Corona de Sal y Luna Capítulo 29
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Capítulo 29

“El pasado no siempre es justo. Llega con sus demonios en los momentos menos oportunos para ponerte a prueba. Está en ti crecer o volverte su esclavo”.

Layla dudó en seguir a Asher, pero su agarre era tan firme como la confusión que se arremolinaba en su mente. Cuando quiso darse cuenta, ya estaba frente a la columna de luz, junto a Royce y Deniel. Los observó unos instantes… y luego extendió la mano hacia el libro.

La gema volvió a cambiar de color. Esta vez, un verde profundo la bañó por completo. El resplandor era tan hermoso que Layla no pudo evitar sonreír. Por primera vez el peso de sus dudas parecía desvanecerse.

—¿Puedes verlo? —preguntó Deniel, dirigiéndose a Asher ante su mirada abstraída.

Solo existían cuatro guardianes cuyos poderes se heredaban generación tras generación.

El hechicero y el caballero mágico de los antiguos relatos fueron nombrados así por los propios herederos de los dioses. ¿Cómo podía Asher verlo?

—Sí, puedo verlo —susurró el caballero, como si apenas se lo creyera.

Sentía una calidez creciente en el pecho, como si el libro lo llamara. Atraído por la joya, colocó su mano junto a la de Layla. En el acto, el resplandor verde se volvió amarillo y el silencio se volvió absoluto.

—No es posible… Asher, eres un guardián —murmuró Royce, sin apartar la vista de la escena.

—Es imposible. Yo soy un caballero —replicó él, aterrado por lo que aquello implicaba.

La luz del encantamiento de Celeste se desvaneció, derrotada por el brillo pulcro y sagrado del libro. Todos retiraron sus manos, pero sus ojos seguían fijos en el vigoroso movimiento de las páginas, que danzaban como si el propio destino las agitara.

—¿Para qué querría Arielle un libro vacío? —preguntó Royce, buscando respuestas en Deniel.

—Si los rumores son ciertos… nos mostrará lo que necesitamos saber —murmuró Layla, sin apartar la vista de las páginas.

Deniel miró a sus amigos. Inspiró hondo, como si ese aire fuera un escudo y lanzó la primera pregunta:

— Libro Blanco, ¿quiénes son los guardianes?

Las páginas vacías se colmaron de letras doradas. Luego, uno a uno, fueron surgiendo cinco dibujos.

Layla se cubrió la boca, impactada. Royce acarició su nombre, sintiendo cómo el poder recorría cada vena de su cuerpo. Por fin tenía la fuerza y la certeza para destruir el imperio de su tío.

Deniel sonreía con su típica picardía. Nunca se había sentido parte de nada. Siempre fue el chico que corría solo, el que huía antes de pertenecer, pero, por primera vez, todo encajaba. Incluso, el caos tenía sentido.

Asher, en cambio, no podía dejar de preguntarse qué lo vinculaba a los guardianes.

—¿Por qué soy un guardián?

El libro hojeó sus páginas nuevamente, y esta vez la tinta se transformó en luz. Una luz viva, ancestral que los envolvió por completo, arrastrándolos hacia una visión del pasado.

Frente a ellos, se alzaban los antiguos herederos del poder divino: Seleen Hartley, heredera de la Luna y el Océano.

Alyssa Greenwind, la elegida por Essen, Diosa de la Tierra .

Gahelor Harderhall, el Hijo de los Dragones .

Dorien Zigell, el Bendito . Lenor Gryffin, el Rey Mago . Callius Argent, el Zorro Plateado .

Sus poderes se unieron en un inmenso círculo de tres pentagramas.

En el centro, una pequeña llave levitaba entre las manos del hechicero.

Un rayo de luz brotó del objeto y ascendió al cielo, engullendo Sthevyand en un resplandor dorado que, al disiparse, dejó tras de sí la barrera que los mantenía separados del mundo.

Cuando el encantamiento terminó, la llave voló hacia el caballero mágico. Sus compañeros la ofrecieron sin palabras, y en ese instante fue nombrado: protector de la llave y guardián de la barrera.

Un título y una carga que pertenecería a su linaje para siempre. En un destello, el libro los devolvió a la cámara.

—¿Qué fue eso? —balbuceó Royce, aún con el corazón alterado.

—Una visión del pasado —respondió Deniel, sin apartar la vista de Asher—. El momento en que los guardianes crearon la barrera. Ahora lo entiendo: eres descendiente de Callius. Por eso el libro te reconoció.

—Mis padres jamás me hablaron de él. Ni de ninguna llave.

