Corona de Sal y Luna Capítulo 28
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Capítulo 28

“Demasiadas coincidencias juntas no es suerte. Es el destino”.

La octopus alzó la mirada hacia las estrellas.

—Regresemos a las profundidades. Pronto, el cielo se llenará de plumas.

—¿De quién huimos? —preguntó Deniel.

—De Celeste Gryffin —respondió ella con desdén.

—No está en el castillo. Viajó a Áragos.

La criatura resopló, como si las palabras del tritón confirmaran su ingenuidad.

—Aún te falta mucho por conocer de Celeste. Comencemos por…

—Por decirme cómo se llama mi hermana —la interrumpió él, sin rodeos.

—¡Vaya! Ahora soy tu hermana.

—Tú intentaste matarme primero. —Se encogió de hombros con esa descarada indiferencia que lo caracterizaba.

—Me llamo Arielle.

—Qué sugestivo —bromeó él arqueando una ceja.

—Lo dice quien pasaba horas viendo La sirenita en el sofá —replicó ella, y una sombra de sonrisa se dibujó en sus labios. En el fondo, siempre había deseado tenerlo de vuelta.

—¿Me espiabas?

—Te cuidaba —aclaró con una sinceridad casi inaudible.

El rostro de Deniel se transformó. La dureza se quebró en sus facciones, y una ternura pura asomó en su mirada. Sus ojos azules titilaron como estrellas sobre el océano. Tenía una hermana, una de verdad, aunque el odio y la venganza hubieran contaminado su sangre.

—No te pongas sentimental —gruñó Arielle, apartando la vista al notar su expresión.

—No quiero pelear contigo. Quiero que nos conozcamos más.

—Eso haremos en cuanto cierres el pico.

Deniel obedeció. La contempló en silencio, grabando cada detalle de su rostro, como si pudiera protegerla con la sola fuerza de su memoria. No dejaba de repetirse lo afortunado que era. No estaba solo. Tenía una hermana. Sus abuelos seguían vivos. Y él ya no era el último de su especie.

—Celeste debe estar al tanto de tu despertar como guardián. Ella es la sacerdotisa. La portadora del Libro Blanco . Debes encontrarlo y descubrir la identidad de los guardianes. Con su ayuda, podremos detener a Bahel…

—¿Hay más sirenas? —interrumpió Deniel, con los ojos encendidos de esperanza.

—Sí. En Selenya. Los pocos que sobrevivieron al ataque se esconden tras la maldición como cobardes.

—¿Podemos ir? —insistió él casi suplicante.

—No. Encuentra el libro antes de que Celeste lo desaparezca. Luego hablaremos.

—Pero el reino está cerca… Podríamos ver a nuestros abuelos.

—Ellos son unos cobardes. El mundo cree que las sirenas fueron eliminadas por los dragones, y el mar se ha vuelto una presa fácil para hechiceros, piratas y magos de sangre que roban su poder y destruyen a sus criaturas.

—Tú eres el futuro rey de Selenya. Actúa como tal. Protege a tu pueblo.

Deniel la miró sin decir palabra. La rabia en los ojos de Arielle calaba hondo, como un veneno que pretendía disfrazarse de fuerza.

Sentía compasión por ella, por el dolor que llevaba incrustado en el pecho, por el odio que la alejaba de todo lo que amaba.

Pero ahora él estaba allí, dispuesto a arrancar la armadura que envolvía su corazón.

—Buscaré el libro —afirmó—, pero debes prometerme que me llevarás a Selenya.

—Trato hecho —respondió Arielle, con decisión—. En cuanto descubras la identidad de los guardianes, ven a verme al arrecife.

Y sin darle tiempo a replicar, liberó su tinta y se desvaneció entre la oscuridad del agua. Deniel nadó tras ella, intentando alcanzarla más allá del castillo, pero todo fue en vano. Era como si se hubiese fundido con el mar.

Cansado por la batalla, alegre por la revelación y furioso por la traición, Deniel avanzó por el canal que bordeaba la costa, rumbo al estanque de la Casa Syren, donde intuía que lo estarían esperando.

La silueta de su cuerpo, acompañado por el fulgor blanco de su cola, bastó para alertar a Royce, quien no tardó en dar la voz. Uno a uno, todos se acercaron al borde del agua, incluso Emmond.

