Corona de Sal y Luna Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Sin perder tiempo, se sumergió en la búsqueda.

Los estantes, atiborrados de libros polvorientos con lomos resquebrajados por el tiempo, parecían custodiar secretos de todos los reinos.

Hechizos prohibidos, fórmulas olvidadas, conocimientos que no se enseñaban ni siquiera en los niveles más avanzados de Eldryan.

Al no encontrar nada entre los volúmenes, prosiguió con las gavetas, los cajones, las esquinas. Rebuscó incluso en el armario junto a la cama, moviendo cada prenda con la certeza de que algo debía estar allí. No pensaba irse sin revisar hasta el último rincón de aquella maldita habitación.

—¿Qué haremos ahora? —susurró Layla, sin apartar los ojos de los guardias embrujados. La tensión le erizaba la piel, pero debía mantener el enfoque.

—Esperar —respondió Asher, sin inmutarse—. Envié a Azura tras Ezkel. Nuestro deber es evitar que alguien más interfiera.

El caballero se movió sigilosamente, buscando una mejor vista de las escaleras. Royce lo imitó en silencio, posicionándose junto a los ventanales para vigilar el extremo opuesto de la torre.

—¿Dónde estás? —musitó Deniel, hurgando por enésima vez en el cajón, con la voz cargada de una frustración que se le filtraba hasta en el aliento.

La paciencia no era lo único que se le agotaba. Había inspeccionado debajo de las alfombras, tanteando con ansias en busca de trampillas secretas. Removió las brasas de la chimenea… incluso hurgó en las cenizas aún tibias. Pero nada.

Exasperado, se dejó caer en un sillón, la cabeza entre las manos, como si intentara exprimir su cerebro en busca de una respuesta.

Fue entonces cuando lo vio. Frente a la cama, las almohadas estaban ligeramente desalineadas. Un detalle insignificante para cualquiera… pero no para él. No en un lugar donde cada objeto había sido dispuesto con enfermiza perfección.

Se puso de pie de inmediato. Caminó hacia los cojines forrados en satén verde con los ojos fijos en ellos, como si temiera que escaparan. Era un escondite obvio, tal vez demasiado, pero debía intentarlo.

Apenas su mano rozó la tela, un rayo oscuro emergió desde lo profundo del colchón y lo arrojó de espaldas contra el suelo.

—¿Por qué se está tardando tanto? —gruñó Asher, inquieto— Ya casi es la hora de ir al salón.

—Ezkel no es alguien que deje las cosas al azar —murmuró Layla, los ojos aún clavados en la entrada—. Seguro lo ocultó muy bien.

Royce permanecía en su puesto, inmóvil, observando el horizonte con la mirada ausente. Fingía calma, pero también lo carcomía la demora del tritón.

—¡Ah! —exclamó Deniel, aún entumecido—. Así que ahí lo escondiste, maldito. Muy astuto de tu parte, pero sé cómo anularlo.

Se apoyó en la pared, respirando con dificultad. La energía del rayo aún lo atravesaba como cuchillas, pero el dolor no le impediría actuar.

Concentró su magia en el hechizo que protegía las almohadas. Ambas energías chocaron con violencia, invocando ráfagas de viento que hicieron temblar las paredes, derribaron libros y arrancaron cortinas de sus amarres como si la habitación entera respirara con furia.

Los guardias, aún atrapados en la espiral de lujuria provocada por Deniel, no sintieron nada. Enajenados por el deseo, se devoraban sin saber quiénes eran, sordos al mundo… sordos, incluso, a la magia. Pero afuera, los tres cómplices sí sintieron el estallido.

—Algo no está bien —susurró Layla, estrechando con fuerza la mano de Asher.

—Deniel debe estar en problemas —afirmó el caballero, abalanzándose fuera del escondite sin dudar.

¡Espera! —Lo detuvo Royce—. Lo escucho. Está cantando. Bajo… pero está combatiendo el hechizo.

—¿Qué hacemos entonces? —el hada ya había invocado su magia, lista para lanzarse al rescate.

—Yo entraré —respondió Royce con firmeza—. La magia me afecta menos. Seré más útil que ustedes.

Avanzó hacia los guardias sin siquiera mirarlos. Abrió la puerta… y cruzó el umbral invocando su modo dragón.

—¿Qué sucede? —preguntó Royce, elevando la voz a pocos pasos de distancia.

El rugido del viento devoraba el sonido, como si la misma torre intentara silenciarlo todo.

—Estoy tratando de anular su hechizo. El libro debe estar allí. Quédate detrás de mí —respondió Deniel sin voltear, con la voz firme y la magia ardiendo en su garganta.

No esperó respuesta. Elevó su canto, más firme, más profundo, como si aquella melodía etérea que escapaba de su garganta pudiera desgarrar los hilos invisibles que Ezkel había tejido en su encantamiento.

Royce dio un paso al frente, pero algo lo detuvo. Una visión. Azura seguía de cerca al profesor, y este subía por la torre a toda velocidad. Su rostro expresaba pánico: había sentido cómo el flujo mágico se resquebrajaba… y venía a recuperarlo.

—¡Ezkel viene hacia acá! —advirtió el jinete, sin poder ocultar la tensión en su voz.

—Ya casi… —murmuró el tritón, afinando su canto como una daga y enterrándola en lo más profundo del conjuro frente a él.

