Corona de Sal y Luna Capítulo 30
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Capítulo 30

“Los cambios no necesitan tiempo… demandan valor”.

Elena se puso de pie de un salto. La incredulidad se dibujó en su rostro como una herida abierta. El hombre que había destruido su familia, el mismo que creía muerto, aún caminaba por la tierra sin pagar por sus crímenes. Celeste la contempló con preocupación.

—Por más que deseo negarlo no puedo hacerlo —dijo con pesar.

Luego se dirigió a los guardianes, su voz teñida de advertencia—.

Hades es un mago formidable. Conoce más de un centenar de hechizos que la mayoría de las brujas y hechiceros no dominará ni en toda una vida.

Los invoca en segundos. Es impredecible.

La última vez que nos enfrentamos, ambos estábamos al límite, desgastados tras horas de lucha. Sabía que no resistiría mucho más, así que recurrí al Libro Blanco , buscando un hechizo que pudiera contenerlo.

»Con las últimas reservas de mi magia, lo atrapé en una fracción suspendida de espacio y tiempo. Me dispuse a sellarlo, pero fue entonces cuando comprendí la verdadera magnitud de su poder.

—¡Pero está sellado! Lo vi en las Catacumbas de Vellanor —interrumpió Elena con la voz temblorosa.

Si Hades seguía vivo era solo cuestión de tiempo, y su venganza incluiría a todos, incluso a Laianna.

—Sellé su cuerpo. Pero su alma logró escapar.

Un silencio glacial cayó sobre la sala. El miedo que el Consejo intentó sepultar durante años nunca se había ido. Solo dormía.

—Separó su espíritu antes de que pudiera terminar el hechizo.

La sombra del fracaso oscureció el rostro de Celeste. Durante décadas fue reverenciada como la salvadora de Sthevyand. Pero ahora, esa leyenda se desmoronaba ante sus ojos.

—¿Quién es ahora? —preguntó Asher con inquietud.

—No estoy segura. Lo he buscado durante años y he fallado una y otra vez.

Ya no podía sostenerles la mirada. Especialmente a su hija, cuyo rencor resurgía como una cicatriz mal curada cada vez que sus ojos se encontraban.

—¿Por qué lo ocultaron? —preguntó Elena, sintiendo que la rabia y el miedo se entrelazaban en su pecho.

—El Consejo decidió guardar silencio, con la esperanza de encontrarlo antes de que regresara. Sthevyand necesitaba un respiro no más dolor —respondió Celeste, con voz baja.

—Pero está vivo. Solo es cuestión de tiempo que vuelva y termine lo que empezó.

Elena se dejó caer en la silla. Ya no le quedaban fuerzas. Solo podía pensar en aquella pesadilla que la perseguía desde hacía años.

—Hades no es el mismo. Cada hechizo tiene un precio. Al separarse de su cuerpo y ocupar otro quedó atado a la magia de quien lo sostiene. Si no se ha manifestado aún es porque todavía sigue débil.

Sus palabras dejaron una chispa de alivio. Por primera vez, su ferocidad no parecía invencible.

—Pero tarde o temprano encontrará la forma de recuperar su cuerpo —dijo Elena con voz apagada.

—En aquel entonces no había guardianes —añadió Celeste—. Por eso los mantuvimos en secreto. Con la esperanza de que, si alguna vez regresaba ustedes estuvieran listos.

La verdad, por fin, quedaba al descubierto. Todo había sido por ellos. Cada decisión, cada mentira, cada silencio.

Deniel y los demás escuchaban en silencio. Aún no se sentían dignos siquiera de portar una corona, y ya los estaban arrojando a una guerra con el hombre que eclipsaba todos los peligros conocidos en el mundo mágico.

—Mi labor protegiéndolos ha terminado —dijo Celeste, acercándose a Deniel y posando una mano en su hombro—. A partir de ahora deberán cuidarse entre ustedes —el tono era firme, pero su mirada se tornó suave, casi maternal.