Arremolinó el agua en su cintura, empujándose hacia tierra firme, y en un suspiro, lo dejó a los pies del mundo que antes había sido su refugio.

Guiando la magia con sus manos, hizo desaparecer el agua de su piel, y su cola cedió para darle paso a las piernas humanas. Royce fue quien lo sostuvo al erguirse, pero no fue su tacto lo que buscó con la mirada. Fue a Emmond a quien enfrentó, con esa serenidad quebrada que precede a la tempestad.

El hechicero se contuvo. Sentía el filo de cada pensamiento que cruzaba los ojos del tritón. Podía imaginar los insultos, las recriminaciones, el desprecio, pero solo pronunció dos palabras:

—Lo siento.

—Pusiste en riesgo a Azura. Me dirigiste hacia una desconocida cuyas intenciones ignorabas…

—Ella es tu hermana —interrumpió Emmond, como si eso lo excusara todo.

—¿Y si no lo fuera? ¿Y si hubiese sido alguien que realmente quería matarme? —la voz de Deniel no temblaba, pero dolía—. En estos momentos… no puedo confiar en ti.

Se acercó a Layla y, con ternura, tomó a Azura entre sus brazos. Minutos más tardes, volvió a mirar al hechicero, sentenció:

—Mantente alejado de mí.

Deniel fue el primero en marcharse. Royce, Layla y Asher lo siguieron en silencio. Este último se detuvo un instante, mirando a Emmond con desconcierto. Le costaba creer que su amigo fuera capaz de algo así.

—¿Quién era ese monstruo? —preguntó Royce, tenso, con el pecho comprimido por la incertidumbre.

No sabía a qué se había enfrentado Deniel, pero el simple hecho de que fuera más poderoso que él removía algo incómodo en su interior. Algo que no quería nombrar.

—Ella es mi hermana —respondió el tritón sin girarse, mientras se encaminaban hacia la cámara secreta de Celeste.

—¿Se maldijo a sí misma para convertirse en una octopus?

Layla no ocultaba su desconcierto. La diferencia entre ambos hermanos era tan abismal que rayaba en lo antinatural.

—¿Maldición? ¿De qué hablan ahora? —inquirió Asher, abrumado por tantas revelaciones.

Deniel se detuvo. Se volvió hacia ellos, con el rostro grave y la voz decidida.

—Se llama Arielle Lightmoon. Es mi hermana mayor… y princesa de Selenya. Después de que Daavos atacó nuestro reino, intentó reunir un ejército para vengarse. Pero nuestros abuelos se lo prohibieron.

»Antes de huir, robó el cristal de sangre del castillo… y cambió su cola por tentáculos. Desde entonces ha vivido entre sombras buscando la manera de hacer justicia.

—¿Quiere destruir el reino? —preguntó Royce, sintiendo una punzada en el pecho. Odiaba a su tío, odiaba todo lo que representaba. Pero los inocentes no tenían culpa de las decisiones del rey. Mucho menos Amarys.

—No lo hará. Me prometió obedecerme. Y ayudar a destruir a Bahel —dijo Deniel. Se volvió hacia Royce, y sin pensarlo, intentó tomarle la mano. Fue un acto reflejo, un gesto de afecto silencioso, pero solo encontró el vacío del rechazo.

—Esperemos que sea cierto —replicó Royce sin mirarlo.

La reacción lo golpeó más de lo que esperaba. Bajó la mano sin entender por qué su pecho dolía con tanta intensidad.

—¿Ella pretende enfrentarse a Bahel? Poseen el mayor ejército del reino. Y los dragones —dijo Asher, con una voz que no buscaba desalentar, sino recordarles el peso real del enemigo.

—No conozco los detalles de su plan —admitió Deniel—. Pero lo tendré en cuenta cuando nos reencontremos. Ahora hay algo que debemos buscar. Estoy seguro de que nos dará la ventaja.

Se volvió hacia la pared. Esta lo reconoció como si respondiera a su sangre, a su linaje o a su destino. Y se abrió en dos, revelando el umbral hacia la cámara secreta.

