Capítulo 26
“Nada es tan hermoso y reconfortante como la familia”.
Deniel y Royce tonteaban en la cama, inmersos en su efervescente romance, disfrutando la alegría aun sabiendo que era otro secreto que ocultar. El jinete se acercó por detrás, haciéndole cosquillas. Deniel intentó defenderse, pero al voltearse fue inmovilizado por su amante.
—¿Y ahora qué harás? —susurró Royce con picardía—. Sin magia, ¿eh?
—No la necesito.
Deniel lo desarmó con un beso. Un ataque inesperado, directo a los sentidos. Royce cayó rendido ante el encanto y, al aflojar el agarre, recibió su castigo: en un ágil movimiento, el tritón se trepó a horcajadas sobre él, atrapándole las muñecas contra la cama.
—Tentadora la oferta —murmuró Royce, lamiéndose los labios.
—No seas tan pervertido —replicó Deniel liberándolo.
Se recostó hacia atrás sin bajarse de su cómodo trono. Miró por la ventana con gesto ensombrecido.
—Azura aún no regresa. Ya es tarde. Iré a buscarla.
—Iremos —corrigió Royce—. No pienso dejarte solo.
—Me ducharé antes —sugirió el tritón.
—Te acompaño.
Royce se incorporó al instante. Seguía con el deseo de tener aquel blanco cuerpo entre sus brazos, prolongar un poco más el vaivén de sus gemidos.
—¿Recuerdas lo que ocurre con mis piernas cuando toco el agua?
—Cierto —dijo Royce, con una mueca resignada.
El baño fue rápido, sin nada que ver con sus sesiones habituales. Deniel apenas se enjabonó: encontrar a Azura era su prioridad absoluta. Se vistió con premura y llamó a Royce. Nadie respondió. El silencio se volvió una amenaza.
Primero Azura. Ahora Royce. Un escalofrío se enroscó en su pecho. Sentía las vibraciones oscuras que se arremolinaban a su alrededor y salió del baño con cautela, escudriñando cada rincón de la habitación. No había rastro de su amante. Solo una creciente angustia susurrándole calamidades al oído.
Sin perder un segundo, tomó su varita y echó a correr. Rogaba a los dioses que todo fuera solo un malentendido. Un juego cruel de su mente.
Descendió las escaleras con desesperación, como si volara sobre el mármol pulido.
Ignoró las formalidades y se coló en la recámara de Emmond sin pedir permiso.
Sus compañeros lo miraron con asombro, señalando hacia el baño.
Deniel no se detuvo. Abrió la puerta de golpe, ignorando el pudor de su amigo.
Emmond aún conservaba los pantalones, pero la sorpresa al ver al tritón casi le arranca un grito.
—Azura y Royce desaparecieron —soltó Deniel jadeando.
—Tranquilo. Vi a Royce salir. Me dijo que iba a buscarla. Según él, Azura le pidió que fuera a la Casa Syren.
—¿A la Casa Syren?
Deniel frunció el ceño. Él era el tritón. Era a él a quien Azura debía llamar. ¿Qué pintaba Royce en todo eso?
—Te acompaño. No es seguro estar afuera… y menos ahora, con la varita de ya sabes quién desaparecida.
Salieron a toda prisa. Emmond intentó mantener un paso ágil, pero Deniel lo arrastraba como si fuera parte de su propio cuerpo. Cuanto antes encontraran a Royce y Azura, más rápido dejarían atrás ese lugar… y el peligro de mostrarle su cola a alguien más.
—¡Ag!
Royce gruñó al golpearse la frente contra un tablón de madera.
Se llevó una mano a la cabeza mientras intentaba enfocar la vista, pero apenas distinguía formas entre las sombras que lo envolvían.
Sobre él yacía un enorme mueble de madera y tras unos segundos de confusión, lo comprendió: era una cama.
Todo a su alrededor estaba cubierto de cortinas, salvo por una línea de luz que rozaba la alfombra como un faro diminuto en medio del encierro.
Aún mareado, se arrastró hacia esa línea brillante, buscando una salida. Al emerger, con el cabello lleno de telarañas y la máscara chueca, parpadeó varias veces. Estaba en su habitación. Exactamente debajo de su propia cama.
Se puso en pie tambaleándose. Su cuerpo, aún dominado por una somnolencia espesa, reaccionaba como si hubiese dormido un siglo.
Presionó las sienes con ambas manos, intentando hacer que sus sentidos volvieran a su sitio.
Tardó unos segundos en recomponerse, y al notar la ausencia de Deniel, una punzada lo atravesó.
No podía ignorarlo. Algo no estaba bien.
Salió de la habitación en busca de ayuda, con el presentimiento clavado como una espina. Su primera parada fue la habitación de Emmond, pero estaba cerrada. Ni un solo indicio de vida dentro. Siguió su instinto. En la Casa de las Hadas encontró a Layla y Asher conversando en el jardín interior.
—¿Qué sucede? —preguntó Layla, al verlo llegar jadeando.