»Cuando llegues a Selenya, todos te observarán. Juzgarán cada uno de tus pasos, pondrán a prueba tus decisiones, intentarán usar tu poder a su favor.

»Piensa antes de actuar, Deniel. El futuro de Sthevyand está ligado al renacer de tu reino. —Retrocedió lentamente y posó los ojos en cada uno de ellos—. Aún tienen mucho por aprender. Mantengan el secreto el mayor tiempo posible. Si Hades lo descubre los cazará. Uno por uno.

El silencio se adueñó de la sala. Ya no quedaban palabras. El destino estaba sellado. Y sus espaldas comenzaban a cargar con el peso del mundo.

Mientras los chicos se retiraban, Celeste se acercó al tritón y le dijo algo al oído:

—No todas las personas que llegan a tu vida están destinadas a quedarse —susurró con calma—. Algunas vienen a enseñarte, otras, a aprender de ti. Pero solo los verdaderos amigos buscarán la forma de quedarse.

La anciana se despidió con un guiño. El tritón quedó atrapado entre la duda y la ansiedad. Sabía muy bien a qué se refería, pero fue demasiado. No podía arriesgarse… no ahora que tenía tanto que perder.

El camino hacia la habitación de sirvientes en la Torre de Merlín se tornó interminable esa noche.

Sus pasos pesaban como si cargaran una decisión de la que aún no podían escapar.

Al llegar, Deniel abrió la puerta de golpe y fue directo a su cama.

Colocó a Azura en su pequeño nido; aún seguía dormida por el hechizo de Emmond, y no despertaría hasta el amanecer.

Royce lo alcanzó antes de que pudiera alejarse del todo. Le tomó el brazo, desesperado.

—Espera… déjame explicarte.

—¿Explicar qué? —la voz de Deniel fue un corte helado— ¿Que no tienes el valor de asumir lo que sientes y frente a todos finges ser un maldito tipo duro?

—No fue a propósito, no sabía cómo reaccionar —balbuceó Royce.

—¿Ahora repites un libreto cada vez que el tema sale a flote? —Deniel alzó las manos y lo imitó con una mueca de fastidio e ironía—. Por favor, Royce ¡tuvimos sexo!

—Solo necesito tiempo.

—Te lo daré. Lo prometí y lo mantengo. Pero no voy a esperarte toda la vida. Y mucho menos voy a tolerar tus comentarios frente a los demás solo para calmar tus demonios internos —sentenció. Luego se apartó, con la mirada herida y digna.

Royce lo vio alejarse y algo en su interior se rompió. Fue un crujido silencioso, como el de una grieta abriéndose en el alma.

Entonces no pudo aguantarlo más. Corrió tras él y lo abrazó por la espalda, con la desesperación de quien intenta salvar lo único bueno que le queda en la vida.

—Es difícil para mí, entiéndelo. Mi reino jamás lo aceptaría. Nadie querrá a un rey así.

—Todo lo valioso en la vida implica sacrificios. Nadie dijo que sería fácil —murmuró Deniel sin voltearse—. Pero, si crees que serás feliz ocultando quién eres, entonces vive en la oscuridad. Solo no esperes que me quede a tu lado. No merezco esto.

Se soltó de sus brazos y se alejó sin mirar atrás. Dejó a Royce con las palabras colgando de los labios, ahogado entre la culpa y el miedo a perderlo todo.

Quería olvidar su pasado, incluso sus responsabilidades. Solo deseaba correr tras él. Fundirse en un abrazo y detener el mundo. Pero no podía. La imagen de sus padres volvía una y otra vez, recordándole que su vida no le pertenecía del todo, que el deber lo reclamaba.

Todo era tan confuso, tan cruel, tan desgarrador… Se llevó las manos a la cabeza y se dejó caer sobre la cama, deseando que aquel día, en vez de sobrevivir, hubiera muerto.

Tal vez así su historia no habría sido tan jodidamente cruel.

Mientras Deniel y Royce lidiaban con su tormenta emocional, en otro rincón del colegio, Elena no lograba encontrar paz. El miedo la oprimía. La rabia le ardía en la piel.

