Corona de Sal y Luna Capítulo 31
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Capítulo 31

“La amistad verdadera no se forja en la perfección, sino en la capacidad de perdonar y la voluntad de no repetir los errores”.

Eldryan volvía a dormir. La frescura de la noche mantenía intacto el hechizo de Morfeo sobre humanos y maggiums por igual, excepto en Ronnald.

Él seguía despierto, sentado frente a la chimenea, con la mirada perdida y la mente enredada en pensamientos que lo desgarraban por dentro. Deslizaba una piedra de afilar sobre su espada una y otra vez, como si el sonido del metal pudiera silenciar la tormenta que rugía en su interior.

Sus ojos, fijos en el reflejo del acero, no parpadeaban.

Parecía estar en trance. Era como si al mirar lo suficiente pudiera encontrar allí el modo de librarse de Morgana y de Asher.

Matarlo antes de que su padre volviera a llamarlo inútil.

Antes de que la corona volviera a pasar de largo frente a sus narices.

Un chasquido en las llamas lo hizo parpadear. El fuego se avivó levemente. Pero él no lo sintió cálido, sino vivo, encantado.

Giró la cabeza, con el estómago encogido.

La había sentido. Esa presencia amarga que lo perseguía, que olía a miedo y desesperación.

Buscó entre las sombras, en las cortinas, bajo la cama, en cada rincón donde pudiera esconderse como un espectro.

Con sigilo, tomó la espada y la empuñó con fuerza.

El aire se volvió más denso, más frío. La señal era clara.

—Sé que estás aquí, bruja.

No esperaba respuesta. Solo silencio. La lámpara a un costado de su cama parpadeó, como si temblara. Él avanzó, firme, sin mirar atrás.

No volteó a ver el espejo sobre la chimenea. No vio el cristal oscurecerse… ni a la figura que comenzaba a tomar forma en su centro.

La doncella de cabellera negra emergió del reflejo. Su rostro era el mismo que lo había atormentado en sueños: grotesco y hermoso a la vez, con una sonrisa torcida que parecía conocerlo mejor que su propio padre.

Apoyó las manos en el vidrio y, como una criatura maldita, caminó sobre la pared, girando el cuerpo con lentitud hasta salir por completo.

Se deslizó por los muros como si no pesara, hasta que sus pies tocaron el suelo.

Los ojos, rojos como el pecado, brillaban con una sed que no era de sangre sino de poder.

Ronnald sintió un escalofrío recorrer su espalda desnuda. Tragó con dificultad. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Apretó la empuñadura, inspiró, y giró, con un corte certero, dispuesto a arrancarle la cabeza. Pero ella fue más rápida.

Con un gesto sutil, lo detuvo en el aire, como a una marioneta rota.

—Hola, guapo —susurró con burla.

Y lo lanzó contra la pared como si fuera un saco vacío. Su cuerpo quedó suspendido, impotente, atrapado entre la piedra y la sombra.

—¿Qué quieres? —gruñó él, con la dignidad hecha trizas.

Morgana inclinó la cabeza, con esa mezcla de sarcasmo y sensualidad que le escurría por los labios como veneno.

—Te has comportado como todo un caballero —bromeó, caminando hacia un sillón de terciopelo. Se dejó caer sobre uno de los apoyabrazos con gracia retorcida, acariciando los cojines como si fueran su presa—. Cuéntame todo lo que sabes de Asher Argent.

Ronnald entrecerró los ojos. Si ella quería algo de él entonces tenía una oportunidad. Podía usarla, podía matarlo y salir de ese maldito colegio.

—Esa escoria guarda secretos de la corona. Por eso debe morir… como murieron sus padres.

La sonrisa de Morgana se ensanchó. Sus labios se curvaron como una rosa marchita, y en un parpadeo, estaba frente a él, con los ojos completamente negros, como si el abismo la mirara desde dentro.

—¿Cuándo pensabas decirme que ese mocoso es el protector de la barrera?

—No sé de qué estás hablando —balbuceó él, con la voz quebrada.

Ella lo observó unos segundos, como si pudiera diseccionarlo con la mirada, y luego volvió al sillón.

—Necesito tu ayuda para deshacerme de él. Tiene algo que quiero.

Por primera vez, Ronnald sonrió. Por fin estaban de acuerdo en algo. Imaginó la corona sobre su cabeza. La expresión de su hermano, el hijo perfecto, postrado de rodillas, obligándolo a llamarlo “alteza”.

—Adelantarás el Torneo de los Caballeros. Yo prepararé el terreno para aislarlo. Allí tendré la posibilidad de tomar lo que busco y tú podrás salvar tu pellejo y reclamar lo que te han negado.

Morgana alzó una ceja. Le complacía verlo tan fácil de manipular.

—¿Cómo sabes lo que me prometió mi padre?

—No necesito leer tus pensamientos para entender tus miserables deseos —dijo la bruja mientras su figura se desvanecía—. Y recuerda, no debes romper nuestro secreto.

Cuando ella desapareció, Ronnald cayó al suelo. Se acarició el cuello, justo donde había sentido las manos invisibles apretarlo contra la pared. Y, aun así… sonrió.

A pesar de todo… estaba feliz. Realmente agradecido por haberse cruzado con Morgana. Esta vez, al fin, todo lo que deseaba estaba a punto de cumplirse.

