Corona de Sal y Luna Capítulo 27
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Capítulo 27

“Quien carga con los rencores del ayer condena su alma a repetir el dolor por toda la eternidad”.

Los tentáculos de la octopus se acercaban peligrosamente a Deniel, obligándolo a retroceder con cautela.

El agua tembló. Algo se movía bajo la superficie, y el tritón quedó petrificado al reconocer las siluetas que emergían entre aquella especie de brazos húmedos.

Bajo la luz azulada de los cristales, las figuras cobraron nitidez…

y sus sospechas se confirmaron: eran Ellas y Oggan.

—¿Ustedes me engañaron?

—Fue necesario, alteza —murmuró Ellas y bajó la mirada con una reverencia casi dolida.

—Príncipe Deniel —intervino Emmond, con voz firme—. Todo lo que hicimos fue por el bien de Selenya.

—No te atrevas a dirigirme la palabra. Creía que eras mi amigo.

Las palabras del tritón se clavaron en el hechicero como cuchillas. El desprecio en su mirada le fue insoportable. Verlo así, dolido, lo destrozaba.

—Si quieres culpar a alguien hazlo conmigo, hermano —susurró la octopus.

—No vuelvas a llamarme así.

—¿Y por qué no? Tenemos los mismos padres —replicó ella, con una sonrisa envenenada—. Te contaré la historia de los dos príncipes huérfanos…

—No escucharé tus mentiras —le espetó Deniel.

—¿No te interesa saber quién eres?

Ella era una artista del engaño. No quedaba rastro de la dulce sirenita que alguna vez fue. Ahora solo existía un caparazón hueco, movido por el odio, la sed de venganza y el deseo de arrastrarlo con ella.

Deniel vaciló. Siempre había sentido curiosidad por sus verdaderos padres, aunque nunca se atrevió a preguntarle a Isabel por temor a herirla.

Pero, ahora, tras todo lo descubierto, tras tantas máscaras rotas…

necesitaba saber. ¿Quién era él realmente?

Y, si aquella mujer era su hermana, tendría todas las respuestas que buscaba.

—Si intentas engañarme lo lamentarás —advirtió, con voz baja y temblorosa.

—Tenemos más en común de lo que crees —susurró la octopus, mientras se acomodaba al borde del estanque. Cruzó algunos tentáculos simulando una postura humana, altiva, casi regia, disfrutando cada palabra, cada amenaza lanzada por su hermano.

—Nuestra trágica historia comenzó un año después de tu nacimiento.

El equilibrio de poder en Sthevyand ya era frágil, y pronto estalló la guerra.

Nuestro reino, protegido por los océanos, fue de los últimos en caer.

Daavos y sus aliados dividieron sus ejércitos entre Greenland y Vermont.

Nuestro padre, obligado a tomar partido, dividió las fuerzas de Selenya para atender los pedidos de ayuda de las hadas y los hechiceros.

Por amor, mamá lo siguió a Greenland, mientras nuestro abuelo, el rey Egor, marchó a Vermont.

»Pero a mitad del camino Daavos los interceptó. El ejército de Ivanya, Zonla y los renegados de Istall y Febees los aguardaban con hambre de sangre. Fue una masacre. Todos perecieron, incluso nuestros padres.

»Del cuerpo de mamá nunca se halló rastro. De papá solo enviaron su cola en una caja sellada como obsequio.

»El abuelo tuvo más suerte. Logró escapar con un puñado de guerreros, y con ellos levantó la Maldición de Selenya, tras el ataque de Bahel a las islas.

»Desde entonces no se ha vuelto a ver una sirena o un tritón en Sthevyand.

—Entonces, fue Bahel el culpable de todo.

Deniel tartamudeó. Le costaba concebir cómo una sola persona podía arrastrar tanto sufrimiento. Una tristeza silenciosa le trepaba por el pecho, amarga, pesada. No solo lo habían engañado. A sus diecisiete años, aún desconocía quiénes fueron sus verdaderos padres.

La octopus percibió el temblor en su alma y no dudó en aprovecharlo.

—Nuestra abuela, la reina Alina, quiso llevarnos a tierra firme.

Temía que Daavos encontrara la forma de romper la maldición.

Yo me negué. Elegí quedarme con el abuelo.

Durante años traté de convencerlos de reunir fuerzas, de atacar, pero preferían esconderse tras un encantamiento y dejar que el mundo creyera que habíamos desaparecido, su voz se volvió lenta, casi nostálgica.

»Cuando cumplí quince años, robé el cristal de sangre del tesoro real.

Había leído sobre su poder y esa misma noche cambié mi cola por tentáculos.

Me escapé. Vagué por los océanos hasta llegar a Northerland.

Allí reconstruí mi vida y mi plan. Un año después volví a buscarlos.

Ya tenía un ejército a mi favor. Pero la abuela se negó.

Intentó retenerme. Supongo que aún creía que quedaba algo de la sirenita débil que un día fui.

—Su sonrisa fue amarga. Una mueca triste en un rostro que ya no conocía la dulzura—.

Nunca dejé de vigilarte, Deniel. Te observaba nadar en las profundidades y soñaba con poder estar a tu lado.

Te seguía desde el arrecife cada tarde hasta que descubrí algo.

Escuché a Celeste conversando con nuestra abuela.

Y ese día, todos los seres del océano vimos nacer un rayo de esperanza.

Sus tentáculos se extendieron con lentitud, acercándose a él como caricias huecas.