Todos quedaron boquiabiertos ante el pasadizo. Y no era solo por su tamaño sino por lo poco que sabían del tritón que caminaba delante de ellos.

Deniel descendió por las escaleras como quien abraza, al fin, su destino. Ya no necesitaba varita. No ocultaba lo que era. Y esa verdad liberada le permitía respirar con plenitud.

Su magia, alimentada por la luz de luna, brotó de sus manos con suavidad y firmeza. Iluminó los muros como un río de plata, derramándose entre las sombras.

Layla se quedó inmóvil, absorta, con los ojos encendidos por la emoción. Hacía años que nadie presenciaba el florecer libre y puro de la magia de las sirenas.

—¿Qué buscamos? —susurró, casi temiendo romper el encanto.

—El Libro Blanco —respondió Deniel sin dejar de avanzar.

—¿El libro que guarda la identidad de los guardianes? —murmuró Royce, con un tono reverente, como si tan solo nombrarlo pudiera alterar el curso de su destino.

—Exacto. Esa es la ventaja que Arielle busca para enfrentar al ejército de Bahel —añadió Deniel con serenidad.

—¿Y los guardianes existen? —inquirió Layla, escéptica—. En mi reino se dice que los dioses nos abandonaron hace siglos y por eso sus herederos dejaron de reencarnar.

—Ya tenemos uno —respondió Deniel, y en su voz vibraba una chispa contenida.

—¿Quién? —preguntó Asher, con una esperanza inesperada en la mirada.

—Yo.

Royce lo observó con detenimiento. Buscaba en sus ojos una señal, un eco, una luz que confirmara aquellas palabras. Le costaba creerlo. Pero no podía negarlo del todo.

—Arielle me lo confirmó —explicó Deniel—. Lo escuchó de la propia Celeste. Y, aunque al principio dudé ahora todo encaja. El poder bajo la luna, los secretos que Royce me reveló.

—¿Y si te miente? —intervino Layla, con el filo de la desconfianza en la voz—. Tal vez solo quiere usarte para hacer el trabajo sucio. No olvides que intentó matarte.

—Por eso necesitamos encontrar el libro —dijo Deniel, cortando el hilo de la duda con decisión.

La barrera que protegía la cámara estallaba en luz. Después de tanto andar entre penumbras, aquel resplandor cegaba. Era magia antigua, intacta, viva. Todos quedaron embelesados, menos él.

Sin vacilar, extendió la mano. Su magia abrió una grieta en la niebla encantada y cruzaron el umbral. Los grifos de oro que custodiaban la entrada bajaron sus alas en cuanto lo reconocieron, abriéndoles el paso hacia el corazón oculto de la cámara.

—No puedo creer que Celeste escondiera esto dentro del castillo —murmuró Layla, acariciando con la mirada las gemas verdes que formaban los ojos de las criaturas. Le resultaban inquietantemente familiares.

—¿Estás seguro de que no se molestará? —preguntó Asher—. Ella te confió este secreto solo a ti.

—Y me ocultó otros más graves —respondió Deniel sin dudar—. Como el origen de mi pueblo o mi destino como guardián.

Royce se acercó y le sostuvo los hombros con ambas manos.

—No tomes decisiones a ciegas. Tal vez solo intenta protegerte.

—O, tal vez, me estaba preparando —musitó el tritón—. Este fue el lugar donde me entrenaba, pero ahora sé que no era solo eso. Me preparaba para lo que sea que ellos temen.

Se apartó de Royce con calma y cruzó la puerta.

—¿Quiénes son “ellos”? —preguntó Asher, siguiéndolo con paso inquieto.

—El Consejo Mágico. Están esperando algo y no nos lo han dicho.

Deniel no dejó de mirar los muros mientras hablaba. Buscaba entre símbolos, grietas y relieves. Sabía que el libro estaba allí y que, al encontrarlo, nada volvería a ser igual.

—Hay cientos de libros, tardaremos una eternidad en encontrarlo —protestó Royce, sin apartar la vista de los estantes que se extendían como un bosque de conocimiento antiguo.

Pero Deniel no miraba los libros. Tenía los ojos fijos en un rincón desprovisto de todo salvo de luz. Un rayo descendía desde el techo, como un faro caído del cielo y en su centro, nada. Solo vacío.