La noche finalmente se rindió ante el amanecer. Asher, agazapado entre las sombras del ala oeste, había pasado las primeras horas espiando la habitación de Ezkel. Como buen experto en infiltraciones, no había hecho ruido. Solo observaba.

El hechicero había salido hacía apenas unos minutos, dejando a dos guardias custodiando la entrada. Un detalle que no pasó desapercibido: ningún otro profesor contaba con ese privilegio o esa paranoia.

Desde su escondite, entre los muros y los jarrones de mármol, envió un mensaje a sus amigos a través de Azura. Todos llegaron con premura. Solo contaban con los treinta minutos del desayuno antes de entrar a clases que, para su desgracia, la primera era con Ezkel.

—Hay dos guardias en la entrada. ¿Cómo vamos a pasar sin que nos vean?

Layla se volvió hacia Deniel, esperando una solución.

—Puedo entrar. Sigo siendo un sirviente del castillo. Inventaré alguna excusa —sugirió Royce.

—Ezkel tampoco los dejó entrar esta mañana —replicó Asher, arruinando el plan de Royce con pesar—. A menos que seas él, no podrás cruzar esa puerta.

—Hagamos un hechizo de transformación. Emmond podría ayudarnos —propuso Layla sin pensar.

El silencio se hizo incómodo. Todos recordaban muy bien lo que Emmond había hecho.

Deniel suspiró, apartando el recuerdo con un leve movimiento de cabeza.

—Aunque usemos un hechizo de transformación… ninguno de nosotros podrá imitarlo.

Y tenía razón. Nadie en el mundo podría igualar su veneno.

—¿Entonces qué haremos? —insistió el hada.

Deniel alzó una ceja y esbozó una sonrisa tan traviesa como peligrosa.

—¿Nunca han oído hablar del encanto de las sirenas?

Con solo esas palabras, sumió al grupo en la incertidumbre…

y en una peligrosa confianza. Salió del escondite, avanzando hacia los guardias con una marcha distinta, más fluida, más letal.

Su cuerpo parecía deslizarse con una seguridad que no era suya, sino ancestral, como si una criatura olvidada tomara el control de su andar.

Layla lo observó fascinada. Los movimientos felinos de su amigo eran hipnóticos.

Asher sintió su cuerpo tensarse. No importaba lo que el tritón tuviera en mente, solo esperaba que funcionara. Si fallaba, acabarían todos en las mazmorras.

Royce, en cambio, quedó inmóvil. La imagen de Deniel lo arrojó de vuelta a aquella noche en que su voz se volvió caricia, en que sus gemidos lo encadenaron sin pedir permiso.

Ahora no podía dejar de mirarlo. No por el hechizo…

sino por algo más profundo. Más real. Él no estaba embrujado por una sirena.

Estaba hechizado por el amor. Y ese deseo, despierto, indomable, comenzaba a rugir bajo su pantalón con furia contenida.

Uno de los guardias avistó al tritón y avisó a su compañera. Ambos sujetaron sus espadas y avanzaron para interceptarlo.

Pero Deniel no pronunció palabra. No hacía falta. El movimiento de su cabello, el fulgor en sus ojos, la lujuria en su sonrisa... Todo hablaba por él. Su magia era antigua, sutil, devastadora.

Con una leve inclinación de cabeza y una mirada profunda, desarmó las defensas de sus víctimas. Los músculos se relajaron. Las espadas cayeron al suelo. Los cuerpos se rindieron.

Hola —saludó con voz baja y cargada de deseo—. Estoy aburrido… y busco alguna distracción.

Deslizó los dedos por el pecho del caballero, rodeó sus hombros con suavidad, y al llegar a su espalda, lo tomó del mentón y lo acercó a su cuello.

—Estoy a su entera disposición —respondió el guardia, embobado, colocándose tras él mientras le besaba la piel con adoración.

Deniel sonrió. Estaba mal manipular a las personas… sí. Pero, ¿a quién engañaba? Necesitaba entrar a esa habitación, y lo estaba disfrutando. Después de todo… era un tritón.

—Mmm… interesante. Tengo muchas cosas en mente —susurró, atrayendo con su otra mano a la mujer. Rozó sus labios por su mejilla, haciéndola gemir de puro deseo.

Layla se tapó la boca, boquiabierta. Nunca pensó que su amigo pudiera llegar a ser tan… provocador. Si no lo estuviera viendo con sus propios ojos, no lo creería.

Royce ardía. Literalmente. Ver a ese guardia acariciando el cuerpo que él consideraba suyo lo estaba volviendo loco. Contuvo el impulso de actuar. Apretó la mandíbula, formó puños y los presionó contra la pared. Asher, divertido, observó de reojo cómo su amigo era consumido por los celos.

—Sigan jugando sin mí. Cuando el hechizo termine, no recordarán nada de lo que ocurrió.

Deniel guio los rostros de los guardias hasta hacerlos besarse. Ellos, ya convertidos en marionetas del deseo, se entregaron por completo. Se devoraban con tal ansia que parecía que se amaban desde siempre.

El tritón les lanzó una última sonrisa… y, con un gesto ágil de su mano, encantó la cerradura de la puerta, abriéndola de golpe para adentrarse en el interior de la habitación y ser engullido por las sombras.

Para su sorpresa, la habitación no era pequeña. Era el doble de grande que la suya, repleta de adornos antiguos y reliquias dispuestas con obsesiva precisión, aunque ninguna tan poderosa como las que Celeste custodiaba en su cámara.