Sentía que explotaría si no hablaba con alguien. Sin anunciarse, irrumpió en la habitación de Theodor.

—¿Qué haces? —protestó el hechicero, aún medio dormido.

—Tenemos que hablar.

Elena caminaba en círculos, agitada. Tenía demasiadas verdades atragantadas en el pecho, pero una destacaba entre todas: Hades no estaba muerto.

Theodor se despojó del edredón y se acercó a ella.

—Imagino que se acabó el mundo para que estés así.

—Lo está.

—Entonces cuéntamelo. Tal vez podamos impedir que arda por completo —dijo Theodor con ironía.

La tomó del brazo y la obligó a sentarse a su lado.

—No puedes ayudarme. Ni siquiera mi madre pudo —su voz era un susurro quebrado.

—Hablas ya o me echo a dormir hasta que termines tu ataque de pánico.

—Hades está vivo. Escapó cuando se enfrentó a mi madre.

El nombre todavía destilaba veneno. Theodor se quedó en silencio. Sus ojos buscaban a Elena, pero su rostro no reflejaba emoción alguna.

—Lo sabías —susurró ella, como si acabara de descubrir una traición.

—Cálmate. Déjame explicarte.

—¡¿Que me calme?! ¡¿Cómo quieres que me tranquilice sabiendo que tú y mi madre me ocultaron esto?! ¡El asesino de mi familia sigue vivo! ¡Pudo haber caminado junto a mí, mirarme a los ojos y reírse de mi dolor!

La ira brotó en lágrimas. Theodor la rodeó con los brazos, pero ella forcejeó, golpeándolo sin fuerzas.

—Celeste me lo confesó hace años —murmuró él—. Cree que Hades se prepara para volver. Ha hecho todo lo posible por encontrarlo con ayuda del Consejo, pero sin éxito. Por eso me lo pidió a mí. He seguido cada pista, cada indicio y aun no entiendo su juego.

—Pues estamos muertos. —Sollozó Elena, con voz rota.

—Hades no es el mismo. Separarse de su cuerpo tuvo un precio muy alto —intentó consolarla.

—Aun así, lo hará. Encontrará la forma de volver. Ya lo hizo una vez y, cuando recupere su fuerza, vendrá por todos nosotros.

—Estaremos preparados. Celeste es una hechicera formidable y el Consejo está lleno de brujos y magas que...

—¿Que qué? ¿Que están a su altura? ¡No seas ingenuo! —Elena se puso de pie y caminó hasta la ventana. Sus lágrimas caían mientras la luna bañaba su rostro.

—La mayoría de esos hechiceros solo están vivos porque escaparon a tiempo.

Hubo un silencio. Luego, murmuró:

—Al menos tenemos a los guardianes.

Theodor frunció el ceño.

—¿Los guardianes?

—Sí. Esos alumnos brillantes que tanto admiras son los portadores del poder de los dioses.

Theodor palideció.

—Pero hay dos hechiceros y un no maggium.

—Layla es la elegida de Essen. Asher desciende de Callius Argent, el protector de la barrera. Royce Worrel es el elegido de Arclas, el dios del Sol. Pero eso no es todo: también es el príncipe heredero de Daavos. Gahel Deehagon. El que todos creían muerto.

Theodor sintió un vacío en el estómago. Cada palabra de Elena era una pieza de un rompecabezas que, de pronto, cobraba sentido.

—¿Y Deniel?

—Es un tritón. No un hechicero. Fue elegido por Syreen… y por Umak. También es príncipe. El segundo hijo de la corona de Selenya.

Theodor se quedó sin aliento. Jamás imaginó que Celeste le ocultaría tantos secretos.

—¿Y Emmond? ¿También es guardián?

—Él es el único hechicero del grupo. La identidad del elegido por Inssa, la diosa de la Luz y el Cielo, aún no ha sido revelada. Al parecer fue el único guardián que se le escapó a mi madre.