Recordó cómo Celeste lo había apartado más de una vez de ese lugar. Recordó su costumbre de ocultar los secretos más grandes… a plena vista.

—Lo escondió justo donde nadie se atrevería a mirar —murmuró.

Avanzaron. Y algo cambió. El aire se espesó. Las ideas comenzaron a disolverse, como tinta en agua. Cada paso era un velo. Cada pensamiento… una sombra. Sentían la necesidad de volver atrás, de abandonar, de olvidar.

—Regresemos —susurró Layla confundida.

—Es solo un espacio vacío… —secundó Asher, perdiendo el rumbo de su voluntad.

Royce sintió la presión en su mente, como si una niebla invisible intentara arrancarle el propósito. Un hechizo, fuerte, antiguo. Uno que no se vencía con fuerza, sino con fuego.

Despertó su energía de jinete. Su esencia dorada emergió desde el centro de su pecho y lo envolvió como una llama cálida. El hechizo no se deshizo, pero retrocedió. Lo suficiente para que recordara quién era… y por qué estaban allí.

Sin pensarlo, se giró y abrazó a Deniel por la espalda, sellando con su magia un escudo compartido.

—Es un encantamiento de olvido. Te borra las intenciones. Solo puedo proteger a uno mientras esté conmigo. Ustedes retrocedan hasta salir de su alcance.

El calor de Royce se abrió paso dentro del cuerpo del tritón, disipando la bruma que lo envolvía. Deniel parpadeó y todo volvió: el libro, la promesa, la luz.

—Sabía que Celeste pondría un hechizo —susurró con una media sonrisa. No era desconfianza, era certeza. La conocía demasiado bien.

Guiado por Royce, dio un paso tras otro hacia la columna de luz. La duda los acompañaba, como un susurro lejano.

—¿Recuerdas lo que buscamos? —le murmuró Royce sin soltarlo.

—El Libro Blanco … —repitió Deniel, como si esa frase lo mantuviera despierto.

La energía los condujo al corazón de la cámara. Allí, justo donde el rayo de luz descendía desde lo alto.

—Tómalo tú —dijo Royce, soltándolo con suavidad—. Eres un guardián.

Apenas los dedos del tritón tocaron el centro de aquella luz encantada el libro se manifestó. Blanco, impecable, con una gema central nacarada suspendida entre el azul y el blanco. Un pentagrama de aros dorados la rodeaba, como si contuviera una galaxia dormida.

Deniel lo contempló sin respirar.

—Es hermoso —susurró Royce, acercándose con cautela.

Apenas sus dedos rozaron la superficie del libro, la gema cambió. El tono perlado ardió en rojo: profundo, vibrante, vivo.

—¡La gema ha cambiado! —exclamó Layla, dando un paso hacia adelante.

Asher permaneció inmóvil, pero algo se agitó en su interior. Había oído hablar del Libro Blanco desde niño. Pocos conocían su forma, pero una verdad era ley entre los maggiums: la gema cambiaba de color ante cada guardián.

—El libro te está reconociendo, Royce —afirmó Layla desconcertada.

—No solo a mí —susurró él, aún sin apartar la mano—. La leyenda dice que solo se manifiesta ante los guardianes y la sacerdotisa.

Deniel giró lentamente hacia Layla. Sus ojos, aún bañados por la luz, se abrieron con asombro.

—Entonces tú también lo eres. Por eso Celeste te entrenó en secreto.

—¿Yo… una guardiana? —murmuró Layla, con el alma tambaleándose dentro de su pecho.

No tenía alas. Nunca fue tan poderosa como su hermana. Siempre se sintió pequeña. Pero, ahora, el libro la llamaba por su nombre. La aclamaba.

Asher tomó su mano con fuerza y ternura. A los ojos de todos, ella era luz. Y para él era la más digna de todas, la más noble, la más valiente.

Sabía lo que aquello implicaba. Que su destino cambiaría para siempre, que Layla ya no sería solo una aliada sino un blanco. Pero eso no lo asustaba. Si su mundo ardía, él ardería con ella.

—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo el caballero.

Y dio el primer paso hacia el destino que, sin saberlo, ya había elegido.