Corona de Sal y Luna Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Royce, dominado por la impotencia, volvió a atacar el estanque, mientras Emmond, ignorando que su supuesto amigo sin poderes lanzaba fuego, solo pensaba en los tormentos que su traición podría causarle a Deniel.

—Si pudiéramos despertar a Azura —murmuró Layla, con el brillo de la esperanza en sus ojos.

Pero Emmond lo apagó sin piedad.

—No podemos despertarla.

—¿Por qué no?

Royce se le acercó como un depredador.

—Porque usé el hechizo Osculum Morphei —confesó Emmond, bajando la cabeza, incapaz de sostenerles la mirada.

Se sentía un tonto, un traidor. Había puesto en peligro a su amigo y casi muere por ello.

—Explícame cómo acabó peleando con esa bruja —exigió Royce.

—Porque tú lo trajiste aquí —espetó Asher, sin reconocer a su mejor amigo.

Royce rugió. La ira del dragón estalló en sus venas, abrasadora, insaciable.

Deseaba golpearlo, desfigurarle el rostro, incinerarlo hasta convertirlo en polvo.

Las llamas envolvieron sus puños, doradas como el sol del mediodía, peligrosas como su rabia contenida. Un paso más y lo mataría.

Pero Asher se interpuso. Liberó sus cadenas y absorbió las llamas.

—¡Detente, Royce! —gritó Layla—. ¡Sigue siendo nuestro amigo!

—¡No! ¡Es un traidor! ¡Libérame y vengaré a Deniel!

—¡Yo también fui engañado! —exclamó Emmond, fuera de sí—. No sabía que ella intentaría matarlo. Solo quería contarle la verdad, eso dijo.

—¡Él ya lo sabía! —bramó Royce—. ¡Sabía que es el príncipe de Selenya!

El mundo se detuvo. Las palabras quedaron suspendidas en el aire, envenenadas de asombro. Layla lo sabía: Deniel era un tritón. Pero aquello… la dejó sin aliento. Asher, en cambio, comenzó a atar cabos sueltos.

—Por eso no tocaba el agua. Y por eso desapareció en el mar cuando Garvax lo atacó —concluyó Asher, como si las piezas de un antiguo rompecabezas finalmente encajaran—. Y tú, tú eres un jinete de dragones. El responsable de las llamas durante el ataque del tukgglah.

—Sí —afirmó Royce, desvaneciendo el fuego que aún crepitaba en sus manos.

—¿Desde cuándo lo sabías? —preguntó Emmond sin rodeos.

—Lo supe por su olor. Cada vez que tocaba el agua, su esencia de tritón se volvía más fuerte.

»Hace poco, hojeando sus libros, encontré una fotografía de su madre adoptiva quien, en realidad, es su abuela biológica: la reina Alina Lightmoon. Él descubrió que yo era un jinete por accidente, y fue aquí en este mismo lugar donde nos revelamos nuestros secretos.

—¿Aún hay más? —murmuró Layla, aturdida. Su mente se desbordaba de información.

Royce exhaló con lentitud y relajó los hombros. Sabía que no podía seguir ocultándolo. Tarde o temprano lo descubrirían, y, si iba a confiar en alguien, tenía que ser en ellos.

Sin esperar más, se retiró la máscara. El impacto fue inmediato. El silencio se volvió absoluto. Todos palidecieron, creyendo ver un fantasma.

Layla retrocedió un paso. Los recuerdos se alinearon en su mente con brutal claridad.

—Tú deberías estar muerto —susurró Emmond con la voz hueca.

—Eres Gahel Deehagon —declaró Layla sin apartarle los ojos.

—El verdadero heredero al trono de Daavos —dijo Asher, mientras lo liberaba de las cadenas.

Royce bajó la mirada, solo un segundo, antes de erguirse con determinación.

—No tenemos tiempo para explicaciones —dijo—. Hay que encontrar la forma de ayudar a Deniel.

—Por ahora no podemos hacer nada. Solo esperar… y confiar en él —dijo Emmond, levantándose del suelo con lentitud y apoyándose en la pared, sin dejar de mirar las aguas mansas del estanque.

—Más te vale… o acabaré contigo.

Royce giró apenas la cabeza. Solo un vistazo. Un roce de miradas. No podía sostenerle los ojos… sin imaginarse estrangulándolo con sus propias manos.

Las cosas en tierra no eran tan acaloradas como bajo el agua. La octopus tiraba de Deniel sin compasión, arrastrándolo fuera de los límites del castillo, directo al vasto océano que los reclamaba.

El tritón, desesperado por arrancarse aquellas ventosas azules que se aferraban a su piel, reunió sus fuerzas y las descargó con furia sobre su captora.

Ambos se detuvieron. La criatura intentó gritar, pero su cuerpo no le respondía. Deniel movió las manos con firmeza, y los tentáculos se retiraron de golpe como si hubieran sido azotados por una orden superior. La octopus giró el rostro y soltó una carcajada rota.