—Deniel y Azura, alguien se los llevó.
Asher se puso en pie de inmediato, aferrándose al mango de su espada.
—¿Qué viste?
—Nada. Lo último que recuerdo es un humo que entraba por la ventana. Al despertar estaba bajo la cama. Y Deniel ya no estaba.
—¡Demonios! Sabía que los lyrkkans no se quedarían tranquilos —espetó Asher.
Layla palideció. No esperaba estar en medio de una cacería tan pronto. Mucho menos que su mejor amigo hubiese sido capturado.
—Debemos avisarle a Elena —dijo, con la voz crispada.
—No hay tiempo. Podrían escapar —replicó Royce con urgencia.
—Tendremos que dividirnos —intervino Asher—. Pero no sería sensato enfrentarlos por separado. Estoy seguro de que hay más de uno.
Conocía bien a esos asesinos. Los lyrkkans no actuaban en solitario. Se movían en pequeños grupos, como alimañas entrenadas para matar.
—Encontré un rastro de Azura.
Royce no esperó más. Echó a correr, seguido por Layla y Asher. Si hallaban a Azura, hallarían también el paradero de Deniel.
El olfato del jinete funcionaba como un sabueso entrenado. Siguió el aroma de la pequeña criatura azul a través del Gran Salón hasta llegar al invernadero. Allí se detuvo, y afiló sus sentidos con más intensidad. Algo en el aire le resultaba demasiado conocido.
—¿Qué haces? ¿Por qué olfateas como un perro? —preguntó Asher desconcertado.
Ya nada tenía sentido. Podía ser un licántropo o un lunático. Le daba igual. Solo necesitaba saber que iban en la dirección correcta. Un error y no volverían a verlos.
—Estoy sintiendo el olor de Deniel.
—¿Qué estás diciendo? —Layla lo miró perpleja.
—Es una historia larga —respondió Royce.
—¿Acaso eres un…?
Asher no terminó la frase. Royce le hizo un gesto seco con la mano.
—No hay tiempo.
Olfateó de nuevo. Allí estaba. Ese olor inconfundible.
—Emmond está con Deniel.
—¡¿Emmond?! —exclamó Asher.
—Debemos apresurarnos. ¿Por dónde? —insistió Layla.
No le interesaban las explicaciones, solo necesitaba una dirección.
—Por allí. —Señaló Royce.
—Es el corredor de la Casa Syren. ¿Por qué los llevarían allí?
Incluso para Asher resultaba extraño. Un grupo de asesinos elegiría un sitio apartado, alejado de ojos y oídos, para cumplir su encomienda. Pero los lyrkkans no eran así. No interrogaban. No tomaban rehenes. No dejaban huellas. Ellos solo mataban. Entonces… ¿por qué ese lugar?
—El olor de Azura viene del invernadero. Encárgate de ella, Layla. Asher, tú vienes conmigo.
El hada no preguntó. Acató la orden y se dirigió al invernadero en busca de la flix , mientras Royce y Asher continuaban hacia la Casa Syren rezando, en silencio, que aún estuvieran a tiempo.
—¡Royce! —gritó Deniel.
Una y otra vez. Pero la única respuesta fue el eco de su propia voz, multiplicando la angustia.
—¿Por qué vinieron aquí? —susurró, al borde del estanque, con la mirada encendida de temor.
—Ellos no están aquí, Deniel —dijo Emmond. Pero su voz ya no era la de siempre. Se había vuelto seca, hueca, teñida de sombras—. Azura está bien. Solo duerme.
—¿De qué hablas?
El rostro de su amigo parecía otro. Sus ojos, vacíos. Su sonrisa, ajena.
—Esta es tu casa. Aquí es donde perteneces —prosiguió el mago.
—No entiendo… —murmuró el tritón, dando un paso hacia atrás, sin apartar la vista del agua.
—Eres un tritón. Te hemos estado esperando durante años. Y ahora, ella está feliz.
—¿Esperando? ¿Quién es “ella”? ¿De qué hablas?
—Ya está aquí.
Emmond alzó la mano y señaló una mancha que se deslizaba bajo la superficie. El corazón de Deniel se detuvo un segundo. Conocía esa silueta. Humana, pero no del todo. Mitad algo más. Era ella. La octopus.
La criatura emergió del agua en un ascenso hipnótico, casi como si flotara entre dos mundos. Primero los tentáculos azul marino, resbalando fuera del agua como lenguas vivas. Luego, la melena del mismo tono, extendiéndose como algas encantadas, y, al fin, el rostro.
Piel blanca como la espuma, ojos verdes como las aguas profundas, encendidos de ira y fuego. El torso se alzó por completo, altivo, temible y hermoso. Los tentáculos danzaban en torno a su figura como serpientes obedientes.
Era una mujer joven. Apenas unos años mayor que él. De rasgos… familiares, demasiado familiares. Y, entonces, con una sonrisa dulce como veneno, pronunció:
—Hola, hermanito.