no estaban saliendo como él había previsto.

En sus retorcidas fantasías, se veía torturando a Deniel frente a todos, arrancándole el secreto a la fuerza mientras Celeste observaba impotente, incapaz de ocultarlo. Mas la realidad era otra. Se quemaba con su propio fuego.

—¡Frange Incantamenta!

Ezkel alzó su varita con un grito desesperado, confiaba en que su hechizo bastara para doblegar al tritón. Su magia oscura se adentró en la tormenta como una provocación. Las nubes se agitaron y el cielo rugió, furioso.

—Ahora es mi turno.

Deniel habló con una calma letal, moviendo la mano hacia Ezkel y señalándolo con el filo de una sentencia.

— ¡Magicae obice! —Ezkel intentó protegerse.

Pero ya era tarde. Deniel invocó un relámpago que atravesó la bóveda con una luz cegadora.

La barrera de Ezkel crujió y se quebró igual que la de Layla.

La descarga mágica lo golpeó de lleno y lo lanzó contra la pared.

Su cuerpo cayó al suelo, inconsciente, aún sacudido por espasmos eléctricos que buscaban escapar por sus extremidades.

—¡Suficiente!

Celeste se abrió paso entre los estudiantes, horrorizada. No por Ezkel sino por lo que escuchó detrás de ella.

—Lo volvió a hacer.

—Igual que aquella vez en el portal.

Ella entendió de inmediato y Deniel también, al contemplar su propia mano vacía.

—Asher, lleva a la princesa Layla al Ala de los Sanadores.

—Ustedes —señaló a un grupo de aprendices—, encárguense del profesor Ezkel. Le avisaré a Judith que tiene pacientes. Y tú, Deniel… te espero en mi despacho.

—¿Cómo se te ocurre enfrentar a un profesor durante la visita del Consejo Mágico? ¡Justamente hoy… usando tus poderes de tritón! ¿Qué demonios te pasaba por la cabeza?

Celeste caminaba de un lado a otro, crispada. No podía gritar. No ahora, pero sentía que se asfixiaba. “¿Cómo voy a explicarle al emisario que hay un tritón a punto de matar a un profesor dentro de su escuela?”

—Él se lo buscó. Hirió a Layla. La humilló delante de todos —respondió Deniel.

—No puedes ir por la vida lastimando a quienes no piensan como tú.

Celeste sabía que debía castigarlo. Por más que detestara a Ezkel, seguía siendo una autoridad en el castillo.

—Ezkel es cruel y arrogante, pero sigue siendo un profesor. Tú no puedes actuar igual que él. Pudiste haberlo matado, Deniel.

—Y se lo merece por cobarde.

—¡Deniel!

—Estoy de acuerdo con él —intervino Elena desde la puerta.

—¿Qué haces aquí? Deberías estar esperando al emisario.

¡Retírate! —Celeste cerró los ojos un instante.

Respiró hondo—. Sé que lo hiciste por Layla.

Bien hecho. Has demostrado que eres un verdadero amigo.

Pero, al hacerlo, te expusiste, y al exponerte, pusiste en riesgo a todos.

Los tiempos que se aproximan son oscuros.

Necesitamos que ustedes permanezcan en las sombras tanto como puedan. Son nuestra última esperanza.

Deniel alzó el rostro.

—¿Qué harías tú si vieras a alguien abusar de Elena?

El silencio fue inmediato. Celeste no podía mentir.

—Haría lo mismo que tú —admitió con sinceridad—. Pero yo no tengo nada que ocultar.

—Salvo que eres la brújula para encontrarnos —le reprochó él.

—No intentes manipularme, Deniel. Entiendo tu rabia, pero prométeme que la próxima vez pensarás antes de actuar.

El mundo entero está en tus manos. Es tu deber protegerlo.

—Celeste se acercó, con la mirada más suave—.

Layla está fuera de peligro. Judith logró sanar sus heridas con las pociones. Ezkel, tardará un poco más.

—Lo siento —susurró, bajando la mirada.

No se arrepentía de sus actos, pero comprendía la importancia de actuar con mayor prudencia la próxima vez. Celeste le tomó los hombros.

—Guarda esa energía para el momento adecuado. La necesitaremos para destruir a Hades.

Deniel esbozó una sonrisa triste. Sabía que debía controlar su temperamento, sobre todo, si quería sobrevivir en un reino donde sería visto como un extraño; pero antes de marcharse a esa tierra maldita necesitaba ver a Layla, asegurarse de que estuviera bien.

Porque tal vez… ese sería su último adiós.