—Entonces tenemos una verdadera ventaja contra Hades. Pero no puedes contárselo a nadie. Ni siquiera a Laianna. Saberlo pondría su vida en riesgo.

—¿Por qué correría peligro?

—Porque conoces las identidades de los guardianes. Y cualquiera podría vender esa información a Hades si no lo han hecho ya.

—¿A qué te refieres? —preguntó Elena, notando la tensión en su mirada.

—Desde que comenzó el curso, Eldryan ha sido atacado varias veces. Y los guardianes han estado involucrados. Podría ser casualidad o una trampa. Si Hades está detrás, ya sabe más de lo que creemos.

—No lo creo —replicó ella—. Hoy mismo descubrieron quiénes son. No hay forma de que lo sepa, no todavía.

—Recemos que tengas razón. Porque si no Sthevyand no soportará su regreso.

Elena sintió un escalofrío. Theodor lo sabía. Ella también. El tiempo ya había empezado a correr, y no lo hacía a su favor.

Elena abandonó la habitación con el corazón hecho un nudo. Se acercó al ventanal de la torre y contempló la inmensidad del océano. Oscuro, interminable como si allá, en el fondo de esas aguas, Hades aguardara su momento.

La oscuridad se hacía más clara bajo la superficie con el reflejo de la luna, desnudando cada línea del cuerpo esculpido de la octopus, que reposaba con altivez sobre una roca sumergida.

De pronto, giró la mirada. Su hermano se aproximaba desde el castillo.

—Enhorabuena, hermanito —susurró con burla—. Me estaba preguntando si debía entrar a presentarme en el colegio.

—Recuerda que esto se hará bajo mis términos o tendré que refrescarte la memoria —respondió Deniel con tono gélido.

Sabía que con Arielle no servían las advertencias suaves. Debía hablar su idioma: directo, fiero, peligroso.

Ella le sonrió con malicia. Al pasar junto a él, lo rozó con uno de sus tentáculos, como si el gesto fuese una caricia de afecto o una amenaza disfrazada.

—Tú y yo haríamos un equipo letal en la guerra contra Daavos. Eres más parecido a mí de lo que crees. En el fondo… igual de vengativo. Quizá peor.

—¿Viniste a psicoanalizarme o quieres la información? —replicó el tritón, con la mordacidad a flor de labios.

—¿Así que ya descubriste a los guardianes? Se necesitan al menos tres para abrir el libro —al unir los cabos sueltos, comprendió todo—. ¡Y la vieja bruja los reunió como un rebaño! ¡Tú eras la pieza que faltaba! —exclamó con sarcasmo.

—La guardiana del cielo no está en Eldryan —corrigió Deniel con frialdad—. Permanece en su reino.

—¿Y el chico enmascarado? —preguntó ella, sin verdadero interés, pero con la certeza de que, si estaba en el grupo, no era por casualidad.

—Lo único que necesitas saber es que cuatro de nosotros estamos aquí —declaró él, elevando la voz como quien pronuncia un veredicto.

Arielle se acercó. La tensión entre ambos se hizo tan densa como el agua que los envolvía.

—Te demostraré que puedes confiar en mí —susurró, con una suavidad casi extraña en ella—. Mañana, al amanecer, iremos a Selenya. Te mostraré el resto de nuestra gloriosa y patética familia.

El corazón de Deniel titubeó. Ella lo había dicho. Por su propia voluntad. ¿Acaso podía leérselo en los ojos? ¿Era tan evidente ese deseo que lo devoraba desde dentro?

La esperanza de reencontrarse con su linaje, de ver su verdadero hogar lo embriagaba como una canción antigua. Pero el miedo seguía ahí, agazapado, clavado en su pecho como una espina.

No le importaba si todo era una mentira o si el castillo no era real y solo quedaran ruinas cubiertas de corales y excremento de peces, con dos ancianos aferrados a un trono carcomido por el olvido.

Aun así, necesitaba verlo con sus propios ojos, para acabar de arrancar aquel amargo sentimiento que se aferraba a él, devorándole el alma con su veneno.