El viento se desvaneció de golpe, arrastrando con su última ráfaga la almohada que apresaba el Selenyo , dejándolo a merced de los intrusos.

Su cubierta, tallada con los emblemas de la luna y el océano, relucía bajo la luz tenue que se filtraba por los ventanales.

Dibujándole a Deniel una sonrisa orgullosa en los labios.

Royce no vaciló, tomó el libro y lo arrastró hacia la salida justo cuando los pasos del hechicero sacudían la escalera como tambores de guerra.

—¡Rayos! ¿Cómo saldremos de esta? —gruñó Royce, buscando una chispa de locura en los ojos del tritón.

—¡Por aquí! ¡Vengan!

Ambos giraron hacia el balcón, donde Emmond los esperaba al borde del vacío sobre su escoba. Durante un segundo, Royce y Deniel se miraron. Ayudarse mutuamente o morir en la habitación de Ezkel. La decisión fue inmediata.

Deniel, antes de alcanzar a su antiguo amigo, volvió sobre sus pasos y bloqueó la puerta con los sillones más pesados. No les daría mucho tiempo, pero bastaría para ganar segundos.

—¿La escoba soportará el peso de los tres? —preguntó Royce, echando un vistazo al abismo bajo sus pies.

—Con suerte, llegaremos vivos —respondió Emmond, tendiéndole la mano al tritón para ayudarlo a trepar el muro.

—¡¿Qué están haciendo, imbéciles?! —rugió Ezkel al encontrar a sus guardias devorándose como bestias.

Se percató de que su hechizo había sido anulado y corrió hacia la puerta. La empujó y se estrelló contra ella. Desde el otro lado, Royce escuchó el golpe.

—¡Salta ahora! —ordenó Emmond.

Royce no dudó. Se abalanzó instantes antes de que un hechizo estallara detrás de ellos, haciendo añicos la puerta.

Ezkel irrumpió como una tormenta negra, lanzando rayos en todas direcciones. Buscó el libro. No lo encontró. Corrió a la ventana, se asomó y no vio nada. Ni alas. Ni cuerpos. Solo cielo.

Su furia se tornó asesina. Se dirigió hacia sus guardias, aún sumidos en el hechizo del tritón, y, sin pestañear, los fulminó con un encantamiento que los dejó inconscientes.

—Sé que fuiste tú, Deniel… —escupió entre dientes—. Revelaré tu secreto. Aplastaré a Celeste, y luego… los mataré a los dos.

Transformado en fiera, cruzó el umbral destrozado rumbo al salón de clases. Allí, ante todos, desataría su venganza.

Royce sujetó a Deniel al aterrizar, frenando el impacto con sus brazos. Cayeron de pie, pero el corazón seguía cayendo con ellos.

Emmond no tuvo la misma suerte. Sin el peso de sus amigos, la escoba perdió equilibrio y lo aventó de bruces sobre un montículo de paja seca.

—Ahora entiendo por qué a los caballos les apesta el aliento —bromeó el hechicero, escupiendo briznas y sacudiéndose como si nada hubiera pasado.

—¿Estás bien? —preguntó Deniel, con la voz baja, pero cargada de algo más que preocupación.

Para Emmond, esas palabras valían más que mil disculpas. No esperaba oírlas, y mucho menos de él.

—Estoy bien.

—Gracias por rescatarnos —añadió el tritón, con un hilo de voz que se quebró en mitad de la frase.

No sabía qué más decir. Seguía dolido. Pero no podía negar lo evidente: Emmond se había arriesgado por ellos.

—Quisiera poder perdonarte… pero ahora mismo no puedo. Tampoco quiero que te alejes. Es extraño, muy extraño, pero necesito tiempo.

—Lo que hice estuvo mal. Pero una cosa es cierta: no sabía que ella te atacaría. Si lo hubiera sabido, jamás la habría ayudado —dijo el hechicero con una honestidad tan cruda que incluso Royce dejó de tensar el cuerpo.

—Lo sé, Emmond. Solo necesito tiempo.

—Y lo tendrás. Hoy me marcho de la escuela.

—¿Te vas? —preguntó Royce, sorprendido. A pesar de todo, Emmond era su amigo. Y un gran hechicero.

—No para siempre. Celeste me pidió que represente a Eldryan en Ciudad Sagrada.

»Han descubierto una colección de grimorios de los antiguos magos. Quizá…, cuando regrese, podamos empezar de nuevo.

Su mirada volvió a Deniel. No pedía perdón, solo la posibilidad de redimirse.

—Creo que será lo mejor para todos —admitió el tritón—. Debo marcharme. Hasta entonces… traten de no meterse en problemas —dijo Emmond antes de elevarse, con los ojos humedecidos por una despedida que no era final, pero tampoco del todo tranquila.

—Ya estamos en uno —susurró Royce, señalando el Selenyo .

Ambos lo contemplaron en silencio. El libro resplandecía con un fulgor antiguo, como si respirara.

La luna y el océano estaban tallados en su cubierta, entrelazados como un presagio, hermoso, misterioso, vivo.

Lo que no sabían era que mientras ellos soñaban con el futuro, Ezkel ya preparaba su venganza.

El hechicero irrumpió en el salón, furioso, con la mirada encendida. Avanzó entre los estudiantes, de prisa y cargado de sospecha, hasta detenerse frente a los atriles vacíos. No tenía pruebas. Pero tampoco dudas. Y eso… era más que suficiente.