—Celeste hablaba de ti, de tu destino como sucesor de Seleen Hartley, la guardiana más poderosa del océano. En ese instante, supe que eras tú. Tú debías comandar nuestro ejército. Tú debías vengar a nuestros padres. Y destruir hasta el último jinete de dragones en Sthevyand.

—No arrastraré a inocentes a una guerra solo por tu sed de venganza —replicó Deniel helado.

—¿Inocentes? ¿Así los llamas? ¿Acaso Daavos tuvo piedad con nuestra familia? —la voz de la octopus se alzó como un trueno, cargada de furia—. ¡Los asesinaron! ¡Y tú te atreves a llamarlos inocentes!

—Tal vez no lo sienta como tú. Siempre quise conocerlos, pero crecí sin ellos. Solo tuve a Isabel.

—¡Alina! ¡Su nombre es Alina! Una reina cobarde que huyó en lugar de vengar a su hija —gritó la criatura montando en cólera.

—Sea cual sea su nombre ella se convirtió en mi madre. Y sí, siento rabia por lo que les hicieron, y los vengaré, pero no de la forma que tú me estás pidiendo.

—Entonces saluda a nuestros padres de mi parte.

Del estanque surgieron columnas de agua que, en un parpadeo, se transformaron en cristales de hielo que volaron como dagas hacia él.

Deniel, sin siquiera alzar la varita, enfrentó el hechizo. Sus manos giraron en el aire, y los fragmentos se transformaron en copos de nieve.

—No eres la única que controla el agua —dijo con firmeza.

Emmond se protegió tras una roca. Conocía bien la fuerza de Deniel, pero también había sido testigo del furor de su hermana. Los pisceguns se sumergieron a toda velocidad, huyendo de la magia que se desataba entre los herederos de Selenya.

La princesa arremetió con sus tentáculos, pero no logró tocarlo. Deniel rodó por el suelo, ágil, esquivando cada golpe. Frustrada, formuló una esfera de energía entre las manos. Su segundo ataque. Él la deshizo con un solo gesto.

Ella rugió. Ese rostro tan parecido al de su madre. Ese silencio. Esa compasión. Todo le era insoportable. Su sangre hervía como lava.

Invocó la tormenta. Alzó las manos, y un rayo descendió del techo como una lanza divina.

Deniel jamás se había enfrentado a un maggium marino que pudiera controlar la tormenta, pero ese era su elemento, su especialidad. Enfrentó el hechizo y lo desvió hacia lo alto. Las rocas del techo cedieron y cayeron en picada sobre el estanque.

Estaba orgulloso. Seguía siendo el amo de las tormentas, pero la satisfacción duró poco. Cuando elevó la mirada, ella ya no estaba sola. Entre sus tentáculos, estrangulado y jadeante, se encontraba Emmond.

A pesar de todo lo que sentía por él algo en su pecho se estremeció.

—¡Déjalo ir! ¡Resolvamos esto tú y yo! Como hermanos.

—Vaya, ahora sí me llamas hermana —se burló ella—. Entra en el agua… o lo mataré.

Deniel estaba en desventaja. Por más rabia que sintiera hacia Emmond, no permitiría que muriera por su causa.

Sin dudarlo, se lanzó al agua. La octopus lo miró con añoranza. La blanca cola de su hermano la arrastró a recuerdos antiguos. Juegos, cantos, risas, mas el temblor en sus tentáculos la traicionó. Apretó los dientes. No. Ya no era esa niña. Ahora era una criatura poderosa y libre.

Lo atrapó con sus tentáculos. Le sujetó las manos. El cuello. Lo levantó fuera del agua como a un trofeo. Y a Emmond, lo arrojó como si fuera basura contra la pared.

El impacto le arrancó un grito de dolor.

El chico quedó tendido, herido. Antes de que pudiera incorporarse, la puerta se abrió de golpe.

Royce y Asher entraron. Ambos se quedaron inmóviles, horrorizados por la escena: el rebelde tritón doblegado, prisionero de una criatura que no parecía ni sirena, ni mujer, ni sombra.

—Lo siento, chicos —dijo ella, girando apenas el rostro con una sonrisa torcida—. Es una reunión familiar.

Sonriendo como una demente, la bruja del mar hizo que el estanque se encumbrara en una ola colosal que los abatió, arrastrándolos con el impacto. Cuando el agua regresó a su cauce, ya no quedaba rastro de ella ni del tritón.

Royce se lanzó al agua, guiado por el instinto, por la furia, por el miedo, pero solo encontró oscuridad. Fría, inmensa, impenetrable. Emergió con el alma en ruinas, transformando sus jadeos en una maldición que atravesó las paredes… y alcanzó los oídos de Layla.

Cuando el hada irrumpió en la sala, lo encontró completamente desquiciado, escupiendo llamaradas contra el agua como si pudiera castigarla por lo que había ocurrido.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó alarmada.

—La criatura que buscaba se lo llevó —respondió Asher, sin apartar la vista del agua—. Y él… él es un tritón.

—¿Qué era esa cosa? —insistió Royce y clavó la mirada en Emmond. Si alguien tenía la respuesta, era él.

—Una octopus —respondió el hechicero, con voz sombría—. Y su hermana.

Layla enmudeció. La criatura que Deniel había buscado… resultó ser su propia sangre. Asher, paralizado, seguía procesando lo que acababa de ver: la cola, el secreto, la verdad.