Asher escarbaba entre recuerdos enterrados, buscando alguna historia, alguna frase olvidada, algo que le diera sentido a todo.

—Quizás te mintieron —dijo Layla con suavidad.

Los ojos del caballero se endurecieron, tornándose fríos, impenetrables. Incluso para ella.

—Ellos nunca me mentirían.

—Vamos, Ash, estamos en esto juntos.

El tono afectuoso quebró el muro. Hacía mucho tiempo que no lo llamaba así. Y bastó para suavizar su expresión.

—Solo hay una persona que puede darnos respuestas —intervino Deniel con la furia contenida—. Celeste. Vamos a verla.

Si las sospechas de Arielle eran ciertas, la anciana no tardaría en regresar al castillo. ¿Y qué mejor forma de arrancarle la verdad… que poniendo el Libro Blanco frente a sus ojos?

—¿Quién es ella? —susurró Layla, señalando la figura que emergía detrás de la silueta de Royce, grabada en las páginas.

Era una joven de cabellera dorada, con una tiara reluciente ceñida a la frente, engastada con tres gemas centelleantes. Su belleza era sobrenatural, pero no fue eso lo que detuvo sus miradas, sino el par de alas que se alzaban majestuosas a su espalda.

—La quinta guardiana, Celina Highclouds —leyó Royce en voz alta.

—Pertenece a los Zaphyren, el linaje celestial del Reino Independiente oculto en los cielos de Áragos —afirmó Asher con tono reverente.

—¿Por qué Celeste no la trajo a Eldryan? —inquirió Deniel, con la sospecha clavada en la mirada.

—Los zaphyren no se mezclan con el resto de los maggiums —explicó Royce—. Rara vez descienden. Durante la guerra, mi tío intentó atacarlos, pero ni siquiera los dragones pudieron hallar su reino entre las nubes. Fue el único territorio que sobrevivió intacto.

—Tal vez ella sepa quién es —intervino Layla, con los ojos fijos en la imagen.

Todos se voltearon a verla.

—Eso no tiene sentido —replicó Deniel—. Si supiera que es una guardiana, ¿por qué no vino a buscarnos?

Las dudas comenzaban a desbordar el alma de Deniel. Por cada secreto revelado, nacían dos más.

—Ella sabe por qué los ancianos ocultaron nuestro origen —afirmó Royce, mirando al tritón con convicción.

Sus miradas se entrelazaron, sostenidas por una conversación muda.

—¿Pasa algo entre ustedes? —interrumpió Asher y rompió el momento con torpeza.

Royce parpadeó descolocado.

—¿Qué? ¡No! ¿Cómo crees? Yo no soy uno de esos.

—¿De esos? —la voz de Deniel brotó como un latigazo.

—No era eso lo que quería decir —replicó Royce, pero ya era demasiado tarde.

Deniel apartó la mirada, tomó el libro con fuerza, y se volvió hacia la puerta. Sus ojos, oscuros de rabia y decepción, ardían con el fuego de todas las veces que fue rechazado. Esta no iba a ser una más. No con él.

—Sé perfectamente lo que quisiste decir.

—¡Deniel, espera! Sabes que no es así.

Royce intentó alcanzarlo, explicarse, pero el tritón ya se alejaba a paso firme. No tenía tiempo para dramas de identidad. Había una verdad mucho más grande por descubrir, una que solo Celeste podía responder.

Asher se acercó con cautela, y le apoyó una mano en el hombro.

—Dale tiempo. Cuando se calme, habla con él.

—Piensa bien lo que dices. En este momento, hasta yo quiero matarte.

Layla lo dejó atrás y fue tras Deniel. Sabía cómo se sentía: ser humillado por quien amas, delante de todos era una herida que dolía incluso más que la magia.

Los pasillos del castillo estaban envueltos en un silencio expectante.

Solo se escuchaban los pasos decididos de la pandilla, resonando como tambores de guerra bajo la mirada contenida de los guardias.

Por la expresión en sus rostros, ni siquiera ellos se atrevían a interponerse.

Parecía que cometerían un crimen y nada los detendría.

Al llegar a la antesala de la oficina de Celeste, sus pasos vacilaron. Por un instante, la duda los rozó, pero Deniel no titubeó.

Con la furia latente en sus venas, extendió una mano y abrió la puerta de golpe, como si quisiera arrancarla de su marco si era necesario. El estruendo hizo que Elena casi derramara su taza de té, sin embargo, Celeste no se sobresaltó. Los observaba con la calma de quien ya conocía el desenlace.

—Bienvenidos, guardianes.