—Crees que el hechizo durará para siempre.

Pero Deniel observaba sus manos. Ella imitaba sus movimientos, invocando el mismo encantamiento sobre sí misma.

—No será tan fácil vencerme —advirtió.

Sus manos se tiñeron de rojo. Un destello ardiente que lanzó contra él. Deniel se preparó. Respondió con un fulgor azul que colisionó en medio del océano, haciendo hervir el agua a su alrededor.

Ambas magias se enfrentaron en un vórtice de poder creciente, visible desde las torres más altas del castillo.

La octopus no cedía. Mutaba su energía con astucia, intentando devorar la de su oponente. Pero Deniel dejó de contenerse. Liberó su magia sin restricciones y la luz azul se intensificó hasta eclipsar por completo el hechizo rojo de su hermana.

Ante semejante oleada, ella no tuvo más remedio que retroceder o ser consumida.

Deniel buscó en su memoria. Recordaba lo que había leído sobre los octopus: criaturas oscuras, poderosas, hijos del mal. Pero había una constante: “Maldecidos por la luna ” .

Una corazonada despertó en su interior. ¿Un error? ¿O la ventaja que tanto necesitaba? Alzó las manos y liberó la luz lunar.

La criatura se retorció, herida por un dolor que no comprendía. Aquel hechizo, majestuoso y brillante, la quemaba como si fuese fuego. Y entonces lo supo, su hermano no era solo un guardián, era la llave de su venganza.

Debía conseguirlo. Por las buenas o por las malas. Sin más tiempo que perder, liberó su tinta, envolviendo a Deniel en una sombra que parecía viva.

—Es hora de acabar con esto.

Emergió de entre la nube negra y, con sus tentáculos, lo golpeó con fuerza, arrojándolo hacia la superficie.

Ella emergió junto a él, como si lo invitara a un respiro. Ambos flotando con el torso humano expuesto al aire, mirándose en silencio.

—Te daré otra oportunidad para unirte a mí.

—No me uniré a tu circo —replicó Deniel—. No mataré inocentes solo porque odias a los de su especie.

—Todos son monstruos sedientos de sangre —le escupió, desplegando sus tentáculos—. No te preocupes, yo haré tu trabajo como guardián.

Sus manos liberaron llamas azules que, al tocar el agua, se expandieron con violencia, como si fueran alimentadas por el propio mar. El fuego avanzó hacia Deniel. Él no se movió. Sonrió, con esa arrogancia contenida que solo mostraba cuando sabía que iba a ganar.

Alzó las manos y del mar nacieron icebergs . Tan colosales y majestuosos que devoraron el fuego en un suspiro. Incluso el clima se rindió ante su poder.

El agua se volvió tan fría que entumeció los tentáculos de la octopus, obligándola a detenerse un instante. Jamás había visto a nadie controlar la magia del agua con tanta velocidad salvo su madre. Y ahora, cada vez que lo miraba, la veía a ella.

Sin pedir permiso, la luna ascendió por detrás de la isla. Su luz se deslizó sobre el océano hasta tocar el cuerpo del tritón y fundirse con él.

Deniel no lo notó, pero su hermana sí. El poder corría por su cuerpo como una tormenta despierta. Su cabello, dorado, comenzó a tornarse plateado.

No era brillo. Era luz viva. El mechón azul centelleó con fuerza. Se volvió chispa, trueno, señal divina.

“Está despertando… No. Ya despertó ” , pensó ella.

—No eres la única con tentáculos —dijo Deniel.

Se alzó sobre una columna de agua, y de ella nacieron doce tentáculos de líquido y poder.

Con un gesto, los lanzó hacia su hermana.

Destruyeron icebergs , rasgaron el mar, envolvieron su cuerpo por completo.

Ella quedó inmóvil, suspendida en el aire atrapada del mismo modo en que lo había tenido a él.

Cada tentáculo, un juicio. Cada lazo, una sentencia. El cuello, el torso, los brazos… todo fue inmovilizado con una precisión quirúrgica.

—No tengo intención de matarte —dijo él, con voz firme—. Me vengaré de Daavos, pero no a tu manera.

»Su pueblo no merece cargar con la culpa. El único responsable es su rey. Y a él lo haré arrodillarse. Puedes unirte, si así lo deseas. Pero todo se hará bajo mis términos.

Deniel lucía imponente. Un guardián, una leyenda, la imagen viva del rey de los océanos.

La octopus, aún atrapada, esbozó una sonrisa. No le importaba quién pusiera la cabeza de Bahel en una lanza. Podía ser ella o su hermano. Al final, solo importaba que alguien lo hiciera.

No solo el cabello de Deniel brillaba esa noche.

En lo profundo del castillo, un objeto olvidado por el tiempo despertó.

Un libro sellado, oculto en la cámara de Celeste, se abrió con estrépito.

Sus páginas giraron guiadas por un soplo invisible hasta detenerse en una sola: la del Guardián de Selenya.