Elena se volvió hacia su madre, confundida, y luego, al grupo de estudiantes.

—Entonces, tenía razón.

—Ni siquiera intentas negarlo —acusó Deniel, con el Libro Blanco entre sus manos.

—Era inevitable que este día llegara —respondió la hechicera, sin alterar el tono—. Me habría gustado que fuera bajo otras circunstancias. —Miró al tritón—. Aunque esperaba que la cámara siguiera siendo secreta.

—Algo irrelevante comparado con todo lo que nos ocultas —replicó él.

Sabía que había quebrantado una norma revelando la cámara, pero no podía seguir callando. Necesitaba respuestas.

—Los mantuvimos ocultos por su seguridad. Solo lo sabían sus padres, el Consejo y ahora Elena —explicó Celeste, poniéndose en pie. Rodeó el escritorio y se acercó.

¿Nuestros padres lo sabían? —la voz de Layla se quebró.

Toda su vida había vivido bajo sus normas y ahora descubría que le habían mentido sobre quién era en realidad.

—No todo en la vida es color de rosa, princesa Layla. A veces, hay que hacer sacrificios para proteger lo que amamos —respondió Celeste.

—¿Y qué ganan tú y el Consejo ocultándonos? —intervino Royce.

—Mantenerlos con vida —aseveró la hechicera con firmeza—. Nuestro enemigo codicia el poder, y el nacimiento de ustedes habría sido visto como una amenaza. El hecho de que sean guardianes no los hace invencibles, príncipe Gahel.

—¿Él es el príncipe Gahel Deehagon?

Elena quedó petrificada. Tenía en sus manos información suficiente para poner de cabeza a todo Sthevyand.

—Lo que escuches aquí, Elena, muere aquí —advirtió Celeste con frialdad—. Ellos están en peligro. Por eso los ocultamos y entrenamos en secreto.

—¿Entrenarnos? ¡Ni siquiera he conseguido mis alas! —exclamó Layla.

Su frustración crecía cada vez que alguien la llamaba guardiana. Aquel título no evocaba orgullo sino dolor al recordar las majestuosas alas de Alyssa, y el vacío punzante en su espalda.

—Eres un hada talentosa. En semanas dominaste magia que a otros les lleva años. Pero tus alas están bloqueadas por algo más profundo. Debes encontrar la raíz tú sola —dijo Celeste antes de mirar a Asher.

Él permanecía en silencio, escogiendo con cuidado sus palabras. Mas ella ya sabía lo que quería preguntar.

—Tus padres sabían que eras el guardián de la llave.

El mundo de Asher se derrumbó. La tristeza le desgarró el alma. Los recuerdos, las risas, las caricias ahora sabían a engaño, a vacío.

Celeste dio unos pasos y se plantó frente a Deniel, el guardián que más le inquietaba.

Aquel que combinaba un poder inusual con el dolor de todo un pueblo.

—Al amanecer partirás a Selenya. Tus abuelos te esperan allí.

—¡Ah! —exclamó Celeste alzándose los espejuelos con un dedo.

—Dile a tu hermana que no sea tan imprudente; no es propio de una princesa.

Los ojos del tritón se iluminaron. La sola idea de conocer a sus abuelos y reencontrarse con las sirenas escondidas en las islas fue suficiente para hacerle olvidar, aunque fuera por un segundo, su rabia hacia la hechicera.

—Cuando el mundo descubra quién eres, Deniel, te convertirás en la mayor amenaza para nuestro enemigo, y, con ello, pondrás en riesgo a tu pueblo. Debes ser fuerte o las sirenas desaparecerán para siempre.

La hechicera regresó a su escritorio, mientras Royce rompía el silencio con un susurro cargado de dudas.

—Es mi tío ¿cierto?

—No, príncipe. Tu tío es solo un lunático codicioso. El verdadero enemigo es mucho peor. No conoce el remordimiento. No descansará hasta verlos muertos.

La voz de Celeste se volvió afilada como un puñal. Y sus ojos no dejaban lugar a dudas.

—¿Quién es ese enemigo? —preguntó Asher, inquieto.

La hechicera chasqueó los dedos y el Libro Blanco se alzó de las manos de Deniel y levitó en el aire. Al abrirse, mostró una imagen conocida por todos en Sthevyand.

—Mi hermano —dijo, y su voz titubeó—, el mago oscuro, Hades.

El aire se volvió denso, helado. Tan seco que dolía respirarlo.

Porque no importaba si eras joven o viejo, todos conocían ese nombre. Y sabían que significaba muerte.